Los cuervos de la Catedral Prólogo — Las campanas del alba
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Los cuervos de la Catedral

Los cuervos de la Catedral

Por Juan Hernández Rodríguez

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Prólogo — Las campanas del alba

Prólogo

Las campanas del alba

Llovía sobre Sevilla a la manera lenta y paciente en que llueve en las ciudades viejas, con esa agua fina que no cae sino que se posa, como si prefiriese recorrer los muros antes de llegar al suelo.

Eran las cinco y veinte de la madrugada de un jueves de marzo, y la Catedral se recortaba contra el cielo gris igual que un buque varado en mitad de la ciudad, con sus pináculos por mástiles y sus contrafuertes por costillas.

A esa hora la plaza del Triunfo estaba casi vacía.

Tres figuras la habitaban: un taxista dormido al volante con la radio encendida a volumen bajo, donde una voz masculina daba noticias internacionales con ese tono neutro de locutor de la última hora de la noche; una mujer con una bolsa de papel bajo el brazo que cruzaba hacia Santa Cruz caminando deprisa, con las solapas del abrigo subidas, como si llevara algo que la esperase con prisa al otro lado de la plaza; y un barrendero que llevaba más de media hora trabajando en silencio, como quien poda un jardín ajeno.

Había llovido también durante buena parte de la noche, y en los rincones donde el adoquín se había hundido ligeramente se formaban charcos pequeños que no llegaban a reflejar el cielo entero sino sólo trozos: aquí, la línea de una cornisa; allá, el farol de una esquina; más allá, la luna a medio hacer, filtrada entre nubes apresuradas.

Los balcones de la plaza, con sus rejas de hierro forjado que el verdín había ido oxidando con paciencia, mantenían abiertos algunos postigos tímidos donde se adivinaban macetas con geranios medio florecidos y, de vez en cuando, una luz amarilla tras un visillo delataba a alguien que había madrugado demasiado o que no había dormido en absoluto.

El barrendero se llamaba Manuel y había cumplido sesenta y tres años.

Barría aquellas esquinas desde 1993, lo que venía a sumar más de treinta años de madrugadas y acaso la única biografía que la plaza guardaba de sí misma.

Conocía los charcos como un médico conoce los pulsos: por el lugar y por la hora.

Sabía que los de la esquina del Archivo de Indias eran los primeros en formarse, que los de Alemanes tardaban el doble, y que había uno, frente a la Puerta del Perdón, que no obedecía a ninguna lógica y aparecía aunque no hubiera llovido, como si respirase desde debajo.

Conocía, también, la hora exacta a la que arrancaba cada farol por diferencias mínimas de voltaje: el de la esquina del Palacio Arzobispal se encendía un minuto antes que los del lado del Alcázar, y eso, un miércoles de invierno, era la única compañía que uno podía esperar si no estaba resuelto a hablar con alguien.

Se llamaba Manuel y era hijo de un Manuel que había sido empleado del Ayuntamiento durante treinta y dos años, y nieto de un Manuel que, según contaba la familia, había barrido estas mismas aceras en los años veinte del siglo anterior.

No había en aquel linaje modesto ningún empeño heroico: había, sencillamente, una manera familiar de entender que alguien debía ocuparse de que la ciudad estuviera limpia cuando los demás se despertaran, y que, si ellos habían hecho ese oficio, no tenía sentido que lo dejara de hacer uno de sus nietos.

Su mujer había muerto siete años antes de un cáncer rápido y ordenado; le había dejado dos hijas mayores ya emancipadas, una pensión modesta complementando la suya propia, y un pequeño piso en San Julián donde él seguía viviendo con la pulcritud de los hombres que han aprendido a doblar las toallas exactamente como las doblaba su mujer, porque doblarlas de otra manera, a esas alturas, le parecía una pequeña traición.

Manuel trabajaba con esa pulcritud de los que saben que nadie los mira.

Arrastraba la escoba en arcos cortos, detenía los movimientos cuando pasaba un coche aislado, y de vez en cuando alzaba la vista hacia la Catedral como se alza la vista hacia un pariente del que se espera cualquier cosa menos sorpresas.

Tenía un carrito metálico con ruedas pequeñas y mal engrasadas que hacía un sonido discreto al desplazarse, un cubo negro de plástico en un costado, y un rollo de bolsas atado al asa, todas las bolsas del mismo tono verde municipal.

Llevaba guantes gruesos, pantalón impermeable aunque no lloviese lo suficiente como para justificarlo, y sobre el chaleco reflectante una bufanda de lana a cuadros que su hija mayor le había regalado por Reyes, dos años atrás.

Aquella madrugada, sin embargo, la Catedral le devolvió la mirada.

Fue a las cinco y media exactas. La primera campana cayó desde la Giralda como una moneda en un pozo: una sola nota, limpia, seguida del rastro metálico que las campanas antiguas arrastran consigo unos segundos después de haberse callado.

Manuel levantó la cabeza, como hacía siempre, y contó.

Era una costumbre suya, aprendida sin propósito: contar los segundos que la nota tardaba en apagarse del todo.

Normalmente eran siete. A veces ocho, si había humedad.

Lo había aprendido, en realidad, sin darse cuenta, durante años, por el puro hábito de estar a esa hora exactamente en esa plaza cada vez que el bronce mayor del campanario mordía el aire de Sevilla.

Un día, hacía muchos años, había comentado, casi en broma, a un compañero del turno de tarde: son siete.

Siete segundos, luego se va. El compañero le había mirado con media sonrisa amable y no le había contestado.

Desde entonces, Manuel no se lo había dicho a nadie más.

Aquella madrugada contó siete y, cuando ya se disponía a bajar de nuevo la vista hacia la acera, notó que seguía sonando.

No exactamente sonando. Respondiendo.

Fue un rumor sordo, tan discreto que no habría jurado haberlo oído.

Vino de abajo, de los adoquines mismos, como si alguien hubiera golpeado una vara contra una tinaja enterrada.

Duró el tiempo que tarda un hombre en parpadear dos veces.

Y en los charcos, durante ese breve instante, las nubes desaparecieron.

Manuel no era hombre supersticioso. Había enterrado a una mujer, a un hermano y a dos perros, y había aprendido que los muertos no hablan y que los vivos, en general, tampoco dicen cosas que valga la pena escuchar.

Pero lo que vio aquella madrugada, o creyó ver, le hizo apoyarse un momento en el palo de la escoba.

En el charco de la esquina del Archivo —el charco de siempre, el que se formaba primero— no se reflejaba el cielo.

Se reflejaba, por un segundo apenas, una línea oscura que parecía descender, como si el agua tuviera profundidad y algo se moviese dentro.

Luego volvieron las nubes y el charco quedó otra vez como un pedazo de noche olvidado sobre la acera.

Manuel permaneció inmóvil con la escoba inclinada sobre los adoquines.

Durante un rato no se oyó nada más que el rumor muy bajo del tráfico lejano por el Paseo de Colón y, por encima, ese crujido minúsculo que hace el aire cuando atraviesa la espesura mojada de los naranjos.

El cuervo —no una paloma, no una gaviota, un cuervo— se levantó entonces de un pináculo de la Catedral y cruzó el aire con dos aletazos pesados antes de volver a posarse sobre una gárgola que miraba hacia el norte.

Manuel lo siguió con la vista. El pájaro no hizo ruido al posarse.

Quedó allí quieto, una silueta oscura recortada contra la fachada pálida, con la cabeza ligeramente ladeada, como si escuchase algo que venía de dentro.

—Buenos días te dé Dios —murmuró Manuel, porque esas cosas se dicen.

La Catedral no contestó. Tampoco hacía falta: llevaba siete siglos sin contestar y seguía siendo la misma.

Manuel volvió a la escoba. Hizo un par de arcos cortos, recogió un papel mojado adherido al suelo y lo echó al cubo.

Pero ya no trabajaba con la concentración de antes.

Había algo en la mañana, esa mañana concretamente, que lo tenía en una pequeña atención más.

La clase de atención con la que se escucha un motor cuando empieza a sonar raro pero todavía no se para.

Siguió en su oficio, obediente, por costumbre, mirando cada tanto el charco del Archivo con el rabillo del ojo, por si se repetía. No se repitió.

Dentro del templo, a esa hora, la penumbra era azul y la humedad tenía olor a cera vieja y a incienso dormido.

Las lámparas votivas de la capilla de la Antigua temblaban con ese temblor menudo y constante que tienen siempre, como si les sobrara un resto de miedo de los rezos de la noche anterior.

No había fieles. No los habría hasta las siete.

Entre los bancos, el silencio no era silencio sino rumor: el crujido mínimo de la madera, el zumbido gastado de la ciudad filtrándose por las vidrieras, y el chasquido lejano de una gota que caía del techo a intervalos precisos —dos breves, una larga, siempre— como un pulso aprendido.

Las naves, vistas desde la cabecera, se alargaban hacia el occidente con la desmesura particular de los edificios grandes antes del amanecer: la nave central, con su anchura de río encauzado; las laterales, que a aquella hora parecían sólo sombras avanzando al lado de la principal; el trascoro con su silueta estática recortada contra la luz tenue de una única bombilla de mantenimiento dejada encendida al fondo, detrás del altar.

Los contrafuertes internos tenían, a veces, la apariencia de hombres muy altos detenidos en mitad de un paso, y las columnas, vistas desde ángulos oblicuos, cambiaban discretamente de posición según se movía el ojo que las miraba.

Sevilla, que había crecido encima de ciudades más antiguas —romana, visigoda, almohade, castellana—, había heredado en su Catedral la suma de todas ellas, y algo de cada una, de forma discreta, seguía actuando cuando nadie miraba.