Los cuentos más atroces Sobre los autores
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Sobre los autores

Fue en Marburgo donde su destino tomó otro rumbo.

Su maestro, el jurista Friedrich Carl von Savigny, les enseñó que las leyes, como las lenguas, son criaturas vivas que brotan de la historia y del espíritu de un pueblo, y les abrió las puertas de su biblioteca privada.

Allí descubrieron la literatura medieval alemana y se contagiaron del entusiasmo romántico por lo antiguo y lo popular.

Poco después, el trato con los poetas Clemens Brentano y Achim von Arnim, compiladores de un famoso cancionero popular, los animó a recoger las viejas narraciones orales que, temían, estaban a punto de desvanecerse para siempre bajo el empuje de los tiempos modernos.

Aquel afán no era mero pasatiempo anticuario.

Alemania no existía todavía como nación, sino como un mosaico de Estados, y buena parte de su territorio se hallaba bajo la ocupación napoleónica.

Rescatar la lengua, las leyendas y los cuentos era, para los Grimm, una forma de rescatar el alma de un pueblo disperso y de darle una identidad común.

Trabajaban ya como bibliotecarios y funcionarios en Kassel, en condiciones modestas, y dedicaban a sus investigaciones cada hora libre.

Descansan juntos, como vivieron, en un cementerio de Berlín.

Su legado tiene una doble cara igualmente imponente: crearon la filología germánica y la ciencia moderna de las lenguas, y a la vez entregaron a la humanidad un libro de cuentos que ninguna infancia ha vuelto a poder ignorar.

Aquellos dos filólogos meticulosos, que solo pretendían salvar del olvido la voz de su pueblo, terminaron regalando a todos los pueblos del mundo un patrimonio común.