Los cuentos más atroces El acertijo
88%

El acertijo

Había una vez un hijo de rey al que le entraron ganas de recorrer el mundo, y no llevó consigo a nadie salvo a un criado fiel.

Un día llegó a un gran bosque, y cuando lo sorprendió la oscuridad no encontró refugio alguno y no supo dónde pasar la noche.

Entonces vio a una muchacha que se dirigía hacia una casita, y al acercarse advirtió que era joven y hermosa. Le habló y le dijo:

—Querida niña, ¿podemos mi criado y yo hallar cobijo esta noche en esa casita?

—Ah, sí —dijo la muchacha con voz triste—, eso desde luego que sí, pero no les aconsejo arriesgarse. No entren.

—¿Por qué no? —preguntó el hijo de rey. La muchacha suspiró y dijo:

—Mi madrastra practica artes perversas; tiene muy mala voluntad con los forasteros.

Entonces comprendió muy bien que había llegado a la casa de una bruja, pero como estaba oscuro y no podía seguir adelante, y además no tenía miedo, entró.

La vieja estaba sentada en un sillón junto al fuego y miró al forastero con sus ojos rojos.

—Buenas noches —gruñó, fingiéndose de lo más amable—.

Tomen asiento y descansen. Sopló para avivar el fuego, sobre el cual cocía algo en un pucherito.

La hija advirtió a los dos que fueran prudentes, que no comieran ni bebieran nada, pues la vieja preparaba brebajes malignos.

Durmieron tranquilos hasta la madrugada.

Cuando se disponían a partir, y el hijo de rey ya estaba montado en su caballo, la vieja dijo:

—Espera un momento, primero voy a alcanzarte un trago de despedida. Mientras ella iba a buscarlo, el hijo de rey se alejó cabalgando, y el criado, que aún tenía que apretar bien la cincha de la silla, fue el único presente cuando la malvada bruja llegó con la bebida.

—Llévale esto a tu amo —dijo ella. Pero en ese instante el vaso se rompió y el veneno salpicó al caballo, y era tan potente que el animal cayó muerto al punto.

El criado corrió tras su amo y le contó lo sucedido, pero no quiso dejar atrás la silla y volvió a recogerla.

Sin embargo, cuando llegó al caballo muerto, ya había un cuervo posado sobre él, devorándolo.

«¿Quién sabe si hoy encontraremos algo mejor?

», se dijo el criado; así que mató al cuervo y se lo llevó consigo.

Y siguieron entonces su camino por el bosque durante todo el día, pero no lograron salir de él.

Al caer la noche dieron con una posada y entraron.

El criado entregó el cuervo al posadero para que lo aderezara para la cena.

Habían ido a parar, no obstante, a una guarida de asesinos, y en la oscuridad llegaron doce de ellos con la intención de matar y robar a los forasteros.

Antes de poner manos a la obra, se sentaron a cenar, y el posadero y la bruja se sentaron con ellos, y juntos comieron un plato de sopa en el que estaba cortada la carne del cuervo.

Mas apenas habían tragado un par de bocados, cayeron todos muertos, pues el cuervo les había comunicado el veneno de la carne del caballo.

No quedó nadie más en la casa que la hija del posadero, que era honrada y no había tomado parte en aquellas obras impías.

Le abrió al forastero todas las puertas y le mostró los tesoros amontonados.

Pero el hijo de rey dijo que podía quedarse con todo, que él no quería nada, y siguió cabalgando con su criado.

Después de andar errantes largo tiempo, llegaron a una ciudad en la que vivía una princesa hermosa pero soberbia, que había hecho proclamar que quien le propusiera un acertijo que ella no supiera adivinar sería su esposo; pero si lo adivinaba, a ese hombre debía cortársele la cabeza.

Tenía tres días para adivinarlo, mas era tan lista que siempre daba con la respuesta del acertijo que le planteaban antes del plazo señalado.

Ya habían perecido de este modo nueve pretendientes cuando llegó el hijo de rey, y, deslumbrado por su gran belleza, estuvo dispuesto a jugarse la vida por ella.

Fue entonces a su encuentro y le expuso su acertijo.

—¿Qué es esto? —dijo—. Uno no mató a ninguno y, sin embargo, mató a doce.

Ella no supo qué era, pensó y pensó, pero no logró dar con ello; abrió sus libros de acertijos, mas no venía en ellos; en fin, su sabiduría llegó a su término.

Como no sabía cómo salir del apuro, ordenó a su doncella que se deslizara en la alcoba del señor y escuchara sus sueños, pensando que quizá hablaría dormido y revelaría el acertijo.

Pero el astuto criado se había acostado en la cama en lugar de su amo, y cuando la doncella llegó allí, le arrancó el manto en que se había envuelto y la echó a varazos.

La segunda noche, la hija del rey envió a su dama de compañía, para ver si tenía mejor suerte escuchando, pero el criado también le quitó el manto y la echó a varazos.

Ahora el amo se creyó a salvo para la tercera noche y se acostó en su propia cama.

Entonces vino la princesa en persona, se había puesto un manto gris como la niebla, y se sentó junto a él.

Y cuando creyó que dormía y soñaba, le habló, con la esperanza de que respondiera en sueños, como hacen muchos; pero él estaba despierto y lo comprendía y oía todo perfectamente. Entonces ella preguntó:

—Uno no mató a ninguno, ¿qué es eso? Él respondió:

—Un cuervo que comió de un caballo muerto y envenenado, y murió de ello. Ella siguió indagando:

—Y, sin embargo, mató a doce, ¿qué es eso? Él contestó:

—Eso quiere decir doce asesinos que comieron el cuervo y murieron de ello.

Cuando supo la respuesta del acertijo, quiso escabullirse, pero él le sujetó el manto con tanta fuerza que se vio obligada a dejarlo atrás.

A la mañana siguiente, la hija del rey anunció que había adivinado el acertijo, mandó llamar a los doce jueces y se lo explicó ante ellos.

Pero el joven pidió que se le oyera y dijo:

—Ella se coló de noche en mi cuarto y me interrogó; de no ser así, no habría podido descubrirlo. Los jueces dijeron:

—Tráenos una prueba de ello. Entonces el criado llevó allí los tres mantos, y cuando los jueces vieron el gris como la niebla que solía llevar la hija del rey, dijeron:

—Que se borde el manto con oro y plata, y así será tu manto de bodas.