Los cuentos más atroces Hermano Alegre #2
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Hermano Alegre #2

Dicho esto, san Pedro colocó los huesos en su debido orden, le dijo tres veces a la muchacha:

—En el nombre de la santísima Trinidad, muchacha muerta, levántate.

Y la hija del rey se incorporó, sana y hermosa como antes.

Luego san Pedro se marchó de nuevo por la ventana, y el Hermano Alegre se alegró de que todo hubiera salido tan bien, pero le fastidió mucho pensar que, después de todo, no iba a llevarse nada por ello.

«Me gustaría saber —pensó— qué se le ha metido en la cabeza a ese tipo, porque lo que da con una mano lo quita con la otra; ¡no tiene ningún sentido!

». Entonces el rey le ofreció al Hermano Alegre cuanto quisiera, pero él no se atrevió a tomar nada; sin embargo, a base de indirectas y astucias, se las ingenió para que el rey mandara llenarle de oro el zurrón, y con eso partió.

Cuando salió, san Pedro estaba junto a la puerta y le dijo:

—Mírate, ¡qué clase de hombre eres!; ¿acaso no te prohibí tomar nada, y ahí llevas el zurrón lleno de oro?

—¿Qué culpa tengo yo —respondió el Hermano Alegre— si la gente se empeña en metérmelo?

—Pues te advierto una cosa: ¡si alguna vez vuelves a andar en algo así, lo pagarás caro!

—Bah, hermano, no temas; ahora que tengo dinero, ¿para qué voy a molestarme en lavar huesos?

—A fe mía —dijo san Pedro— que el oro durará mucho tiempo. Para que en adelante no vuelvas nunca a pisar caminos prohibidos, le concederé a tu zurrón esta virtud: que todo lo que desees tener dentro de él, allí estará. Adiós, ya nunca más volverás a verme.

—Adiós —dijo el Hermano Alegre, y pensó para sus adentros: «Me alegro mucho de que te hayas marchado, tipo raro; desde luego que no pienso seguirte».

Pero del poder mágico concedido a su zurrón ya no volvió a acordarse.

El Hermano Alegre anduvo de un lado a otro con su dinero, y lo derrochó y malgastó como antes.

Cuando por fin no le quedaban más que cuatro cruzados, pasó junto a una posada y pensó: «El dinero tiene que irse», y pidió tres cruzados de vino y uno de pan para sí.

Mientras estaba allí sentado bebiendo, el olor a ganso asado le llegó a la nariz.

El Hermano Alegre miró alrededor, atisbó, y vio que el posadero tenía dos gansos en el horno.

Entonces recordó que su compañero le había dicho que todo lo que deseara tener en el zurrón allí estaría, así que dijo para sí: «¡Vaya, vaya!

Tengo que probar eso con los gansos». De modo que salió, y cuando estuvo fuera de la puerta dijo:

—Deseo que esos dos gansos asados salgan del horno y vayan a mi zurrón.

Y en cuanto lo hubo dicho lo desabrochó y miró dentro, y allí estaban.

—¡Ah, así está bien! —dijo—; ¡ahora sí que estoy hecho un hombre de provecho!

Y se fue a un prado y sacó el asado. Cuando estaba en mitad de la comida, dos oficiales de camino se acercaron y miraron con ojos hambrientos el segundo ganso, que aún seguía intacto. El Hermano Alegre pensó para sí: «Con uno me basta», y llamó a los dos hombres y dijo:

—Tomen el ganso y cómanlo a mi salud.

Ellos le dieron las gracias, se fueron con él a la posada, se pidieron media botella de vino y una hogaza, sacaron el ganso que les habían regalado y empezaron a comer. La posadera los vio y le dijo a su marido:

—Esos dos se están comiendo un ganso; fíjate a ver si no es uno de los nuestros, el del horno.

El posadero corrió allá, ¡y he aquí que el horno estaba vacío!

—¡Cómo! —gritó—, ¡pandilla de ladrones! ¿Con que quieren comer ganso a tan buen precio? ¡Páguenlo ahora mismo, o los voy a frotar bien con savia verde de avellano!

Los dos dijeron:

—No somos ladrones; un soldado licenciado nos dio el ganso, ahí fuera, en el prado.

—¡No me echarán tierra a los ojos con esas! El soldado estuvo aquí, pero salió por la puerta como un hombre honrado. Yo mismo lo seguí con la mirada; los ladrones son ustedes, ¡y pagarán!

Pero como no podían pagar, tomó un palo y los echó de la casa a garrotazos.

El Hermano Alegre siguió su camino y llegó a un lugar donde había un castillo magnífico, y no lejos de él una posada miserable. Fue a la posada y pidió alojamiento por una noche, pero el posadero lo rechazó y dijo:

—Aquí ya no hay sitio; la casa está llena de huéspedes de alcurnia.

—Me extraña que vengan a su casa y no vayan a ese castillo espléndido —dijo el Hermano Alegre.

—Ah, ya lo creo —respondió el posadero—, pero no es cosa de poca monta pasar allí una noche; nadie que lo haya intentado hasta ahora ha salido con vida.

—Si otros lo han intentado —dijo el Hermano Alegre—, yo también lo intentaré.

—Déjelo estar —dijo el posadero—, le costará el pescuezo.

—No me matará de golpe —dijo el Hermano Alegre—; deme sólo la llave y buena comida y buen vino.

Así que el posadero le dio la llave, la comida y el vino, y con ello el Hermano Alegre entró en el castillo, disfrutó de su cena y, al fin, como tenía sueño, se tumbó en el suelo, pues no había cama.

Pronto se quedó dormido, pero durante la noche lo despertó un gran estruendo, y al abrir los ojos vio nueve feos demonios en la sala, que habían formado un círculo y bailaban en torno a él. El Hermano Alegre dijo:

—Bueno, bailen todo lo que quieran, pero que ninguno se me acerque demasiado.

Mas los demonios se apretujaban cada vez más cerca de él, y casi le pisaban la cara con sus horribles pezuñas.

—Basta, espectros del demonio —dijo, pero ellos se portaron aún peor.

Entonces el Hermano Alegre se enfureció y gritó:

—¡Hola! ¡Ya verán cómo pronto pongo esto en calma!

Y agarró la pata de una silla y arremetió con ella en medio de todos. Pero nueve demonios contra un solo soldado eran demasiados, y cuando golpeaba a los de delante, los otros lo agarraban por detrás de los cabellos y se los arrancaban sin piedad.

—¡Ralea del demonio! —gritó—, la cosa se está poniendo muy fea, pero esperen. ¡Adentro de mi zurrón, los nueve!

Al instante estuvieron dentro, y entonces lo abrochó y lo arrojó a un rincón.

Después de esto, todo quedó de pronto en silencio, y el Hermano Alegre volvió a tumbarse y durmió hasta que fue pleno día.

Entonces llegaron el posadero y el noble a quien pertenecía el castillo, para ver cómo le había ido; pero cuando advirtieron que estaba alegre y sano, se quedaron atónitos y preguntaron:

—¿Los espíritus no le han hecho ningún daño, entonces?

—Si no me lo han hecho —respondió el Hermano Alegre— es porque los tengo a los nueve dentro de mi zurrón. Ya pueden ustedes volver a habitar su castillo con toda tranquilidad, que ninguno de ellos volverá a rondarlo jamás.

El noble le dio las gracias, le hizo ricos regalos y le rogó que permaneciera a su servicio, y que él lo mantendría mientras viviera.

—No —respondió el Hermano Alegre—, estoy acostumbrado a andar de un lado a otro; seguiré viajando.

Entonces se marchó, entró en una herrería, puso sobre el yunque el zurrón que contenía a los nueve demonios y pidió al herrero y a sus aprendices que lo golpearan.

Así que descargaron sus grandes martillos con todas sus fuerzas, y los demonios lanzaban aullidos que daban lástima.

Cuando abrió el zurrón después de esto, ocho de ellos estaban muertos, pero uno, que había quedado tumbado en un pliegue, seguía vivo, se escurrió afuera y regresó al infierno.

Después de aquello, el Hermano Alegre anduvo mucho tiempo por el mundo, y quienes lo conocen pueden contar más de una historia sobre él; pero al fin envejeció y pensó en su fin, así que fue a ver a un ermitaño que tenía fama de ser un hombre piadoso y le dijo:

—Estoy cansado de andar de un lado a otro, y ahora quiero comportarme de modo que entre en el reino de los Cielos.

El ermitaño respondió:

—Hay dos caminos: uno es ancho y agradable, y conduce al infierno; el otro es estrecho y áspero, y conduce al cielo.

«Bien tonto sería —pensó el Hermano Alegre— si tomara el camino estrecho y áspero».

De modo que se puso en marcha y tomó el camino ancho y agradable, y al cabo llegó ante una gran puerta negra, que era la puerta del Infierno.

El Hermano Alegre llamó, y el portero se asomó a ver quién había.

Pero cuando vio al Hermano Alegre, se aterrorizó, pues era el mismísimo noveno demonio que había estado encerrado en el zurrón y había escapado de él con un ojo morado.

Así que volvió a echar el cerrojo tan aprisa como pudo, corrió hacia el lugarteniente del diablo y dijo:

—Ahí fuera hay un tipo con un zurrón que quiere entrar, pero, por su vida, no lo dejen pasar, o meterá el infierno entero en su zurrón. Una vez me dio una paliza espantosa cuando estuve dentro de él.

Así que le gritaron al Hermano Alegre que se marchara otra vez, ¡pues allí no entraría!

«Si aquí no me quieren —pensó—, veré si encuentro un sitio para mí en el cielo, porque en algún lado tengo que estar».

De modo que dio media vuelta y siguió adelante hasta que llegó a la puerta del Cielo, donde llamó.

San Pedro estaba sentado allí cerca, de portero.

El Hermano Alegre lo reconoció enseguida y pensó: «Aquí me encuentro con un viejo amigo; me irá mejor». Pero san Pedro dijo:

—Me parece a mí que pretendes entrar en el Cielo.

—Déjame entrar, hermano; en algún lado he de meterme; si me hubieran aceptado en el Infierno, no habría venido aquí.

—No —dijo san Pedro—, no entrarás.

—Pues si no me dejas entrar, recupera tu zurrón, que no quiero tener nada de ti.

—Dámelo acá, entonces —dijo san Pedro.

Entonces el Hermano Alegre le pasó el zurrón al Cielo por entre los barrotes, y san Pedro lo tomó y lo colgó junto a su asiento. Y dijo entonces el Hermano Alegre:

—Y ahora deseo estar yo dentro de mi zurrón.

Y en un segundo estuvo dentro, y en el Cielo, y san Pedro se vio obligado a dejarlo quedarse allí.