Los cuentos más atroces La niña de María
16%

La niña de María

Junto a un gran bosque vivía un leñador con su mujer, que tenían una única hija, una niña de tres años.

Eran, sin embargo, tan pobres que ya no les quedaba pan de cada día y no sabían cómo conseguirle comida.

Una mañana el leñador salió apesadumbrado a su trabajo en el bosque y, mientras cortaba leña, de pronto apareció ante él una mujer alta y hermosa, con una corona de estrellas resplandecientes sobre la cabeza, que le dijo:

—Yo soy la Virgen María, madre del niño Jesús.

Eres pobre y estás necesitado; tráeme a tu hija, yo la llevaré conmigo y seré su madre y cuidaré de ella.

El leñador obedeció, trajo a su hija y se la entregó a la Virgen María, que la subió consigo al cielo.

Allí la niña vivió muy bien: comía pastelillos de azúcar y bebía leche dulce, sus vestidos eran de oro y los angelitos jugaban con ella.

Y cuando cumplió catorce años, la Virgen María la llamó un día y le dijo:

—No la abriré del todo, ni entraré en ella, sólo la destrabaré para que podamos mirar un poquito por la rendija.

—Oh, no —dijeron los angelitos—, eso sería un pecado.

La Virgen María lo ha prohibido, y bien podría acarrearte la desdicha.

Entonces ella calló, pero el deseo de su corazón no se aquietó, sino que la roía y la atormentaba y no la dejaba descansar.

Y una vez, cuando todos los ángeles habían salido, pensó: Ahora estoy completamente sola y podría asomarme.

Si lo hago, nadie lo sabrá jamás. Buscó la llave y, cuando la tuvo en la mano, la metió en la cerradura y, una vez metida, la hizo girar.

Entonces la puerta se abrió de golpe, y vio allí a la Trinidad sentada en fuego y esplendor.

Se quedó un rato mirándolo todo con asombro; luego tocó un poco la luz con el dedo, y su dedo se volvió todo de oro.

Al instante un gran miedo se apoderó de ella.

Cerró la puerta con violencia y echó a correr.

Tampoco el terror la abandonaba, hiciera lo que hiciera, y su corazón latía sin cesar y no quería sosegarse; el oro también permaneció en su dedo y no se iba, por más que lo frotara y lo lavara.

No pasó mucho tiempo antes de que la Virgen María volviera de su viaje. Llamó a la niña ante sí y le pidió que le devolviera las llaves del cielo. Cuando la muchacha le entregó el manojo, la Virgen la miró a los ojos y le dijo:

—¿No has abierto también la decimotercera puerta?

—No —respondió ella. Entonces le puso la mano sobre el corazón, y sintió cómo latía y latía, y vio muy bien que había desobedecido su orden y había abierto la puerta. Entonces dijo una vez más:

—¿Estás segura de que no lo has hecho?

—Sí —dijo la niña por segunda vez. Entonces reparó en el dedo que se había vuelto de oro al tocar el fuego del cielo, y vio bien que la criatura había pecado, y dijo por tercera vez:

—¿No lo has hecho?

—No —dijo la niña por tercera vez. Entonces dijo la Virgen María:

—No me has obedecido y, además, has mentido; ya no eres digna de estar en el cielo.

Entonces la niña cayó en un sueño profundo y, cuando despertó, yacía abajo en la tierra, en medio de un páramo.

Quiso gritar, pero no pudo emitir sonido alguno.

Se levantó de un salto y quiso huir, pero hacia dondequiera que se volviese, siempre la detenían espesos setos de espinas que no podía atravesar.

En aquel desierto en que estaba prisionera se alzaba un viejo árbol hueco, y este había de ser su morada.

En él se metía cuando llegaba la noche, y allí dormía.

Allí también encontraba refugio contra la tormenta y la lluvia, pero era una vida miserable, y amargamente lloraba al recordar cuán feliz había sido en el cielo y cómo los ángeles habían jugado con ella.

Raíces y bayas silvestres eran su único alimento, y las buscaba tan lejos como podía llegar.

En otoño recogía las nueces y las hojas caídas y las llevaba al hueco.

Las nueces eran su comida en invierno y, cuando llegaban la nieve y el hielo, se acurrucaba entre las hojas como un pobre animalillo para no congelarse.

Pronto sus vestidos quedaron todos rotos, y una tira tras otra se le fue cayendo.

Pero en cuanto el sol volvía a brillar cálido, salía y se sentaba delante del árbol, y su largo cabello la cubría por todos lados como un manto.

Así se quedó sentada un año tras otro, sintiendo el dolor y la miseria del mundo.

Un día, cuando los árboles volvían a vestirse de fresco verdor, el rey del país cazaba en el bosque, y siguió a un corzo y, como este había huido a la espesura que cerraba aquella parte del bosque, se apeó del caballo, apartó los arbustos y se abrió camino con su espada.

Cuando por fin logró pasar, vio a una muchacha maravillosamente hermosa sentada bajo el árbol; y allí estaba, cubierta enteramente por su cabello de oro hasta los mismísimos pies.

Se detuvo y la miró lleno de sorpresa, y luego le habló y le dijo:

—¿Quién eres? ¿Por qué estás sentada aquí en el páramo? Pero ella no dio respuesta, pues no podía abrir la boca. El rey continuó:

—¿Quieres venir conmigo a mi castillo? Entonces ella apenas inclinó un poco la cabeza.

El rey la tomó en brazos, la llevó hasta su caballo y cabalgó con ella a casa y, cuando llegó al castillo real, hizo que la vistieran con hermosos ropajes y le dio todas las cosas en abundancia.

Aunque no podía hablar, era tan bella y encantadora que él empezó a amarla con todo su corazón, y no pasó mucho tiempo antes de que se casara con ella.

Al cabo de un año, más o menos, la reina trajo al mundo un hijo. Entonces la Virgen María se le apareció por la noche, cuando yacía sola en su lecho, y le dijo:

—Si dices la verdad y confiesas que abriste la puerta prohibida, te abriré la boca y te devolveré el habla; pero si perseveras en tu pecado y niegas con obstinación, me llevaré conmigo a tu hijo recién nacido. Entonces a la reina le fue permitido responder, pero se mantuvo dura y dijo:

—No, no abrí la puerta prohibida. Y la Virgen María tomó de sus brazos al niño recién nacido y desapareció con él.

A la mañana siguiente, al no encontrarse al niño, se murmuró entre la gente que la reina era una devoradora de hombres y había matado a su propio hijo.

Ella oía todo esto y no podía decir nada en contra, pero el rey no quería creerlo, pues la amaba muchísimo.

Cuando hubo transcurrido un año, la reina dio a luz de nuevo un hijo y, durante la noche, la Virgen María volvió a acudir a ella y le dijo:

—Si confiesas que abriste la puerta prohibida, te devolveré a tu hijo y te desataré la lengua; pero si continúas en el pecado y lo niegas, me llevaré conmigo también a este nuevo niño. Entonces la reina dijo de nuevo:

—No, no abrí la puerta prohibida. Y la Virgen tomó al niño de sus brazos y se lo llevó consigo al cielo.

A la mañana siguiente, cuando también este niño hubo desaparecido, la gente declaró bien alto que la reina lo había devorado, y los consejeros del rey exigieron que se la llevara a juicio.

El rey, sin embargo, la amaba tan tiernamente que no quiso creerlo, y ordenó a los consejeros, bajo pena de muerte, que no dijeran una palabra más al respecto.

Al año siguiente la reina dio a luz una hermosa hijita y, por tercera vez, la Virgen María se le apareció en la noche y le dijo:

—Sígueme. Tomó a la reina de la mano y la condujo al cielo, y allí le mostró a sus dos hijos mayores, que le sonreían y jugaban con la bola del mundo. Como la reina se alegró de ello, la Virgen María dijo:

—¿No se ha ablandado aún tu corazón? Si reconoces que abriste la puerta prohibida, te devolveré a tus dos hijitos. Pero por tercera vez la reina respondió:

—No, no abrí la puerta prohibida. Entonces la Virgen la dejó descender de nuevo a la tierra, y le quitó asimismo su tercer hijo.

A la mañana siguiente, cuando la pérdida se divulgó por todas partes, toda la gente clamó a gritos:

—¡La reina es una devoradora de hombres!

¡Hay que juzgarla! Y el rey ya no pudo contener a sus consejeros.

Se celebró entonces un juicio y, como ella no podía responder ni defenderse, fue condenada a morir en la hoguera.

Se juntó la leña y, cuando ya estaba bien atada al poste y el fuego empezaba a arder a su alrededor, el duro hielo del orgullo se derritió, su corazón se conmovió de arrepentimiento y pensó: Ojalá pudiera confesar antes de mi muerte que abrí la puerta.

Entonces le volvió la voz y gritó con fuerza:

—¡Sí, María, lo hice! Y al punto cayó lluvia del cielo y apagó las llamas del fuego, y una luz brotó sobre ella, y la Virgen María descendió con los dos hijitos a su lado y la recién nacida en sus brazos. Le habló con dulzura y le dijo:

—Quien se arrepiente de su pecado y lo reconoce, es perdonado. Entonces le dio los tres hijos, le desató la lengua y le concedió la felicidad para toda su vida.