Los cuentos más atroces Prólogo a la edición
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Los cuentos más atroces

Los cuentos más atroces

Por Hermanos Grimm

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Prólogo a la edición

Aquella urgencia no era gratuita. Los Grimm trabajaron en plena marea del Romanticismo alemán, en unos años en que las tropas de Napoleón recorrían Europa y los pueblos de habla alemana, todavía sin un Estado que los uniera, buscaban en su lengua y en sus tradiciones una identidad común.

Recoger los cuentos del pueblo era, para aquellos dos hermanos, un acto casi patriótico: reunir el alma de una nación dispersa en las voces de quienes narraban junto al fuego.

Jacob, el más severo y sistemático, sentaría además las bases de la lingüística moderna y participaría en la gran gramática y el diccionario de la lengua alemana; Wilhelm, más sensible al arte de la palabra, sería quien puliera edición tras edición la forma de los relatos.

De ese cruce entre el rigor del sabio y el oído del escritor salió un libro que ningún otro país volvería a igualar, y que hoy figura entre los cimientos de la cultura escrita en alemán.

Que un empeño tan grave diera como fruto historias de brujas, ogros y muertos parlantes no es una paradoja: es la prueba de que en la tradición popular late una seriedad que la costumbre de contársela a los niños nos ha hecho olvidar.

Pero conviene recordar un detalle que suele pasarse por alto: los Grimm no concibieron su primera colección como un libro para niños.

Era material de estudio, un depósito de tradición popular, y como tal no esquivaba lo escatológico, lo erótico ni lo atroz.

Con los años, a medida que el público se hizo doméstico e infantil, Wilhelm fue limando aristas: suavizó, moralizó, cristianizó, convirtió a más de una madre asesina en madrastra y retiró de la colección aquello que ya no cabía en un libro de regalo.

La imagen dulce que hoy tenemos de los cuentos de hadas es, en buena medida, el resultado de esa poda.

Y de esa poda, aún más que del texto que quedó, nace la presente antología.

Porque esta no es una selección de los cuentos más queridos, sino de los más raros, los más crueles, los más difíciles de digerir.

Hemos ido a buscar precisamente lo que las versiones de quiosco y de pantalla prefirieron olvidar.

Aquí hay niños que mueren, y no siempre resucitan.

Hay hambre real, la que empuja a una madre al borde de lo impensable.

Hay cuerpos mutilados con una frialdad que hiela: manos cortadas, corazones y ojos que cambian de dueño, cabezas clavadas en postes a la entrada de un castillo.

Hay carne humana servida en la mesa sin que nadie lo sepa.

Hay tratos con el diablo y hay una Muerte que hace de padrino y que, llegada la hora, no perdona ni siquiera a su ahijado.

El lector encontrará compasión y astucia, sí, y también finales luminosos; pero encontrará antes el filo, la extrañeza, ese desconcierto que en nuestros días se resume en una sola pregunta muda ante la página.

Esa incomodidad es el criterio que ordena el libro.

Junto a lo espantoso conviven aquí lo grotesco y lo francamente absurdo, que es la otra cara del mismo folclore.

Hay cuentos acumulativos en los que un piojito y una pulguita desencadenan, línea a línea, una catástrofe doméstica hasta que el agua lo anega todo; historias en las que mueren, por turnos, una gallinita, seis ratones, un carbón y cuanto animal se cruza en el camino, en una cadena de desgracias tan disparatada que roza la comedia negra.

Hay etiologías burlescas que explican por qué las cabras tienen ojos de diablo o de dónde salieron los primeros monos.

Hay zapateros gruñones que ponen orden hasta en el cielo y erizos que cabalgan gallos herrados.

Esa mezcla de horror y humor, de ternura y espanto, sin costuras ni transiciones, es una de las señas más profundas del cuento tradicional, y quizá lo que más desconcierta a quien se acerca esperando el tono uniforme de la literatura infantil moderna.

Sería un error, con todo, confundir esa crudeza con mera brutalidad.

El cuento popular es cruel porque el mundo del que nació lo era: un mundo de hambrunas, de mortandad infantil, de bosques que empezaban a la salida del pueblo y en los que uno podía perderse para siempre.

Estas historias no protegían a quien las escuchaba de los horrores de la vida; le enseñaban a mirarlos de frente y a nombrarlos.

Bajo la piel de erizo, bajo la culebra encantada, bajo el hueso que canta la verdad de un crimen enterrado, hablan miedos muy concretos y muy antiguos: el abandono, el hambre, la codicia, la traición entre hermanos, la sombra de la muerte rondando la cuna.

El cuento envuelve todo eso en la fórmula tranquilizadora del «había una vez» y en la cadencia rítmica de la voz que narra, y así lo vuelve soportable sin volverlo falso.

Leer estos relatos es asomarse a un modo de entender la existencia en el que la maravilla y el espanto no se excluyen, sino que caminan de la mano.

Reunir lo perturbador, no obstante, no significa reunirlo todo.

En el corpus de los Grimm hay dos relatos que esta edición deja fuera de manera deliberada: «El judío entre espinas» ( Der Jude im Dorn ) y «El buen negocio» ( Der gute Handel ).

Ambos son piezas abiertamente antisemitas, cuya gracia depende por entero del desprecio y la humillación de un personaje judío.

No los excluimos por pudor ante lo violento —este libro entero demuestra lo contrario—, sino porque su carga de odio no ofrece al lector nada que compense el hecho de volver a difundirla.

El interés folclórico de un texto es real, pero no obliga a nadie a perpetuar una injuria: una cosa es documentar la crueldad de las historias y otra muy distinta reproducir la calumnia dirigida contra un pueblo.

Dos Gatas Editorial ha preferido no hacerlo, y lo dice aquí con toda claridad, sin rodeos ni disculpas.

Esa exclusión tiene un reverso exacto, y las dos decisiones se explican la una a la otra.

Frente a lo que dejamos fuera por ofensivo, rescatamos dos cuentos que los propios Grimm suprimieron de sus ediciones posteriores por considerarlos demasiado atroces: «Cómo unos niños jugaron a matarse» ( Wie Kinder Schlachtens miteinander gespielt haben ) y «Los niños en tiempo de hambre» ( Die Kinder in Hungersnot ), presentes solo en las primeras ediciones de 1812 y 1815 y desaparecidos de la obra tal como el mundo terminó conociéndola.

Para esta antología se han traducido directamente del alemán original.

Ahí está la brújula de la casa: no censuramos lo que perturba —esos dos relatos vuelven del olvido, con toda su dureza intacta—, sólo apartamos lo que ofende de balde.

Perturbar es una forma legítima, y antiquísima, de decir la verdad sobre el mundo; humillar a otro no lo es.

Entre lo que hace daño y lo que hace pensar hemos trazado esa línea, y creemos que trazarla honra mejor a los Grimm que fingir que sus cuentos fueron siempre mansos.

Queda por decir qué ofrece esta edición de Dos Gatas.

Ofrece, en primer lugar, ese rescate: dos cuentos suprimidos que rara vez llegan al lector en español, vertidos aquí desde su lengua de origen.

Ofrece, sobre todo, fidelidad sin dulcificar: cuando el original mata a un niño, aquí muere; cuando mutila, aquí se mutila; las velas de la vida que la Muerte custodia se apagan en la página igual que en el cuento, sin el consuelo que otras versiones añadieron por su cuenta.

Y ofrece un cuidado de lengua y de estilo pensado para durar: una traducción al español neutro, sin localismos que aten el texto a una sola orilla, atenta a la cadencia oral del cuento tradicional y coherente de principio a fin en los nombres y los términos, de modo que Hans siga siendo Hans y la Muerte siga siendo la Muerte a lo largo de las cuarenta y ocho historias que componen el volumen.

Ese cuidado se nota, sobre todo, en las partes que suelen maltratarse.

Las cancioncillas y los pareados que salpican los cuentos —el conjuro que abre la montaña del tesoro, la copla que el pájaro repite tres veces para avisar a la novia, la canción del hueso que denuncia a su asesino— se han vertido en verso español, con rima y ritmo, para que conserven su carácter de fórmula, de ensalmo que se aprende de memoria.

Los nombres se han fijado con criterio y no al azar: se traducen cuando el sentido lo pide y se conservan cuando pesa más su sonido de origen.

Y la prosa mantiene la sencillez engañosa del habla contada en voz alta, esa aparente llaneza que es, en realidad, lo más difícil de sostener a lo largo de un libro entero.

Es el mismo cuidado, en suma, con que un restaurador limpia un cuadro antiguo: no para repintarlo a nuestro gusto, sino para que vuelva a verse tal como fue.

Lo que sigue, en fin, son los Grimm sin maquillaje: el bosque antes de que lo barrieran, el cuento antes de que lo acostaran a dormir.

Quien entre aquí buscando el arrullo de la infancia hará bien en dejarlo en la puerta.

Los demás encontrarán algo más hondo y más verdadero: la prueba de que estas historias sobrevivieron siglos no a pesar de su crudeza, sino gracias a ella.

Pase el lector, y no diga que no le avisamos.

Víctor Abreu