Capítulo 61
Nico y Marta
Fue idea de Marta.
Llamó a Nico en octubre, cuando los árboles de Brihuega ya estaban cambiando de color y el aire tenía esa densidad específica del otoño castellano que huele a tierra mojada y a algo que está terminando.
—Quiero ir —dijo Marta.
—¿Adónde?
—Al sitio donde estaba Santa Clara.
Nico tardó un momento.
—Ya no está el edificio.
—Lo sé. Quiero ir igualmente.
Nico pensó.
—De acuerdo —dijo—. ¿Cuándo?
—El sábado que viene.
Fueron en el coche de Marta: cuatro horas desde Valencia a Madrid, Marta conduciendo con la radio apagada y los dos en silencio la mayor parte del trayecto, no por incomodidad sino porque había algo en el viaje que pedía silencio.
Aparcaron en la calle Carabanchel Bajo, frente a un bloque de pisos de cinco alturas construido en los años noventa.
El bloque era anodino, de los que hay por toda la ciudad: azulejo beige en la fachada, buzones de metal en la entrada, un pequeño jardín comunitario con un árbol demasiado grande para el espacio disponible.
Nico se bajó del coche.
Se quedó mirando el bloque.
Marta se puso a su lado.
—¿Es aquí? —dijo Marta.
—Creo que sí. El número coincide. —Nico miró el árbol del jardín—. Ese árbol es demasiado nuevo. Pero la disposición de la calle es la misma.
Marta miró el árbol.
—¿Te acuerdas del muro?
—El muro estaba detrás. —Nico señaló hacia el fondo del solar—. El patio estaba entre el edificio principal y el muro. El muro daba a esta calle.
Marta miró.
El solar donde había estado el muro era ahora el aparcamiento comunitario del bloque: líneas amarillas pintadas sobre asfalto, varios coches aparcados, un contenedor de reciclaje.
—Saltamos aquí —dijo Marta.
—Más o menos aquí, sí.
Se quedaron mirando el aparcamiento durante un momento.
No había nada especial en lo que veían: era un aparcamiento comunitario, completamente ordinario, sin ninguna señal de lo que había habido antes.
Eso era lo que tenía la ciudad, pensó Nico: que seguía adelante sin esperar, que construía encima de lo que había habido, que el asfalto nuevo no guardaba memoria del suelo que había debajo.
Pero debajo del asfalto estaba el suelo.
Y en el suelo, cuarenta y cuatro años antes, había habido huellas en la nieve.
* * *
Marta sacó el cuaderno de tapas negras del bolso.
Lo abrió en una página en blanco.
Escribió la fecha.
Luego escribió: Estuvimos aquí. El edificio ya no está. El muro ya no está. Nosotros sí.
Le pasó el cuaderno a Nico.
Nico lo miró.
Luego cogió el bolígrafo que Marta le tendía y escribió debajo, con la letra apretada y ligeramente inclinada que seguía siendo la misma de siempre: El cuaderno original está bajo custodia judicial. Pero los cuadernos se pueden empezar de nuevo.
Le devolvió el cuaderno.
Marta lo leyó.
Cerró el cuaderno.
—¿Comemos algo? —dijo Marta.
—Sí —dijo Nico.
Encontraron un bar a dos calles, de los que abrían temprano y que tenían la barra llena de jubilados con el café y el periódico.
Pidieron el menú del día. Comieron sin prisas.
Hablaron de cosas ordinarias: el jardín de Nico, la clase de literatura de Marta, Mónica y sus gatos, los planes de Laura de matricularse en Derecho el año próximo.
Hablar de cosas ordinarias cuando hace poco no había nada ordinario es una de las formas más silenciosas de volver al mundo.
A las tres volvieron al coche.
Marta condujo hasta la salida de Madrid y luego paró en un área de servicio porque quería un café.
Nico pidió agua.
Se sentaron en la terraza cubierta del área de servicio con el sol de octubre tibio en los hombros.
—¿Cómo estás? —dijo Marta.
Era la misma pregunta que le había hecho Mónica meses antes.
Nico pensó con la misma honestidad de siempre.
—Diferente —dijo.
—¿Diferente de qué manera?
—De la manera en que algo pesa menos. —Una pausa—. No nada. Menos.
Marta asintió.
Sabía exactamente lo que quería decir.
Porque lo que Nico describía era lo que ella también sentía: no el alivio de que algo haya terminado, porque esto no había terminado y probablemente no terminaba nunca del todo.
Era otra cosa. Era la diferencia entre cargar con algo que nadie más sabe que llevas y cargar con algo que el mundo ya conoce.
El peso no desaparece.
Pero cuando alguien más lo ve, resulta que cabe de otra manera.
Terminaron el café.
Volvieron al coche.
Y Marta condujo de vuelta a Valencia mientras Nico dormitaba en el asiento del copiloto con la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventana y el paisaje de la meseta castellana pasando en silencio detrás del cristal.