Los Cuarenta Capítulo 62
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Capítulo 62

Sara

El lunes siguiente, Sara llegó a la comisaría a las ocho y veinte.

No era nada excepcional. Llevaba dieciséis años llegando a la comisaría de Homicidios de la calle Leganitos a horas parecidas, con el café de la esquina en la mano y el teléfono en el bolsillo y la cabeza ya en el trabajo antes de llegar a la puerta.

Rubén ya estaba en su mesa.

—Buenos días —dijo Rubén sin levantar los ojos del ordenador.

—Buenos días. ¿Hay algo nuevo?

—El caso del Manzanares sigue sin identificación. Y hay un informe de las 7:40 que puede ser tuyo.

—¿De qué tipo?

—Hallazgo de cadáver. Mujer, entre cuarenta y cincuenta años, piso de Carabanchel Bajo. La encontró la vecina del descansillo esta mañana. Aparentemente solo. Sin señales externas de violencia, pero el médico forense que fue tiene dudas sobre la causa de muerte natural.

Sara bebió un sorbo de café.

—¿Dirección?

Rubén leyó la dirección.

Sara dejó el café en la mesa.

Se quedó mirando el papel durante un momento.

—¿Qué pasa? —dijo Rubén.

—Nada. —Sara cogió el papel—. ¿Tienes el nombre de la fallecida?

—Según el padrón, vive allí una mujer llamada Consuelo Arenas Martín, cincuenta y dos años. Pensionista.

Sara miró el papel.

La dirección era en la calle Carabanchel Bajo.

A dos calles del solar donde había estado Santa Clara de Miraflores.

Arenas. El apellido no decía nada concreto. El número del piso era el cuatro. El nombre de la calle era una de las calles que Sara había recorrido dos veces en los últimos meses, primero cuando fue con Rubén a reconocer la zona y luego cuando fue con Marta y Nico al solar del antiguo centro.

Probablemente no era nada.

Probablemente era una coincidencia de topografía urbana: Madrid era una ciudad de cuatro millones de personas y la gente moría en pisos de Carabanchel todos los días sin que tuviera ninguna relación con nada.

Pero la manera en que un caso llama a otro, la manera en que los lugares guardan resonancia, era algo que Sara había aprendido a no ignorar por completo.

—Voy —dijo Sara.

Rubén cogió la chaqueta.

* * *

El piso de Consuelo Arenas Martín estaba en el cuarto piso de un bloque de los años setenta.

La vecina del descansillo, que se llamaba Pilar y tenía setenta años y los ojos todavía enrojecidos de haber encontrado lo que había encontrado, les abrió y les contó lo que sabía: que Consuelo vivía sola desde hace muchos años, que era callada, que a veces la saludaba en el ascensor, que esta mañana la puerta estaba entreabierta y había llamado porque no era habitual y había encontrado a Consuelo en el salón.

El médico forense les esperaba dentro.

—Muerte en las últimas ocho a doce horas —dijo el forense—. Sin señales externas evidentes de violencia. Pero la posición del cuerpo y la distribución de la lividez sugieren que no murió donde está. Alguien la movió.

—¿Antes o después de la muerte?

—Después, con certeza. Antes, posiblemente.

Sara miró el piso.

Era un piso ordinario. Fotos en las paredes: una mujer más joven y una niña, probablemente décadas atrás. Libros. Una pequeña colección de figuras de cerámica en la estantería.

Nada que saltara a la vista.

Pero algo en la atmósfera del sitio tenía la quietud específica de los lugares donde algo ha ocurrido y donde la evidencia de lo que ocurrió todavía no ha tenido tiempo de dispersarse.

—Necesito el historial —dijo Sara—. Nombre completo, vínculos familiares, historial laboral.

—Consuelo Arenas Martín —dijo Rubén, que ya estaba en el ordenador del móvil—. Hija de Amparo Martín Soto y de Germán Arenas Fuentes. Sin pareja registrada. Sin hijos.

Sara miró una de las fotos en la pared.

La mujer de la foto podía tener treinta años. La niña a su lado, diez o doce.

—¿Tiene hermanos?

—Sí. —Rubén leyó—. Una hermana: Mónica Arenas Martín.

Sara se quedó quieta.

Mónica Arenas.

El número 17 de la lista del cuaderno de Nico.

Mónica, que vivía en Brihuega con Nico.

La hermana de Mónica había vivido a dos calles del solar de Santa Clara toda su vida, en silencio, sin que nadie supiera que había un hilo que la conectaba con todo lo que habían estado investigando.

Y ahora estaba muerta.

Y alguien la había movido.

Sara salió al descansillo y llamó a Molina.

—Molina. Tengo un caso en Carabanchel Bajo que puede tener relación con la causa de Santa Clara.

Una pausa.

—¿Qué tipo de relación?

—No lo sé todavía. —Sara miró el pasillo—. Eso es lo que voy a averiguar.

Colgó.

Volvió al interior del piso.

Rubén la miró.

—¿Empezamos? —dijo Rubén.

—Sí —dijo Sara.

Y empezaron.