Capítulo 60
Andrade
Seis meses después de la sentencia, Laura Andrade visitó a su padre por primera vez.
No había sido una decisión fácil. Tampoco una decisión pensada durante seis meses. Había sido una decisión tomada un martes por la mañana, en la cocina del piso de Barcelona, mirando la taza de café, sin ninguna razón especial más que que ese día había decidido que sí.
El centro penitenciario estaba en las afueras de Madrid. Laura tomó el tren nocturno, durmió tres horas, llegó a Atocha a las seis y media, esperó en una cafetería hasta las ocho, tomó el autobús hasta el centro.
El locutorio tenía cabinas separadas por cristal.
Andrade entró desde la otra puerta.
Estaba más delgado que en el juicio. El traje que le había quedado grande entonces ahora habría quedado todavía más grande, pero llevaba la ropa del centro: gris, sin marca. Se sentó.
Laura se sentó al otro lado del cristal.
Se miraron.
Ninguno de los dos habló durante un momento.
Luego Laura dijo:
—No sé por qué he venido.
Andrade asintió.
—No tienes que saber por qué. Con que hayas venido es suficiente.
Otra pausa.
—Mamá no lo sabe —dijo Laura.
—No tienes que decírselo.
—Ya. —Laura miró el cristal—. ¿Cómo estás?
—Bien. —Andrade lo dijo de la manera en que se dice cuando la respuesta alternativa es demasiado complicada—. Leo mucho. Tengo un trabajo en la biblioteca del módulo.
Laura sonrió ligeramente.
—Siempre te gustaron los libros.
—Sí.
Silencio.
—Tengo dieciséis años —dijo Andrade—. Con buen comportamiento y revisión de condena, puede ser menos. —Una pausa—. Eso significa que cuando salga todavía no seré viejo.
Laura lo miró.
—Yo no he venido a pensar en cuándo sales.
—Lo sé. —Andrade la miró—. He venido a ver que estás bien y a estar aquí un rato. Eso es suficiente.
Laura asintió.
Se quedaron sentados.
A veces hablaban. A veces no. Era una de esas conversaciones que no necesitan llenarse de palabras para ser lo que son: un padre y una hija en un locutorio separados por un cristal, construyendo algo que no tiene nombre todavía porque acaba de empezar.
* * *
Tres semanas después de la visita de Laura, Andrade solicitó una mediación.
Era un procedimiento formal: mediante el programa de justicia restaurativa del centro, los condenados podían solicitar encuentros mediados con personas afectadas por sus acciones, siempre que esas personas dieran su consentimiento.
Andrade solicitó la mediación con Pablo Herranz.
Pablo tardó dos semanas en responder.
La respuesta fue sí.
El encuentro tuvo lugar en una sala del centro penitenciario con un mediador presente. Duró noventa minutos.
Sara no supo el contenido de la mediación: era confidencial por procedimiento. Lo que supo, porque Pablo se lo dijo por teléfono una tarde de septiembre, fue que había ido y que había valido la pena.
—¿En qué sentido? —dijo Sara.
—En el sentido de que salí de allí sabiendo algo que antes no sabía —dijo Pablo.
—¿Qué?
Una pausa.
—Que ese niño de catorce años que yo recordaba de Santa Clara era una persona que en algún momento había decidido que lo que estaban haciendo era insoportable y había buscado la manera de salir. Lo que encontró no fue la correcta. Pero el impulso de salir, ese sí lo entiendo.
Sara no dijo nada.
—No es perdonar —dijo Pablo—. Es entender una cosa específica. Son distintas.
—Sí —dijo Sara.
—Basta con eso por ahora.
Colgó.
* * *
Esa misma tarde, Andrade mandó una carta a Nico.
No por el sistema de correo supervisado: con la mediación en marcha, había obtenido autorización para correspondencia directa con personas relacionadas con la causa. La carta llegó a Brihuega cuatro días después.
Nico la leyó en el jardín, sentado en la silla de madera que usaba cuando el tiempo lo permitía.
La carta era corta. Cuatro párrafos. Andrade no era un hombre de muchas palabras escritas: había pasado su vida adulta en la acción y en el silencio, y escribir cartas era una habilidad que estaba aprendiendo en la biblioteca del módulo con la misma paciencia con la que había aprendido todo lo que valía la pena aprender.
La carta decía, entre otras cosas: Guardé el cuaderno durante cuarenta y tres años. Tú lo guardaste durante cuarenta y tres años. Quizás el cuaderno necesitaba a los dos. No lo sé. Solo sé que gracias.
Nico dobló la carta.
La guardó.
No en el cuaderno —ese estaba bajo custodia judicial, y probablemente lo estaría mucho tiempo— sino en el cajón de la mesita de la entrada donde guardaba las cosas que importaban.
Luego volvió al jardín y siguió con lo que estaba haciendo.