Los Cuarenta Capítulo 59
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Capítulo 59

Culpable

Casares leyó la sentencia durante veintiséis minutos.

Leyó con la misma voz neutra con la que había presidido todo el juicio: sin inflexión, sin énfasis dramático, con la precisión técnica de quien sabe que el texto es el texto y la voz es solo el vehículo.

Culpable.

Valentín Castaño Oriol: culpable de organización criminal, participación en abuso continuado de menores bajo custodia institucional, encubrimiento activo y obstrucción a la justicia.

Condena: veinticuatro años de prisión, inhabilitación absoluta, responsabilidad civil solidaria con la Fundación Viedma.

Rafael Montes Cañas: culpable de encubrimiento cualificado, obstrucción a la justicia, complicidad en la red de chantaje. Condena: diecinueve años.

Jorge Bermejo Navas: culpable de encubrimiento desde posición de poder, cohecho activo, destrucción de evidencias. Condena: once años, con aplicación de atenuante de colaboración.

Javier Andrade Vilar: culpable de seis homicidios con atenuante muy cualificado de trastorno mental severo derivado de trauma institucional sostenido. Condena: dieciséis años.

El resto de los acusados: condenas de entre tres y nueve años según el grado de participación probada.

Casares siguió leyendo.

Sara escuchaba sin moverse.

A su lado, Rubén tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas y los nudillos ligeramente blancos.

Cuando Casares llegó al apartado de responsabilidad civil —las indemnizaciones a los supervivientes identificados, la obligación de colaboración con las investigaciones en curso en otras ciudades— la sala seguía en silencio.

Luego Casares cerró la carpeta.

Miró al tribunal.

Luego a la sala.

—Queda notificada la sentencia. El plazo de recurso ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo es de diez días hábiles desde la notificación formal a las partes.

Se levantó.

Todos se pusieron en pie.

Y en ese momento, cuando el tribunal empezaba a retirarse y la sala empezaba a moverse y el sonido que había estado contenido durante veintiséis minutos empezaba a liberarse en forma de respiraciones y susurros y el ruido general de la gente volviendo a ser gente, Sara oyó un sonido que no esperaba oír.

Alguien estaba llorando.

No discretamente. Con el llanto específico de quien ha estado conteniendo algo durante mucho tiempo y que cuando el dique cede no puede controlarlo porque no hay nada que controlar.

Sara giró la cabeza.

Era Laura.

Estaba sentada en la segunda fila con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos y los hombros moviéndose con la cadencia del llanto profundo. No estaba haciendo ningún ruido especialmente audible. Era el movimiento lo que Sara veía.

Marta, que estaba dos asientos más allá, se levantó.

Fue hasta Laura.

Se sentó a su lado.

Le puso una mano en la espalda.

No dijo nada.

Laura siguió llorando.

Y Sara, mirando eso desde la primera fila, pensó que no era capaz de determinar exactamente por qué lloraba Laura: si por el padre que iba a pasar dieciséis años en prisión, o por el padre que había hecho lo que había hecho, o por las dos cosas a la vez, que probablemente era la verdad más honesta disponible.

No había una manera simple de sentirse en relación a Javier Andrade.

No había una manera simple de sentirse en relación a nada de lo que había ocurrido en los últimos cuatro meses.

Lo que había era esto: un veredicto. Veintitrés condenas. Una sala que empezaba a vaciarse mientras fuera de las ventanas Madrid seguía siendo Madrid con la indiferencia específica de las ciudades grandes que han visto demasiadas cosas para sorprenderse de ninguna.

Rubén puso una mano en el hombro de Sara.

Solo un momento.

Luego la retiró.

—¿Vamos? —dijo.

—Sí —dijo Sara.

Y se fueron.

* * *

Esa noche, en el piso de Lavapiés, Sara abrió el cajón de la mesilla de noche.

Sacó la lista de cuarenta nombres que había guardado en el bolsillo de la chaqueta y que luego había trasladado al cajón.

La leyó entera.

Cuarenta nombres.

Cuarenta personas de las que el sistema no sabía nada después de los años en que habían estado en Santa Clara.

Los veintitrés condenados de hoy no respondían por esas cuarenta personas. No de manera directa. La prueba de lo que había ocurrido con cada uno de esos cuarenta nombres requería más investigación, más tiempo, más recursos.

Pero algo había cambiado.

Había un veredicto.

Y un veredicto es el nombre oficial que el sistema da a la verdad cuando ya no puede ignorarla.

Sara dobló la lista.

La dejó en el cajón.

Apagó la luz.

Y durmió.

Por primera vez en mucho tiempo, durmió bien.