Capítulo 58
La sentencia
Los alegatos finales empezaron un martes y terminaron el viernes.
Iturriaga fue el último en hablar.
Había construido su alegato en tres partes: la primera establecía los hechos probados, que en ese punto eran tantos y tan sólidos que la mayor parte del alegato era simplemente un recuento ordenado.
La segunda conectaba cada hecho probado con cada acusado.
La tercera era lo que en el lenguaje de los fiscales se llama la calificación definitiva.
Castaño: veinticuatro años. Organización criminal, participación en abuso continuado de menores en el contexto del centro, encubrimiento activo durante cuatro décadas, obstrucción a la justicia.
Montes Cañas: diecinueve años. Encubrimiento, obstrucción, red de chantaje, complicidad en la desaparición de documentos.
Bermejo: trece años. Encubrimiento desde posición de poder, destrucción de evidencias, cohecho.
Andrade: dieciséis años. Seis homicidios con atenuante muy cualificado de trastorno mental derivado de trauma sostenido y actuación en contexto de abandono institucional reiterado.
Palma: cinco años. Homicidio imprudente con dolo eventual.
Los demás acusados, entre tres y nueve años según el grado de participación.
Durán respondió con un alegato de dos horas que atacaba la cadena de custodia de la grabación —ya rechazada tres veces— y la credibilidad de los testigos supervivientes.
Era un alegato competente. Era el mejor alegato posible dado el material con el que Durán contaba.
Pero dado el material con el que Durán contaba, competente no era suficiente.
Casares escuchó a todos con la misma expresión neutra de toda la causa.
Cuando el último abogado terminó, Casares miró al tribunal de tres miembros, luego a la sala, y dijo:
—El tribunal se retira a deliberar. Comunicará su veredicto en el plazo máximo de tres días hábiles.
Se levantó.
Todos se pusieron en pie.
Y la sala que había contenido trece días de juicio quedó en silencio por primera vez desde el quince de marzo.
* * *
Sara pasó los tres días de deliberación haciendo lo que siempre hacía cuando no podía hacer nada: trabajar.
Había un caso nuevo sobre la mesa: un hombre encontrado en el Manzanares con señales de traumatismo craneal y sin identificación. Madrid nunca dejaba de producir trabajo. La ciudad no esperaba a que una investigación terminara para empezar la siguiente.
Rubén trabajaba a su lado sin decir nada innecesario.
El primer día de deliberación, Nico llamó desde Brihuega.
—¿Cuándo dicen que sale?
—Tres días hábiles máximo —dijo Sara—. Puede ser antes.
—¿Cómo lo ves?
Sara pensó durante un momento.
—Lo veo bien. Pero los tribunales son tribunales.
—Sí.
Una pausa.
—Bueno —dijo Nico—. Lo que tenga que ser.
Colgó.
El segundo día, Laura Andrade mandó un mensaje a Sara. Era el primero desde que se habían visto en la Audiencia.
El mensaje decía: ¿Sabe algo ya?
Sara respondió: Todavía no. Mañana probablemente.
Laura no respondió.
Sara imaginó a Laura en algún sitio de Barcelona, o quizás todavía en Madrid, esperando con la misma mezcla de cosas que no tienen nombre exacto que debían estar sintiendo todos los que habían estado en esa sala.
El tercer día, a las once de la mañana, llegó la notificación de la secretaría judicial.
El tribunal había alcanzado veredicto.
La lectura de la sentencia sería a las cuatro de la tarde.
* * *
Sara y Rubén llegaron a las tres y cuarenta.
La sala estaba llena.
Nico y Mónica estaban en el mismo sitio de siempre. Marta, dos asientos más allá. Pablo Herranz, en la tercera fila, con su abrigo que había visto mejores temporadas.
Laura estaba en la segunda fila.
Había vuelto.
Sara la vio entrar y buscó en su cara algo que le dijera cómo estaba. Laura caminó hacia su sitio con la cabeza ligeramente inclinada, los auriculares en el cuello sin música, la mochila en el hombro.
No miraba al banco de acusados.
Tampoco miraba al frente.
Miraba el suelo delante de sus pies, como alguien que está contando los pasos que faltan.
Exactamente a las cuatro, las puertas laterales de la sala se abrieron.
El tribunal entró.
La sala se puso en pie.
Y la magistrada Elena Casares, que llevaba trece días sin revelar en su expresión nada de lo que pensaba, se sentó, abrió la carpeta que tenía delante, y empezó a leer.