Capítulo 57
Los que no estuvieron
La última semana del juicio oral trajo los testimonios de los que nunca habían estado en Santa Clara pero que habían vivido en su órbita.
—¿Examinó usted los cuerpos? —dijo Iturriaga.
—No. Firmé los certificados a partir de los informes del médico del centro. Era el procedimiento habitual.
—¿Tenía razones para dudar de esos informes?
Una pausa larga.
—En aquel momento dije que no. —Otra pausa—. Hoy diría que tenía razones para hacer más preguntas.
Iturriaga no añadió nada.
La sala tampoco.
El forense era el testimonio más frágil de todos y también el más devastador: no porque acusara directamente, sino porque describía el mecanismo de complicidad pasiva con la precisión de quien lo vivió desde dentro sin entender del todo lo que estaba viviendo.
Los sistemas no se sostienen solo con actores activos.
Se sostienen también con personas que firman lo que les ponen delante porque el procedimiento lo permite y hacer más preguntas tiene un coste.
* * *
El undécimo día, Iturriaga introdujo como prueba documental la carta del Vaticano.
Era una carta de tres páginas en italiano, fechada en enero de ese año, firmada por el Prefecto de la Congregación para el Clero.
La carta reconocía que la Santa Sede había recibido información sobre irregularidades en centros de acogida de la red diocesana española durante los años setenta y ochenta, que esa información había sido clasificada en el archivo correspondiente, y que en el contexto de la presente investigación judicial la Santa Sede ponía ese archivo a disposición de las autoridades españolas competentes.
Era la primera vez en la historia reciente de España que el Vaticano entregaba archivos propios a una fiscalía española sin mediación diplomática previa.
Iturriaga leyó la carta en voz alta.
La sala escuchó.
Sara, que conocía el contenido desde hacía tres semanas, siguió mirando al banco de acusados.
Montes Cañas tenía los ojos cerrados.
Bermejo seguía mirando la mesa.
Castaño miraba al frente.
Andrade, al extremo derecho, tenía la misma expresión de siempre: la de quien ya ha dicho todo lo que tenía que decir y ahora espera con la paciencia de alguien que ha aprendido a esperar.
* * *
Fuera de la sala, mientras el juicio avanzaba hacia su última semana, llegaban los ecos de las investigaciones paralelas.
Bilbao había procesado a cuatro personas relacionadas con el centro diocesano vasco. El juzgado de Valencia había dictado auto de apertura de juicio oral contra tres imputados. En Sevilla, la investigación derivada del caso Palma había conectado con una red de dos centros más de la misma época.
Marcos Ibáñez había publicado el quinto reportaje de la serie. El titular: El sistema fue el mismo en cuatro ciudades .
Las cuatro millones de visitas del primer reportaje habían pasado a ser quince millones acumuladas.
Sara había leído el quinto reportaje en su piso de Lavapiés una mañana de domingo mientras tomaba café, y lo que sintió al leerlo no fue satisfacción ni tampoco alivio.
Era algo más parecido al reconocimiento de que lo que habían hecho en los últimos meses era correcto y necesario y no suficiente, en ese orden.
Necesario porque sin ello nada de lo demás habría ocurrido.
No suficiente porque Santa Clara era un nodo, y un nodo no es el sistema.
El sistema seguía siendo el sistema.
Lo que habían conseguido era abrir los ojos de suficiente gente como para que el sistema fuera más difícil de ignorar.
Eso no era nada pequeño.
Pero tampoco era el final.
* * *
El último día de pruebas, Iturriaga pidió la palabra para un último documento.
Era una lista.
Cuarenta nombres. Los nombres de los menores que habían estado en Santa Clara entre 1975 y 1983 y de los que no había constancia posterior: sin padrón, sin historial médico, sin registro de vida adulta.
Cuarenta nombres que el sistema había borrado sin que nadie preguntara dónde estaban.
—El tribunal tiene ante sí esta lista —dijo Iturriaga—.
La acusación no puede probar qué ocurrió con cada una de estas personas.
Lo que sí puede probar es que existieron, que estuvieron en ese centro, y que después desaparecieron del registro oficial.
El tribunal valorará lo que esa desaparición significa en el contexto de las pruebas presentadas.
La sala siguió en silencio.
Sara miró la lista.
Cuarenta nombres.
Algunos niños, algunos con apellidos dobles, algunos con solo un nombre porque nadie había registrado el segundo.
Cuarenta personas que habían pasado por el mismo sitio que Nico y que Marta y que Andrade y que no habían saltado ningún muro.
O que lo habían saltado de una manera que no dejaba rastro.
Sara dobló la copia de la lista.
La guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, donde guardaba las cosas que no quería olvidar.