Los Cuarenta Capítulo 56
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Capítulo 56

El audio

La grabación duró cuarenta y dos minutos y diecisiete segundos.

La sala de la Audiencia Nacional escuchó cada uno de ellos en silencio total.

No el silencio que se produce cuando el público intenta ser correcto. El silencio de cuando algo que se escucha es tan específico, tan incriminatorio, tan absolutamente claro en lo que dice, que el cerebro no tiene capacidad para procesar y escuchar al mismo tiempo y elige escuchar.

Los tres hombres de la grabación hablaban como hombres que llevan décadas hablando de cosas que no se dicen en voz alta y que por eso ya no tienen conciencia de que son cosas que no se dicen en voz alta.

Era el lenguaje de la impunidad institucionalizada: no se ocultaban en eufemismos, no susurraban, no miraban a su alrededor.

Hablaban en el tono normal de una cena de trabajo entre personas que no tienen nada que temer.

En el minuto doce, Castaño decía:

— Lo de Andrade es distinto. Andrade sabe demasiado sobre lo de entonces y ahora está suelto por ahí. Si en algún momento decide que quiere dinero o que quiere otra cosa, tenemos un problema.

Montes Cañas respondía:

— Andrade no habla. Tiene tanto que perder como nosotros.

— Más —decía Castaño—. Mucho más.

En el minuto veinticinco, la grabación llegaba al momento que Iturriaga había señalado en el expediente como el nodo central de la prueba de encubrimiento: los tres hombres discutiendo qué hacer con un periodista que había conseguido acceso a los archivos del Obispado.

— Los archivos del Obispado son el problema real —decía Bermejo—. Si alguien sabe leerlos, y este periodista sabe leerlos, todo lo de la fundación queda expuesto. Y si la fundación queda expuesta, todo queda expuesto.

— ¿Qué tiene Bermejo en la Fiscalía que pueda usarse?

— Tengo suficiente. Pero necesito que nadie empuje desde arriba. Si hay presión política, no puedo contenerlo desde dentro.

— No habrá presión política —decía Castaño—. Tengo eso cubierto.

Sara, escuchando, pensó en todos los casos que habían llegado a la fiscalía en los últimos quince años y que se habían cerrado por razones que en el papel parecían legales y en la práctica eran otra cosa. Cuántos Bermejo habían habido. Cuántos tenían algo cubierto desde arriba.

No eran preguntas que tuvieran respuesta hoy.

Hoy solo había esta sala, esta grabación, y cuarenta y dos minutos de tres hombres hablando como si fueran eternos.

Cuando la grabación terminó, la sala tardó varios segundos en volver a moverse.

Castaño, en el estrado, seguía mirando al frente.

Pero el color de su cara había cambiado.

No de manera dramática. Solo que la piel tenía ahora el tono específico de quien ha escuchado su propia voz diciendo cosas que no pueden ser desdichas y que ha comprendido en tiempo real que el relato que llevaba nueve días construyendo en esa sala se había derrumbado en cuarenta y dos minutos y diecisiete segundos.

Durán pidió un receso.

Casares lo concedió: veinte minutos.

Durán fue hacia Castaño.

Se inclinó hacia él.

Le habló en voz muy baja durante cinco minutos.

Castaño escuchó.

No respondió.

Cuando el receso terminó y todos volvieron a sus sitios, Castaño miró al tribunal y dijo, con una voz que era la misma voz de siempre pero que tenía dentro algo que antes no tenía:

—Solicito al tribunal autorización para hacer una declaración adicional.

Casares lo miró.

—Puede proceder.

Castaño tomó aire.

—Quiero rectificar algunas de mis respuestas anteriores. —Una pausa—. Sí conocía a Nicolás Ferreras. Sí estaba al tanto de las circunstancias del centro. Y sí, en 2017, mantuve la conversación que el tribunal acaba de escuchar.

La sala no respondió.

Durán, sentado detrás de la barandilla de la defensa, miraba el folio que tenía delante sin leer lo que había en él.

Era la primera y única vez en nueve días de juicio que algo en la cara de Valentín Castaño parecía exactamente lo que era.

* * *

Sara salió al pasillo en el receso de la tarde.

Llamó a Molina.

—Lo ha reconocido —dijo Sara.

Silencio al otro lado.

—¿Todo? —dijo Molina.

—Las visitas, la conversación de 2017, el conocimiento de las circunstancias del centro. —Una pausa—. No los abusos directos. Sigue negando participación directa. Pero el encubrimiento sí.

—Con la grabación no necesitan más.

—No.

Otro silencio.

—Buen trabajo, Montero.

Sara colgó.

Se quedó mirando la plaza de la Audiencia por la ventana del pasillo.

El sol de marzo caía sobre los adoquines con esa luz específica del invierno final que todavía no es primavera pero que ya no es solo frío.

En algún sitio de Brihuega, Nico estaría en su jardín.

En algún sitio de Valencia, Marta estaría dando clase.

En algún sitio de este edificio, Andrade estaría esperando que la jornada terminara para volver al centro.

Cuarenta y cuatro años habían pasado desde que dos niños saltaron un muro en Carabanchel.

Y hoy, en esta sala, el peso de esos cuarenta y cuatro años estaba empezando a moverse.