Los Cuarenta Capítulo 55
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Capítulo 55

Castaño habla

Valentín Castaño subió al estrado el noveno día del juicio.

Lo hizo sin esposas, porque a diferencia de Andrade no había reconocido ningún cargo y su situación procesal era la de acusado en espera de condena, no colaborador, y los acusados que no han reconocido nada caminan hacia el estrado con las manos libres y la dignidad intacta hasta que el tribunal diga otra cosa.

Caminó con su paso de siempre.

Se sentó.

Miró al tribunal con la expresión que Sara ya conocía de memoria: la de alguien que ha decidido que la mejor respuesta a todo lo que ocurre a su alrededor es no reconocer que está ocurriendo.

Casares le explicó sus derechos.

Castaño asintió.

—¿Reconoce haber visitado el centro de acogida Santa Clara de Miraflores entre 1978 y 1982?

—Visité ese centro en el contexto de mis actividades de voluntariado con la Asociación de Juristas y la Fundación Viedma. Visitas de carácter altruista, perfectamente documentadas.

—¿Reconoce haber mantenido contacto con menores del centro durante esas visitas?

—El contacto con los menores era parte del programa de apoyo. Cenas, actividades recreativas, charlas vocacionales. Todo dentro del protocolo autorizado por la dirección del centro.

Iturriaga escuchaba sin tomar notas.

—¿Reconoce conocer al testigo Nicolás Ferreras?

—No lo conozco. He visto su nombre en el sumario.

—¿Conoce a la testigo Marta Sáez Ruano?

—No.

—¿A Javier Andrade Vilar?

—He oído ese nombre en el contexto de esta causa.

—¿Lo había oído antes?

Una pausa.

—No.

* * *

Iturriaga esperó a que Castaño terminara de negar lo que tenía que negar.

No era impaciencia. Era el cálculo de quien sabe exactamente cuándo usar el instrumento que tiene.

Cuando Castaño terminó, Iturriaga dijo:

—El tribunal va a escuchar ahora una grabación.

Cuarenta y dos minutos de audio. La grabación fue realizada en noviembre de 2017 en un restaurante del barrio de Salamanca de Madrid.

Las tres voces que aparecen en ella han sido identificadas pericialmente como las de los acusados Valentín Castaño, Rafael Montes Cañas y Jorge Bermejo.

Durán se puso en pie.

—La defensa ya impugnó la cadena de custodia de esa grabación en instrucción.

—Y el juez instructor la validó —dijo Iturriaga—. El tribunal ya tiene ante sí la resolución del Tribunal Constitucional que rechazó el recurso de la defensa sobre ese punto. La grabación es prueba válida.

Casares miró a Durán.

—Sentado, letrado.

Durán se sentó.

Castaño, en el estrado, no había movido un músculo.

Pero algo en sus ojos había cambiado.

No el color ni la dirección. La densidad. Como si detrás de ellos alguien hubiera encendido algo que llevaba tiempo apagado: el reconocimiento de que había llegado el momento que llevaba ocho años sabiendo que llegaría.

Iturriaga miró al técnico de sala.

—Cuando quiera.

* * *

Antes de que sonara el primer segundo de la grabación, Sara miró a Rubén.

Rubén tenía la mirada al frente, los brazos cruzados, la expresión de quien está concentrado.

Pero debajo de esa expresión había algo que Sara reconoció como lo que sentía ella misma: la tensión específica del momento en que una investigación que ha durado meses llega al punto en que lo que ha construido se va a probar en público, delante de todos, y ya no puedes controlar nada más que lo que ya está hecho.

Lo que ya estaba hecho era suficiente.

Tenía que ser suficiente.

El técnico pulsó el botón.

La sala se llenó con el sonido de un restaurante de Madrid en 2017: el fondo de conversaciones, el tintineo de cubiertos, la voz de un camarero preguntando algo que quedaba fuera del ángulo del micrófono.

Luego, más cerca, tres voces.

La primera era Castaño.

— ...lo del periodista no tiene que llegar a ningún sitio. Tenemos demasiado construido para que lo tire un aficionado.

La segunda era Montes Cañas.

— El aficionado tiene fuentes. Eso es el problema. Alguien le ha dado acceso a algo que no debería tener.

La tercera era Bermejo.

— Yo me ocupo del acceso. Lo que necesito es tiempo.

La sala de la Audiencia Nacional estaba en silencio total.

Cuarenta y dos minutos de silencio total.