Capítulo 54
Miguel
Andrade declaró el séptimo día del juicio.
Entró en la sala esposado, porque la normativa lo exigía para los acusados que comparecen como acusados y testigos en la misma sesión, y un funcionario le quitó las esposas en la puerta de la sala y él entró con las muñecas libres y las marcas visibles de las esposas en la piel.
Se sentó en el estrado.
Miró al tribunal.
Luego miró al público.
Laura estaba en la segunda fila. Llevaba tres días viniendo. Cada mañana aparecía con la misma mochila y se sentaba en el mismo sitio y Andrade sabía que estaba ahí aunque intentara no mirar.
Hoy miró.
Se miraron durante dos segundos.
Laura no hizo ningún gesto. Solo lo miró.
Andrade volvió a mirar al tribunal.
—Puede proceder —dijo Casares.
Iturriaga se puso en pie.
—¿Su nombre completo?
—Javier Andrade Vilar.
—¿Conocía a los acusados Valentín Castaño Oriol, Rafael Montes Cañas y Jorge Bermejo Navas antes del inicio de esta investigación?
—A Castaño lo conocí en Santa Clara de Miraflores cuando yo tenía catorce años y él tendría unos treinta y cinco. —Una pausa—. A los otros dos los conocí en el contexto de mi trabajo posterior. Bermejo me contrató para varios encargos entre 2018 y 2023.
—¿Qué tipo de encargos?
—Los seis encargos que están en el sumario.
La sala no produjo ningún sonido.
* * *
Andrade declaró durante tres horas.
Habló de Santa Clara. Habló de los seis casos.
Habló de cómo había construido durante diez años el perfil de los hombres que habían estado en Santa Clara, de cómo había encontrado a Bermejo, de cómo Bermejo lo había encontrado a él.
Habló de la grabación de 2017: él la había conseguido, la había mandado a Marcos Ibáñez, y había esperado durante siete años a que alguien la usara.
—¿Por qué no la usó usted directamente? —dijo Iturriaga.
—Porque yo tenía antecedentes. Porque todo lo que yo dijera iba a ser cuestionado. Porque necesitaba que alguien sin mis antecedentes la recibiera y la pusiera en circulación.
—¿Y los seis homicidios?
—Los seis homicidios son lo que son. —Una pausa—. No voy a justificarlos. Solo voy a decir que cuando entiendes que el sistema que debería juzgar a esas personas es el mismo sistema que esas personas controlan, tomas decisiones que no deberías tomar. Eso no es una justificación. Es una explicación.
—¿Reconoce su culpabilidad en los seis cargos de homicidio?
—Sí.
Durán no cruzó el contrainterrogatorio a fondo: Andrade era el acusado que más daño podía hacer a Castaño y Durán sabía que cada pregunta era una oportunidad para que Andrade dijera algo más sobre Castaño. Lo dejó rápido.
Cuando la sesión llegó al momento del confronteo directo —el momento en que Casares permitió que Iturriaga pidiera a Andrade que mirara al banco de acusados e identificara a quienes conocía— Andrade giró la silla ligeramente y miró.
Castaño estaba al final del banco.
Sus ojos se encontraron.
—¿Reconoce a este hombre? —dijo Iturriaga.
—Sí —dijo Andrade—. Este hombre venía a Santa Clara los martes por la noche. —Una pausa—. Cuando tenía catorce años y él treinta y cinco, a veces me preguntaba si algún día íbamos a volver a vernos.
Castaño no apartó los ojos.
—Y hoy estamos aquí los dos —dijo Andrade—. ¿Te acuerdas de mí?
La última pregunta no iba dirigida al tribunal ni a Iturriaga.
Era una pregunta directa a Castaño, que técnicamente no tenía cabida en el protocolo del interrogatorio y que Casares debería haber interrumpido.
Casares no interrumpió.
La sala tampoco.
Castaño no respondió.
En la segunda fila del público, Laura Andrade se tapó la boca con la mano y cerró los ojos.