Capítulo 53
Laura
Laura Andrade llegó a Madrid en el AVE de las ocho y cuarto del cuarto día del juicio.
Tenía diecinueve años y llevaba cuatro meses sin ver a su padre.
Habían hablado tres veces por teléfono desde la detención: conversaciones cortas, de las que se tienen cuando hay demasiado que decir y ninguna de las dos personas sabe por dónde empezar, así que acaban hablando de lo que no importa para no tener que hablar de lo que sí importa.
Laura no había pedido permiso para venir.
No a su madre, que seguía en Barcelona y que había decidido que su posición sobre lo que había hecho Javier era no tener posición porque tener posición implicaba estar de un lado o del otro y ningún lado le parecía transitable.
Y no a su padre, porque su padre no podía recibir visitas sin que la visita estuviera previamente autorizada, y Laura había preferido aparecer y ver qué pasaba a pedir autorización y recibir un no.
Tomó el metro desde Atocha hasta la plaza de Castilla y de ahí a pie hasta el edificio de la Audiencia Nacional.
Llegó a las diez menos cuarto.
La cola de prensa en la entrada ocupaba veinte metros.
Laura esperó.
Una mujer de edad indefinida, con el pelo recogido y ropa discreta, pasó a su lado en dirección a la entrada y luego se detuvo y la miró.
—¿Eres la hija? —dijo la mujer.
Laura tardó un segundo.
—Sí.
La mujer la miró con una expresión que no era lástima sino algo más complejo: el reconocimiento de quien también sabe lo que es estar en una posición para la que no existen instrucciones.
—Yo soy Marta Sáez Ruano —dijo la mujer.
Laura no respondió de inmediato.
—Lo sé —dijo finalmente—. He visto las fotos del juicio.
Marta asintió.
—¿Vas a entrar?
—Sí.
—Yo también. —Una pausa—. ¿Tienes acreditación?
—No.
Marta pensó.
—Ven conmigo. Como testigo de la acusación tengo acceso. Puedo acompañarte.
Laura la miró.
—¿Por qué harías eso?
Marta tardó un momento en responder.
—Porque tu padre era el niño más mayor de Santa Clara cuando yo llegué. Y porque hay una deuda que yo tengo con él que no tiene nada que ver con lo que hizo después. —Otra pausa—. Son dos cosas distintas. Las dos son verdad al mismo tiempo.
Laura asintió.
Entraron juntas.
* * *
Andrade vio entrar a Laura en el momento en que la sala retomaba la sesión después del receso de la mañana.
No la esperaba.
No esperaba a nadie.
Cuatro meses en preventiva habían afilado su capacidad de no esperar nada: lo que no se espera no puede fallar, y lo que no puede fallar no duele.
Era una filosofía de supervivencia que había aprendido en los primeros meses después de entregarse y que aplicaba con la misma disciplina con la que aplicaba todo.
Pero cuando vio a Laura —el pelo oscuro recogido, la mochila en el hombro, los mismos ojos de siempre— algo en esa disciplina cedió.
No de manera dramática. Solo que durante un segundo fue incapaz de mantener la expresión de siempre.
Laura lo vio.
Lo vio desde la segunda fila del público, donde Marta la había llevado, y cuando sus ojos encontraron los de su padre por primera vez en cuatro meses algo pasó en la cara de ella que tampoco era dramático: solo que los ojos se le llenaron y los labios apretaron y el mentón se movió muy ligeramente, el movimiento involuntario de quien está conteniendo algo que no cabe contenerse del todo.
Andrade apartó los ojos.
No porque no quisiera mirarla sino porque si la miraba más tiempo no iba a poder seguir haciendo lo que tenía que seguir haciendo.
Eso era lo que había elegido: entregar todo lo que sabía, decir todo lo que había hecho, y cargar con las consecuencias de lo uno y de lo otro. No por redención —no creía en la redención, o no como concepto abstracto— sino porque era lo correcto y porque lo correcto era lo único que le quedaba.
Pero lo correcto es más fácil cuando nadie a quien quieres está mirando.
* * *
Esa noche, desde el centro penitenciario, Andrade mandó una carta.
La mandó a través del sistema de correo supervisado, lo que significaba que alguien la iba a leer antes de que llegara. No importaba. Lo que tenía que decir podía leerlo quien lo leyera.
La carta iba dirigida a Marta Sáez Ruano, a la dirección del hotel donde la fiscalía tenía alojados a los testigos.
Decía lo siguiente:
Marta: esta mañana vi que ibas con Laura y no sé cómo agradecértelo porque no tengo las palabras para algo que está por encima de las palabras.
Solo quiero que sepas que lo que hice después de Santa Clara no tiene nada que ver con lo que aprendí de ti.
Tú me enseñaste que saltar el muro no es huir: es elegir.
Lo que yo hice después fue no elegir bien.
Eso es mío y no es tuyo. Gracias por traerla.
Gracias por ser quien eres todavía. Javier.
Marta recibió la carta al día siguiente por la mañana, antes de desayunar.
La leyó una vez.
La dobló.
La guardó en el cuaderno de tapas negras.
Y bajó a desayunar porque el día iba a ser largo y los días largos se empiezan con algo caliente.