Capítulo 52
Nico
Nico declaró el tercer día del juicio.
Entró en la sala con el mismo abrigo gris de siempre y se sentó en el estrado de testigos con la espalda recta pero no tensa, la postura de alguien que lleva muchos años practicando la calma como si fuera una habilidad técnica.
Era lo que era.
Iturriaga empezó por el principio: cuándo había llegado a Santa Clara, cuántos años tenía, qué circunstancias lo habían llevado ahí. Preguntas que establecían el contexto para el tribunal, que construían la base sobre la que iba a venir lo importante.
Nico respondió a cada una con la misma economía de palabras de siempre. No añadía lo que no le pedían. No adornaba. Era el testigo más difícil de atacar en contrainterrogatorio porque no había grieta entre lo que decía y lo que sabía: decía exactamente lo que sabía y nada más.
Luego Iturriaga llegó al cuaderno.
—¿Puede explicar al tribunal el origen del cuaderno?
Nico explicó.
Cuándo lo había empezado. Por qué. Qué había escrito en él.
—¿Conservó el cuaderno durante cuarenta y tres años?
—Sí.
—¿Por qué?
Nico pensó.
—Porque era la única prueba de que lo que había pasado había pasado. —Una pausa—. Y porque había personas que necesitaban que alguien lo recordara. Aunque no supieran que había alguien recordándolo.
* * *
La secretaria judicial leyó en voz alta quince fragmentos del cuaderno.
Los había seleccionado Iturriaga: los más específicos, los que contenían datos verificables —fechas, matrículas parciales, descripciones físicas— pero también los que tenían la textura particular de la escritura de Nico niño, esa combinación de precisión y de vocabulario de ocho años que hacía que el documento fuera innegablemente lo que era.
La sala escuchó en silencio.
Sara, en la primera fila, miraba a los acusados mientras la secretaria leía.
Castaño seguía con los ojos al frente, pero algo había cambiado en la manera en que los tenía: más fijos, más deliberados, la concentración específica de quien está trabajando para no mostrar nada.
Montes Cañas miraba sus manos.
Bermejo miraba la mesa.
Andrade, al extremo derecho del banco, miraba a Nico.
No de manera hostil. Con algo que no era exactamente reconocimiento pero que tampoco era indiferencia. Era la mirada de quien ve a alguien a quien no ha visto en cuarenta y cuatro años y no sabe qué cabe en ese espacio.
Nico lo notó.
Lo notó porque Sara, que lo estaba mirando, lo vio: Nico giró la cabeza muy ligeramente hacia el banco de acusados, sus ojos encontraron los de Andrade, y durante tres segundos exactos los dos se miraron sin que ninguno de los dos hiciera nada.
Luego Nico volvió a mirar al tribunal.
La secretaria siguió leyendo.
* * *
Durán fue breve en el contrainterrogatorio.
Solo había una grieta posible en el testimonio de Nico y Durán lo sabía: el tiempo. Cuarenta y cuatro años eran mucho tiempo para cualquier memoria.
—¿Puede asegurar que lo que está en ese cuaderno fue escrito en el momento en que dice usted que fue escrito?
—No puedo asegurarlo con medios propios —dijo Nico—.
Lo que puedo decirle es que el perito caligráfico que examinó el cuaderno en instrucción concluyó que la letra es de al menos tres etapas diferentes correspondientes al desarrollo de la escritura infantil, lo que es consistente con que fue escrito entre los ocho y los once años.
Y que el papel tiene una antigüedad de entre cuarenta y cincuenta años.
—¿Eso lo dice usted o el perito?
—El perito. Yo solo lo repito.
Durán lo miró.
Nico lo devolvió la mirada sin hostilidad y sin concesión: la mirada de alguien que ha estado esperando este momento durante mucho tiempo y que ahora que está aquí no necesita nada más que decir la verdad.
Durán se sentó.
Iturriaga no tenía preguntas adicionales.
Casares miró al testigo.
—Puede retirarse.
Nico se levantó.
Caminó hacia la puerta de la sala.
Antes de llegar, giró la cabeza una vez más hacia el banco de acusados.
Andrade seguía mirándolo.
Nico asintió, muy levemente, con la cabeza.
Andrade cerró los ojos un momento.
Luego los abrió.
Y los dos siguieron con lo que había que seguir.