Los Cuarenta Capítulo 51
84%

Capítulo 51

La defensa

El abogado de la defensa de Castaño se llamaba Marcos Durán y llevaba treinta años en la barra.

Era uno de esos penalistas que conocen tan bien la estructura del argumento legal que pueden construirlo de manera inversa: empezar por la conclusión que necesitan y fabricar el camino hacia atrás.

Era elegante cuando era necesario y brutal cuando la elegancia no funcionaba.

Y en este momento, mirando a Marta Sáez Ruano en el estrado, había decidido que la elegancia no iba a funcionar.

—Señoría —dijo Durán—, la defensa solicita que antes de que esta testigo preste declaración el tribunal examine la documentación que acredita su identidad.

El nombre Marta Sáez Ruano no aparece en el DNI presentado en la instrucción, que corresponde a otra persona, y la defensa tiene razón para creer que el nombre bajo el que comparece hoy no es el nombre legal de esta testigo.

Casares miró a Iturriaga.

—Fiscal.

Iturriaga se puso en pie.

—Señoría, la situación es precisamente la razón por la que el juez instructor Fuentes emitió el auto de dieciséis de febrero que obra en el expediente.

Marta Sáez Ruano cambió su identidad en 1983, con dieciséis años, como consecuencia de los hechos que nos ocupan.

Ha vivido durante cuarenta y dos años bajo otra identidad por razones de seguridad directamente relacionadas con la actividad de los acusados.

El tribunal tiene ante sí tanto el nombre actual como el nombre de origen, que consta en el expediente reservado.

La testigo está aquí bajo su nombre elegido, que es el nombre con el que eligió rehacer su vida.

—¿Tiene acreditación documental de ambas identidades? —dijo Casares.

—El expediente reservado contiene el nombre de origen y el certificado de la Comunidad Autónoma de Cataluña que acredita el cambio de identidad en 1983. También contiene los informes periciales psicológicos que acreditan las circunstancias que motivaron ese cambio.

Casares hizo una pausa breve.

—Sala —dijo—, el tribunal examinará el expediente reservado en los próximos diez minutos. Receso.

* * *

Sara aprovechó el receso para salir al pasillo.

Necesitaba moverse. Llevar seis horas sentada en la primera fila de una sala de juicio sin poder intervenir era el tipo de inmovilidad que el cuerpo acusaba de manera específica: tensión en los hombros, rigidez en la mandíbula, el impulso físico de hacer algo que no tenía objeto directo.

Rubén la siguió.

—¿Cómo lo ves? —dijo Rubén.

—Durán sabe que la identidad no es el argumento que le va a ganar.

—Sara miró el pasillo—. Lo que está haciendo es sembrar duda.

Si consigue que el tribunal pase media hora examinando documentación de identidad antes de que Marta declare, llega al testimonio con la testigo ya cuestionada.

La primera impresión es la única que no se puede reparar.

—¿Y si Casares lo admite de todas formas?

—Lo admitirá. —Sara no tenía dudas—. El auto de Fuentes es sólido. Casares lo sabe. Esto es teatro de la defensa.

—Teatro caro.

—El más caro de todos.

El pasillo tenía una ventana larga que daba a la plaza de la Audiencia. Sara se quedó mirando la plaza un momento: el sol de marzo, la gente pasando, la ciudad que no sabía nada de lo que estaba ocurriendo a veinte metros de distancia.

O quizás sí lo sabía.

Ibáñez había publicado cuatro reportajes durante la instrucción.

El primero había tenido cuatro millones de visitas.

Los siguientes, entre dos y tres millones cada uno.

Había habido manifestaciones frente al edificio del CGPJ tres domingos consecutivos.

El Gobierno había emitido un comunicado.

El Vaticano había guardado silencio, que en el lenguaje del Vaticano era también una respuesta.

La ciudad sabía.

Pero saber y que ocurriera algo son dos cosas distintas.

Lo que tenía que ocurrir ahora ocurría dentro de esa sala.

Sonó el timbre del receso.

Sara y Rubén volvieron a entrar.

* * *

Casares tardó ocho minutos en dictar su resolución.

—El tribunal admite el testimonio de la testigo Marta Sáez Ruano.

—Su voz era neutra, sin inflexión, el tono de quien dicta resoluciones porque esa es su función y el tono de la voz no forma parte de la resolución—.

La documentación del expediente reservado es suficiente para acreditar la identidad.

El cambio de identidad en 1983 es un hecho acreditado y no relevante para la valoración del contenido del testimonio.

La defensa puede impugnar el valor probatorio del testimonio durante el turno de preguntas, pero no la identidad de la testigo.

Durán se sentó.

No dijo nada.

La economía de sus movimientos era la del penalista que sabe cuándo ha perdido una batalla y que calcular cuánta energía gastar en cada batalla es parte de ganar la guerra.

Casares miró al estrado.

—Testigo. Puede proceder.

Marta Sáez Ruano miró al tribunal.

Luego, muy brevemente, miró al banco de acusados.

Castaño seguía mirando al frente.

Marta tomó aire.

Y empezó a hablar.

* * *

Habló durante dos horas y doce minutos.

Sin notas. Sin pausas largas. Con la precisión de alguien que ha repasado lo que va a decir durante cuarenta y cuatro años y que lo sabe de memoria no porque lo haya memorizado sino porque es lo que vivió y lo que vivió no se olvida aunque en algún momento hayas deseado que fuera posible olvidarlo.

Describió Santa Clara. Describió las noches. Describió al hombre con el anillo, que en ese momento no sabía cómo se llamaba pero que ahora, dijo, sabía que era el hijo del hombre que financiaba el centro.

Describió a Miguel: el niño mayor que tenía catorce años cuando ella tenía diez y que un día le dijo que había encontrado una manera de salir y que si quería podía venir.

Describió la fuga.

Cuando llegó a la parte de la fuga, la sala seguía en el mismo silencio de hacía dos horas.

No el silencio de la incomodidad sino el silencio de la atención absoluta, el que se produce cuando lo que alguien está diciendo es tan específico y tan verdadero que el cerebro no puede hacer otra cosa que escuchar.

—Saltamos el muro —dijo Marta—. Era de noche y había nevado un poco.

Recuerdo las huellas en la nieve. Recuerdo que Nico miró atrás un segundo antes de saltar.

—Una pausa—. No sé qué estaba mirando. Pero sé lo que yo sentí cuando salté: que era la última vez que iba a estar en ese sitio.

Y que eso era suficiente para seguir andando sin mirar atrás.

En la primera fila del público, Sara notó que tenía los ojos húmedos.

No por sentimentalismo.

Por algo más difícil de nombrar: la constatación de que había personas que habían sobrevivido cosas que no debían haber tenido que sobrevivir, y que habían tenido que construir vidas enteras alrededor de esa supervivencia, y que ahora estaban aquí, en esta sala, diciéndolo en voz alta.

Iturriaga no hizo preguntas adicionales.

No hacía falta.

Durán se puso en pie para el contrainterrogatorio.

Hizo tres preguntas sobre la identidad, las mismas que ya habían sido resueltas por Casares. Era teatro, pero era teatro calculado: quería que el acta mostrara que la defensa había cuestionado. Luego se sentó.

El tribunal no interrumpió.

Marta se bajó del estrado con la misma precisión con la que había subido.

Pasó frente al banco de acusados.

No miró a nadie.

No hacía falta.

Ya había dicho todo lo que tenía que decir.