Capítulo 50
El primer día
La sala de la Audiencia Nacional olía a papel viejo y a calefacción excesiva.
Sara y Rubén estaban en la primera fila del público.
No podían sentarse en la zona de acusación —eso era terreno del fiscal Iturriaga y su equipo— pero la primera fila del público era el segundo mejor sitio para ver todo.
Sara miró a los acusados.
Castaño estaba en el extremo izquierdo del banco de acusados.
Traje oscuro, corbata azul, el pelo blanco perfectamente peinado.
Miraba al frente con la expresión de siempre.
A su lado, Montes Cañas, que tenía setenta y cuatro años y los aparentaba todos.
Bermejo, que no había levantado los ojos desde que entró.
Andrade, al extremo derecho, con un traje que le quedaba grande porque había adelgazado en preventiva.
Al lado de Andrade, un espacio vacío: el asiento de Palma, que había solicitado declararse como testigo colaborador y que comparecería más tarde con tratamiento diferenciado.
La magistrada Casares entró.
La sala se puso en pie.
Casares se sentó.
Todos se sentaron.
Y el juicio de Los Cuarenta comenzó.
* * *
Iturriaga tardó cuarenta minutos en el alegato de apertura.
Era un alegato preciso, sin retórica innecesaria, construido para un tribunal profesional que no necesitaba emoción sino argumento.
Describió Santa Clara de Miraflores. Describió la estructura de los abusos.
Describió cómo esa estructura había sido protegida durante cuarenta y tres años por una red que incluía posiciones en el Poder Judicial, la Fiscalía, la Policía y la Iglesia.
Cuando llegó al cuaderno de Nico, la sala estaba en silencio.
—Este cuaderno —dijo Iturriaga, y levantó la vista del folio para mirar directamente al tribunal— fue escrito por un niño de ocho años que entendió que lo que estaba viendo era tan grave que había que dejarlo escrito aunque nadie lo fuera a leer en mucho tiempo.
Ese niño tenía razón. Y ese cuaderno es hoy el documento central de esta acusación.
La defensa de Castaño presentó objeción.
Casares la desestimó en dos frases.
Iturriaga continuó.
* * *
A las doce y cuarto, cuando la sala hacía cuarenta minutos que había reanudado la sesión tras el receso, el abogado de la defensa de Castaño se puso en pie con la expresión de quien lleva tiempo esperando el momento correcto.
—Señoría —dijo—, la defensa solicita que se aclare la identidad del testigo identificado en la lista de la acusación como Marta Sáez Ruano. Este nombre no aparece en ningún momento de las diligencias de instrucción y la defensa no ha tenido acceso a su declaración previa.
Casares miró a Iturriaga.
—Fiscal.
Iturriaga se puso en pie.
—Marta Sáez Ruano es una testigo de la acusación cuya identidad fue protegida durante la fase de instrucción por razones de seguridad, conforme al artículo 2 de la Ley Orgánica de Protección de Testigos.
El juez instructor Fuentes tuvo conocimiento de su existencia y admitió su testimonio por auto de fecha dieciséis de febrero.
La documentación correspondiente obra en el expediente.
La defensa de Castaño miraba el expediente con la expresión de quien busca algo y no lo encuentra.
—La defensa no ha tenido acceso a ese auto —dijo el abogado.
—La defensa tiene acceso al expediente completo —dijo Casares—. Si hay un auto de fecha dieciséis de febrero que no ha localizado, lo localice en el receso. —Una pausa—. ¿Quién es Marta Sáez Ruano?
Iturriaga miró hacia la puerta de la sala.
En ese momento, la puerta se abrió.
Una mujer entró.
Cincuenta y cuatro años. Pelo oscuro con vetas grises, recogido. Ropa discreta. Caminaba con la precisión de quien ha ensayado cada paso que va a dar hoy y que ha decidido que lo va a dar entero.
Cruzó la sala hasta el estrado de testigos.
Se sentó.
Miró al tribunal.
Luego, por primera vez desde que entró, miró al banco de acusados.
Cuando sus ojos encontraron los de Castaño, algo pasó en la sala que no fue un sonido y no fue un movimiento y no fue ninguna cosa que pudiera anotarse en el acta, pero que todos los presentes sintieron con igual claridad.
Castaño no apartó los ojos.
Tampoco lo hizo la testigo.
—Diga su nombre completo —dijo la secretaria judicial.
La mujer habló con voz clara.
—Marta Sáez Ruano. —Una pausa de medio segundo—. Antes me llamaba de otra manera. Pero Marta Sáez Ruano es mi nombre. Es el nombre que elegí cuando pude elegir.
La sala no produjo ningún sonido.
En el banco de acusados, la cabeza de Montes Cañas se giró muy lentamente hacia Castaño.
Castaño siguió mirando al frente.
Sara, en la primera fila del público, sintió que Rubén, a su lado, soltaba el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.