Capítulo 49
Marzo
En los noventa y un días que separaron el auto de Fuentes y el comienzo del juicio oral, Sara durmió una media de cinco horas y cuarenta minutos por noche.
Lo sabía porque Rubén llevaba la cuenta.
No de manera obsesiva, sino de la manera práctica de alguien que conoce a su superiora lo suficiente para saber que cuando Sara no duerme bien toma decisiones sin calibrar del todo, y que en el último tramo de una investigación las decisiones sin calibrar son el tipo de grieta que aprovecha la defensa.
Rubén le mandaba mensajes a las ocho de la mañana. El mensaje siempre era el mismo: ¿A qué hora has llegado a casa?
Y Sara siempre respondía con la hora exacta porque el hábito de la precisión no lo dejaba nunca, ni cuando era la última persona que quería ser precisa.
El catorce de marzo, la víspera del juicio, llegó a las once y cuarto.
Rubén le mandó el mensaje a las ocho.
Sara respondió: Once y cuarto.
Rubén tardó tres minutos en contestar: Bien. Hoy duermen todos. Mañana empieza.
Sara dejó el teléfono en la mesilla.
Se quedó mirando el techo.
No durmió.
* * *
El fiscal Iturriaga había estado tres meses preparando el alegato de apertura.
Era un hombre de cincuenta y dos años que llevaba veinte en la Fiscalía Anticorrupción y que tenía la virtud específica de los fiscales que han visto mucho: que ya no se sorprenden de nada, lo que les permite concentrar toda la energía en argumentar en lugar de reaccionar.
La víspera del juicio, Iturriaga y Sara se vieron en una sala del edificio de la Audiencia Nacional a las seis de la tarde.
Era la tercera vez en tres meses que se reunían para repasar la estrategia de acusación.
Las dos anteriores habían sido reuniones de trabajo, con documentos sobre la mesa y listas de preguntas.
Esta era diferente: no había documentos sobre la mesa.
Solo dos personas en sillas frente a frente repasando mentalmente lo que ya sabían de memoria.
—La grabación es el eje —dijo Iturriaga—. Todo lo demás construye hacia la grabación o la refuerza. Empezamos con los testigos supervivientes para establecer el daño. Luego los peritos para establecer la autoría. Luego la grabación para establecer el encubrimiento. En ese orden.
—La defensa va a atacar la cadena de custodia de la grabación —dijo Sara.
—Ya lo hicieron en instrucción. Fuentes la validó.
En el oral lo intentarán de nuevo con diferente argumento.
—Iturriaga se encogió de hombros—. Tenemos a Ibáñez como testigo sobre las circunstancias en que la grabación llegó a sus manos.
Tenemos el informe pericial de voz que certifica la autenticidad.
Tenemos la declaración de Bermejo que confirma que él es una de las tres voces.
—¿Qué dice la defensa de Castaño sobre el testigo sorpresa?
Iturriaga la miró.
—¿Qué testigo sorpresa?
Sara sacó del bolsillo interior de la chaqueta la carta de Andrade. Se la tendió.
Iturriaga la leyó.
La leyó una segunda vez.
—¿Cuándo recibiste esto?
—Hace tres meses.
—¿Y no lo has comunicado?
—Lo estoy comunicando ahora. —Una pausa—. Porque si lo comunicaba antes, la defensa lo sabía antes. Y quería que la defensa no tuviera tiempo de prepararse.
Iturriaga dobló la carta y se la devolvió.
—¿Quién es el testigo?
—No lo sé. —Sara guardó la carta—. Andrade sí lo sabe. Y creo que mañana lo vamos a saber todos.
* * *
Nico y Mónica llegaron a Madrid el catorce de marzo en el coche de ella.
Habían salido de Brihuega a las tres de la tarde para tener margen. Eran las siete cuando aparcaron en la calle Alcalá, cerca del Retiro, y fueron a pie hasta el hotel donde la fiscalía les había reservado habitaciones.
Era la primera vez que Nico volvía a Madrid desde que había entregado el cuaderno.
Caminó por la acera con la misma quietud de siempre, pero Mónica, que lo conocía desde hacía cuarenta años, notó que miraba los edificios de manera diferente: no como alguien que recuerda la ciudad sino como alguien que está comprobando que la ciudad sigue siendo real.
—¿Cómo estás? —dijo Mónica.
—Como siempre —dijo Nico.
—Eso no me dice nada.
Nico lo pensó.
—Bien —dijo—. Creo que bien.
Mónica no dijo nada más.
Entraron al hotel.
* * *
Marta Sáez Ruano llegó sola en tren desde Valencia, donde llevaba viviendo desde 2008 bajo ese nombre y con esa vida y ese trabajo de profesora de instituto que había construido ladrillo a ladrillo durante quince años.
Fue directamente al hotel.
No llamó a nadie.
A las diez de la noche, antes de dormir, sacó el cuaderno que llevaba en el bolso —un cuaderno pequeño, diferente al de Nico, con las tapas negras— y escribió tres líneas.
No las escribió para nadie en particular.
Las escribió porque desde los diez años había aprendido que poner las cosas por escrito era la manera de hacer que el mundo fuera menos permeable a lo que no debía entrar.
Las tres líneas decían: Mañana me llamo Marta. Hace cuarenta y cuatro años que espero poder decirlo en voz alta. Mañana.
Cerró el cuaderno.
Apagó la luz.
Y a diferencia de Sara, que a esa misma hora seguía mirando el techo de su piso en Lavapiés, Marta Sáez Ruano durmió.
Las personas que llevan mucho tiempo esperando algo saben dormir la noche anterior. Saben que el descanso es parte de la preparación.
Y Marta llevaba cuarenta y cuatro años preparándose para mañana.