Los Cuarenta Capítulo 48
79%

Capítulo 48

Las raíces

Castaño llegó al juzgado en un coche oficial que ya no era suyo.

El vocal del Consejo General del Poder Judicial había sido suspendido de sus funciones el lunes anterior por decisión del pleno, decisión adoptada por unanimidad después de que sus compañeros vocales comprendieran que la velocidad de separación era directamente proporcional a la velocidad del olvido institucional.

Castaño había entregado el carné sin decir nada.

Había salido del edificio de la calle Marqués de la Ensenada por la puerta lateral, la que no tienen cubierta las cámaras.

La prensa lo esperaba en la entrada del juzgado de Fuentes.

Castaño entró mirando al frente con la misma expresión que llevaba en todas las fotos: la de alguien que ha decidido que la mejor respuesta a lo que ocurre a su alrededor es no reconocer que está ocurriendo.

Sara lo vio entrar desde el pasillo del primer piso.

Sesenta y cuatro años. Pelo blanco. Traje azul marino, la única concesión al contexto. Caminaba con el paso de quien ha aprendido que la autoridad se comunica también con la manera de ocupar el espacio.

Pero el espacio de ese juzgado no era suyo.

Y eso, pensó Sara, era lo único que importaba.

* * *

La declaración de Castaño ante Fuentes duró dos horas.

Sara siguió el informe en tiempo real mientras Rubén se lo mandaba por fragmentos.

Castaño negó todo lo que se podía negar con coherencia superficial: que hubiera organizado visitas al orfanato de Santa Clara con fines distintos al altruismo, que hubiera conocido a Rodrigo Viedma-Reyes en contexto distinto al de las cenas de la Asociación de Juristas, que hubiera tenido conocimiento de que en Santa Clara se producían situaciones irregulares.

Reconoció lo que no podía negar sin contradecir pruebas ya incorporadas al expediente: que había asistido a Santa Clara en varias ocasiones entre 1978 y 1982, que había hecho donaciones personales a través de la fundación, que conocía a Montes Cañas desde la universidad.

Sobre la grabación de 2017 no dijo nada.

Fuentes no le preguntó por ella.

Era una decisión táctica del juez que Sara entendió perfectamente: la grabación era el arma central del juicio oral. Mostrarla en instrucción le daba a la defensa tiempo de preparar respuesta. Guardarla para la sala era dejar al acusado sin suelo firme cuando más lo necesitara.

Castaño salió del juzgado con el mismo paso con el que había entrado.

Solo que ahora lo que le esperaba afuera no era el coche oficial sino cuatro cámaras y dos micrófonos y el abogado diciéndole en voz baja que no respondiera a ninguna pregunta.

El abogado siguió hablando.

Castaño siguió mirando al frente.

* * *

Carabanchel, diciembre de 1981

Nevó esa noche.

No mucho: la nieve de Madrid, que llega y desaparece antes de que nadie decida qué hacer con ella. Pero nevó lo suficiente para que el patio trasero de Santa Clara de Miraflores tuviera una capa fina y blanca cuando Marta cruzó la ventana de la lavandería a las cuatro y veinte de la madrugada.

Nico la siguió.

Dos pares de pisadas en la nieve. Pequeñas, irregulares, apuradas: la huella específica de quien camina deprisa intentando no hacer ruido.

Llegaron al muro.

El saliente estaba donde Marta había dicho. Nico apoyó el pie, estiró el brazo, encontró el borde de la cima del muro con los dedos. Marta le empujó desde abajo. Nico llegó arriba, giró, tendió la mano a Marta, y los dos se quedaron un segundo sentados en lo alto del muro mirando hacia el patio.

La nieve seguía cayendo.

Las pisadas en el suelo eran la prueba de que habían estado ahí.

Y también eran la última cosa que quedaba de ellos en ese lugar: dos series de huellas pequeñas que iban desde la ventana de la lavandería hasta el muro, y que en cuestión de minutos, con la nieve que seguía cayendo, desaparecerían.

Como si nunca hubiera habido nadie.

Nico miró las huellas durante un segundo exacto.

Luego saltó al otro lado.

* * *

El auto de procesamiento de Fuentes llegó el viernes.

Veintitrés imputados. Cuarenta y ocho páginas de fundamentos jurídicos, relación de hechos probados en la fase de instrucción, y calificación provisional de los cargos.

Castaño: organización criminal, abuso continuado, encubrimiento activo.

Montes Cañas: encubrimiento, obstrucción a la justicia, participación en red de chantaje.

Bermejo: encubrimiento, destrucción de evidencias, cohecho.

Andrade: homicidio múltiple en grado de ejecución, seis víctimas, atenuante de actuación en estado de perturbación mental causada por trauma sostenido.

Palma: homicidio imprudente con dolo eventual.

Dionisio Fernández-Larralde: encubrimiento, facilitación de acceso ilícito.

Doce nombres más de niveles intermedios de la red.

Veintitrés personas que en algún momento habían decidido que lo que ocurría en Santa Clara era o bien algo que merecía protección o bien algo que merecía ignorar.

Fuentes fijó la fecha del juicio oral: quince de marzo.

Tres meses.

Rubén leyó el auto en voz alta en el despacho de Sara mientras ella miraba el mapa de Madrid clavado en la pared.

En ese mapa había cuatro chinchetas: el edificio del CGPJ en la calle Marqués de la Ensenada, la comisaría de Carabanchel donde habían encontrado a Herás, la sede de la Fundación Viedma en Príncipe de Vergara, y el lugar donde había estado Santa Clara de Miraflores.

El lugar donde había estado. Porque el edificio ya no existía: fue demolido en 1987 y en su solar habían construido un bloque de pisos de cinco alturas.

Sara había puesto la chincheta igualmente.

El lugar importaba aunque el edificio ya no estuviera.

—Veintitrés —dijo Rubén cuando terminó de leer.

—Sí.

—¿Es el número final?

—Por lo que hace a esta instrucción, sí. —Sara retiró la vista del mapa—. Pero no por lo que hace a la historia completa.

* * *

Esa tarde llegaron tres noticias en rápida sucesión.

La primera: la fiscalía de Bilbao había abierto diligencias previas en relación con un centro de acogida de la red diocesana vasca activo entre 1975 y 1984. Dos supervivientes habían presentado denuncia esa semana. La denuncia mencionaba visitas de hombres con conexiones a Madrid.

La segunda: el juzgado de instrucción número cuatro de Valencia había recibido una denuncia anónima acompañada de documentación fotográfica que relacionaba a dos de los veintitrés imputados del auto de Fuentes con un centro similar en la provincia de Valencia, activo en la misma época.

La tercera era de Sevilla. El juez que llevaba la causa de Palma había recibido una carta de un hombre que decía haber estado en un centro religioso de la provincia en los años setenta y que reconocía en el reportaje de Ibáñez la descripción de prácticas idénticas a las que él había vivido.

Santa Clara no era Santa Clara.

Santa Clara era el nombre que le habían dado a ese documento porque era el que Nico había puesto en el cuaderno y el cuaderno era lo que habían tenido. Pero lo que el cuaderno describía era un sistema, y los sistemas no tienen un solo nodo.

Sara llamó a Molina.

—Bilbao, Valencia, Sevilla —dijo.

—Lo sé —dijo Molina—. Lo acabo de leer.

—Esta investigación fue el hilo. Los demás juzgados van a tirar de los suyos.

—Sí. —Una pausa—. ¿Cómo estás, Montero?

Sara no respondió de inmediato.

—Cansada —dijo.

—Eso es la respuesta honesta.

—La única que tengo ahora mismo.

Colgó.

En el buzón del correo institucional, entre los correos del día, había uno que no tenía firma.

El asunto era: Para la inspectora Montero. Asunto: testigo .

Sara lo abrió.

Era una carta. Cuatro párrafos. La letra era la de alguien que escribe a mano y luego escanea porque la firma importa: al final, una firma que Sara no tardó ni un segundo en reconocer.

Javier Andrade.

La carta decía lo siguiente: que en el juicio oral habría un testigo cuya identidad la acusación desconocía.

Que ese testigo era la pieza que la defensa no había calculado.

Que Sara no tenía que hacer nada con esa información: solo guardarla.

Que cuando el testigo apareciera, entendería por qué le estaba avisando.

Y al final, una sola frase más, separada del resto por una línea en blanco:

Cuarenta y tres años son demasiados para que la verdad dependa de que nadie haya tenido miedo en el momento equivocado. Este testigo no tiene miedo.

Sara leyó la carta dos veces.

La guardó en el cajón de su mesa.

Cerró el cajón.

Y fue a buscar a Rubén porque el quince de marzo quedaban exactamente noventa y un días y había mucho trabajo todavía.