Capítulo 47
El acuerdo
Villanueva llamó el miércoles por la mañana desde el número de su abogado.
Sara reconoció el prefijo del despacho: los mismos que llevaban a Montes Cañas, lo que significaba que a alguien en ese despacho le había entrado la lógica de salvar la parte salvable y había convencido a dos clientes distintos para que cooperaran antes de que la cooperación dejara de ser moneda de cambio.
—Subcomisario Villanueva —dijo Sara.
—Inspectora. —La voz de Villanueva sonaba diferente a la de los primeros días de la investigación.
Entonces tenía el tono de quien gestiona la situación desde una posición de control.
Ahora tenía el tono de quien ha entendido que no hay posición de control disponible—.
Mi abogado me ha aconsejado que haga una declaración completa ante el instructor.
—¿Qué tipo de declaración?
—Completa. —Una pausa—. Cuándo supe lo que sabía, de quién lo supe, qué hice con eso.
Sara esperó.
—Hay cosas en las que participé de manera activa y cosas en las que participé de manera pasiva —dijo Villanueva—.
Mi abogado dice que esa distinción importa.
Yo le digo que de lo que estamos hablando ninguna distinción importa lo suficiente.
—Otra pausa, más larga—. Pero quiero que conste que vine yo. Que no esperé a que me trajeran.
—Consta —dijo Sara—. El juez Fuentes le recibirá esta tarde a las cinco.
* * *
Madrid, otoño de 1981
La noche antes de la fuga, Marta no durmió.
No porque tuviera miedo, aunque el miedo estaba. Era otra cosa: una especie de claridad muy fría que no le permitía cerrar los ojos porque tenía la sensación de que si los cerraba el plan se volvería más frágil, como si el plan necesitara que alguien lo estuviera mirando para seguir siendo real.
Repasó cada paso.
La ventana de la lavandería que se podía abrir desde dentro si sabías dónde estaba la bisagra floja.
El muro de la parte trasera que tenía un saliente a metro y medio del suelo, suficiente para apoyar el pie si ibas con calzado con suela.
La calle de Carabanchel al otro lado del muro, con el bar que abría a las seis de la mañana y el teléfono en la barra.
El número de la tía de Burgos que Marta había memorizado el verano anterior.
Los pasos de Miguel por el pasillo de la planta baja: tres de ida, tres de vuelta, cada veinte minutos. La tercera vuelta era la más larga porque Miguel se paraba a escuchar en la puerta del dormitorio grande.
Había una ventana de cuatro minutos entre la segunda y la tercera vuelta.
Cuatro minutos.
Con eso bastaba.
Marta repasó el plan por última vez, cerró los ojos, y esperó a que amaneciera.
* * *
La declaración de Villanueva duró tres horas y cuarenta minutos.
Sara no estuvo presente: Fuentes la llamó cuando terminó, a las nueve de la noche, mientras ella seguía en la comisaría trabajando el árbol financiero de la Fundación Viedma.
—Ha declarado sobre la sección 16 de la carpeta —dijo Fuentes—. Su nombre aparece en esa sección como receptor de información privilegiada relacionada con una investigación en 2009. Una investigación de homicidio que él dirigía entonces y que fue sobreseída antes de llegar a juicio.
—¿Qué investigación?
—Un hombre encontrado muerto en Vallecas. La autopsia inicial dijo accidente. Villanueva la firmó sin abrir diligencias. —Una pausa—. El muerto trabajaba como conserje en un colegio relacionado con la red diocesana. Había hecho una denuncia anónima tres semanas antes.
Sara se quedó quieta.
—Villanueva sabía que ese hombre había muerto porque sabía demasiado.
—Lo sabía o lo sospechaba con suficiente certeza para no abrir la investigación.
—La voz de Fuentes no tenía inflexión—. Ha dicho exactamente eso: que en 2009 recibió una llamada de alguien que le dijo que el asunto del conserje estaba resuelto y que si Villanueva no complicaba las cosas, las cosas no lo complicarían a él.
Ha dicho que tenía una familia. Que tenía una hipoteca. Que tomó la decisión que tomó.
—¿Tiene acceso a los archivos de esa investigación?
—La investigación se cerró como accidente. Los archivos están en el juzgado de guardia de 2009. Los he pedido esta tarde. Mañana los tengo.
Sara colgó y se quedó mirando el techo de la comisaría.
Una denuncia anónima en 2009. Un hombre muerto. Villanueva recibiendo una llamada.
La red no era solo los nombres del cuaderno.
La red era todo lo que había crecido alrededor de esos nombres durante cuatro décadas: los Villanueva del sistema, los Palma del sistema, todos los que en algún momento recibieron una llamada y tomaron la decisión que tomaron porque tenían una familia y una hipoteca.
La red era también eso.
Era quizás principalmente eso.
* * *
El jueves, el abogado de Castaño emitió un comunicado.
Era un documento de cuatro párrafos que Sara leyó en el teléfono mientras tomaba el primer café del día.
El comunicado decía que el vocal Valentín Castaño, en ejercicio de su derecho a ser oído y en aras de la transparencia institucional que había guiado toda su carrera, había solicitado voluntariamente comparecer ante el juez instructor para ofrecer su versión de los hechos relacionados con las presuntas irregularidades investigadas.
Era el lenguaje de alguien que ha calculado que declarar voluntariamente antes de ser citado formalmente le dará alguna ventaja táctica ante el tribunal o ante la opinión pública.
Rubén lo leyó por encima del hombro de Sara.
—Sabe que la grabación existe —dijo Rubén.
—La sabe desde el día que Bermejo fue detenido. —Sara dejó el teléfono—. Si Bermejo habló, y Bermejo habló porque no tenía nada que ganar callando, Castaño sabe que la grabación está en poder del juzgado.
—Entonces, ¿para qué declarar voluntariamente?
—Para controlar el relato. Para ser el primero en dar su versión.
Para que cuando el fiscal lea la grabación, el tribunal ya tenga en la cabeza la interpretación de Castaño.
—Sara recogió la chaqueta—. Es un movimiento de alguien que sabe que va a perder pero quiere perder de la manera que más le conviene.
Esa tarde, Fuentes dictó el auto de procesamiento formal contra Bermejo.
Trece años de prisión como acusación provisional, sujeta a las pruebas del juicio oral.
Bermejo lo recibió en la sala con los hombros caídos y una expresión de hombre que ha llegado al final de un camino que eligió hace mucho tiempo y que durante mucho tiempo no parecía ir a ningún sitio y que de repente ha llegado.
La Fundación Viedma para la Educación de la Infancia presentó esa misma tarde en el Registro Civil de Madrid la documentación de su disolución voluntaria.
Un comunicado de dos líneas en papel con membrete: la fundación acordaba su disolución con efectos inmediatos y ponía sus cuentas a disposición de las autoridades competentes.
Era la respuesta de quien tiene un buen abogado y sabe que la alternativa a disolverse voluntariamente es que te disuelvan con mucho más ruido.
Sara lo archivó.
Lo que importaba no era la fundación. Lo que importaba era lo que la fundación había financiado durante nueve años.
Y eso ya estaba en el cuaderno de Nico.
Y el cuaderno de Nico ya estaba bajo custodia judicial.
Nada de lo que la familia Viedma-Reyes hiciera ahora podía borrar lo que nueve líneas de letra apretada habían puesto por escrito.