Capítulo 46
El escudo
Pablo Herranz tenía cincuenta años y los había vivido todos. No de manera dramática: simplemente era de esas caras en las que el tiempo había trabajado con honestidad y sin piedad, dejando las marcas donde tenían que estar.
Llegó a las nueve y dos minutos, con un abrigo que había visto mejores temporadas y una expresión que Sara reconoció de inmediato: la expresión de alguien que ha pasado toda la noche sin dormir repasando lo que va a decir y que ahora, frente a la persona a quien se lo va a decir, ha olvidado la mitad.
—Pablo Herranz —dijo él, como si ella pudiera haber olvidado el nombre.
—Sara Montero. —Le dio la mano—. Gracias por venir.
Entraron.
Fuentes había decidido que la primera sesión sería informal: una sala de reuniones, no la sala de declaraciones. Una mesa redonda, sin estrado, sin el peso específico que tiene la arquitectura de los juzgados cuando quiere recordarte que estás ahí por algo.
Fue la decisión correcta.
Pablo tardó diez minutos en relajar los hombros.
—Supe que había un reportaje —dijo—. Pero no lo leí hasta que mi hijo me lo puso delante en el desayuno. —Una pausa—. Mi hijo tiene treinta y dos años. Nunca le había dicho nada.
—¿Por qué no? —dijo Fuentes.
Pablo pensó durante un momento real, no performativo.
—Porque no sabía cómo empezar. —Otro momento—. Y porque pensé durante mucho tiempo que si yo no lo nombraba, eso significaba que no había ocurrido del todo.
La sala no respondió.
—Pero ocurrió —dijo Pablo.
—Sí —dijo Fuentes.
—Y entonces hay que nombrarlo.
—Sí.
Pablo asintió. Y empezó a hablar.
* * *
Toledo, invierno de 1980
El cuaderno de Nico tenía una sección que nunca mostró a nadie.
No estaba separada del resto por ninguna marca visible: empezaba en medio de una página, sin salto de línea, escrita con la misma letra que el resto pero con algo diferente en la presión del lápiz. Como si la mano hubiera necesitado apretar más para que las palabras salieran.
La noche del martes el hombre del anillo habló con Sor Asunción en el pasillo.
Yo estaba detrás de la puerta de la sala de costura.
Le dijo que la fundación estaba muy contenta.
Que todo iba bien. Que en primavera habría una donación nueva.
Sor Asunción dijo gracias, señor Viedma.
El hombre dijo no me des las gracias a mí, dámelas a Rodrigo. Yo no soy más que el recadero.
Nueve líneas de letra apretada.
Cuarenta y tres años después, esas nueve líneas cambiaron el eje de la investigación.
* * *
Pablo Herranz había estado en Santa Clara entre 1978 y 1983.
Cinco años. La edad de nueve a catorce. Los años en los que el cerebro construye el mapa de lo que es el mundo y de cómo funciona, y Pablo había construido ese mapa en un sitio donde las reglas normales del mundo no aplicaban.
Pero Pablo tenía algo que Nico y Antonio Saura no tenían: Pablo había visto al hombre con el anillo de cerca.
—¿Cómo de cerca? —dijo Sara.
—Compartí mesa con él una vez. —Una pausa—. Hubo una cena. Una de esas cenas que hacían de vez en cuando con niños seleccionados, en el comedor grande, con las mesas puestas de otra manera. Yo fui dos veces. La segunda vez me pusieron al lado de ese hombre.
—¿Recuerda qué hablaron?
—Me preguntó si me gustaba la escuela. Me preguntó si tenía amigos. —Otra pausa—. Tenía una manera de preguntar que parecía interés pero que no era interés. Era como si estuviera comprobando que funcionaba bien.
—¿Vio el anillo de cerca?
—Sí. —Pablo no necesitó pensar—. Un anillo grueso, plata o plata con algo de oro, con un escudo en relieve. El escudo tenía un castillo en la parte de arriba y debajo... —Dudó—. Debajo había algo que parecía dos aves. Como halcones o águilas.
Rubén estaba tomando notas.
—¿Algún otro detalle del escudo?
—Una divisa. Letras en la parte de abajo, en un arco. No pude leerlas todas. Solo las tres primeras.
—¿Cuáles?
Pablo miró la mesa.
— V-I-E . Creo que era VIE . Las demás no pude verlas porque él giró la mano.
* * *
Nacho Pereda llegó al juzgado esa misma tarde.
Era heraldista, especialista en heráldica familiar española, profesor titular retirado de la Universidad Complutense. Fuentes lo había llamado esa mañana y Pereda había venido sin hacer preguntas porque el nombre de la causa y el tono de Fuentes habían sido suficientes.
Sara le mostró el boceto que la artista forense había elaborado a partir de la descripción de Pablo: un escudo dividido horizontalmente, castillo en la mitad superior, dos figuras aladas simétricas en la inferior, y las letras parciales VIE en la divisa inferior.
Pereda estudió el boceto durante cuatro minutos en silencio.
—El castillo en jefe, las aves en punta, la disposición de cuarteles —dijo—. Es una familia de origen castellano, probablemente registrada en el siglo XVII o XVIII. Las letras VIE sugieren un apellido que empieza así o una divisa latina. —Sacó el móvil—. Déjenme consultar el registro.
Fuentes, Sara y Rubén esperaron.
Pereda escribió en el teléfono con la concentración específica de los académicos que no han hecho las paces con los teclados táctiles.
—Hay tres familias con escudo compatible en el registro histórico de Castilla.
—Leyó—. Los Viedma-Serrano, extinguidos en el siglo XIX.
Los Viedma de la Torre, que derivaron en los Torresol.
Y los Viedma-Reyes, familia con propiedades en Madrid y Toledo, última inscripción en el Colegio Heráldico en 1987.
La divisa de los Viedma-Reyes es Viejos en honor .
— VIE —dijo Sara.
—En latín antiguo: Vietus in honorem . Sí.
Sara miró a Rubén.
Rubén ya buscaba en el ordenador.
* * *
La familia Viedma-Reyes aparecía en los registros de la Comunidad de Madrid como titular de la Fundación Viedma para la Educación de la Infancia, constituida en 1974.
El fundador: Rodrigo Viedma-Reyes, abogado, empresario, miembro del Patronato Diocesano de Madrid. Fallecido en 2003.
Rodrigo había muerto sin que nadie lo relacionara con nada porque en 2003 no había nadie buscando esa relación.
Pero lo que dejó siguió funcionando.
La Fundación Viedma para la Educación de la Infancia había sido activa hasta 2019, cuando cambió su objeto social de apoyo a centros de acogida a formación profesional para jóvenes en riesgo de exclusión . La nueva presidenta: Carmen Alborch-Viedma, nuera de Rodrigo, cuarenta y seis años.
La fundación seguía teniendo sede en Madrid.
Calle Príncipe de Vergara 188.
—¿Quién es Carmen Alborch-Viedma? —dijo Sara.
Rubén leyó.
—Casada con Ignacio Viedma-Reyes, hijo de Rodrigo. Ignacio tiene cincuenta y cuatro años, actualmente en Dubai. Carmen lleva la fundación desde que Rodrigo murió. —Pausa—. Tiene abogado de empresa. El despacho: Carrasco & Merino Asociados.
Sara conocía ese nombre.
Carrasco & Merino eran los mejores penalistas privados de Madrid. Los que llamabas cuando el problema era serio y el dinero no era el obstáculo.
—Ya saben que vamos —dijo Sara.
—Sí —dijo Rubén—. Lo saben desde que Nico entregó el cuaderno.
Sara fue a buscar a Fuentes.
Fuentes ya estaba redactando la citación.
La Fundación Viedma para la Educación de la Infancia había estado donando dinero a Santa Clara de Miraflores entre 1974 y 1983. Eso estaba en los archivos del Obispado que Herás había encontrado doce años antes.
Lo que estaba en el cuaderno de Nico era el nombre del hombre con el anillo.
Gracias, señor Viedma. Yo no soy más que el recadero.
No era el recadero. Era el hijo del fundador. Y el escudo en el anillo era el escudo de la familia.
Rodrigo Viedma-Reyes había muerto en 2003.
Pero lo que había financiado no había muerto con él.
Y los que lo sabían llevaban cuarenta y tres años apostando a que nunca habría nadie con un cuaderno y una memoria suficientemente precisa para nombrarlos.
Hoy perdían esa apuesta.