Capítulo 45
Los testigos
Las declaraciones formales de los supervivientes de Santa Clara comenzaron el lunes de la segunda semana de instrucción.
Fuentes lo había organizado con la meticulosidad que organizaba todo: dos declarantes por día, con al menos dos horas entre una y otra para que el ambiente de la sala se aireara, que era una manera técnica de decir que había cosas que no debían mezclarse porque cada persona traía un peso específico que necesitaba su propio espacio.
Nico fue el primero.
Sara lo esperó en la puerta del juzgado a las nueve menos cuarto.
Hacía frío, el frío seco de Madrid en diciembre que no tiene humedad pero que entra por cualquier abertura de la ropa.
Nico llevaba el mismo abrigo gris de siempre y los mismos ojos quietos y la expresión de alguien que ha estado esperando este momento durante cuarenta y tres años y que ahora que ha llegado no siente exactamente lo que esperaba sentir.
—¿Cómo estás? —dijo Sara.
—Bien. —Una pausa—. Raro.
—¿Raro de qué tipo?
Nico lo pensó durante un momento.
—Como cuando llevas mucho tiempo cargando algo y te dicen que ya puedes dejarlo en el suelo, y lo primero que sientes cuando lo dejas es que los brazos no saben qué hacer.
Sara no dijo nada.
Entraron.
* * *
Brihuega, 2003
Nico tenía treinta y dos años la primera vez que encontró en un periódico el nombre de Valentín Castaño.
Era una noticia breve, interior, de las que ocupan cuatro párrafos en la página once y que nadie lee a menos que tenga razón específica para buscar ese nombre: Castaño acababa de ser nombrado vocal del Consejo General del Poder Judicial.
La foto era de un hombre de mediana edad con el tipo de sonrisa que tienen los hombres que llevan tiempo aprendiendo a sonreír para las fotos.
Nico lo había reconocido en seis segundos.
No por la cara exactamente: habían pasado veinte años y las caras cambian.
Lo había reconocido por una combinación de factores que el cerebro procesa de manera no completamente consciente cuando ha registrado a alguien en circunstancias de alta intensidad emocional: la estructura de la mandíbula, la manera en que llevaba la corbata ligeramente aflojada aunque estuviera en una foto formal, algo en la postura.
Había abierto el cuaderno.
Había buscado la entrada.
Matrícula, fecha, descripción. Hombre de unos cuarenta años, pelo oscuro tirando a gris, chaqueta azul marino, anillo en la mano derecha con escudo. Llega siempre solo. Sor Asunción le abre antes de que llame.
Había mirado la foto del periódico.
La foto era en blanco y negro pero la chaqueta era oscura y la mano derecha estaba apoyada en el borde de la mesa de manera que no se veía el anillo pero la postura de la mano era la postura de alguien que lleva un anillo grueso y ha aprendido a ignorar el peso.
Nico había recortado la foto.
La había pegado en la última página del cuaderno.
Y había empezado a esperar a que alguien con la posición correcta para leer ese cuaderno apareciera.
Había tardado veinte años más.
* * *
La declaración de Nico duró una hora y cuarenta y siete minutos.
Habló con la misma voz de siempre: sin énfasis dramático, sin pausas calculadas para el efecto, sin los adornos de quien ha ensayado. Describió Santa Clara desde los ocho años. Las noches de los coches. El cuaderno y por qué había empezado a escribir en él. Miguel. Marta. La noche de la fuga.
Luego, ya en la etapa de presentación de documentos, Fuentes pidió que se leyeran en voz alta tres fragmentos del cuaderno.
La secretaria judicial los leyó.
La sala estaba en completo silencio.
No el silencio de la atención: el silencio de algo que no tiene respuesta inmediata.
La secretaria leyó las palabras de un niño de ocho años describiendo lo que veía desde una ventana con la letra apretada de quien sabe que el espacio en el papel es limitado y cada palabra tiene que contar, y la sala no pudo producir ningún sonido durante los cuatro minutos que duró la lectura.
Al terminar, Fuentes preguntó:
—¿Hay algo que quiera añadir que no haya dicho todavía?
Nico pensó.
—Que lo escribí para que alguien lo leyera —dijo—. Y que el hecho de que alguien lo haya leído, y de que estemos aquí, es suficiente.
Fuentes asintió.
—Puede retirarse.
* * *
Antonio Saura llegó desde Murcia en el tren de las siete y cuarenta.
Tenía cincuenta y cinco años y la cara del campo: curtida, con las arrugas en los sitios donde las pone el sol y no donde las pone el despacho. Había venido con una bolsa pequeña porque pensaba quedarse dos días en Madrid, lo que necesitara.
Su declaración fue diferente a la de Nico.
Donde Nico había sido preciso y descriptivo, Antonio fue fragmentario: la memoria no guardaba las cosas de la misma manera en todos los cerebros, y la memoria de Antonio guardaba sensaciones más que datos.
Olores, sonidos, la temperatura de ciertas noches.
No matrículas ni descripciones físicas exactas.
Pero había una cosa que sí guardaba con precisión: una cara.
—El hombre con el anillo —dijo Antonio.
Sara, al otro lado del espejo, se incorporó ligeramente.
—¿Puede describir al hombre con el anillo? —dijo Fuentes.
Antonio describió. La estructura de la cara. La manera de moverse. La voz: grave, sin acento pronunciado, el tipo de voz que no delataba origen geográfico porque había sido pulida para no delatarlo.
Era la misma descripción que Nico había dado. La misma que Pablo Herranz daría más tarde.
Pero Antonio añadió algo que los otros no habían dicho.
—Tenía una manera de mirar —dijo—. Miraba a los niños como si estuviera haciendo inventario. No con expresión de nada específico. Solo como si estuviera contando.
Fuentes no dijo nada.
Antonio siguió.
—Tardé mucho en entender qué me recordaba esa mirada. —Una pausa—. Me recordaba a los ganaderos cuando van a la feria a comprar. La mirada que le echan al ganado antes de decidir.
La sala siguió en silencio.
* * *
Fernando Crespo llegó desde Cuenca en coche, solo.
Cuarenta y ocho años. El más joven de los tres testigos de ese día. Había estado en Santa Clara entre 1982 y 1984, los últimos años antes de que el centro cerrara definitivamente.
Para cuando Fernando llegó, Sor Asunción ya no dirigía el centro: la habían trasladado a un convento en Ávila en el invierno de 1982.
Lo que Fernando describió era un centro en transición, con una dirección provisional que no organizaba las noches de los coches pero que tampoco hablaba de lo que había pasado antes.
—¿Sabías lo que había ocurrido en los años anteriores? —dijo Fuentes.
—Lo sabíamos —dijo Fernando—. Los niños que llevaban más tiempo te lo contaban. No con detalles. Con silencios. Los silencios también cuentan cosas.
—¿Qué te contaron los silencios?
Fernando tardó.
—Que había una sala al fondo del pasillo de la planta baja que tenía la cerradura cambiada y que nadie usaba. Y que si alguna vez preguntabas para qué servía esa sala, el niño que te lo contaba te miraba como si te hubiera preguntado algo demasiado estúpido para responder.
Al terminar la declaración de Fernando, eran las cuatro de la tarde.
Fuentes se levantó y salió sin decir nada.
La secretaria recogió las actas.
Sara, en el pasillo, miró por la ventana el patio interior del juzgado.
Tres declaraciones. Tres hombres que habían cargado con la misma cosa durante décadas distintas y que hoy la habían dejado, con diferentes palabras, en esa sala.
El teléfono vibró.
Era un número de Madrid que no tenía registrado.
Lo cogió.
Una voz de hombre, mayor, con algo en el tono que Sara tardó un momento en identificar como vergüenza.
—Me llamo Pablo Herranz —dijo la voz—. He leído el reportaje hace dos semanas. —Una pausa—. Estuve en Santa Clara entre 1978 y 1983. —Otra pausa—. He tardado dos semanas en llamar porque no sabía si tenía derecho.
Sara cerró los ojos un segundo.
—Tiene todo el derecho —dijo—. ¿Dónde está ahora?
—En Madrid. En casa de mi hijo. No sé si eso importa.
—No importa dónde está. —Sara fue hacia las escaleras—. ¿Puede venir mañana?
—Sí.
—A las nueve. Le espero en la puerta.
Colgó.
Llamó a Fuentes.
—Hay un cuarto testigo para mañana —dijo—. Pablo Herranz. Estuvo en Santa Clara entre 1978 y 1983.
Una pausa de Fuentes.
—¿Qué más tiene?
—Que tardó dos semanas en llamar porque no sabía si tenía derecho.
Silencio.
—A las nueve —dijo Fuentes.