Los Cuarenta Capítulo 44
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Capítulo 44

El médico

El coche de Eusebio Palma apareció el jueves por la mañana en el aparcamiento de la estación de Santa Justa, en Sevilla.

Cuatro días aparcado. La multa de zona azul pegada en el parabrisas, la segunda encima de la primera. Dentro, en el asiento trasero, una chaqueta doblada y una bolsa de deportes con ropa de varios días.

Sara recibió la notificación de la Policía de Sevilla a las nueve y cuarenta y cuatro.

Llamó al inspector García, que llevaba el seguimiento andaluz.

—¿Hay alguien en el coche?

—No. El coche lleva ahí desde el lunes por la noche según el registro de cámaras del aparcamiento. Palma entró a pie, lo dejó, y salió caminando hacia la calle Reyes Católicos.

—¿Hay cámaras en esa dirección?

—Sí. Lo tenemos en cámaras hasta la plaza del Duque. Luego lo perdemos.

—Un familiar en Sevilla —dijo Sara.

—Eso dijiste. Hemos localizado a la persona: Amparo Palma Herrera, cincuenta y dos años, hermana. Vive en Triana. Llevamos doce horas esperando fuera del domicilio.

—¿Ha salido alguien?

—Esta mañana la hermana, sola, fue al mercado. Volvió. No ha salido nadie más.

—¿Estáis seguros de que está dentro?

—No completamente. Pero la hermana ha rechazado abrir la puerta cuando sus vecinos le preguntaron si estaba bien. Eso es compatible con que haya alguien dentro que no quiere visitas.

Sara pensó.

Un médico que ha hecho algo que lo ha convertido en instrumento de un homicidio, que ha vaciado su consulta y ha huido a casa de su hermana en Sevilla. No es un fugitivo profesional. Es un hombre con miedo que ha ido al único sitio donde sabía que podía ir.

—García. Necesito que alguien hable con la hermana. No con uniformes, no con presión. Alguien que pueda transmitirle que su hermano está en una situación que se agrava con cada hora que pasa, y que la única manera de reducir el daño es que hable.

—¿Y si no abre?

—Entonces esperáis. —Una pausa—. Pero hacedle saber que el hombre que le encargó esto a su hermano está en preventiva desde el sábado pasado. Que ya no tiene poder para proteger a nadie. Que Palma es el último que queda fuera.

García tardó un momento.

—Dame dos horas.

* * *

Alcalá de Henares, invierno de 1983

El primer invierno en Alcalá fue el invierno en que Nico aprendió que la confianza es reversible.

No de manera dramática. El monitor Antonio era un hombre bueno y seguía siendo un hombre bueno.

Pero una tarde de enero entró en la sala de estudio sin llamar y vio a Nico escribiendo en el cuaderno y dijo: ¿qué escribes?

y Nico respondió nada y se dio cuenta en el momento de decirlo de que mentir era más fácil que explicar.

Más fácil y más triste.

Eso era lo que había enseñado Santa Clara que no tenía que enseñar: que el reflejo de proteger lo que importa pasa primero por la mentira, que la verdad es un lujo que solo se puede permitir quien no tiene nada que proteger.

Nico cerró el cuaderno.

Lo guardó bajo la camiseta.

Miró a Antonio y le dijo que había estado haciendo los deberes de lengua.

Antonio asintió y se fue.

Y Nico se quedó sentado en la silla con el cuaderno contra el pecho y la sensación específica de haber traicionado algo, aunque no fuera exactamente una traición sino el instinto de supervivencia más básico que había aprendido en los dos años anteriores.

El cuaderno era lo que más le importaba.

Y lo que más te importa lo proteges con lo que tienes.

Aunque lo que tengas sea mentira.

* * *

Mientras Sara esperaba noticias de Sevilla, fue a leer los archivos del árbol financiero de Herás.

La investigación de doce años de Marta había trazado el flujo del dinero de Castaño hasta el segundo y tercer nivel de empresas.

El nombre de Palma no aparecía directamente: lo que aparecía era una sociedad de consultoría médica con sede en Madrid que había recibido honorarios anuales de una empresa del segundo nivel.

Honorarios moderados, del tipo que pasan bajo el radar de cualquier inspección estándar.

Rubén había encontrado la sociedad de consultoría el día anterior.

El administrador único de esa sociedad era Eusebio Palma García.

No era un cómplice activo. Era alguien que había recibido dinero durante años de una fuente que nunca había examinado demasiado, y que cuando llegó el momento había sido la herramienta disponible porque tenía los conocimientos y porque tenía suficiente miedo y suficiente deuda moral acumulada para hacer lo que le pidieron.

Así era como funcionaba el ecosistema.

No necesitaba personas malvadas en cada posición. Necesitaba personas en deuda, personas con algo que perder, personas que habían cruzado una línea pequeña hace años y que ahora no podían retroceder sin exponer esa línea.

Troncoso, el hombre de La Retama que había pedido hablar, lo había descrito perfectamente: no estaba ahí por convicción sino por obligación.

Palma era otra versión de lo mismo.

El problema era que su obligación había producido un muerto.

García llamó a las doce y cuarto.

—Hemos hablado con la hermana. —La voz del inspector tenía algo que no estaba antes: el tono específico de quien ha tenido una conversación difícil y ha llegado a algún sitio—. Palma está dentro. Lleva desde el lunes sin salir. La hermana dice que no para de llorar.

—¿Va a abrir?

—La hermana sí. Palma dice que quiere un abogado antes de hablar con nadie.

—Tiene derecho. —Sara miró el reloj—. Dile que el abogado puede estar ahí en tres horas. Y que mientras espera, nadie le va a pedir nada. Solo que espere.

—¿Le garantizo que no será detenido inmediatamente?

—Puedo garantizarle que la detención se producirá de forma ordenada, con abogado presente, y que su colaboración será comunicada al fiscal de la causa antes de cualquier calificación de cargos. —Una pausa—. Eso es lo máximo que puedo garantizarle. Díselo exactamente así.

Hubo silencio al otro lado.

Luego García:

—La puerta se abrió.

* * *

Palma declaró en la comisaría de Triana esa misma tarde.

Sara no pudo estar presente: la distancia no lo permitía y el tiempo tampoco. Siguió la declaración en tiempo real a través del informe que García le mandaba por párrafos.

Lo que Palma dijo era esto:

Que desde 2019 había recibido honorarios de la sociedad de consultoría a cambio de estar disponible para consultas médicas de carácter discreto. Nunca había sabido exactamente para quién. Solo sabía que cuando le llamaban, atendía.

Que el lunes de esa semana le llamó un hombre cuya voz reconocía pero cuyo nombre nunca le habían dado.

El hombre le dijo que Ramón Esteve Carrera iba a necesitar asistencia médica urgente esa noche y que Palma tenía que prepararle algo que lo tranquilizara porque Esteve estaba muy alterado y podía hacer cosas que dañaran a mucha gente .

Palma había preguntado qué tipo de tranquilizante.

El hombre había dado instrucciones específicas.

Yo le dije que con esa dosis podría morir , escribió García en el informe. El hombre dijo que si moría era porque tenía el corazón débil y que nadie iba a mirar más allá. Me dijo que era lo mejor para todos, incluyendo para mí.

Palma había preparado la receta. Había ido a la farmacia. Había entrado en el domicilio de Esteve usando una copia de la llave que alguien le había dejado en un sobre en la puerta de su clínica ese mismo día.

Esteve le había abierto pensando que era el médico que había contactado para tratar su ansiedad.

Palma le había puesto la inyección mientras le tomaba la tensión.

Esteve había muerto cuarenta minutos después.

Palma había vuelto a su clínica, había vaciado lo que podía vaciar, y había cogido el coche hacia Sevilla porque no había podido pensar en ningún otro sitio al que ir.

El último párrafo del informe de García decía: El declarante sollozó durante veinte minutos antes de firmar el acta. Ha pedido hablar con un sacerdote.

Sara dejó el teléfono sobre la mesa.

Miró la pared.

Pensó en Esteve Carrera abriendo la puerta de su casa a un hombre que llevaba su historial médico y que era, en apariencia, exactamente el tipo de ayuda que Esteve necesitaba.

Cuarenta y tres años construyendo una red que funciona incluso cuando sus cabezas están en preventiva.

—Rubén —dijo.

Rubén levantó la vista.

—El hombre que llamó a Palma el lunes. La voz que Palma reconoce pero a la que nunca le pusieron nombre. Necesito que Palma escuche una selección de voces.

—¿De entre los detenidos?

—De entre los detenidos y de entre los que todavía no lo están. —Sara cogió el teléfono de nuevo—. Porque si hay alguien que siguió operando después del sábado, o no está entre los veintitrés, o está entre los veintitrés y tiene un canal que todavía no hemos cortado.

Rubén asintió.

—García puede organizar el reconocimiento de voz mañana por la mañana en Sevilla.

—Esta tarde —dijo Sara.

Rubén marcó.