Los Cuarenta Capítulo 43
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Capítulo 43

Sustancia

El forense de Pozuelo se llamaba Arrieta y tenía la voz de quien lleva veinte años comunicando cosas que nadie quiere escuchar y ha aprendido a hacerlo sin rodeos porque los rodeos solo alargan lo inevitable.

—Cloruro de potasio —dijo—. Concentración en sangre compatible con administración exógena. El nivel endógeno en un infarto natural no sube así. Lo que tenemos en Esteve Carrera es una curva de absorción que sugiere dosis única administrada en las dos o tres horas previas al fallecimiento.

—¿Oral o inyectada? —dijo Sara.

—Imposible determinarlo con certeza a estas alturas. El cloruro de potasio en dosis letales puede administrarse de varias maneras, algunas de las cuales no dejan marca visible. —Una pausa—. Lo que sí puedo decirle es que este hombre no murió de infarto espontáneo. Alguien le ayudó.

Sara miró el informe sobre la mesa del despacho de Arrieta. Dos páginas y media de terminología médica que se reducían a eso: alguien le ayudó.

—¿Hay residuos que permitan identificar la procedencia?

—El tóxico en sí no tiene trazador. Pero hemos encontrado algo más.

—Arrieta giró el informe y señaló el tercer párrafo de la segunda página—.

En el antebrazo derecho, una marca que en el levantamiento inicial se clasificó como contusión menor, posiblemente premortem por caída.

Con el microscopio es otra cosa: es la marca de una inyección.

Pequeña, limpia, de alguien que sabe hacerlo.

—¿Alguien con formación médica?

No era una pregunta.

—Con formación médica o paramédica, sí.

* * *

Madrid, otoño de 1979

El olor de la sala del fondo era el olor que Nico más tardó en olvidar.

No era un olor violento. Era el olor neutro y específico de una habitación que se ventilaba poco y que se usaba de noche, una combinación de colonia cara y aire cerrado y algo más que Nico, con ocho años, no podía nombrar pero que registró con la precisión de quien aprende que hay cosas que el cuerpo guarda aunque la mente decida no hacerlo.

Lo registró en el cuaderno de la única manera que podía.

Olor en el pasillo. Diferente al de siempre. Como cuando alguien ha fumado dentro aunque no se puede fumar.

Ocho líneas de letra desigual.

Cuarenta y tres años después, en el juzgado de instrucción número doce, alguien leyó esa entrada y supo exactamente qué significaba.

* * *

Rubén había pedido los registros de todas las farmacias en un radio de dos kilómetros del domicilio de Esteve Carrera en Pozuelo.

Era un radio amplio, quizás demasiado: doce farmacias. Pero el cloruro de potasio en concentración inyectable no se despacha sin receta, lo que reducía el universo de búsqueda a los establecimientos que habían vendido ampollas de cloruro potásico en los diez días anteriores a la muerte de Esteve.

Tres farmacias habían realizado esa venta.

Dos de ellas a clínicas u hospitales por pedido ordinario, documentado, sin irregularidad.

La tercera, en la calle Pintor Sorolla de Pozuelo, había vendido el martes —el mismo día en que Esteve Carrera murió— cuatro ampollas de cloruro de potasio al 20% a un hombre con receta médica.

La farmacéutica de guardia, una mujer de unos cincuenta años que había atendido a Sara y Rubén con la cooperación específica de quien entiende de inmediato la gravedad de lo que le están preguntando, había descrito al comprador: hombre, entre cincuenta y cinco y sesenta años, chaqueta oscura, pelo gris, hablaba con acento del norte.

Había pagado en efectivo. La receta tenía membrete de una clínica privada del barrio de Salamanca.

—¿Conserva la receta? —dijo Sara.

—La copia. —La farmacéutica fue al archivo y volvió con una hoja—. La máquina hace copia automática de todas las recetas de medicación controlada.

Sara la leyó.

El membrete era de la Clínica Médica Palma, calle Serrano 147. El firmante: Dr. Eusebio Palma García, especialista en cardiología.

—¿Conoce esta clínica?

—Sí. Es seria. Lleva años en el barrio.

Sara fotografió la receta y salió a la calle con Rubén.

—Clínica Palma —dijo Rubén mientras consultaba el teléfono—. Eusebio Palma García, cincuenta y ocho años, colegiado en Madrid desde 1992. Especialista en cardiología y medicina interna. Consulta privada. —Una pausa—. Sin antecedentes.

—Calle Serrano 147 —dijo Sara—. Vamos.

* * *

La clínica ocupaba el entresuelo de un edificio de principios del siglo XX a dos calles del Retiro. La fachada era discreta: una placa de bronce con el nombre, un portero automático, las persianas a medio bajar de quien no espera visitas.

El portero automático no respondió.

Rubén marcó el número de la clínica desde el teléfono. Doce tonos. Buzón de voz.

Fue a la portería del edificio.

El portero, un hombre de unos sesenta años con el periódico del día doblado sobre las rodillas, les dijo que el doctor Palma llevaba tres días sin aparecer por la consulta.

Que el martes por la mañana había llegado en su coche, había subido, había bajado veinte minutos después con una bolsa grande, había devuelto las llaves al portero diciendo que estaría fuera unos días y no había vuelto.

—¿El martes? —dijo Sara—. ¿A qué hora?

—Sobre las diez. Diez y cuarto.

Esteve Carrera había recibido la llamada de catorce segundos del número desconocido a las nueve y cuarenta del martes.

Veinte minutos después, Palma vaciaba su consulta.

—¿Tenía cita alguien en la consulta ese día? —dijo Sara.

—No lo sé. Eso lo sabe el personal. Pero el personal tampoco ha vuelto. La chica de recepción me llamó el miércoles porque no podía abrir y le dije que el doctor se había ido.

Sara miró la fachada de la clínica.

Las persianas a medio bajar. La placa de bronce. Veinte años de consulta privada en el barrio más caro de Madrid.

Alguien había llamado a Palma a las nueve y cuarenta del martes para decirle qué hacer.

Y Palma lo había hecho.

—Necesito una orden de entrada en la clínica —dijo Sara a Rubén—. Y necesito localizar el vehículo de Palma.

—¿Matrícula?

—Habrá padrón. Búscalo.

Rubén ya estaba marcando.

Sara miró la calle Serrano. El tráfico del mediodía. Los peatones. La ciudad que seguía siendo la ciudad aunque debajo de su superficie alguien hubiera decidido el martes por la mañana que Esteve Carrera no podía llegar al juicio.

La instrucción llevaba cuatro días. La estructura que llevaba cuarenta y tres años funcionando había tardado cuatro días en demostrar que seguía activa.

Eso era información.

Y era también la primera vez en toda la investigación que Sara sentía algo muy parecido al miedo.

No por ella.

Por los que todavía no habían declarado.

* * *

Fuentes firmó la orden de entrada en la clínica Palma a las cuatro de la tarde.

Los técnicos de la Científica encontraron lo que esperaban encontrar en la sala de tratamientos: un vial abierto de cloruro de potasio al 20%, una jeringa sin usar en la papelera, y en el ordenador de la consulta, un historial médico borrado esa mañana del martes que los técnicos recuperaron en parte de la memoria temporal del disco.

El historial borrado correspondía a un paciente cuyo nombre en el sistema era una combinación de iniciales que no coincidía con ningún nombre real.

Pero los datos biométricos sí eran reales: edad aproximada, presión arterial, historial de revisiones.

Y una nota clínica del último mes: paciente con ansiedad severa relacionada con exposición mediática. Solicita orientación farmacológica.

Era Esteve Carrera.

Esteve había ido al médico hace un mes asustado. Había buscado ayuda donde no debía buscarla.

Rubén leyó la nota en voz alta desde la pantalla del portátil de los técnicos y luego se quedó en silencio durante un momento.

—Le dio su nombre —dijo.

—Sí —dijo Sara.

—No sabía quién era Palma.

—No. O lo sabía y no tenía a nadie más.

Eso era lo más oscuro: que un hombre que empezaba a tener miedo, que estaba evaluando si hablar, que había llamado a su hija para decirle que iba a hacer algo, hubiera buscado ayuda en alguien conectado a la misma estructura de la que quería escapar.

La red no dejaba huecos fáciles.

Cuarenta y tres años construyendo una red no deja huecos fáciles.