Los Cuarenta Capítulo 42
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Capítulo 42

Fuentes

El despacho del juez Fuentes tenía libros en las paredes y silencio en el aire y una luz de sobremesa encendida aunque eran las once de la mañana porque la ventana daba a un patio interior que nunca recibía suficiente luz natural.

Sara había pedido la reunión por escrito, por el canal correcto, y Fuentes le había respondido por escrito indicando que la recibiría el jueves a las once. No antes. No después.

Se sentó frente a él con una carpeta delgada.

—Tengo una solicitud en relación con el testimonio de un testigo en la instrucción —dijo.

Fuentes la miró por encima de los cristales de las gafas de leer que llevaba para revisar documentos y que en ese momento no estaba usando, lo que significaba que estaba escuchando y no leyendo.

—Continúe.

—Marta Sáez Ruano. —Sara colocó la carpeta sobre el escritorio pero no la abrió todavía—.

Residente en Madrid, cuarenta y tres años.

Fue tutelada por el Patronato de Protección de Menores entre 1975 y 1981, período durante el cual estuvo en el orfanato Santa Clara de Miraflores.

—Una pausa—. Quiere declarar en la instrucción como testigo directo de los hechos ocurridos en Santa Clara durante ese período.

Fuentes no dijo nada.

Sara abrió la carpeta y colocó los dos primeros folios frente al juez.

—El nombre de Marta Sáez Ruano aparece en el cuaderno de Nicolás Ferreras en la entrada del 14 de marzo de 2001, identificada como superviviente número veintitrés.

La misma persona es conocida profesionalmente como Verónica Herás, fiscal de la Unidad de Anticorrupción, que se recusó del presente caso el sábado 7 de diciembre debido a conflicto de interés personal con los hechos investigados.

Fuentes cogió los folios. Los leyó. Sara esperó.

—¿La fiscal Herás conocía la naturaleza de su conflicto de interés cuando asumió la investigación hace doce años? —dijo Fuentes.

—Sí.

—¿Por qué no se recusó en ese momento?

—Porque en el momento de asumir la investigación, la fiscal Herás consideró que era la persona con mejor capacidad técnica para construir el caso y que la recusación prematura habría resultado en que la investigación fuera asignada a alguien sin el contexto necesario para identificar los elementos relevantes.

—Una pausa—. Una decisión que puede cuestionarse en términos formales pero que produjo el expediente de tres meses que constituye la base de la instrucción actual.

—¿Está justificando la irregularidad?

—Estoy describiéndola con precisión para que su señoría pueda valorarla con el contexto completo. No la justifico. La presento.

Fuentes leyó durante otro minuto.

—¿Qué aporta la declaración de Marta Sáez Ruano que no aporten los testimonios de otros supervivientes ya identificados?

—Dos cosas. Primera: es la única superviviente identificada que huyó del centro directamente en 1981 sin pasar por el sistema del Patronato, lo que significa que es la única cuya historia de salida no está mediada por las instituciones que hoy están implicadas en el caso.

Segunda: lleva doce años construyendo el expediente de Anticorrupción sobre la estructura financiera de Castaño.

Su declaración puede conectar los hechos de 1981 con la arquitectura de encubrimiento de los cuarenta y tres años siguientes de una manera que ningún otro testigo puede hacer.

—¿Ha considerado que la defensa de Castaño va a usar la identidad dual de la testigo para intentar desacreditar la instrucción?

—Sí. Y la testigo también lo ha considerado. Está dispuesta a afrontarlo.

—¿Puede garantizar que su declaración va a estar blindada procesalmente?

—La testigo lleva doce años construyendo declaraciones blindadas procesalmente. Es su especialidad.

Fuentes la miró durante cuatro segundos. Luego cogió el bolígrafo. Escribió una nota al margen del primer folio.

—Voy a estudiar la solicitud —dijo—. Le comunico mi decisión antes del lunes.

Sara recogió la carpeta. Se levantó.

—Una cosa más —dijo Fuentes, sin levantar los ojos del folio—. El expediente de las últimas cuarenta y ocho horas. ¿Ha visto el parte de defunción de Ramón Esteve Carrera?

Sara se detuvo.

—No conozco ese nombre.

Fuentes abrió un cajón y sacó un folio. Lo colocó sobre el escritorio.

Ramón Esteve Carrera. Sesenta y ocho años. Fallecido el martes por la noche en su domicilio de Pozuelo de Alarcón. Causa: infarto agudo de miocardio. Sin antecedentes cardíacos registrados.

—¿Quién es? —dijo Sara.

—Estaba en la sección cuarta de la carpeta de Montes Cañas —dijo Fuentes—.

Era el director adjunto de la Oficina de Supervisión del Patronato entre 1995 y 2003.

La persona que firmó los informes de supervisión de Santa Clara en los años en que la supervisión habría tenido que revelar lo que estaba ocurriendo allí.

—Una pausa—. Sin antecedentes cardíacos registrados.

Sara miró el parte. Martes por la noche. El primer día laborable después de las detenciones. Cualquier persona con razones para temer la instrucción ya tenía tiempo suficiente para evaluar su exposición.

—¿Va a solicitar autopsia?

—Ya la he solicitado —dijo Fuentes—. Esta mañana, antes de que usted llegara.

* * *

Madrid, 1981

La mañana después de la primera noche de coches, el desayuno fue puntual.

Eso era lo que recordaba Nico con más claridad cuarenta y tres años después: que el desayuno fue puntual. El pan en la mesa a la hora de siempre, el café con leche en los vasos de siempre, Sor Remedios con las instrucciones de siempre.

El mundo no había cambiado de forma.

Eso era lo más preciso: que el mundo era exactamente el mismo y que eso era la parte más difícil de entender para un niño de diez años que todavía creía que cuando algo horrible ocurre el mundo acusa el golpe de alguna manera visible.

No había señal. El pan era el mismo. El café era el mismo.

Nico abrió el cuaderno por debajo de la mesa.

Escribió una fecha. Luego: Anoche vinieron cuatro coches. No los vi entrar pero vi las luces desde la ventana. Por la mañana todo es igual.

Cerró el cuaderno.

Todo es igual. Eso era lo más importante de registrar. No lo que había pasado. Lo que pasaba después.

* * *

Rubén estaba esperando en el coche cuando Sara salió del juzgado.

—Ramón Esteve Carrera —dijo Sara antes de que él hablara.

—¿Ya lo sabe?

—Fuentes me lo ha dicho. Ha solicitado autopsia.

—Bien. Porque hay algo más. La hija de Esteve me ha dicho que el martes por la tarde, horas antes de que encontraran el cuerpo, su padre la llamó. Para decirle que iba a hacer algo. Que tenía que hacer algo que debería haber hecho hace mucho tiempo.

—¿Qué cosa?

—No lo dijo. Le dijo que si no volvía a saber de él en veinticuatro horas, que llamara a la policía y dijera su nombre. —Rubén giró hacia la M-40—. Y hay una llamada recibida en su teléfono a las nueve y cuarenta de la noche del martes. Número no identificado. Catorce segundos.

Sara procesó eso.

Castaño detenido desde el sábado. Alguien más operando mientras las cabezas visibles estaban en celda.

—¿Quién? —dijo.

—Esa es la pregunta.

Los resultados preliminares de la autopsia llegaron el viernes.

Niveles elevados de una sustancia cardiotónica que en dosis altas produce arritmia ventricular.

El forense añadió una nota: compatible con administración voluntaria o involuntaria en las horas previas al fallecimiento. Se recomienda investigación adicional.

Fuentes llamó a Sara directamente.

—El caso se amplía —dijo.

—Lo sé.

—Necesito que Homicidios retome la investigación de esta línea.

—Sí —dijo Sara.

Y antes de que colgara, Fuentes añadió una cosa más.

—La solicitud de la fiscal Herás. He tomado mi decisión. La admito. Marta Sáez Ruano declarará como testigo en la instrucción.