Capítulo 41
El ecosistema
Marta Sáez Ruano llamó el miércoles por la mañana.
No llamó como Verónica Herás. El número que aparecía en el teléfono de Sara no era el número de la Fiscalía ni el del móvil profesional que Herás había usado durante toda la semana.
Era un número que Sara no tenía registrado y que cuando descolgó produjo una voz ligeramente diferente: no la voz del fiscal sino la de una persona que ha tomado la decisión de ser otra voz por un rato.
—Soy Marta —dijo.
Sara tardó un segundo en calibrar lo que eso significaba.
—¿Dónde estás?
—En casa. Mi casa, no el despacho. —Una pausa—. ¿Tienes tiempo para tomar un café esta mañana?
—¿Dónde?
—En un sitio que no sea ni la comisaría ni el juzgado ni ningún sitio que tenga que ver con el caso. —Otra pausa—. Hay una cafetería en la calle Ilustración, cerca de donde me crié. Sé que es lejos para ti pero me parece el sitio correcto.
Sara miró el reloj. Las nueve y cuarto del miércoles. La instrucción avanzaba a su ritmo sin que ella tuviera que estar presente en cada paso, al menos por ahora.
—En una hora —dijo.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, diciembre de 1981
La noche en que Marta se fue, Nico la vio por última vez en el pasillo del primer piso.
Era las dos de la madrugada y los dos estaban en posición de acuerdo con lo que habían planeado: Nico delante, comprobando el camino hasta la puerta lateral; Marta detrás, con la bolsa de tela y los zapatos colgados del cuello como él le había enseñado.
El pasillo olía a pino, el desinfectante que usaban los viernes, que en invierno tardaba más en evaporarse porque las ventanas estaban cerradas.
Nico llegó a la esquina.
Se detuvo.
Miró atrás.
Marta estaba a cuatro pasos de él en el pasillo oscuro, con la barbilla levantada y los ojos abiertos y esa expresión que Nico había aprendido a leer en ella durante dos años: la expresión de alguien que ha tomado la decisión y que ahora solo necesita que el cuerpo siga a la decisión.
No dijeron nada.
En el plan no había palabras para ese momento porque las palabras crean ruido y el ruido era el enemigo.
Nico llegó a la puerta lateral.
El eslabón gastado.
El alambre.
Cuarenta segundos.
La puerta se abrió.
El callejón.
El frío de diciembre.
Echaron a correr.
Y Nico, mientras corría, pensó en una sola cosa: que había dos personas saliendo de ese edificio y que las dos eran del tipo de personas que habían aprendido a sobrevivir en ese edificio, lo que significaba que eran del tipo de personas que podían sobrevivir también fuera.
Eso no era certeza.
Era lo más parecido a la certeza que tenía a disposición.
* * *
La cafetería de la calle Ilustración era de las de barrio: mesas de fórmica, la barra larga con la máquina de café en el extremo y las tapas de la mañana bajo la vitrina, el ruido de los clientes habituales que se conocen entre sí y que hablan sin necesitar presentarse porque llevan años hablando en esa barra.
Marta estaba en la mesa del fondo.
Sin el traje de fiscal. Un jersey oscuro, el pelo suelto, la cara sin la arquitectura profesional que construye una persona que lleva veinte años siendo una versión de sí misma diferente de la que empezó.
Seguía siendo una cara que Sara había aprendido a leer en pocos días: los pómulos altos, los ojos del color que Nico había descrito en el cuaderno como barro mojado, la manera en que miraba directamente sin el rodeo cortés que usan las personas que no están acostumbradas a las conversaciones difíciles.
Se sentaron.
El camarero trajo dos cafés sin que ninguna de las dos lo pidiera, lo que significaba que Marta era clienta habitual.
—¿Cómo estás? —dijo Sara.
—Durmiendo ocho horas por primera vez en meses —dijo Marta—. Que es una respuesta honesta aunque suene rara.
—No suena rara.
—Lo que más me cuesta es no tener el caso. —Marta envolvió el vaso con las dos manos—. Doce años trabajando en eso y ahora está en manos de Fuentes y de Iturriaga y yo no puedo llamarles cada día para preguntar cómo va porque técnicamente soy parte del expediente, no del equipo.
—Van bien —dijo Sara.
—Lo sé. Iturriaga me manda mensajes. —Una pausa—. Pero lo sé de la misma manera que sabe cómo van las cosas alguien que está fuera de la sala. Con desfase.
Sara bebió el café.
—¿Por qué me has llamado?
Marta miró la mesa un momento.
—Porque hay cosas que no he podido decir como Herás que sí puedo decir como Marta. —Levantó los ojos—. Y porque me parece que tú eres la persona correcta para escucharlas.
—Te escucho.
Marta empezó a hablar.
No desde el principio: desde el punto que eligió, que fue el centro de acogida en el barrio de Vallecas donde la habían llevado después de encontrarla con Nico en la plaza de Carabanchel a los siete de la mañana del día después de la fuga.
Un centro pequeño, gestionado por una congregación religiosa diferente de la que gestionaba Santa Clara, con monitoras que usaban ropa de calle y que no pegaban.
—Durante el primer mes —dijo Marta— no hablé.
Literalmente no dije nada que no fuera lo estrictamente necesario para comer y dormir.
—Una pausa—. Los psicólogos del centro tenían un diagnóstico para eso.
Yo tenía otro: que el silencio es la respuesta correcta cuando todavía no sabes si el lugar donde estás es seguro.
—¿Cuándo decidiste que era seguro?
—Cuando llevaba tres meses y nada malo había pasado. —Marta sonrió levemente—. Es un umbral bajo. Pero era el que tenía.
Habló de la escuela. De la monitora que se llamaba Rosa y que fue la primera adulta en quien Marta confió sin reservas completas, porque Rosa era del tipo de persona que no quería nada a cambio de ser buena con alguien.
Habló de la decisión de estudiar derecho, que no fue exactamente una decisión sino una acumulación: la comprensión progresiva de que el sistema que había fallado con ella era un sistema que podía aprenderse desde dentro, y que aprenderse desde dentro era la única manera de afectar a algo más que a ti misma.
—¿Cuándo supiste que querías ir a Anticorrupción específicamente? —dijo Sara.
—Cuando tenía veintiocho años y un compañero de la Fiscalía me contó que había un expediente archivado sobre irregularidades en la gestión de menores tutelados en los años ochenta.
No en relación con Santa Clara directamente.
En relación con el Patronato. —Marta miró el café—.
Nadie más en la sala pensó que era interesante.
Yo pedí acceso al expediente esa misma tarde.
—¿Y era Santa Clara?
—No directamente. Pero era el primer hilo. —Una pausa—. Me llevó cuatro años llegar a Santa Clara desde ese hilo. Y otros ocho llegar a Castaño de manera que lo que tenía fuera procesalmente útil.
Sara la miró.
—Doce años.
—Doce años. —Marta asintió—. Siendo Verónica Herás, que era una persona que tenía razones profesionales para investigar a Castaño sin que nadie preguntara por qué esa fiscal concreta tenía tanto interés en ese caso concreto.
—¿Hubo momentos en que pensaste en revelar quién eras?
Marta tardó en responder.
—Sí. Varios. —Hizo una pausa—. El más serio fue hace tres años, cuando la investigación llegó al punto donde tenía suficiente para pedir una intervención telefónica sobre Castaño.
Para conseguir la autorización necesitaba convencer a un juez de que el caso justificaba la medida.
Y el argumento más fuerte que tenía era también el que no podía usar: que yo era testigo directa de los hechos que estaba investigando.
—¿Por qué no lo usaste?
—Porque si lo usaba, el caso pasaba a otro fiscal y yo perdía el control de cómo se construía. Y yo era la única persona que entendía la arquitectura completa de lo que había que construir. —Una pausa—. No sé si fue la decisión correcta. Pero fue la decisión que tomé.
Sara pensó en los doce años de Marta construyendo un caso que no podía decir que era también su historia personal. En la arquitectura de esa doble vida: ser la persona que investigaba el daño mientras era la persona que había sufrido el daño, sin que las dos versiones pudieran verse.
—¿Nico lo sabía? —dijo Sara.
—Que yo era fiscal, sí. Lo supo cuando empecé a trabajar en el caso, hace doce años.
Le contacté yo. —Marta sonrió levemente de nuevo—.
Fue la primera vez que hablamos en veinte años.
Le llamé desde un número que él no conocía, le dije quién era, y él tardó exactamente dos segundos en decir sabía que ibas a aparecer en algún momento.
Sara pensó en Nico con los ojos que lo registraban todo.
Tenía sentido.
—Hay una cosa más —dijo Marta—. Sobre Andrade.
Sara esperó.
Marta dejó el vaso en la mesa.
—Le conocí hace ocho años —dijo—. No en persona: a través de la investigación.
Su nombre apareció en un rastro financiero que conectaba con la estructura de Castaño.
Javier Andrade, detective privado. Y cuando empecé a tirar de ese hilo, llegué a los registros de adopciones del Patronato de 1982. —Una pausa—. Y encontré a Miguel.
Sara la miró.
—¿Sabías que era él?
—Sabía que había un niño mayor en Santa Clara que en 1982 fue adoptado por una familia que tenía conexiones con la estructura de Castaño.
Y sabía que ese niño se había convertido en el instrumento de Castaño.
—Marta miró la mesa—. No lo incluí en el expediente.
Guardé ese hilo aparte. No porque quisiera protegerle.
Sino porque entendí que si llegaba el momento de usarlo, tenía que usarse de la manera correcta.
—¿Cuál era la manera correcta?
—Esta —dijo Marta—. Que él llegara al punto de decidir por sí mismo.
Que la decisión de hablar fuera suya. —Una pausa—.
Si yo lo hubiera expuesto antes, habría sido una pieza del expediente.
Un testigo más. Posiblemente habría huido o se habría cerrado.
—Miró a Sara—. Lo que tenemos ahora, su declaración voluntaria con cuatro horas de detalle, vale diez veces más que lo que habría valido si lo hubiéramos llevado como sospechoso desde el principio.
Sara procesó eso.
Ocho años guardando ese hilo.
Confiando en que el momento correcto llegaría.
—¿Lo sabía Nico? —dijo Sara—. ¿Que Andrade era Miguel?
—Se lo dije hace tres años. —Una pausa—. Me preguntó si pensaba que Miguel había tenido elección. Le dije que no lo sabía. Me dijo que él tampoco. Y luego me dijo que siguiera guardando el hilo hasta que fuera el momento.
Silencio en la cafetería de la calle Ilustración.
El ruido de los clientes habituales. La máquina de café. El miércoles de diciembre en un barrio de Madrid que no sabía que en esa mesa del fondo dos mujeres estaban hablando de algo que había empezado cuarenta y tres años atrás en un edificio de Carabanchel.
—¿Para qué me has llamado, Marta? —dijo Sara—. No para contarme esto solo.
Marta la miró.
—Quiero declarar en el juicio.
—Puedes hacerlo como testigo de...
—No como testigo —dijo Marta—. Como Marta Sáez Ruano. Número veintitrés. Niña del orfanato Santa Clara de Miraflores entre 1975 y 1981. —Hizo una pausa—. No como fiscal recusada ni como funcionaria con conflicto de interés. Como la persona que estuvo allí.
Sara la miró.
—Eso va a requerir que expliques quién eres en relación con el caso. Todo.
—Lo sé.
—Va a ser una exposición completa. Tu identidad, tu historia, los doce años de investigación conducidos desde una posición que tenía conflicto de interés no declarado.
—Lo sé.
—La defensa de Castaño va a intentar usar eso para desacreditar todo el trabajo de la instrucción.
—Lo sé. —Marta no apartó los ojos de Sara—.
Y aun así quiero hacerlo. Porque en ese juicio tiene que haber alguien que le diga al tribunal lo que vio siendo niña.
Y yo soy la persona que está en mejores condiciones de hacerlo.
—Una pausa—. Puedo construir la declaración de manera que sea inatacable procesalmente.
Llevo doce años aprendiendo exactamente cómo se hace eso.
Sara la miró durante un momento.
—¿Quieres que te ayude a prepararla?
—Quiero que seas tú quien presente la solicitud a Fuentes. —Marta cogió el café—. Porque si la presento yo, parece que estoy intentando volver al caso. Si la presentas tú, es una decisión de la investigación.
Sara asintió.
Pensó en el juez Fuentes con su meticulosidad y sus autos inatacables. En Iturriaga con su bloc de notas de letra pequeña. En el proceso largo que les esperaba.
Y en el estrado de un tribunal, en algún momento del año siguiente, una mujer que durante veinte años había sido Verónica Herás diciendo su nombre real en voz alta delante de un juez y un acusado que había organizado lo que le habían hecho cuando tenía nueve años.
—Hablaré con Fuentes —dijo Sara.