Capítulo 40
La instrucción
El juez instructor se llamaba Dámaso Fuentes.
Tenía cincuenta y ocho años, el pelo completamente blanco y la reputación de ser el hombre más meticuloso de la instrucción penal en Madrid, lo que en la práctica significaba que sus autos tardaban más que los de cualquier otro juez del edificio y que cuando salían eran prácticamente inimpugnables.
Los abogados defensores que se habían enfrentado a él en los últimos veinte años habían aprendido que la estrategia de encontrar errores de forma en los autos de Fuentes era una estrategia que consumía tiempo y energía y que rara vez llegaba a ningún sitio útil.
Era exactamente el juez que Iturriaga había pedido.
La asignación formal del caso se produjo el lunes a mediodía, cuarenta y ocho horas después de que Castaño entrara en la finca de La Retama.
Fuentes llegó al juzgado con una carpeta que ya contenía los primeros documentos del expediente, lo que significaba que había pasado el domingo leyendo.
No lo dijo. No hacía falta: la manera en que se sentó y abrió la carpeta en la página exacta donde empezaban los problemas era suficiente indicación de que llegaba preparado.
—El recurso de amparo de la defensa —dijo, sin preámbulo.
—Lo conocemos —dijo Iturriaga.
—¿La cadena de custodia del documento central?
—Hemos construido documentación complementaria que cubre el período cuestionado.
Coordenadas GPS del vehículo de transporte, registro fotográfico con metadatos verificables, cámara de tráfico en punto de control.
—Iturriaga le pasó la carpeta con los documentos que Serrano había preparado la noche anterior—.
No es un registro de custodia formal en sentido estricto, pero es suficiente para demostrar que el elemento de prueba no estuvo en situación de riesgo de compromiso en ningún momento del período cuestionado.
Fuentes tomó la carpeta.
La hojeó.
Tardó cuatro minutos.
—El registro fotográfico —dijo—. ¿El fotógrafo es el periodista de investigación cuyo reportaje está en todos los medios desde ayer?
—Sí.
—¿Tiene inconveniente en comparecer como testigo si es necesario?
—Ha confirmado expresamente que no.
Fuentes asintió una vez.
—Voy a pedir al Constitucional que espere mi valoración del expediente antes de pronunciarse sobre la admisibilidad del recurso. Eso me da hasta mañana por la tarde. —Cerró la carpeta—. ¿Qué más tiene para hoy?
—Un declarante inesperado —dijo Iturriaga.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, 1981
Había una habitación en Santa Clara que los niños llamaban la sala del fondo.
No era el nombre oficial. El nombre oficial, en el registro del centro, era sala de actividades complementarias , lo cual era una descripción que podía significar cualquier cosa o nada, que era exactamente el tipo de descripción que eligen las instituciones cuando necesitan que algo exista en el papel sin que nadie pregunte qué es exactamente.
Los niños la llamaban la sala del fondo porque estaba al fondo del pasillo de la planta baja y porque nadie iba nunca allí excepto en las noches en que venían los coches.
Nico nunca entró en esa sala.
Lo que sí hizo, durante dos años, fue registrar cuántas veces se encendía la luz de la ventana pequeña de la sala del fondo en las noches en que había coches en el patio.
Lo registró en el cuaderno con una sola letra: L.
Para luz. Porque escribir la palabra entera habría dado a esa luz un peso que Nico, con ocho y luego nueve y luego diez años, todavía no sabía cómo cargar.
Cuarenta y tres años después, en el juzgado de instrucción número doce de Madrid, alguien leyó esas entradas con la L minúscula y supo exactamente qué significaban.
Ese era el poder de escribirlo aunque nadie lo fuera a leer todavía.
Que cuando alguien lo leyera por fin, supiera.
* * *
El declarante inesperado se llamaba Óscar Troncoso Aldana.
Tenía sesenta y tres años y había sido, hasta hacía dos días, director de una fundación de ayuda a la infancia con sede en Madrid.
Una fundación real, con proyectos reales, con una memoria de actividades que publicaban cada año y que cualquiera podía consultar en la web y que mostraba genuinamente trabajo útil en zonas desfavorecidas.
Era uno de los cinco hombres de La Retama a quienes Sara no había reconocido.
Había pedido hablar el lunes por la mañana, antes incluso de que su abogado llegara al edificio, lo cual había obligado a su abogado a llamar desde el coche para decirle que esperara, y Troncoso había dicho que esperaría solo si podía hablar a continuación.
Sara lo miró a través del espejo unidireccional.
Troncoso no tenía el aspecto de los otros hombres de La Retama. No tenía la postura de quien lleva décadas en posiciones de poder. Tenía la postura de alguien que lleva tiempo cargando algo y que esta mañana ha decidido que ya no puede o ya no quiere.
Iturriaga entró en la sala cuando el abogado de Troncoso llegó.
Sara siguió al otro lado del espejo.
Troncoso habló durante veinte minutos sin que Iturriaga tuviera que hacer demasiadas preguntas.
Lo que dijo era esto: que había estado en La Retama porque le habían convocado, que las convocatorias de ese tipo no eran opcionales, que llevaba dieciséis años acudiendo a ese tipo de reuniones sin saber exactamente por qué seguía acudiendo excepto que la alternativa era peor.
—¿Cuál era la alternativa? —dijo Iturriaga.
—Que publicaran lo que tienen sobre mí —dijo Troncoso.
—¿Qué tienen sobre usted?
Troncoso miró sus manos.
—En 2001 recibí financiación para la fundación de una empresa que resultó estar relacionada con la estructura de Castaño.
No lo sabía en ese momento. Cuando lo supe, ya era tarde porque había firmado los documentos y los documentos existían.
—Hizo una pausa—. Desde 2008, Montes Cañas me contactó para decirme que tenía copia de esos documentos y que si no colaboraba, los entregaría a la Agencia Tributaria con una interpretación que haría que la fundación pareciera un instrumento de blanqueo.
—¿Lo era?
—No. Pero con los documentos que él tenía y la interpretación correcta, podría parecerlo.
—Troncoso levantó los ojos—. Colaborar no significaba hacer nada activo.
Significaba estar disponible. Asistir a reuniones cuando me convocaban.
Votar de cierta manera en ciertos consejos donde tenía representación.
—Una pausa—. Nunca hice nada que dañara a nadie directamente.
Pero tampoco hice nada para detener lo que estaba pasando. Y eso, supongo, es lo mismo.
Iturriaga lo miró.
—¿Cuántas personas en una situación similar a la suya conoce?
Troncoso pensó.
—En las reuniones de La Retama había varios como yo.
Personas que no estaban ahí por convicción sino por obligación.
—Una pausa—. El sistema de Montes Cañas no era solo Santa Clara.
Santa Clara era el origen. Lo que Montes Cañas construyó después fue una red de personas con algo que perder y que podían ser útiles en momentos específicos.
—Miró a Iturriaga—. Personas que no habrían elegido estar ahí si hubieran podido elegir.
—¿Puede darme nombres?
—Puedo darle los que sé. Que no son todos.
Sara se apartó del espejo.
Fue al pasillo.
Pensó en la carpeta de Montes Cañas. Dieciséis secciones.
Dieciséis personas documentadas. Pero Troncoso acababa de sugerir que había más que no estaban documentadas, que la red era más ancha que lo que Montes Cañas había tenido razón para registrar porque había personas que nunca habían necesitado ser gestionadas activamente, que hacían lo que había que hacer sin que nadie tuviera que recordárselo porque ya lo habían interiorizado.
El sistema que se sostiene a sí mismo.
El equilibrio de complicidades.
Llamó a Rubén.
—Necesito que mires algo en la documentación de Herás. Los tres meses de investigación financiera. Hay un nombre: Troncoso. Óscar Troncoso Aldana. Quiero saber si aparece en algún lado.
Rubén tardó ocho minutos.
—Aparece —dijo—. En el segundo nivel del árbol de empresas. Una empresa de consultoría que recibió honorarios de otra empresa que a su vez... —Sara oyó el sonido de Rubén siguiendo la cadena— llega hasta la sociedad de Castaño.
—Lo sé. ¿Hay algo más?
—Hay una nota de Herás al margen: intermediario no activo, función de pantalla, posiblemente involuntario. —Una pausa—. Herás ya lo tenía identificado. Y ya tenía la misma hipótesis que tú.
—¿Cuántos como él hay en la investigación de Herás?
—Dame un momento. —Rubén tardó—. Cuatro marcados con la misma nota. Posiblemente involuntario.
Cuatro.
Más Troncoso, que ahora era voluntariamente activo en sentido contrario: hablando.
Sara hizo el cálculo.
Si la carpeta de Montes Cañas tenía dieciséis y la investigación de Herás tenía cuatro más posiblemente involuntarios, y Troncoso había dicho que había más que no estaban documentados, la red real era sustancialmente más ancha que lo que habían visto hasta ahora.
No era una red de cómplices activos.
Era un ecosistema.
Un ecosistema donde algunos lo habían elegido, muchos no habían podido elegir, y todos habían aprendido que el coste de salir era mayor que el coste de quedarse.
Eso era lo que había durado cuarenta y tres años.
No la malicia de unos pocos. La comodidad de muchos con no preguntar.
* * *
El fallo del Tribunal Constitucional llegó el martes a las seis de la tarde.
Sara estaba en comisaría cuando Iturriaga la llamó.
—Han rechazado el recurso de amparo de la defensa de Castaño.
—La voz del fiscal era la voz de alguien que ha contenido algo durante cuarenta y ocho horas y que ahora lo suelta con la discreción de quien sabe que la contención seguirá siendo necesaria durante mucho tiempo—. El expediente es sólido. El caso sigue.
Sara no dijo nada durante un segundo.
—¿Cómo ha respondido la defensa?
—El abogado principal de Castaño ha dado una declaración pública hace quince minutos. —Una pausa—. Ha dicho que su cliente niega cualquier conocimiento de los hechos que se le imputan en relación con el orfanato Santa Clara y que cooperará plenamente con la instrucción para demostrar su inocencia.
Sara miró la pared.
Cooperará plenamente.
Eso significaba que Castaño había calculado que la estrategia de obstrucción había fallado y que ahora iba a intentar la estrategia contraria: presentarse como colaborador, construir una versión donde él era un gestor que tomó decisiones institucionales sin conocimiento pleno de lo que ocurría, separarse de los hechos directos y cargar el peso de los específicos sobre personas que ya no podían contradecirle o que estaban en posición de hacerlo.
—¿Qué necesita de mí ahora? —dijo Sara.
—Que descanse —dijo Iturriaga—. La instrucción va a durar meses.
Hay veintiún detenidos entre los ocho de La Retama, Montes Cañas, Bermejo, Andrade, Fernández-Larralde y los que hemos ido sumando.
Hay cuatro países con documentación relevante que necesita ser solicitada por vía de comisión rogatoria.
Hay supervivientes que van a tener que declarar.
—Una pausa—. La investigación de esta semana fue el comienzo.
Lo que viene ahora es más largo y más lento y necesita que quien lo lleve esté en condiciones.
—¿Sigo en el caso?
—Eso lo decide Fuentes. Pero le he dicho que sin usted el caso no existe y que me parece contraproducente separarla del expediente en este punto.
—¿Y?
—Ha dicho que lo considerará. —Una pausa—. Lo que en Fuentes significa que sí.
Sara colgó.
Rubén estaba en el umbral del despacho con dos cafés.
Le pasó uno.
Sara lo cogió.
—¿Se acabó? —dijo Rubén.
Sara pensó en los veintiún detenidos. En los meses de instrucción. En las comisiones rogatorias. En los abogados defensores construyendo versiones alternativas. En Castaño cooperando plenamente, que era la manera más peligrosa de resistir que tenía a su disposición.
—La parte que podíamos hacer nosotros se acabó —dijo.
—¿Eso es bueno?
Sara miró el café en la mano.
El café de martes por la tarde, en un despacho de comisaría, después de una semana que había empezado con un cadáver en Lavapiés y había llegado hasta aquí.
—Es lo que hay —dijo.
Rubén asintió.
Bebieron el café en silencio.