Los Cuarenta Capítulo 39
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Capítulo 39

Setenta y dos horas

Sara durmió cuatro horas en el sofá del despacho de Molina.

Molina no lo había ofrecido exactamente: había dicho que el despacho estaba disponible y que el sofá era más cómodo de lo que parecía, que era una manera oblicua de decir lo mismo sin que ninguno de los dos tuviera que reconocer que Sara llevaba veintiséis horas despierta y que si no dormía algo el expediente iba a pagar las consecuencias.

Se tumbó a las doce y cuarto.

A las cuatro y dieciocho la despertó el teléfono.

Era Iturriaga.

—Hay un problema con la cadena de custodia —dijo.

Sara se sentó.

La habitación tardó un segundo en ubicarse alrededor de ella: el despacho de Molina, el sofá, la luz de la tarde de diciembre entrando por la ventana con ese ángulo bajo que tienen los soles de diciembre en Madrid que iluminan en horizontal y no calientan nada.

—¿Dónde? —dijo.

—El cuaderno. Venga cuando pueda.

* * *

La sala donde Iturriaga tenía montado el sistema de revisión del expediente era la sala de reuniones grande del segundo piso, que habían vaciado de mesa y sillas y llenado en su lugar con tres portátiles, un escáner de documentos y varios montones de papel organizados con una lógica que Sara tardó un momento en leer pero que era coherente: cada montón era una fase del procedimiento, ordenados de izquierda a derecha en el orden cronológico de la investigación.

Iturriaga estaba de pie frente a uno de los portátiles con un técnico jurídico de la Fiscalía que se llamaba Serrano y que tenía el tipo de concentración de quien lleva doce horas mirando documentos y ha llegado al punto donde la concentración y el cansancio se parecen demasiado para distinguirlos.

—Aquí —dijo Iturriaga, señalando la pantalla.

En la pantalla había un documento: el registro de entrada del cuaderno en el juzgado de instrucción número doce. Fecha: domingo, las seis y cuarenta y ocho de la mañana. Firmado por Iturriaga como fiscal en funciones. Testigo: la secretaria judicial de guardia.

—El registro está bien —dijo Sara.

—El registro está bien. El problema es lo anterior.

—Iturriaga señaló otro documento a su derecha—.

El cuaderno salió de la finca de Valdemoro a las doce y dieciséis de la noche del sábado, en manos de Rubén.

Hay registro de eso: la hoja de traslado de evidencias que firmaron los técnicos de la Científica de Guadalajara cuando Rubén lo recogió.

—Sí.

—Entre las doce y dieciséis de la noche del sábado y las seis y cuarenta y ocho del domingo por la mañana hay seis horas y media.

—Iturriaga la miró—. En esas seis horas y media, el cuaderno no tiene un registro continuo de custodia.

Rubén lo llevó en el maletín durante todo ese tiempo, pero no hay un registro formal de cada lugar donde estuvo ese maletín durante esas seis horas.

Sara lo procesó.

—Estuvo en el coche. En la comisaría. En el hospital cuando fui a ver a Mendieta. En Brihuega.

—En Brihuega —repitió Iturriaga—. Eso es exactamente lo que la defensa de Castaño va a señalar.

Un elemento de prueba central que estuvo durante seis horas en un municipio de Guadalajara donde la investigación tenía un sospechoso activo.

Sin registro de cadena de custodia en ese período.

Sin nadie más que Rubén que pueda certificar que el cuaderno no fue alterado, accedido o comprometido durante ese tiempo.

—El cuaderno estaba en el maletín cerrado.

—Lo sé. Pero la defensa no necesita que sea verdad. Necesita que sea posible plantearlo como pregunta. —Iturriaga se apartó del portátil—. Si el Constitucional admite el recurso y la instrucción entra en revisión, ese gap en la cadena de custodia es el primer punto que van a atacar.

Sara miró la pantalla.

Seis horas y media.

Brihuega.

—¿Hay algo que pueda cerrar ese gap? —dijo.

Serrano, el técnico jurídico, levantó la vista de los papeles.

—Un registro continuo de ubicación del dispositivo de custodia.

GPS del coche de Rubén, si está activado.

Cámaras de tráfico en la ruta Valdemoro-comisaría-hospital-Brihuega.

Cualquier fuente externa que documente que el maletín y Rubén estuvieron en los lugares que dicen que estuvieron en los momentos que dicen que estuvieron.

—El GPS del coche de la brigada sí está activado —dijo Sara—. Es procedimiento estándar.

—Eso cubre la ruta. Pero no cubre lo que pasó con el maletín cuando Rubén estaba fuera del coche. En el hospital, por ejemplo. O en Brihuega.

Sara pensó en el hospital.

En el aparcamiento del Gregorio Marañón. En Rubén esperando en el coche mientras ella subía a hablar con Mendieta. El maletín en el asiento trasero.

Luego pensó en Brihuega.

En el callejón. En la puerta abierta. En Rubén con la linterna barriando el suelo y encontrando la ganzúa. El maletín seguía siendo de Rubén durante todo ese tiempo.

—¿Hay cámaras de tráfico en la entrada de Brihuega? —dijo.

—Estoy mirando. —Serrano tecleó—. Hay una cámara de la DGT en la entrada por la A-2.

—Tecleó más—. El registro muestra el coche de Rubén entrando a las doce y cincuenta y ocho y saliendo a la una y treinta y cuatro.

Con el maletín visible en el asiento trasero si la imagen tiene suficiente resolución.

—¿La tiene?

—Lo está verificando técnicamente. —Serrano tecleó algo más—. Resolución media. Se ve el interior del coche pero no se puede certificar el contenido del maletín.

Sara miró a Iturriaga.

—No es suficiente —dijo Iturriaga.

* * *

Alcalá de Henares, 1988

Pablo tenía dieciséis años cuando alguien le preguntó por primera vez en qué había pensado cuando era pequeño que quería ser.

Era una pregunta de un orientador escolar en el centro donde había estado hasta los catorce. No era una pregunta maliciosa: era la pregunta que hacen los orientadores escolares porque es su trabajo y porque creen, generalmente con buena fe, que la respuesta les dice algo útil.

Pablo no respondió.

No porque no tuviera respuesta. Sino porque la respuesta que tenía no era del tipo que un orientador escolar de un centro de menores en 1988 pudiera gestionar bien: que cuando era pequeño no había pensado en qué quería ser porque pensar en el futuro requería un tipo de seguridad sobre el presente que él no había tenido, y que la energía que otros niños dedicaban a imaginar futuros él la había dedicado a entender el presente de la manera más exacta posible porque el presente era lo único que podía intentar gestionar.

Lo que sí había pensado, en cambio, era en que había un cuaderno.

Lo había visto una vez, en el patio de Santa Clara, en las manos de un niño más pequeño que él que escribía con una concentración que no era la concentración de los deberes del colegio sino otra cosa.

Una concentración que Pablo, sin poder nombrarlo entonces, había reconocido como la concentración de alguien que estaba haciendo algo importante.

No había podido preguntarle qué escribía.

Pero lo había recordado.

Durante años lo había recordado: el niño con el cuaderno en el patio de Santa Clara y la concentración que tenía y la sensación de que lo que escribía importaba aunque nadie más que él supiera que importaba.

* * *

Sara estaba en el pasillo cuando recordó las cámaras de la comisaría.

No las de Lope de Vega. Las de la calle: la cámara del aparcamiento de la calle adyacente que Andrade había mencionado en la llamada desde La Retama. ¿Sabe que hay una cámara en el aparcamiento de la calle Lope de Vega?

Si Andrade había podido ver a Rubén salir con el maletín desde esa cámara, la cámara tenía el registro.

Y si la cámara tenía el registro, tenía también el momento exacto en que Rubén salió con el maletín. El horario. La imagen.

Eso no cerraba el gap de Brihuega.

Pero había algo más.

Volvió a la sala.

—Marcos Ibáñez —dijo.

Iturriaga la miró.

—¿El periodista?

—Marcos estaba en comisaría esta noche. Llevaba horas aquí, desde que llegamos de la finca.

Y Marcos trabaja de la manera en que trabajan los periodistas que llevan veinticinco años en el oficio: con la cámara lista aunque no haya nada que fotografiar todavía, porque cuando hay algo que fotografiar ya es tarde para preparar la cámara.

Iturriaga tardó dos segundos.

—¿Cree que fotografió a Rubén saliendo con el maletín?

—Creo que fotografió todo lo que se movió en y alrededor de esta comisaría entre medianoche y las seis de la mañana. —Sara sacó el teléfono—. Y las fotos de Marcos tienen metadatos. Coordenadas GPS y marca de tiempo exacta embebidos en cada imagen.

Llamó a Marcos.

Cuatro tonos.

—Montero. —La voz de Marcos tenía el cansancio satisfecho de alguien que lleva dieciséis horas con la historia del año y que ha dormido tres horas y que volvería a hacerlo todo igual—. El artículo lleva cuatro millones de visitas.

—Me alegro. Necesito algo.

—¿Qué?

—Las fotos que hiciste anoche en la comisaría. Todas. No para publicarlas: para el expediente. Necesito saber si tienes imágenes de Rubén saliendo con el maletín y durante cuánto tiempo lo tienes en cámara.

Silencio de Marcos.

—¿Para qué?

—Para cerrar un gap en la cadena de custodia del cuaderno que la defensa de Castaño está intentando usar para tumbar el expediente.

Otro silencio. Más largo.

—¿Cuánto gap?

—Seis horas y media. De las doce y dieciséis a las seis cuarenta y ocho.

Marcos estuvo callado durante cuatro segundos.

—Tengo doscientas cuarenta fotos de esas seis horas y media —dijo—. Rubén aparece en dieciséis de ellas. El maletín aparece en catorce. Con metadatos completos.

Sara cerró los ojos medio segundo.

—¿Puedes mandármelas en la próxima hora?

—En veinte minutos. —Una pausa—. Sara.

—¿Qué?

—Esto que estás haciendo. Usar fotos de un periodista como evidencia en un expediente judicial. ¿Es legal?

—Las fotos fueron tomadas en espacio público. El fotógrafo cede voluntariamente las imágenes al expediente como testigo de los hechos. —Una pausa—. Sí, es legal.

—¿Y si necesitan declarar al fotógrafo?

—¿Tienes inconveniente?

Una pausa muy breve.

—Ninguno —dijo Marcos.

* * *

Las doscientas cuarenta fotos llegaron a las cinco menos diez.

Serrano las procesó en cuarenta minutos: extracción de metadatos, verificación de coordenadas GPS, ordenación cronológica, identificación de las imágenes donde aparecía el maletín.

Cuando terminó, tenía una línea de tiempo con marca exacta de cada momento en que el maletín había sido fotografiado en los alrededores de la comisaría de Lope de Vega entre la medianoche y las cuatro de la mañana.

No cerraba completamente el gap. Brihuega seguía siendo Brihuega.

Pero junto con el GPS del coche de Rubén y la cámara de la DGT en la entrada de Brihuega, construía un registro continuo lo suficientemente sólido como para que la cadena de custodia tuviera sustancia donde antes había silencio.

—No es perfecto —dijo Iturriaga.

—No —dijo Sara—. Pero es suficiente para que el argumento de la defensa no sea sencillo. Y cuando el argumento no es sencillo, el Constitucional tiene razones para no admitir el recurso.

Iturriaga miró la línea de tiempo en la pantalla.

—¿Cuánto falta para las setenta y dos horas?

Serrano miró el reloj.

—Sesenta y cuatro horas y veintidós minutos.

Sara miró por la ventana.

El sol de diciembre había desaparecido ya.

Madrid se oscurecía con esa rapidez del invierno que pasa del mediodía luminoso a la noche en dos horas sin que uno termine de acostumbrarse.

En algún estudio de televisión, la rueda de prensa del Ministerio del Interior había ocurrido dos horas antes sin el subcomisario Villanueva, que según Molina había pedido una baja médica urgente esa mañana con un parte de estrés agudo que nadie en la brigada había cuestionado porque nadie en la brigada sabía todavía exactamente por qué iba a durar esa baja más de lo que duran las bajas por estrés agudo.

—¿Qué más? —dijo Sara.

Iturriaga señaló el montón de papel que quedaba por revisar.

Era todavía la mitad de lo que había cuando habían empezado.

Sara se sentó.

Cogió el primer folio.

Sesenta y cuatro horas y veintidós minutos.

Empezaban a contar.