Capítulo 38
Las diez
El juzgado de instrucción número doce estaba en la calle Ferraz, a diez minutos de la comisaría en el coche de Rubén.
Nico llegó a las nueve y cuarenta y cinco.
Venía de Sigüenza. Había salido a las ocho, solo, en el coche de su primo, porque Mónica había decidido quedarse y porque la Guardia Civil de Guadalajara tenía a dos agentes en la casa desde las cuatro de la mañana y porque Nico era el tipo de hombre que cuando tiene que hacer algo lo hace sin rodeos innecesarios.
Sara lo esperaba en la puerta.
Lo había visto antes, claro: en Brihuega, en el primer momento de la investigación, en las fotos del expediente que había construido durante la semana.
Pero verlo en persona en la acera de la calle Ferraz con el abrigo gris y las manos en los bolsillos y la cara de alguien que lleva cincuenta y tres años siendo exactamente la misma persona en circunstancias muy diferentes era otra cosa.
Era un hombre de estatura media, delgado, con el pelo gris muy corto y los ojos que Marta, siendo Verónica Herás siendo Marta Sáez Ruano, había descrito una vez en una conversación con Sara como los ojos de alguien que ha visto demasiado y ha decidido que ver no es suficiente, que hay que registrar.
—¿Ha dormido? —dijo Sara.
—Algo. —Nico la miró—. ¿Usted?
—Algo.
Era mentira en los dos casos y los dos lo sabían.
Entraron.
El juzgado de instrucción a las diez de un domingo tenía la tranquilidad específica de los edificios públicos fuera de horario laboral: solo el personal de guardia, los pasillos con la mitad de las luces encendidas, el sonido de los pasos amplificado por la ausencia del ruido habitual.
La secretaria judicial los recibió en la sala de actos.
El cuaderno estaba sobre la mesa, dentro de una funda de plástico transparente con etiqueta de evidencia.
Ochenta y siete años de vida de un hombre, cuarenta y tres de ellos dedicados a construir ese documento, reducidos a un objeto de ciento doce páginas en una funda de plástico sobre una mesa de madera de juzgado.
Nico lo miró durante un momento.
No lo tocó. La funda impedía tocarlo y en cualquier caso ya no era suyo para tocarlo: era evidencia, era prueba, era el elemento central de un proceso que a partir de hoy iba a funcionar según reglas que no eran las de un niño de diez años decidiendo qué merece ser escrito.
La secretaria explicó el procedimiento. Tres minutos. Nico escuchó con la atención de quien ha aprendido a escuchar completamente antes de responder.
Luego firmó.
Dos sitios en el documento de cesión voluntaria. La firma de Nico era pequeña y precisa, sin florituras, la firma de alguien que firma lo que firma y no necesita que la firma diga más que eso.
—¿Hay algo que quiera decir para el acta? —dijo la secretaria.
Nico pensó durante tres segundos.
—Que lo escribí para que alguien lo leyera —dijo—. Y que ha tardado lo que ha tardado, pero alguien lo ha leído.
La secretaria lo anotó.
Sara miró el cuaderno en su funda de plástico sobre la mesa del juzgado.
Pensó en la primera vez que lo había abierto, en la cabaña de Garganta de los Montes, con la letra apretada y las fechas precisas y la matrícula que había resultado verificable y todos los demás que también habían resultado verificables.
Pensó en el peso de ese objeto: no el peso físico sino el otro, el que tienen las cosas que han esperado mucho tiempo ser lo que tienen que ser.
—Gracias —dijo a Nico.
Nico la miró.
—¿Por qué me da las gracias a mí?
Sara no respondió de inmediato.
—Porque sin usted nada de esto existe —dijo.
Nico miró el cuaderno una vez más.
—Sin los que vinieron de noche a Santa Clara —dijo—, tampoco existía el cuaderno. —Una pausa—. No me dé las gracias a mí. Haga lo que hay que hacer con lo que hay ahí dentro.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, octubre de 1979
La primera entrada en el cuaderno no tenía fecha.
Nico la había escrito la noche después de la primera noche en que había visto las luces de los coches desde la ventana.
Tenía ocho años y no sabía todavía que lo que estaba haciendo era documentar.
Solo sabía que había cosas que si no las escribía se iban a perder de una manera que le parecía injusta, aunque no habría podido decir por qué exactamente le parecía injusta ni a quién le hacía la injusticia.
Escribió:
Esta noche vinieron coches. Cuatro. Las luces daban en la pared del fondo del patio. No sé a qué hora se fueron porque me quedé dormido. Sor Asunción abrió la puerta lateral. Los vi desde la ventana del tercer piso.
Eso era todo.
Ocho líneas de letra desigual de niño de ocho años.
No sabía que iba a seguir escribiendo durante cuarenta y tres años.
No sabía que lo que había empezado esa noche en la letra desigual de un niño que no dormía iba a terminar en una sala de un juzgado de instrucción de Madrid un domingo de diciembre de 2024 con la firma de un hombre de cincuenta y tres años en un documento de cesión voluntaria.
No sabía nada de eso.
Solo sabía que si no lo escribía se iba a perder.
Y eso era suficiente.
* * *
El abogado de Villanueva llegó a la Fiscalía a las diez en punto.
Se llamaba Barroso y tenía el aspecto de los abogados penalistas de alto nivel: la seguridad del oficio, la neutralidad estudiada en la cara, el maletín que era de cuero genuino pero sin marca visible porque la marca visible en un maletín es una señal de inseguridad que los abogados de cierto nivel evitan.
Iturriaga lo recibió solo.
Sara había pedido estar en la sala, detrás del espejo, y Iturriaga había accedido.
Rubén estaba junto a Sara con los dos cafés que había traído del bar de abajo y un cruasán que Sara había comido de pie en el pasillo mientras Nico firmaba el cuaderno y que constituía el total de su alimentación en las últimas veintitrés horas.
La reunión duró cuarenta minutos.
Barroso expuso la posición de Villanueva: su cliente estaba dispuesto a proporcionar información detallada sobre las circunstancias en que había archivado la investigación de 1997, incluyendo la identidad de las personas que le habían transmitido la instrucción y la cadena de comunicación completa desde el nivel ministerial hasta él.
A cambio, su cliente esperaba que su cooperación fuera tenida en cuenta en la calificación de los cargos y en la solicitud de pena.
Iturriaga escuchó.
Tomó notas.
Cuando Barroso terminó, Iturriaga le dijo que la Fiscalía valoraría la oferta de cooperación en el contexto completo del expediente y que le comunicaría su posición antes de las dos de la tarde.
Barroso salió.
Iturriaga vino al otro lado del espejo.
—¿Qué le parece? —dijo a Sara.
—Que sabe menos de lo que parece o que sabe más de lo que dice. —Sara miró la sala vacía—. La oferta es demasiado limpia. Un hombre que lleva veintiocho años en la estructura sabe exactamente hasta dónde puede ceder sin ceder lo que más le cuesta ceder.
—¿Qué es lo que más le cuesta ceder?
Sara pensó.
—Si la instrucción de 1997 vino del nivel ministerial, hay un nombre por encima de Montes Cañas.
Un nombre político, no técnico. Alguien que en 1997 estaba en posición suficiente para dar instrucciones que pasaban por la cadena hasta Villanueva.
—Una pausa—. Eso es lo que no ha mencionado Barroso.
Ha hablado de la cadena de comunicación, pero no ha dado ese nombre.
—¿Cree que existe ese nombre?
—Creo que si existe, es el nombre que Villanueva va a guardar para el momento en que la negociación sea más urgente que ahora. —Sara miró a Iturriaga—. No le dé la respuesta antes de las dos. Déjele pensar. Cuanto más tiempo piense, más clara tiene la aritmética.
* * *
Andrade terminó de declarar a las once y cuarto.
Cuatro horas y veinte minutos de declaración continua, con dos pausas de diez minutos y un café frío que nadie había retirado de la mesa desde hacía dos horas.
Sara entró en la sala cuando la secretaria judicial cerraba el acta.
El abogado de oficio estaba recogiendo sus papeles con la cara de alguien que ha acompañado un proceso que no ha podido influir en absoluto pero que en algún nivel entiende que ha asistido a algo que no va a ver muchas veces en su carrera.
Andrade seguía sentado.
No había hecho el gesto de levantarse que hace cualquier persona cuando una reunión termina.
Estaba en la silla con las manos sobre la mesa y la mirada en algún punto intermedio entre la mesa y la pared, el tipo de mirada que tiene alguien cuando ha vaciado algo y todavía no ha encontrado qué poner en el espacio que ha quedado.
Sara se sentó frente a él.
—¿Hay algo más que no haya dicho?
Andrade tardó un momento en enfocarla.
—He dicho todo lo que recuerdo —dijo—. Y algunas cosas que recordaba y que no sabía que recordaba hasta que empecé a hablar.
—¿Eso pasa?
—Cuando tienes algo guardado mucho tiempo, a veces el guardarlo cuesta más energía que lo que está guardado. —Una pausa—. Cuando lo abres, la energía de guardarlo se va y lo que queda es solo el recuerdo. Que es más manejable de lo que parecía.
Sara lo miró.
—Una pregunta —dijo—. La noche en Brihuega. La ganzúa en el callejón.
Andrade la miró.
—¿Qué quiere saber?
—¿Fue porque oyó el coche?
Un silencio.
—Lo oí —dijo Andrade—. Pero no fue por eso.
—Hizo una pausa—. Fue porque estaba en la cerradura y la cerradura tardaba más de lo que debía, lo que significa que había un pestillo echado desde dentro.
Lo que significa que sabían que estaba ahí.
Lo que significa que habían podido llamar a alguien.
—Otra pausa—. Y calculé que si habían llamado a alguien, ese alguien era usted.
—¿Y eso cambió algo?
Andrade la miró directamente. Sin la pantalla de la voz plana, sin el cálculo de lo que se muestra y lo que no. Solo la cara de un hombre de cincuenta y dos años que ha pasado la noche vaciando cuarenta y tres años de algo.
—Usted había detenido a Castaño —dijo—. Y a Montes Cañas. Y a los de la finca. —Una pausa—. Si usted era quien venía, el cuaderno estaba a salvo aunque yo no hiciera nada. Y si el cuaderno estaba a salvo, ya no había nada que terminar.
Sara lo miró.
No dijo nada.
Andrade volvió a mirar el punto intermedio entre la mesa y la pared.
—Eso fue todo —dijo.
* * *
Sara estaba en los escalones de la entrada de la comisaría cuando el teléfono de Iturriaga sonó.
Eran las once y cuarenta y dos. El sol de diciembre había salido por fin y daba en la acera de la calle Lope de Vega con esa luz fría y precisa de los domingos de invierno que ilumina mucho y calienta poco.
Los periodistas seguían al otro lado de la calle, menos que antes —algunos se habrían ido a dormir, otros a escribir— pero todavía presentes con las cámaras y los micrófonos y la expectativa específica del domingo después de una noche de noticias grandes.
Iturriaga salió y se puso junto a Sara.
—La defensa de Castaño ha presentado un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional.
—La voz de Iturriaga tenía la calidad específica de alguien que ha recibido una noticia que esperaba y que sin embargo le pesa—.
Alegan irregularidades en el procedimiento de entrada y registro en la finca de Valdemoro.
Cuestionan la suficiencia de los indicios que justificaron la orden de la magistrada Aldecoa.
Sara lo miró.
—¿Tienen base?
—Suficiente para que alguien lo estudie. No suficiente para que prospere si el expediente está bien construido. —Una pausa—. Pero el Constitucional puede tardar. Y mientras tarda, la defensa va a construir el relato de que el procedimiento estuvo viciado desde el principio.
Sara miró la calle.
El sol frío. Los periodistas. El coche de Rubén aparcado en la esquina.
Cuarenta y tres años para llegar aquí.
Y ahora los abogados de Castaño, que eran exactamente el tipo de abogados que se pagan con cuarenta años de dinero acumulado en estructuras que nadie había mirado demasiado de cerca, iban a intentar construir una salida por el único lugar donde todavía podía existir una.
—¿Qué necesita? —dijo Sara.
—Que el expediente sea perfecto —dijo Iturriaga—. Cada paso, cada orden, cada cadena de custodia. Que cuando alguien lo revise no haya un milímetro de margen.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—El Constitucional tiene que pronunciarse sobre la admisión del recurso en setenta y dos horas. —Iturriaga miró el teléfono—. Setenta y dos horas para blindar cada pieza de lo que hemos construido esta semana.
Sara asintió.
Setenta y dos horas.
Empezaban a contar ahora.