Los Cuarenta Capítulo 37
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Capítulo 37

Molina

Molina llegó a las siete y cincuenta y dos con el abrigo encima del traje del sábado anterior y la cara de alguien que no ha dormido o que ha dormido tres horas y que en cualquier caso hace mucho tiempo que aprendió que el aspecto es lo de menos cuando las cosas son de verdad urgentes.

Sara lo esperaba en el pasillo de la segunda planta con la carpeta en la mano.

Molina miró la carpeta.

Miró a Sara.

—¿Cuánto tiempo tengo para leerla?

—La he fotografiado. Puede llevarse las fotos. Pero hay una sección que necesito que vea ahora mismo, antes de que hable con nadie más.

Molina la siguió a la sala pequeña del fondo, la misma donde Sara había hablado con Herás la noche anterior. Parecía que habían pasado semanas. Sara calculó: era domingo por la mañana y Herás había estado en esa silla el sábado por la tarde. Menos de quince horas.

Cerró la puerta.

Puso la carpeta sobre la mesa y la abrió en la última sección.

Molina se sentó.

Leyó despacio. Era un hombre que leía con el mismo ritmo siempre, sin acelerar aunque el contenido lo pidiera, porque había aprendido que las prisas en la lectura producen interpretaciones que hay que deshacer después. Leyó las tres páginas de documentación. Luego miró la fotografía.

La sostuvo un momento.

Sara lo observó.

Observó la cara de Molina con la misma atención que había puesto en Iturriaga cuando escuchó el nombre de Montes Cañas: buscando el momento en que el control cede y lo que hay debajo es información real sobre lo que la persona sabía o no sabía o esperaba o temía.

El control de Molina no cedió.

Lo que hubo fue otra cosa: el gesto mínimo de alguien que acaba de ver confirmado algo que llevaba tiempo sospechando. No sorpresa. Algo más parecido al asentimiento interno de quien ha tenido una hipótesis durante años y acaba de encontrar los datos que la sostienen.

—¿Cuándo fue esta foto? —dijo.

—Los años noventa, probablemente. No tiene fecha.

—El restaurante es el Horcher. Lo reconozco por la decoración. —Una pausa—. El Horcher en los noventa era el sitio donde cierta gente se reunía cuando quería estar en un sitio donde los camareros no escuchan porque los camareros del Horcher entienden que su trabajo requiere no escuchar.

Sara se sentó frente a él.

—¿Lo conocía?

Molina dejó la fotografía sobre la mesa.

—¿Al subcomisario Villanueva? —Dijo el nombre sin que Sara tuviera que decirlo—. Sí. Lo conozco desde hace veintiocho años. —Una pausa—. Y llevo dos años sabiendo que había algo en él que no cuadraba.

* * *

Alcalá de Henares, noviembre de 1982

La última entrada que Nico escribió desde dentro de un centro de menores estaba fechada el 14 de noviembre de 1982.

Tenía once años y tres meses.

En esa fecha, el proceso de acogida familiar que llevaba seis meses tramitándose llegó a su conclusión: una familia de Alcalá, matrimonio con dos hijos mayores y casa grande, había decidido que el chico del centro que leía más libros que nadie y que tenía los ojos más quietos que cualquier niño que hubieran visto era el chico que querían.

Nico no sabía todavía si eso era bueno o malo.

Lo que sí sabía era que antes de irse tenía que escribir la última entrada desde allí, porque los cuadernos —ya iba por el segundo, había tenido que comprarse uno nuevo en la papelería de la calle Mayor con el dinero que el monitor Antonio le había dado para su cumpleaños— eran el registro de los lugares y los lugares no debían confundirse entre sí.

Escribió:

14 de noviembre de 1982. Salgo hoy de aquí.

Dos años menos un mes en este centro. He escrito en este cuaderno todo lo que recuerdo de Santa Clara y algunas cosas de aquí también.

No sé si alguna vez va a servirle a alguien.

Pero lo he escrito porque alguien tiene que escribirlo y no había nadie más.

El mayor de Santa Clara. No sé dónde está. No sé si salió bien o mal. Espero que bien aunque no sé si tengo razones para esperarlo.

Marta está en Madrid. El monitor Antonio me dijo que está bien pero que no puede darme más información porque las normas de confidencialidad de los centros no le permiten. Eso significa que sigue en algún sitio del sistema. Eso significa que está.

El cuaderno va conmigo. Siempre.

Cerró el cuaderno.

Lo metió debajo de la ropa en la bolsa que el centro le había dado para sus cosas.

Fue a esperar a los señores que venían a buscarlo.

* * *

—Hace dos años —dijo Molina— tuve acceso a un expediente de recursos humanos que normalmente no habría visto.

Fue un error de sistema: me llegó copiado en un correo que iba a otro destinatario.

—Hizo una pausa—. Era el expediente de una queja interna de 1997.

Un inspector de entonces, que ahora está jubilado, había presentado una queja porque le habían ordenado cerrar una línea de investigación sobre el Patronato de Protección de Menores sin que le dieran una justificación suficiente.

—¿Quién le dio la orden?

—Un mando intermedio que ya no existe como tal. Pero en el expediente de la queja había una anotación: el mando intermedio había actuado por instrucción de su superior. Y el superior era Villanueva, que en ese momento era comisario de área.

Sara lo miró.

—¿Por qué no lo usó?

—Porque una anotación en un expediente de recursos humanos de 1997 sobre una queja archivada no es nada en sí misma.

No conecta a Villanueva con Santa Clara.

No conecta a Villanueva con ningún delito concreto.

Conecta a Villanueva con haber dado una instrucción que cerró una investigación.

—Una pausa—. Y porque usarlo habría significado explicar cómo había llegado ese expediente a mí, lo que habría creado un problema de procedimiento que habría enterrado lo sustantivo bajo lo formal.

—¿Lo guardó?

—Lo guardé.

—¿Dónde?

Molina la miró.

—En un sitio donde nadie más ha mirado desde entonces.

Sara procesó eso.

Dos años guardando algo que no podía usar solo. Y ahora, con la decimosexta sección de la carpeta de Montes Cañas, ese algo dejaba de estar solo.

—¿Puede recuperarlo hoy?

—Esta mañana, si es necesario.

—Es necesario.

Molina asintió. Miró de nuevo la fotografía del Horcher.

—Villanueva va a estar en la rueda de prensa de esta tarde —dijo.

—Lo sé.

—¿Qué quieres hacer?

Sara pensó.

Lo que quería era que a las cinco de la tarde un hombre implicado en el encubrimiento de Santa Clara no estuviera en un estrado representando a la institución que debería haber impedido ese encubrimiento.

Que no estuviera delante de las cámaras con una declaración preparada sobre las detenciones de la noche anterior construida de manera que pusiera distancia entre él y lo que la investigación había demostrado.

Pero lo que quería y lo que podía hacer eran cosas que necesitaban ser calibradas.

—¿Puede hablar con él antes de la rueda de prensa? —dijo Sara—. Sin revelar todavía la decimosexta sección. Solo para ver cómo reacciona a las noticias de esta noche.

—¿Qué esperas que pase?

—Si sabe que Montes Cañas ha sido detenido, va a calcular exactamente lo mismo que calculó Montes Cañas esta madrugada. Y si calcula lo mismo, su siguiente movimiento va a decirme cuánto sabe y cuánto teme.

Molina la miró durante un momento.

—¿Me estás pidiendo que use veintiocho años de relación profesional con un hombre para leerle la cara?

—Le estoy pidiendo que haga lo que lleva veintiocho años haciendo —dijo Sara—. Observar.

Molina cogió la fotografía.

La miró una vez más.

La dejó sobre la mesa boca abajo.

—Dame una hora —dijo.

* * *

A las ocho y cuarenta, Iturriaga entró en la sala sin llamar.

Sara y Molina estaban revisando las fotografías del expediente de la decimosexta sección cuando el fiscal abrió la puerta con la expresión de alguien que trae algo que no esperaba traer todavía.

—Acaba de llamar un abogado —dijo Iturriaga.

Sara lo miró.

—¿De quién?

—Se presenta como representante del subcomisario jefe de la Brigada Central de Homicidios.

—Iturriaga hizo una pausa—. Dice que su cliente tiene información relevante para la investigación y que está dispuesto a cooperar de manera voluntaria.

Ha usado la expresión cooperación amplia y sin condiciones tres veces en dos minutos.

Molina y Sara se miraron.

Sin condiciones.

Nadie ofrece cooperación sin condiciones en este tipo de situación.

Cuando un abogado dice sin condiciones , lo que está diciendo en realidad es que las condiciones son tan obvias que no hace falta decirlas: que la cooperación tiene un precio y que el precio es que la cooperación sea tenida en cuenta cuando llegue el momento de cuantificar las consecuencias.

—¿Qué sabe sobre la carpeta? —dijo Sara.

—Nada todavía. El registro del piso de Montes Cañas no es información pública.

—Entonces ¿por qué llama ahora?

Iturriaga la miró.

—Porque Montes Cañas lleva dos horas detenido y el mundo en el que Villanueva ha funcionado durante treinta años acaba de cambiar de manera irreversible. —Una pausa—. Y porque los hombres como Villanueva no esperan a que lleguen a ellos. Se mueven antes.

Sara se levantó.

—Dígale al abogado que el fiscal está disponible a las diez. —Miró a Molina—. Lo que me contó antes. El expediente de 1997. Lo necesito antes de las diez.

—Lo tengo en cuarenta minutos.

—Y necesito una cosa más. —Sara cogió la carpeta de la mesa—. Necesito saber si entre los dieciséis nombres hay alguien que no sepa todavía lo que está pasando y que cuando lo sepa tome la decisión equivocada.

—¿La decisión equivocada?

—La de destruir algo. O la de desaparecer. —Sara miró la carpeta—. Montes Cañas intentó las dos esta noche y fallaron las dos. Pero éramos conscientes de Montes Cañas. No éramos conscientes de los otros quince.

Molina se levantó.

—Voy a por el expediente.

Salió de la sala.

Iturriaga se quedó en el umbral.

—¿Cuántas horas llevas despierta? —dijo.

Sara lo pensó.

—Veinticuatro. Más o menos.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo?

Sara no respondió de inmediato porque no lo recordaba con precisión. El café en el aparcamiento de Brihuega. El café en comisaría. Algo antes de salir hacia Valdemoro que ya quedaba muy atrás.

—Hay un bar que abre a las ocho en la calle de abajo —dijo Iturriaga—. Rubén puede traer algo.

—Cuando termine con Molina.

—Ahora —dijo Iturriaga—. Porque en las próximas doce horas va a necesitar estar en condiciones de tomar decisiones que van a importar durante mucho tiempo. Y eso no se hace con veinticuatro horas de ayuno.

Sara lo miró.

Era la cosa más pragmática que le habían dicho en toda la noche.

—Mándame a Rubén —dijo.

Iturriaga asintió y salió.

Sara se quedó sola en la sala.

Miró la fotografía del Horcher que Molina había dejado boca abajo sobre la mesa.

La giró.

Dos hombres en una terraza. Uno que llevaba cuarenta y tres años siendo el hombre que garantizaba que el sistema no preguntara demasiado. Otro que llevaba veintiocho años siendo el hombre que garantizaba que dentro del sistema tampoco se preguntara demasiado.

Y entre los dos, el espacio donde cabía todo lo que no se había preguntado.

Ese espacio era lo que Sara llevaba una semana tratando de cerrar.

Ya no era tan grande.