Los Cuarenta Capítulo 36
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Capítulo 36

La carpeta

El piso de la calle Jorge Juan olía a libros y a ese aire específico de los espacios habitados por personas solas y ordenadas: sin el desorden de la vida compartida, sin el caos de los niños, sin el rastro olfativo de la convivencia.

Todo en su sitio. Todo con la precisión de quien ha aprendido que el orden externo es la mejor manera de gestionar el desorden interno.

Los técnicos de la Científica llegaron a las siete y cuarto.

La orden de registro había llegado cuatro minutos antes, firmada en el sistema por Iturriaga con la velocidad que da saber exactamente qué se está buscando y dónde está.

Sara entró detrás de los técnicos.

El despacho estaba al fondo del pasillo, a la derecha. Estanterías del suelo al techo con libros ordenados por materias y dentro de cada materia por año de publicación. Un escritorio de madera oscura sin un papel encima salvo una taza de café a medias y una lámpara de escritorio encendida.

Montes Cañas había salido con prisa suficiente como para dejar la lámpara encendida.

El cajón central del escritorio estaba abierto.

Sara fue hacia él con los guantes puestos.

El cajón tenía dentro un bolígrafo, dos clips, un bloc de notas con las primeras seis páginas arrancadas y una marca de presión en la séptima que los técnicos fotografiarían para intentar recuperar lo que se había escrito en la página anterior. Y en el fondo del cajón, debajo del bloc, la carpeta.

Era una carpeta de cartón marrón, del tipo que usan los archivos notariales, con una goma elástica alrededor y sin título en la cubierta.

Sara la sacó.

La dejó sobre el escritorio.

La abrió.

* * *

Santa Clara de Miraflores — Madrid, 1980

El primer hombre que llegó de noche llegó un viernes de octubre.

Sor Asunción lo recibió en la puerta lateral, la del callejón de servicio, con la discreción que requiere recibir a alguien que necesita que nadie lo vea entrar.

El hombre era de mediana edad, bien vestido, con el tipo de seguridad en el movimiento que tienen las personas que llevan mucho tiempo en sitios donde las decisiones las toman ellos.

No hubo intercambio de dinero en ese primer encuentro. Eso vino después, formalizado a través de la donación de la fundación al presupuesto anual del orfanato, con justificante y todo, perfectamente registrada como aportación cultural y social a los menores tutelados.

Lo que había en cambio era algo más difícil de nombrar: el acuerdo implícito que existe entre personas que se necesitan mutuamente para mantener una ficción.

El hombre necesitaba que Sor Asunción mantuviera el silencio y organizara las visitas con la discreción necesaria.

Sor Asunción necesitaba que el hombre y los que vendrían después de él mantuvieran su posición como directora del centro y garantizaran que el Patronato no preguntara demasiado sobre los balances.

Era una estructura de complicidades que se sostenía a sí misma.

No era necesaria la amenaza explícita porque el acuerdo implícito era suficientemente claro: si uno caía, todos caían. Y en una estructura así, nadie tiene ningún incentivo para que caiga nadie.

Eso era lo más estable que existía.

Lo más estable y lo más monstruoso.

* * *

La carpeta tenía cuarenta y siete páginas.

No estaban organizadas como un expediente legal: estaban organizadas como los organiza alguien que las ha ido construyendo a lo largo de los años para uso personal, con una lógica que tiene sentido para quien la ha construido y que requiere lectura para quien viene de fuera.

Sara tardó veinte minutos en entender la estructura.

Cada sección correspondía a una persona.

Había dieciséis secciones. Dieciséis nombres, algunos de los cuales Sara reconoció inmediatamente y otros que tardó en identificar.

En cada sección había documentación variable: en algunas, fotocopias de comunicaciones internas de organismos públicos.

En otras, registros de llamadas. En dos de ellas, fotografías.

No eran fotografías de Santa Clara.

Eran fotografías de reuniones. Hombres en restaurantes, en despachos, en lo que parecían casas particulares. El tipo de fotografías que se toman cuando alguien quiere documentar que dos personas que no deberían estar juntas estaban juntas.

Montes Cañas llevaba décadas construyendo su propia garantía.

No solo la de Santa Clara. La de todo el sistema de relaciones que lo sostenía.

Cada persona que sabía algo de él o que podía representar un riesgo tenía su sección.

Y en esa sección había suficiente material como para que esa persona tuviera exactamente los mismos incentivos que Montes Cañas para que nada saliera.

Era el equilibrio perfecto.

Un sistema donde nadie podía moverse sin que se movieran todos.

Sara fotografió cada página con el teléfono mientras los técnicos hacían el proceso formal de registro y catalogación.

Llegó a la sección decimoquinta.

El nombre al encabezado era Guillermo Arcos Medina.

Sara lo buscó en la memoria.

Arcos Medina. Sí: director adjunto del Patronato de Protección de Menores entre 1998 y 2006.

Fallecido en 2009 en un accidente de tráfico en la N-II a la altura de Guadalajara.

Sesenta y un años en el momento de su muerte.

El accidente había sido investigado brevemente y archivado: hielo en la calzada, pérdida de control del vehículo, sin otros vehículos implicados.

Sara leyó la sección de Arcos Medina.

Cuatro páginas.

Las tres primeras eran lo que había en las demás secciones: documentación sobre reuniones, comunicaciones que colocaban a Arcos Medina en posición comprometida. El tipo de material que Montes Cañas guardaba sobre todos los demás.

La cuarta página era diferente.

Era una nota manuscrita. Letra pequeña y apretada, la de alguien que escribe para sí mismo y no para que otro lo lea. La nota estaba fechada en enero de 2009, dos meses antes del accidente de Arcos Medina.

Sara la leyó despacio.

La leyó dos veces.

Arcos Medina había intentado hablar. No públicamente: había contactado, según la nota, con un periodista de investigación al que Montes Cañas identifica por las iniciales P.V.

Había iniciado una conversación. Había compartido información preliminar sobre el Patronato y sobre ciertas irregularidades en la gestión de menores tutelados en los años ochenta.

La nota de Montes Cañas no decía que él hubiera organizado el accidente.

Decía: El asunto Arcos se ha resuelto. La conversación con P.V. no prosperará. El periodista ha recibido orientación suficiente.

Y debajo, en una línea separada: El canal de la N-II fue sugerencia de C.

C.

Castaño.

Sara sostuvo el folio un momento.

El canal de la N-II fue sugerencia de C.

Era una nota que un hombre había escrito para sí mismo a modo de registro.

No era una confesión, en sentido legal: era ambigua suficiente para que un abogado defensor pasara meses construyendo una interpretación alternativa de qué significaba exactamente sugerencia y resuelto y si la coincidencia temporal entre la nota y el accidente era prueba de algo o simplemente eso, una coincidencia temporal.

Pero era suficiente para reabrir el expediente del accidente de Arcos Medina.

Y si se reabriera ese expediente, había una séptima víctima en esta historia. Una que había muerto en 2009 en una curva de la N-II en un día de enero con hielo en la calzada.

Sara llamó a Iturriaga.

—La carpeta tiene dieciséis secciones. Dieciséis personas. —Una pausa—. Y una nota sobre el accidente de Guillermo Arcos Medina en 2009 que vincula la muerte con Castaño.

Silencio de Iturriaga.

—¿Directamente?

—Con la ambigüedad suficiente para que sea investigable. No para que sea una condena inmediata. —Sara miró la nota—. Pero es suficiente para que alguien en Guadalajara reabra ese expediente.

—¿Qué más hay en las secciones?

—Dieciséis personas. Algunas ya las conocemos del caso.

Otras son nombres nuevos. —Sara fue pasando las páginas—.

Magistrados, funcionarios, un ex director general de Instituciones Penitenciarias, dos periodistas —uno de los cuales sospecho que es el P.V.

de la nota de Arcos—. Y en la última sección...

—Sara llegó a la decimosexta y se detuvo.

El nombre al encabezado de la última sección era el que menos esperaba ver.

No porque no conociera ese nombre.

Sino precisamente porque lo conocía bien.

—Iturriaga —dijo Sara—. El número dieciséis.

—¿Quién es?

Sara miró el nombre.

Miró la fotografía adjunta que mostraba a dos hombres en la terraza de un restaurante que reconoció como uno de los restaurantes de la zona de Recoletos donde los funcionarios de alto rango comen cuando quieren estar en un sitio discretamente exclusivo.

Uno de los dos hombres era Montes Cañas, más joven, probablemente de los años noventa.

El otro era una cara que Sara había visto en reuniones de coordinación, en comunicados internos, en la cadena de mando que va desde el Ministerio del Interior hasta la brigada donde ella trabajaba.

—Es el subcomisario jefe de la Brigada Central de Homicidios —dijo Sara.

El jefe de Molina.

El jefe del jefe de Sara.

Iturriaga no dijo nada durante cuatro segundos.

—¿Qué documentación hay en esa sección?

—Estoy mirándola. —Sara pasó las páginas—.

Tres páginas. Parece que es de los años noventa.

No hay nada que conecte directamente con Santa Clara.

—Leyó—. Es documentación sobre una decisión de 1997 que archivó una investigación interna sobre irregularidades en el Patronato.

El subcomisario era inspector en aquella época y tuvo acceso al expediente.

La documentación sugiere que recibió instrucciones de no seguir cierta línea de investigación.

—¿De quién recibió esas instrucciones?

—De alguien que no se nombra directamente pero que se identifica como un superior político de la Secretaría de Estado.

—¿Tiene suficiente autonomía sobre el caso para seguir adelante sin informar hacia arriba?

Sara pensó en Molina.

En las conversaciones de los últimos siete días. En la manera en que su jefe le había dado margen de maniobra, había puesto recursos a su disposición, había gestionado la situación de Herrera sin hacer preguntas que no quería responder.

Molina no era el decimosexto.

Pero el decimosexto estaba por encima de Molina.

—Tengo a Molina —dijo Sara—. Molina no está en la lista.

—¿Está segura?

—He leído las dieciséis secciones. Molina no está. —Una pausa—. Pero necesito contarle a Molina lo que hay en la decimosexta antes de que él lo descubra por otro canal. Si lo descubre por otro canal, pierdo el control de cómo gestiona la información.

—Llámele —dijo Iturriaga—. Y Sara. El Ministerio ha convocado una rueda de prensa para esta tarde a las cinco. El director general de la Policía va a hacer una declaración sobre las detenciones de anoche.

—Lo sé.

—El subcomisario jefe de Homicidios va a estar en esa rueda de prensa.

Sara miró la fotografía.

El hombre de la terraza del restaurante en los años noventa, más joven pero reconocible, mirando a Montes Cañas con la expresión de alguien que está escuchando una instrucción que no le gusta pero que entiende que no tiene alternativa.

—Dame veinte minutos —dijo Sara.

Colgó.

Llamó a Molina.

Molina tardó dos tonos. Era un hombre que no desconectaba el teléfono nunca, ni siquiera en domingo.

—Montero —dijo.

—Necesito verle. —Una pausa—. Ahora, si puede.

Silencio breve.

—¿Qué ha pasado?

—Hay una carpeta que le quiero enseñar antes de que la vea alguien más.

Otro silencio.

El tipo de silencio de alguien que lleva veintiocho años en el oficio y sabe exactamente qué tipo de mañana de domingo produce ese tipo de frase en la voz de uno de sus inspectores.

—En veinte minutos estoy en comisaría —dijo Molina.