Capítulo 35
El amanecer
Montes Cañas hizo la maleta en catorce minutos.
Era una maleta que había hecho muchas veces: los viajes a Bruselas, a Ginebra, a los foros internacionales donde se habla de derecho constitucional comparado y donde los hombres como él son escuchados con el respeto que da haber construido una reputación durante décadas en la materia más abstracta y más real al mismo tiempo.
Una maleta pequeña, de cabina, con el contenido mínimo que necesita un hombre que sabe viajar: tres camisas, dos trajes, documentación esencial.
El pasaporte estaba en el cajón del escritorio del despacho.
Tenía dos pasaportes. Uno ordinario, el que usaba para los viajes profesionales.
Uno diplomático, cortesía de un cargo honorífico en una comisión internacional de reforma jurídica que llevaba once años renovándose automáticamente porque nadie en el Ministerio de Exteriores había tenido razón para revisarlo.
Cogió el diplomático.
Pensó durante cuatro segundos.
Lo devolvió al cajón y cogió el ordinario.
El pasaporte diplomático dejaba rastro en sistemas que el pasaporte ordinario no alcanzaba. Y en este momento los sistemas eran el problema, no la solución.
El vuelo a Zúrich salía a las siete y cuarenta.
Tenía tiempo si salía en los próximos veinte minutos.
Zúrich no era el destino, era el primer salto: desde Zúrich había conexión a Ginebra y desde Ginebra la distancia entre un hombre con recursos y un hombre inaccesible era una cuestión de gestión, no de posibilidad.
Había gestionado cosas más difíciles.
Llamó a un taxi desde la aplicación del teléfono porque los taxis de aplicación no requieren conversación.
Mientras esperaba, fue al escritorio y abrió el segundo cajón.
Dentro había una carpeta.
La sacó y la miró durante un momento sin abrirla.
La había preparado hace tres años, cuando las cosas habían empezado a moverse en una dirección que no había podido detener del todo.
Era un seguro. El tipo de seguro que prepara alguien que sabe que la única garantía real es tener algo que el otro necesita más de lo que necesita hundirte.
La dejó en el escritorio.
Si llegaba al punto de necesitarla, la forma de hacerla llegar al lugar correcto era un proceso que tenía diseñado desde hacía tiempo y que no requería su presencia física en Madrid.
Cogió la maleta.
Salió del piso.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, noviembre de 1981
La mañana después de la primera noche de coches, el desayuno fue puntual.
Eso era lo que recordaba Nico con más claridad cuarenta y tres años después: que el desayuno fue puntual. Que el pan estaba en la mesa a la hora de siempre y el café con leche en los vasos de siempre y Sor Remedios dando las instrucciones de siempre sobre hacer las camas antes de salir al patio.
El mundo no había cambiado de forma.
Eso era lo más preciso: que el mundo era exactamente el mismo que antes de la noche y que eso era la parte más difícil de entender para un niño de diez años que todavía creía que cuando algo horrible ocurre el mundo acusa el golpe de alguna manera visible.
Que hay una señal. Que la mañana siguiente es distinta de alguna forma que cualquiera puede ver.
No había señal.
El pan era el mismo. El café era el mismo. Las instrucciones de Sor Remedios eran las mismas.
Nico comió en silencio y miró a los demás.
La mayoría comía sin levantar la vista. Algunos de los más pequeños hablaban entre ellos de cosas de niños pequeños.
El mayor de todos, el que Nico todavía no sabía cómo llamar porque nunca le había preguntado el nombre, estaba en su sitio habitual con la cara de siempre: la cara de nadie, la cara construida para no dar información.
Nico abrió el cuaderno por debajo de la mesa.
Escribió una fecha.
Luego escribió: Anoche vinieron cuatro coches. No los vi entrar pero vi las luces desde la ventana del baño del segundo piso. Duró hasta las tres de la mañana. Por la mañana todo es igual.
Cerró el cuaderno.
Todo es igual.
Eso era lo más importante de registrar. No lo que había pasado. Lo que pasaba después: que el mundo seguía girando como si nada hubiera pasado, y que eso era exactamente lo que necesitaban que ocurriera.
* * *
A las seis y cuarenta de la mañana, la comisaría de Lope de Vega olía a café recalentado y a la fatiga específica de las noches largas.
Sara llevaba veintitrés horas despierta.
No lo notaba de manera dramática: la notaba en la precisión del ojo, en que tardaba medio segundo más de lo habitual en procesar las frases cuando alguien hablaba rápido, en que el café que Rubén le ponía delante ya no le sabía a nada específico sino a algo genéricamente caliente.
Iturriaga había llamado al fiscal general a las seis y diez.
A las seis y treinta y cinco, el jefe de gabinete de Montes Cañas —cuyo nombre en el DNI era Álvaro Prats Vilar y que llevaba desde las tres de la mañana en una sala de la comisaría sin haber pedido abogado todavía, lo cual era una señal de que o no entendía bien su situación o la entendía perfectamente y había tomado una decisión al respecto— pidió hablar con alguien.
Sara fue.
Prats Vilar tenía cuarenta y dos años y la cara de alguien que ha pasado la última hora y media pensando muy seriamente en las consecuencias de distintas líneas de acción y ha llegado a la conclusión de que la línea de acción que tiene peores consecuencias para él es seguir callado.
—Montes Cañas me llamó hace una hora —dijo.
Sara se sentó.
—¿Qué le dijo?
—Me dijo que fuera a su piso. Que cogiera una carpeta de su escritorio y que la destruyera. —Prats Vilar miró sus propias manos sobre la mesa—. Fui. Pero cuando llegué al edificio vi el coche patrulla en la puerta de al lado y di la vuelta.
—¿Había un coche patrulla?
—Un coche sin identificar, pero de los que se reconocen. —Una pausa—. Me fui. Y luego llamé a mi abogado. Y mi abogado me dijo que lo que Montes Cañas me había pedido que hiciera era obstrucción a la justicia.
—Su abogado tiene razón.
—Lo sé. —Prats Vilar la miró—. Por eso estoy hablando con usted.
—¿Sabe adónde fue Montes Cañas después de llamarle?
Prats Vilar tardó un momento.
—Dijo que tenía que hacer un viaje. Un viaje de trabajo urgente. Que estaría fuera unos días. —Una pausa—. Esas fueron sus palabras exactas: unos días.
Sara miró el reloj.
Las seis y cuarenta y dos.
El vuelo a Zúrich de las siete y cuarenta salía en menos de sesenta minutos.
Salió de la sala.
Llamó mientras caminaba hacia las escaleras.
—Rubén. Necesito que alguien contacte con el control de fronteras de Barajas ahora mismo. Rafael Montes Cañas, DNI —lo leyó de la pantalla del teléfono donde lo había buscado veinte minutos antes—, setenta y cuatro años. Si está en cualquier terminal con equipaje de mano, que lo retengan.
—¿Con qué autorización?
—Dile a Iturriaga que necesito una orden de retención preventiva en los próximos diez minutos. Que si no la tiene en diez minutos, que la pida de manera informal y que la orden formal llegue después.
—¿Puede hacerse así?
—Si el fiscal general está al teléfono con Iturriaga, puede hacerse así.
Colgó.
Siguió bajando las escaleras.
* * *
El taxi llegó al aparcamiento de la Terminal 4 de Barajas a las siete y seis.
Montes Cañas pagó en efectivo. No porque creyera que eso era suficiente para no dejar rastro —entendía los sistemas lo bastante para saber que el rastro existe aunque sea más difícil de leer— sino porque era lo más rápido.
La Terminal 4 a las siete de la mañana de un domingo tenía la tranquilidad relativa de los vuelos de primera hora: viajeros de negocios con el paso decidido, maletas de cabina, la eficiencia de quien hace esto regularmente y no necesita pensar en cada paso.
Montes Cañas era exactamente ese tipo de viajero.
Había sido ese tipo de viajero durante cuarenta años.
Fue al mostrador de facturación. No necesitaba facturar equipaje: la maleta era de cabina. Pero el proceso de presentación del billete en el mostrador antes del control de seguridad era un paso necesario para ciertos vuelos internacionales.
La mujer del mostrador miró el pasaporte.
Tecleó algo.
Miró la pantalla.
Tecleó de nuevo.
Montes Cañas esperó con la paciencia de quien ha aprendido que las esperas en los mostradores de aeropuerto son parte del proceso y no tienen significado específico.
La mujer del mostrador levantó la vista.
—Un momento, por favor. —Cogió el teléfono interior.
Montes Cañas miró el mostrador.
La mujer hablaba en voz baja. Miraba la pantalla. Luego lo miró a él un momento. Luego volvió a mirar la pantalla.
Montes Cañas calculó.
Dos opciones.
La primera: dar la vuelta, salir de la terminal, intentar el siguiente paso por otro canal. Tenía recursos suficientes para el siguiente paso si salía ahora.
La segunda: quedarse. Esperar. Ver si lo que estaba pasando en el mostrador era un problema de sistema o algo más concreto.
Eligió la primera.
Cogió el pasaporte de la mano de la mujer antes de que ella pudiera decir nada más, se giró y fue hacia la salida con el paso exactamente igual de decidido que cuando había entrado, porque la diferencia entre alguien que huye y alguien que simplemente va hacia otro sitio es el paso y él lo sabía.
Llegó hasta la puerta automática.
Dos hombres estaban al otro lado.
Uno llevaba chaqueta oscura y la placa colgada del cuello.
El otro era Rubén Alcázar.
—Rafael Montes Cañas —dijo Rubén—. Soy el subinspector Alcázar. Le voy a pedir que venga con nosotros.
Montes Cañas lo miró.
Luego miró al otro agente.
Luego miró la puerta automática a su izquierda, que daba al exterior de la terminal y a la zona de recogida de equipajes y al aparcamiento y a la ciudad y a todo lo que en los últimos cuarenta y tres años había sido el mundo en que se movía sin que nadie lo detuviera.
Calculó durante dos segundos.
Luego puso la maleta en el suelo.
—¿Tiene la orden? —dijo.
—La orden llega en seis minutos —dijo Rubén—. Puede esperar dentro o puede esperar aquí.
Montes Cañas miró la maleta en el suelo.
Una maleta de cabina con tres camisas y dos trajes y un pasaporte ordinario y cuarenta y tres años de decisiones que habían funcionado exactamente hasta este momento.
—Dentro —dijo.
* * *
Sara recibió la llamada de Rubén mientras estaba en las escaleras de la comisaría.
—Tenemos a Montes Cañas.
Cerró los ojos medio segundo.
—¿Bien?
—Sin incidentes.
—¿Dónde está ahora?
—En el coche. Iturriaga manda la orden formal en cinco minutos para formalizarlo.
Sara apoyó la mano en la barandilla.
Fuera, a través de las ventanas del descansillo, el cielo de Madrid estaba pasando del gris al primer azul frío del amanecer.
Las calles todavía vacías, el domingo empezando con la lentitud de los domingos de diciembre, la ciudad sin saber que en las últimas seis horas habían pasado cosas que iban a cambiar la manera en que esa ciudad entendía ciertas palabras: institución, protección, silencio.
—Rubén —dijo.
—¿Qué?
—La carpeta que Montes Cañas le pidió a Prats que destruyera. Está en el escritorio del piso de la calle Jorge Juan. Necesito a alguien ahí con una orden de registro antes de que pase otra cosa.
—En eso estoy.
Colgó.
Sara se quedó en el descansillo un momento.
Pensó en Nico en el coche de camino a Sigüenza.
En Mónica con su retrato que puede o no puede ser una madre.
En Marta que llevaba veinte años siendo Verónica Herás y que había pasado doce años construyendo el caso que esta noche había servido de base para todo lo demás.
En Andrade en la sala de declaraciones hablando con la voz plana de alguien que ha decidido que ya no hay nada que guardar.
En el cuaderno verde en el juzgado con ciento doce páginas y cuarenta y tres años de espera.
Subió las escaleras.
Había que terminar los informes antes de las nueve.