Los Cuarenta Capítulo 34
59%

Capítulo 34

El archivo

El técnico de la Brigada Tecnológica llegó a la comisaría a las cinco y cuarto.

Se llamaba Dávila y tenía treinta años y la energía nerviosa de alguien a quien han sacado de la cama un domingo por la madrugada para hacer algo que puede o no puede hacerse dependiendo de factores que todavía no conoce.

Entró en la sala con un portátil bajo el brazo y un cable de red en el bolsillo y la expresión de quien necesita datos antes de opinar.

Andrade le dio los datos.

Un servidor en Suecia, alojado bajo un proveedor conocido por su política de no cooperación con solicitudes gubernamentales que no pasaran por el proceso legal específico del país.

Una carpeta con doce archivos. Una contraseña de cuatro fragmentos que Andrade recitó de memoria sin vacilar, como quien recita el número de su propio teléfono.

—¿La contraseña activa también el contador? —dijo Dávila.

—El contador se cancela con la contraseña. Si no cancelo la orden cada setenta y dos horas desde el dispositivo registrado, los archivos se publican automáticamente en cinco sitios distintos.

—¿Qué dispositivo está registrado?

—Un teléfono de prepago. —Andrade miró a Sara—. Está en el bolsillo derecho de mi chaqueta. Está en la bolsa de efectos personales que me recogieron al entrar.

Sara llamó a Rubén.

Tres minutos después, Rubén entró con la bolsa de efectos y sacó el teléfono: un modelo básico, sin marca visible, del tipo que se compra en cualquier estación de servicio y que no requiere registro de identidad.

Dávila lo conectó al portátil.

—¿Tiene contraseña de bloqueo?

—Cuatro ceros —dijo Andrade.

Dávila desbloqueó el teléfono. Miró la pantalla durante un momento. Luego miró a Andrade.

—El contador marca cincuenta y seis horas —dijo.

—Sí. Lo cancelé ayer antes de salir de Madrid.

—¿Antes de ir a Brihuega?

Andrade la miró.

—Antes de ir a Brihuega.

Sara procesó eso. Un hombre que cancela el contador de publicación automática antes de ir a hacer lo que había ido a hacer.

No porque esperara fallar. Sino porque, en algún nivel que quizás él mismo no había podido nombrar hasta ese momento, había decidido que si fallaba, la información salía de todas formas.

—Acceda al servidor —dijo Sara a Dávila.

Dávila escribió durante cuarenta segundos. La conexión tardó más de lo habitual porque el servidor estaba enrutado a través de tres nodos intermedios y el proveedor sueco no era precisamente optimizado para velocidad.

—Dentro —dijo Dávila.

La carpeta tenía doce archivos. Once eran documentos en PDF. Uno era un archivo de audio de cuarenta y dos minutos.

* * *

Madrid, junio de 1981

Rafael Montes Cañas tenía treinta y un años y acababa de ser nombrado secretario técnico de la Comisión de Reforma del Código Civil.

Era un cargo que no aparecía en los periódicos y que sin embargo tenía más influencia práctica sobre el ordenamiento jurídico español que muchos cargos que sí aparecían.

Era el tipo de cargo para el que te eligen cuando llevan cinco años observándote y han llegado a la conclusión de que eres el tipo de persona que entiende que las instituciones funcionan exactamente porque hay personas dispuestas a gestionar las fricciones que las instituciones generan.

La reunión fue en un despacho del Ministerio de Justicia.

No era una reunión con acta ni con convocatoria formal. Era el tipo de reunión que ocurre cuando tres personas con agenda coinciden en que hay un asunto que gestionar y que la gestión es mejor hacerla en privado.

Uno de los tres hombres era el director general del Patronato de Protección de Menores.

El otro era el vicario Larralde.

El tercero era Montes Cañas.

El asunto que gestionar era un orfanato en Carabanchel y ciertas actividades que ocurrían en ese orfanato y que habían llegado al conocimiento de personas que podían generar problemas si no se establecía el marco correcto de gestión.

Montes Cañas no preguntó qué actividades.

No porque no quisiera saberlo: porque entendió, con la rapidez de quien aprende deprisa, que no saber exactamente qué actividades era parte de su función en esa sala.

Su función era garantizar que el marco jurídico que protegía al Patronato y a la Diócesis fuera lo suficientemente sólido como para resistir cualquier tipo de cuestionamiento posterior.

Lo garantizó.

No dijo nada que pudiera grabarse ni escribirse.

Asintió dos veces, hizo una observación técnica sobre los registros del Patronato y el acceso a la documentación de menores tutelados, y cuando salió de esa reunión era el mismo hombre que había entrado pero con un conocimiento adicional que nunca compartiría y que durante cuarenta y tres años le pesaría exactamente lo necesario para no poder olvidarlo completamente.

Los hombres que cargan con ese tipo de peso desarrollan una habilidad específica: la de compartimentar. De poner las cosas en cajas separadas dentro de la cabeza y no abrir las cajas que no necesitan abrirse.

Rafael Montes Cañas había pasado cuarenta y tres años siendo excelente en eso.

* * *

A las cinco y cuarenta, en un piso del barrio de Salamanca con vistas a la calle Jorge Juan, Rafael Montes Cañas estaba sentado en su sillón de lectura con el teléfono en la mano y la pantalla encendida con la noticia que llevaba leyendo desde las cuatro de la madrugada.

La foto de Castaño con Andrade en el hotel de Barcelona. El titular del digital de Marcos Ibáñez: El candidato a presidir el CGPJ reunido con el principal sospechoso de seis homicidios en Barcelona .

El artículo mencionaba Santa Clara. Mencionaba el cuaderno. Mencionaba los ocho detenidos en una finca de Valdemoro.

No mencionaba su nombre.

Todavía.

Montes Cañas llevaba cuarenta y tres años siendo un hombre que calculaba bien.

Había calculado bien en 1981, había calculado bien en 1984, había calculado bien en los dos momentos intermedios en que la historia de Santa Clara había asomado brevemente a la superficie y había sido empujada de vuelta hacia abajo con la herramienta correcta en el momento correcto.

Ahora calculaba de nuevo.

La variable que no podía calcular era Andrade.

Andrade lo sabía. Andrade era el único que lo sabía de manera directa, verificable, con fechas y conversaciones concretas.

Había tenido esa conversación con Andrade en 2017 porque Castaño se lo había pedido: necesito que le expliques el marco, que le expliques por qué la estructura es sólida, que le expliques que no hay manera de que esto salga porque los que pueden sacarlo están protegidos desde arriba.

Y él se lo había explicado.

Porque creía que Andrade era seguro.

Porque Castaño le había dicho que Andrade era seguro.

Marcó un número en el teléfono.

Tardó cuatro tonos en contestar.

—Bermejo —dijo la voz al otro lado.

—¿Cómo está la situación?

—Bajo control, de momento. He estado en comisaría. La fiscal, Iturriaga, es meticuloso pero tratable. La inspectora es otro asunto.

—¿Qué pasa con la inspectora?

—Que no es tratable. —Una pausa—. Montes, hay una cosa más.

—¿Qué?

—Andrade está declarando.

Silencio.

—¿Cuánto tiempo lleva?

—Casi dos horas.

Otro silencio.

Montes Cañas miró por la ventana. La calle Jorge Juan a las seis menos cuarto de la mañana de un domingo era una calle vacía con los árboles quietos y el primer gris del amanecer empezando en el extremo oriental del cielo.

—¿Hasta dónde ha llegado?

—No lo sé todavía. Mi hombre dentro no ha podido...

—Averígualo.

Colgó.

* * *

El archivo de audio duró cuarenta y dos minutos.

Dávila lo transfirió al sistema de la comisaría y Sara e Iturriaga lo escucharon en la sala pequeña con la puerta cerrada mientras Andrade esperaba con el abogado de oficio en la sala de declaraciones.

La grabación era de 2017. La calidad era buena: Andrade había usado un dispositivo profesional, no un teléfono, y había elegido el momento con cuidado. Una reunión en un despacho, sonido ambiental mínimo.

Tres voces.

La primera era Castaño. La segunda era Montes Cañas.

La tercera tardó varios minutos en aparecer en la grabación. Cuando apareció, Sara escuchó dos frases antes de reconocerla.

Era suficiente.

Miró a Iturriaga.

Iturriaga tenía los ojos fijos en el reproductor de audio en la pantalla del portátil de Dávila, con esa concentración específica de quien está escuchando algo por primera vez y ya sabe que va a tener que escucharlo muchas veces más.

La tercera voz siguió hablando.

Decía que la prioridad era asegurarse de que cualquier investigación que pudiera surgir en el futuro relacionada con los hechos de Santa Clara pasara por los canales correctos.

Que los canales correctos eran los que él podía garantizar desde su posición.

Que su posición, en ese momento y en el futuro previsible, era suficientemente sólida para eso.

—¿Quién es? —dijo Sara, aunque ya lo sabía.

Iturriaga pausó el audio.

La miró.

—Es Bermejo —dijo.

El subdirector de la Fiscalía de lo Penal. El hombre que había llegado esta noche a la comisaría con un técnico jurídico y un hombre sin nombre, supuestamente en representación del fiscal general, supuestamente para revisar el procedimiento.

No para revisar el procedimiento.

Para saber cuánto sabían.

Sara pensó en las dos horas que Bermejo había estado en el edificio. En las preguntas sobre el procedimiento. En la mención de Andrade y de su representación letrada.

Estaba intentando establecer si Andrade había hablado ya.

—¿Sigue aquí? —dijo Sara.

Iturriaga miró el reloj.

—No lo sé.

Sara salió de la sala.

Bajó las escaleras a paso rápido. La sala de reuniones de la planta baja estaba vacía. En el mostrador de recepción, el agente de guardia levantó la vista.

—Los tres hombres que llegaron antes —dijo Sara—. Los que estaban en la sala de reuniones.

—Se fueron hace media hora, inspectora.

—¿Media hora?

—Poco después de que usted subiera.

Sara procesó el tiempo. Media hora. Justo cuando Andrade empezaba a hablar del nombre de Montes Cañas.

Alguien les había avisado de que la declaración estaba llegando a ese punto.

—¿Tienes la matrícula del coche?

El agente buscó en el registro de entrada.

—Aquí está. —Le pasó el papel.

Sara fotografió la matrícula y subió las escaleras.

Llamó a Rubén.

—Localiza este coche. —Le pasó la matrícula—. Necesito saber adónde fue.

—¿Ahora?

—Ahora.

Entró en la sala donde estaba Iturriaga.

El fiscal la miró.

—Bermejo se fue cuando empezamos a hablar de Montes Cañas —dijo Sara—. Alguien dentro del edificio le avisó.

Iturriaga cerró el portátil.

Se levantó.

Tenía la cara de alguien que acaba de recalcular el tamaño de lo que tiene delante y el resultado es mayor de lo que había calculado antes.

—Necesito llamar al fiscal general en persona —dijo—. No a través de Bermejo. Directamente.

—¿A las seis de la mañana de un domingo?

—Sí. —Iturriaga cogió el teléfono—. Porque si no lo llamo yo primero, lo llama Bermejo. Y Bermejo tiene veinte minutos de ventaja.

Marcó.

Esperó.

Al otro lado, después de cuatro tonos, una voz de alguien a quien le acaban de despertar dijo su nombre con el tono de quien sabe que las llamadas a esta hora no son llamadas de buenas noticias.

Iturriaga habló durante noventa segundos.

Luego escuchó.

Sara miró el reloj. Las seis y doce de la mañana. Fuera, el primer domingo de diciembre estaba empezando a insinuarse en el cielo sobre Madrid con ese gris frío que precede a la luz.

Iturriaga colgó.

La miró.

—El fiscal general no sabía nada de la visita de Bermejo —dijo.

Sara tardó un segundo.

—¿Nada?

—Bermejo no le consultó. Vino por su cuenta. —Una pausa—. El fiscal general quiere a Bermejo en su despacho a las ocho.

Sara se sentó.

Pensó en el hombre sin nombre que había estado en la sala de reuniones con Bermejo. El que llevaba el traje caro y había dicho que estaba ahí para observar en representación del interés general.

—El tercer hombre que vino con Bermejo —dijo—. ¿Sabes quién era?

Iturriaga negó con la cabeza.

Sara cogió el teléfono y llamó al agente de guardia.

—El hombre que entró con Bermejo. El que no dio nombre. ¿Lo registraron en la entrada?

—Tenemos el DNI de los tres, inspectora. Es procedimiento.

—Necesito el del tercero.

Treinta segundos.

El agente le leyó el nombre.

Sara lo buscó en el sistema.

La pantalla le devolvió una ficha con fotografía y cargo.

Miró la foto durante tres segundos.

Luego la giró hacia Iturriaga.

Era el jefe de gabinete de Rafael Montes Cañas.