Los Cuarenta Capítulo 32
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Capítulo 32

La entrega

Había elegido la glorieta del Ángel Caído.

No era un sitio que Sara hubiera elegido.

Era oscuro a esa hora, las tres de la mañana de un domingo de diciembre, con los faroles del Retiro proyectando sombras largas sobre los caminos de gravilla y el estanque invisible al fondo y el ángel de bronce en lo alto de su pedestal mirando hacia abajo con esa expresión que los escultores del XIX creían que tenía la caída y que en realidad se parece más a la resignación que al horror.

Andrade estaba sentado en el banco de piedra frente a la estatua.

Rubén aparcó en la calle de Alfonso XII y esperó en el coche. No porque Sara se lo hubiera pedido sino porque lo había entendido solo: había momentos en que dos personas necesitaban el espacio sin testigos para establecer algo que luego pudiera sostenerse.

Sara cruzó la verja.

La gravilla crujió bajo sus pies. Andrade no se movió al oírla. Esperó con las manos sobre las rodillas y la mirada fija en la estatua, en el ángel de bronce que cae y que lleva cayendo desde 1878 sin llegar nunca al suelo.

Sara se detuvo a dos metros.

Lo miró.

Tenía cincuenta y dos años. Eso lo sabía del expediente.

Pero los cincuenta y dos años de Andrade no eran los cincuenta y dos años de cualquier hombre: eran los de alguien que ha pasado cuatro décadas viviendo al margen de lo que sentía, y eso deja una marca específica que no es la marca del tiempo sino la del vaciado.

La cara plana, los rasgos que en otra persona habrían resultado agradables, los ojos claros que en la oscuridad del parque parecían casi grises.

No llevaba arma. Sara lo había pedido como condición y él lo había aceptado sin discutir.

—El ángel caído —dijo Sara.

—Es el único ángel del mundo que representa a Lucifer —dijo Andrade, sin apartar la vista de la estatua—.

Lo pusieron aquí sin saber exactamente lo que estaban poniendo.

Los académicos de Bellas Artes de 1877 creyeron que era una alegoría del mal vencido.

—Una pausa—. Pero si lo miras bien, no parece vencido.

Parece que está pensando en lo que hará a continuación.

Sara no dijo nada.

Andrade levantó la vista hacia ella.

—¿Ha traído esposado o sin esposar?

—Sin esposado.

—¿Por qué?

—Porque llegará esposado al juzgado de todas formas. —Sara lo miró—. Y porque había ciertas cosas que quería preguntarle antes de que hubiera abogados en la sala.

Andrade asintió.

Se levantó.

Era más alto de lo que Sara había imaginado. Ancho de hombros, con la postura de alguien que ha aprendido a ocupar el espacio justo que necesita y no más. Llevaba ropa oscura, sin marca, el tipo de ropa que no llama la atención porque fue elegida exactamente para eso.

—¿Puedo hacer una cosa antes de que vayamos? —dijo.

Sara esperó.

Andrade se volvió hacia la estatua. La miró durante cinco segundos con una expresión que Sara no habría sabido nombrar. Luego se volvió de nuevo hacia ella.

—Ya —dijo.

* * *

Santa Clara de Miraflores — Madrid, febrero de 1982

Los Andrade llegaron un martes.

El matrimonio Andrade: él ingeniero de caminos, ella maestra jubilada, los dos sin hijos propios, los dos en esa etapa de la vida en que la casa grande se vuelve elocuente de una manera que resulta difícil de ignorar.

Habían pasado por el Patronato, habían pasado por las visitas supervisadas, habían pasado por los formularios y los informes psicológicos y todo el aparato que el sistema interpone entre los niños y las personas que dicen querer cuidarlos.

El chico que esperaba en el despacho de Sor Asunción tenía catorce años y una mochila con todo lo que era suyo dentro.

No era mucho: un jersey de más, los cuadernos del colegio, un libro que le había dado un monitor del centro provisional donde había estado los últimos meses, y el cuaderno verde que no era de los cuadernos del colegio y que no entró en la mochila sino debajo de la ropa, contra el cuerpo, porque había cosas que uno no pone en una mochila cuando no sabe todavía si puede confiar en el sitio al que va.

Los señores Andrade eran personas amables.

Eso fue lo primero que Miguel evaluó cuando entró en el despacho: la amabilidad. La amabilidad de los adultos era el primer dato porque la amabilidad podía ser de dos tipos, y distinguir los dos tipos era una de las habilidades que Santa Clara había enseñado sin querer enseñarla.

La amabilidad de los señores Andrade era del tipo que no quiere nada a cambio. Era la amabilidad torpemente expresada de personas que no saben exactamente cómo relacionarse con un adolescente de catorce años que lleva diez en un orfanato, pero que lo intentan de buena fe.

Miguel lo evaluó en tres minutos y decidió que podía trabajar con eso.

Cuando salieron del edificio, Miguel se detuvo en el umbral.

Miró el patio.

No había nadie. Era mediodía y los niños estaban en clase y el patio estaba vacío con su árbol en el rincón y el banco de piedra donde se sentaba Nico y la puerta lateral del edificio por donde dos meses antes dos niños habían salido a la calle y ya no habían vuelto.

No sintió nada que pudiera nombrar.

Lo que sí hizo, antes de cruzar el umbral, fue tomar una decisión.

No volvería.

No porque fuera un lugar malo para él, exactamente. Sino porque los lugares de los que uno sale no se pueden volver a entrar de la misma manera. Y él necesitaba, con la urgencia específica de los catorce años, ser alguien que salía hacia adelante.

Cruzó el umbral.

El señor Andrade le puso la mano en el hombro un momento, brevemente, sin apretar.

Miguel no se apartó.

* * *

En el coche, de vuelta hacia Madrid por la M-40, Andrade habló durante veinte minutos sin que Sara le preguntara nada.

No era una declaración. Era lo que se acumula durante cuarenta años sin tener un lugar donde depositarlo y que cuando encuentra un canal sale con la presión de todo ese tiempo.

Sara dejó que saliera. Grabó desde el primer momento con el teléfono sobre el salpicadero, no porque esa grabación fuera admisible en juicio sino porque quería tener el mapa antes de entrar en el laberinto.

Andrade habló de los hombres que venían de noche.

No de todos: de los que recordaba con suficiente precisión.

Tres caras. Dos voces. Un olor específico que durante décadas lo había perseguido en lugares aparentemente aleatorios —un perfume en el metro, el humo de un tipo concreto de tabaco en un restaurante— y que ahora podía identificar como el olor de esas noches.

Habló de Sor Asunción.

—No era crueldad —dijo—. Eso es lo que más tardé en entender.

No era crueldad en el sentido de que disfrutara.

Era convicción. Creía que lo que hacía era parte de un orden.

Que los niños del orfanato eran una categoría de persona para la que las reglas normales no aplicaban de la misma manera.

—Hizo una pausa—. Los hombres que venían tampoco eran sádicos, la mayoría.

Eran hombres con posiciones y con la certeza de que su posición los hacía intocables.

—Otra pausa—. Eso es más aterrador que la crueldad.

La crueldad se puede nombrar. Lo otro es invisible.

Sara miró la carretera.

—¿A Castaño lo recuerda?

—Sí.

—¿Del orfanato?

—Del orfanato y de después. —Una pausa—.

Castaño fue el que gestionó mi adopción.

No directamente: a través de contactos en el Patronato.

Me colocó con los Andrade porque los Andrade eran personas sin conexiones políticas y sin curiosidad excesiva, y porque alguien que había crecido en Santa Clara y que llevaba el apellido de una familia discreta era un activo potencial.

Sara lo miró por el espejo retrovisor.

—¿Activo?

—No lo sabía entonces. Lo fui entendiendo con los años.

La estructura que organizaba las visitas a Santa Clara no desaparecía cuando los niños salían.

Seguía. Y algunas de esas personas mantenían un interés en los niños que habían salido, especialmente en los que tenían cierto perfil.

—Una pausa—. El perfil era: sin familia verificable, con capacidad de adaptación, sin tendencia a hacer preguntas en voz alta.

—El perfil era usted.

—Sí.

Rubén giró hacia la glorieta de Atocha.

Madrid a las tres y media de la madrugada tenía esa calidad específica de las ciudades cuando la mayoría de la gente duerme y la que no duerme tiene razones que no compartiría fácilmente: los conductores de furgonetas de reparto, los trabajadores del turno de noche, los que no pueden dormir y los que no quieren.

—¿Cuándo empezó a trabajar para Castaño directamente? —dijo Sara.

—A los treinta y dos años. Llevaba cinco como detective privado.

Me contactó a través de un intermediario.

—Una pausa—. Al principio no era esto. Al principio era vigilancia, seguimiento, información.

El tipo de trabajo que hace cualquier detective para cualquier cliente con suficiente dinero y suficientes razones para querer saber cosas de personas específicas.

—¿Y cuándo cambió?

Andrade tardó en responder.

—Cuando encontré la primera entrada del cuaderno de Nico en una base de datos filtrada que alguien había comprado.

—Una pausa—. Castaño supo del cuaderno antes que nadie.

Supo que existía y supo que existían supervivientes de Santa Clara que podían dar testimonio.

Y decidió que la única manera de gestionar ese riesgo era eliminar el riesgo.

—¿Y usted aceptó?

Silencio.

—Acepté porque me dijo que yo también estaba en la lista.

—La voz seguía plana, pero había en ella algo que no había estado antes: la textura de algo que cuesta decirse a uno mismo aunque se sepa desde hace tiempo—.

Me dijo que si la historia de Santa Clara salía, mi nombre saldría con ella.

Que no como víctima sino como el chico mayor que había seguido viviendo bien mientras los demás llevaban décadas aguantando.

—Una pausa—. No era verdad, exactamente.

Pero contenía suficiente verdad como para que funcionara.

Sara procesó eso.

La trampa perfecta: amenazar a la víctima con su propia historia. Usar el peso de lo que le habían hecho para convertirlo en el instrumento de lo que querían hacer.

Rubén tomó la calle de Atocha hacia el norte.

Y entonces Sara vio las cámaras.

Había cinco o seis periodistas delante de la comisaría de Lope de Vega, con las cámaras levantadas y los focos encendidos en la oscuridad de la madrugada. Uno de los cámaras vio el coche de Sara y dijo algo a los demás y todos se giraron.

—Marcos —dijo Sara en voz baja.

Las fotos de Barcelona. La historia.

Rubén redujo la velocidad.

—¿Entramos?

Sara miró a Andrade por el retrovisor. Andrade miraba las cámaras con la misma expresión con que había mirado la estatua del Retiro: la de alguien que ha llegado a un punto que sabía que iba a llegar y que se pregunta, ahora que está aquí, qué se supone que tiene que sentir.

—Entramos —dijo Sara—. Por la puerta de atrás.

El teléfono vibró.

Iturriaga.

—La historia está publicada —dijo el fiscal sin preámbulo—. El digital de Ibáñez lleva cuarenta minutos en línea. Fotos, nombres, Santa Clara. En una hora lo tienen todos los medios nacionales.

—Lo sé. Estoy delante de la comisaría.

—¿Con Andrade?

—Con Andrade.

Una pausa breve.

—La Fiscalía General ha llamado hace diez minutos —dijo Iturriaga. Su voz había cambiado ligeramente. No de tono: de peso—. El fiscal general en persona. Quiere ser informado del desarrollo del caso antes de las nueve de la mañana.

Sara miró las cámaras al otro lado de la ventanilla.

El fiscal general. El más alto de la cadena en la que ella era un eslabón muy pequeño y muy expuesto.

—¿Es buena noticia o mala noticia? —dijo.

—Depende de lo que quiera —dijo Iturriaga—. Y eso todavía no lo sé.