Capítulo 31
Laura
Sara no fue a Barcelona.
No tenía tiempo y tampoco tenía sentido: lo que Laura Andrade pudiera decirle era información, no evidencia.
La evidencia ya estaba. El cuaderno de Nico estaba en el juzgado.
Las declaraciones de Llorente y Mendieta estaban siendo transcritas.
Los ocho hombres de La Retama estaban en celdas distintas de dos comisarías distintas para que no pudieran coordinar versiones antes de que sus abogados establecieran el perímetro de lo que cada uno estaba dispuesto a admitir.
Lo que Laura Andrade tenía era otra cosa.
Garriga la puso al teléfono a las dos menos cuarto de la madrugada.
La chica tenía la voz de alguien que ha estado llorando o que ha estado muy cerca de llorar sin llegar a hacerlo, que a veces es más agotador.
Diecinueve años. Estudiante de segundo de Bellas Artes en la Pompeu Fabra.
Hija de un primer matrimonio que Andrade había dejado cuando la niña tenía cuatro años y al que había vuelto, intermitentemente, de maneras que la madre nunca había acabado de aprobar ni de rechazar porque Javier Andrade era el tipo de ausencia que resulta difícil de identificar como peligrosa.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio antes de hoy? —dijo Sara.
—En Navidad. —La voz de Laura era clara, directa, sin el dramatismo que Sara había esperado.
Una voz que estaba siendo valiente de la manera concreta y sin adornos en que son valientes las personas jóvenes cuando deciden serlo—.
En Navidad siempre venía. No mucho tiempo. Dos días, tres. Luego se iba.
—¿A dónde?
—No lo sé. Nunca lo supe. Mi madre dice que siempre fue así desde que se conocieron. Que hay hombres que tienen una vida detrás que no enseñan y que ella tardó demasiado en entender que ese no era un rasgo de carácter sino una descripción literal.
Sara miró por la ventanilla del coche. La A-2 todavía oscura, todavía recta, todavía Rubén al volante a ciento cuarenta.
—Esta tarde —dijo—. Cuénteme lo que pasó esta tarde.
Un silencio breve.
—Llegó a las cinco. Sin avisar, como siempre.
—Laura hizo una pausa—. Lo raro fue que cuando entró se quedó de pie en el centro del salón mirando alrededor, como si estuviera memorizando el sitio.
Yo le pregunté qué pasaba. Me dijo que nada, que solo quería verme.
—Otra pausa—. Entonces me dijo que se llamaba Miguel.
Sara se quedó quieta.
—¿Así, directamente?
—Así. Me llamo Miguel. Como si eso fuera lo más natural del mundo decirle a tu hija después de diecinueve años que tu nombre no es el que ella conoce.
Sara no dijo nada. Esperó.
—Le pregunté de dónde venía ese nombre. Me dijo que era el que le habían dado cuando nació. Que Javier Andrade era un nombre que había construido más tarde porque necesitaba ser otra persona. —La voz de Laura había bajado medio tono—. Le pregunté por qué necesitaba ser otra persona.
—¿Y qué dijo?
—Dijo que había cosas que había hecho siendo Miguel que Javier Andrade no podía cargar sin romperse. —Una pausa—. No sé si entiendo eso exactamente. Pero lo dijo con una cara que me dijo que era verdad aunque no lo entendiera.
Sara cerró los ojos un momento.
—¿Le dijo dónde había crecido?
—Dijo que en un orfanato. En Madrid. Dijo el nombre pero yo no lo conocía: Santa Clara de algo, no recuerdo bien.
Dijo que estuvo allí desde los cuatro años hasta que lo adoptaron cuando tenía catorce.
—Una pausa—. Dijo que en ese orfanato pasaban cosas por la noche.
Eso fue todo lo que dijo sobre eso. Cosas por la noche.
Y yo no le pregunté más porque la manera en que lo dijo no invitaba a preguntar más.
—¿Le dijo algo sobre lo que iba a hacer?
Un silencio más largo.
—Dijo que había hecho cosas malas. Dijo que había hecho cosas malas porque le habían pedido que las hiciera y porque durante mucho tiempo había creído que había una razón para hacerlas. —Laura hizo una pausa—. Y luego dijo que esa noche había ido a hacer otra cosa mala y que no había podido.
Sara apretó el teléfono.
—¿Le dijo por qué no había podido?
—Dijo que llegó al sitio y que vio que eran como él. Esas palabras: eran como yo. Y que no pudo.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, diciembre de 1981
La noche antes de que Nico y Marta se fueran, Miguel estuvo despierto.
No era inusual. Miguel llevaba meses durmiendo poco y mal, con ese sueño fragmentado que viene de tener el cuerpo acostumbrado a estar alerta porque la alerta, en Santa Clara, era la única diferencia entre saber lo que iba a ocurrir y que ocurriera sin que lo supieras.
Desde su catre, en la oscuridad de la habitación de los mayores, oía la respiración de los otros tres chicos. Todos dormidos. Todos con ese abandono específico del sueño profundo que él había perdido hacía tiempo.
Por la ventana entraba el frío de diciembre.
Pensó en Nico.
Sabía que Nico iba a irse. No lo sabía por haber oído nada concreto ni por haber visto preparativos: lo sabía porque Nico era el tipo de persona que cuando decide algo lo decide de verdad, sin el ruido de la indecisión, y desde hacía semanas había en Nico una quietud que no era resignación sino concentración.
La quietud de alguien que tiene un plan.
Miguel no tenía un plan.
Miguel tenía una habitación con tres chicos dormidos y una ventana por la que entraba el frío y los trece años que llevaba en ese edificio y la certeza de que cuando te adoptan con catorce años desde Santa Clara no te adoptan a ti exactamente sino a una versión de ti que el sistema ha construido para que sea adoptable.
Había oído a Sor Asunción hablar de él con la asistente social del Patronato dos semanas antes. Por la puerta entreabierta del despacho.
Es un chico bueno , había dicho Sor Asunción. Trabajador. Discreto. Una familia con recursos lo podría encauzar bien.
Encauzar.
Miguel había repetido esa palabra en su cabeza varias veces esa noche.
A las tres de la madrugada oyó el sonido de la puerta lateral del edificio. Tan leve que cualquiera que no hubiera estado esperando oírlo no lo habría oído.
Se incorporó en el catre.
Esperó.
Nada más.
Solo el silencio del edificio y el frío de diciembre y la certeza de que Nico y la chica pequeña de los ojos oscuros se estaban yendo por el callejón de servicio hacia una calle que no llevaba a ningún sitio específico pero que era mejor que esto.
Miguel se tumbó de nuevo.
Miró el techo.
Eran como yo , pensó.
Y no hizo nada.
* * *
Sara estaba todavía al teléfono con Laura cuando Rubén tomó el desvío hacia la M-40.
—Una última cosa —dijo Sara—. Cuando se fue esta tarde. ¿Qué hizo exactamente?
—Se levantó. Me dio un abrazo. —La voz de Laura tenía ahora algo que no había tenido antes: la fragilidad específica de quien ha llegado al punto de la historia que más le cuesta contar—.
Me dijo que lo sentía. No que sentía haberse ido, ni que sentía no haber estado más.
Dijo exactamente: siento lo que soy. —Una pausa—.
No supe qué decirle. Le dije que me llamara. Me dijo que iba a intentarlo.
—¿Algo más?
—Una cosa. —Laura hizo una pausa—. Me dijo que si alguien me preguntaba por él, que dijera la verdad. Que no protegiera nada. Que la única cosa que le importaba era que cuando todo terminara yo supiera quién había sido él antes de ser el que fue.
Sara procesó eso.
—¿Le entendió?
—No del todo. —Una pausa—. Pero creo que estaba hablando del niño. Del niño que fue en ese orfanato. Creo que quería que yo supiera que ese niño existió.
Sara le dio las gracias. Le pidió el número de contacto. Le dijo que podría necesitar hablar con ella de nuevo y que si Andrade volvía a llamarla o a aparecer que la llamara inmediatamente, a cualquier hora.
Colgó.
Miró la carretera.
Rubén no dijo nada. Había oído suficiente del lado de Sara como para entender el contorno de lo que Laura había dicho y era suficientemente inteligente como para saber que había momentos en que lo mejor era no añadir nada.
Sara pensó en el cuaderno.
Pensó en las ciento doce páginas y en los nombres y las fechas y las matrículas.
Pensó en que entre todas las entradas que Nico había hecho durante treinta y ocho años, desde los diez hasta los cincuenta y tres, debía de haber una sobre el chico mayor.
El chico que había visto las mismas cosas que Nico había visto y que había elegido, o al que habían empujado a elegir, o al que no le habían dado opción de no elegir, un camino diferente.
Eran como yo.
Eso era lo que Andrade le había dicho a su hija sobre las personas a las que había ido a matar esa noche en Brihuega y no había podido.
Eran como yo.
Supervivientes de Santa Clara. Niños que habían crecido con el mismo peso y que habían construido vidas debajo de ese peso de la misma manera que se construyen todas las vidas: con lo que había.
Y Andrade era uno de ellos.
No en la lista de Nico como visitante. En la lista de los que habían estado dentro.
Uno de los cuarenta.
El que se había quedado cuando los demás habían escapado o habían sido dispersados por el sistema.
El que había sido adoptado, encauzado, construido para ser útil a las mismas personas que habían organizado lo de Santa Clara.
El arma perfecta: alguien que lo había vivido, que nunca podía hablar, que había aprendido a funcionar al margen de lo que sentía porque lo que sentía era demasiado para sentirlo directamente.
Y esta noche, cuarenta y tres años después, había llegado a una puerta en un callejón de Brihuega y había dejado caer la ganzúa.
El teléfono vibró.
Número desconocido. El mismo número desconocido de antes.
Sara lo cogió.
—Montero.
La voz plana. La voz que no daba información con el tono.
—He oído que han detenido a Castaño.
—Sí.
—¿Y a los otros?
—A siete más. —Una pausa—. Entrégate, Andrade.
Silencio breve.
—Miguel —dijo él.
Sara tardó un segundo.
—Miguel.
—Eso es lo que quería decirle. —Una pausa—.
No para el juicio. No para los abogados.
Solo para que usted lo sepa. Me llamo Miguel y estuve en Santa Clara de los cuatro a los catorce años y lo que hice esta semana lo hice porque me dijeron que tenía que hacerlo y porque fui el tipo de persona que hace lo que le dicen porque no aprendió a tiempo a ser otro tipo de persona.
Sara esperó.
—¿Qué quiere? —dijo.
—Quiero que cuando se cuente la historia de Santa Clara, la historia empiece en 1979 y no en 2024.
Que no sea solo la historia de seis muertos y ocho detenidos.
Que sea la historia de lo que ocurrió en ese edificio y de quién lo organizó y de cuánto tiempo lleva el Estado sabiendo que ocurrió y no haciendo nada.
—Eso es lo que va a ocurrir de todas formas.
—No sin un testigo que haya estado dentro.
—Una pausa—. Castaño tiene dinero y abogados y treinta años de contactos.
Va a construir una versión donde Santa Clara fue una anomalía, un incidente aislado, algo que ocurrió sin que nadie en posición de responsabilidad supiera nada. —Otra pausa—. Yo sé que no fue así.
Sara miró la carretera.
Madrid se acercaba. Las primeras luces del extrarradio.
—Si se entrega esta noche —dijo Sara— y declara ante el fiscal Iturriaga, yo me aseguro de que su declaración sobre Santa Clara forma parte del expediente principal. No de un expediente separado. Del mismo expediente que manda a Castaño a juicio.
Un silencio largo.
—¿Puede garantizar eso?
—Puedo garantizar que lo voy a intentar con todo lo que tengo. —Una pausa—. Que es lo máximo que puede garantizar cualquiera que trabaje dentro de un sistema.
Otro silencio.
—Dígame dónde.