Capítulo 30
La ganzúa
La ganzúa siguió en el suelo del callejón.
Sara no la tocó. Sacó el teléfono y fotografió la posición exacta antes de llamar a los técnicos de Guadalajara para que la recogieran.
No era una escena del crimen, técnicamente: nadie había entrado, nadie había salido herido, la puerta de la cocina había cedido desde dentro y no desde fuera.
Pero la ganzúa era física. Era real. Era la prueba de que Andrade había estado en ese callejón esta noche, a dos metros de las personas que había venido a matar, y había decidido marcharse.
Eso era lo que le preocupaba.
No que se hubiera ido.
Que hubiera decidido irse.
Un hombre que ejecuta instrucciones se va cuando alguien le dice que se vaya.
Un hombre que actúa por su cuenta se va cuando calcula que el momento ya no es el correcto.
Y un hombre que lleva treinta años calculando momentos tiene la capacidad de no desesperar, de esperar, de construir otro momento.
A menos que haya algo que lo cambie.
Sara fue a la cocina.
Nico y Mónica habían bajado y estaban sentados en las sillas de la mesa con las tazas vacías delante.
Mónica tenía la mano apoyada sobre la mano de Nico en una postura que no era romántica sino la de dos personas que llevan cuarenta y tres años siendo los únicos que entienden exactamente lo que el otro ha vivido.
—Tienen que moverse esta noche —dijo Sara.
—¿A dónde? —dijo Mónica.
—A un sitio que no esté registrado a nombre de ninguno de los dos. —Sara miró a Nico—. ¿Hay alguien? ¿Familia, amigo, conocido que viva solo y en quien confíen?
Nico pensó.
—Mi primo —dijo—. Vive en Sigüenza. Tiene una casa en las afueras del pueblo. —Hizo una pausa—. No sabe nada de todo esto.
—Mejor que no lo sepa. ¿Puede alojarles sin preguntar demasiado?
—Si le digo que es importante, sí.
—Llámele ahora. —Sara sacó la placa del bolsillo y la dejó sobre la mesa, no como autoridad sino como ancla, algo concreto en una noche que llevaba demasiado tiempo siendo abstracta—.
Y cuando lleguen, no usen teléfonos propios para llamar a nadie.
Si necesitan ponerse en contacto conmigo, usan este número.
—Anotó el número de Rubén en un papel de la libreta—.
No el mío. El de mi subinspector. Es más difícil de rastrear por razones en las que no hace falta que entren.
Nico cogió el papel.
Lo miró durante un momento con esa atención específica de quien ha pasado décadas leyendo las cosas dos veces antes de guardarlas.
—¿El cuaderno está seguro? —dijo.
—En el juzgado. Bajo custodia judicial. —Sara lo miró—. Nadie puede tocarlo ya.
Nico asintió una vez.
Muy ligeramente.
La misma clase de asentimiento, pensó Sara, que debe de haber estado esperando hacer desde que tenía diez años.
* * *
Alcalá de Henares, marzo de 1982
El cuaderno tenía ciento doce páginas.
Nico lo había contado varias veces: primero cuando lo encontró en la sala de manualidades de Santa Clara, abandonado entre papeles y cartulinas como si nadie lo hubiera necesitado; luego periódicamente, de la misma manera en que uno comprueba que lo que importa sigue estando.
Ciento doce páginas. Había usado cuarenta y ocho.
Quedaban sesenta y cuatro.
En el centro de Alcalá, los martes por la tarde había una hora de tiempo libre después de la merienda.
Nico usaba esa hora para escribir. No siempre.
A veces la memoria pedía tiempo antes de ser fijada, como si necesitara sedimentarse para que uno pudiera escribirla sin que la emoción deformara los datos.
Los datos eran lo que importaba.
Eso lo había aprendido solo, sin que nadie se lo enseñara: que la emoción es lo primero que se discute y los datos son lo último. Que si quieres que algo no pueda ser discutido, tienes que registrar los datos.
Un martes de marzo escribió por primera vez sobre el chico mayor.
No sabía su nombre. Nunca le había preguntado y él nunca lo había dicho. En Santa Clara los niños mayores tenían una posición específica que hacía que los menores no les preguntaran según qué cosas: el nombre era una de ellas.
Escribió lo que sabía.
El mayor. Trece o catorce años en 1981. Pelo oscuro, ojos claros. Llevaba en Santa Clara desde pequeño según decían los de su edad. Sor Asunción lo trataba diferente a los demás. Diferente quiere decir: como si le debiera algo o como si lo necesitara para algo. No sé cuál de las dos.
Paró.
Pensó.
La sala del fondo. Las noches en que entraban los coches. El mayor siempre estaba después con una cara que yo no podía leer. Ahora creo que la cara que no podía leer era la cara de alguien que ha aprendido a salir de su propio cuerpo cuando las cosas ocurren.
Paró de nuevo.
No sé si esto importa. Lo escribo porque no sé qué va a importar y qué no.
Cerró el cuaderno.
Lo metió dentro del jersey.
Siguió siendo martes por la tarde en Alcalá de Henares.
* * *
Iturriaga llamó a la una y cuarto de la madrugada.
Sara estaba en el coche con Rubén, aparecidos en la carretera de salida de Brihuega, esperando a que el coche de Nico y Mónica desapareciera en dirección a Sigüenza antes de moverse ellos.
—Llorente —dijo Iturriaga sin preámbulo.
—¿Qué pasa con Llorente?
—Que lleva dos horas hablando. —La voz del fiscal tenía algo que en él era inusual: algo parecido a la satisfacción de quien ha esperado mucho tiempo una cosa y por fin está ocurriendo—.
Lleva dos horas hablando y su abogado ha llegado hace cuarenta minutos y no ha conseguido que pare.
Dice que quiere un acuerdo. Dice que tiene información sobre dos casos específicos en los que intervino para bloquear expedientes a cambio de garantías de Castaño.
—¿Cuáles?
—Uno de 2017 y uno de 2021. Ambos relacionados con la estructura financiera. Uno de ellos es el expediente de la Agencia Tributaria sobre la sociedad de Castaño que lleva cinco años bloqueado.
—¿Puede probarlo?
—Dice que tiene documentación. Guardada. —Una pausa—. Ha dicho exactamente esto: llevo diez años guardando documentación porque sabía que tarde o temprano esto iba a ocurrir y no quería ser el único que no tuviera nada que ofrecer.
Sara miró por el parabrisas la carretera oscura.
Un hombre que lleva diez años guardando documentación como seguro de vida.
Era una imagen perfectamente coherente con un sistema que se mantiene no por lealtad sino por equilibrio de amenazas. Mientras todos tienen algo sobre todos los demás, nadie mueve. Cuando el equilibrio se rompe, el que cae primero es el que más tiene que ganar hablando.
Llorente había caído primero.
—¿Y los demás?
—Castaño no ha dicho nada. Su abogado llegó hace una hora y ha construido un muro de silencio que puede aguantar semanas. —Iturriaga hizo una pausa—. Pero con Llorente hablando y Mendieta en el hospital dispuesto a declarar, no necesita hablar Castaño esta noche.
—¿Cuándo formaliza los cargos?
—Mañana por la mañana. A las nueve tengo la rueda con el juez instructor. —Una pausa—. Sara. El cuaderno de Ferreras. Voy a necesitarlo formalmente incorporado al expediente antes de las nueve.
—Está en custodia en su juzgado. Usted mismo lo llevó.
—Lo sé. Necesito que Ferreras firme la cesión voluntaria de la documentación. —Una pausa—. ¿Puede tenerlo disponible?
Sara pensó en Nico en el coche de camino a Sigüenza.
—A las ocho y media lo tiene en el juzgado.
Colgó.
Rubén arrancó el coche.
Circularon en silencio durante cinco minutos, de vuelta hacia la A-2, con el campo oscuro a los lados y Brihuega quedándose atrás con sus piedras y su plaza y el callejón donde había quedado una ganzúa en el suelo como la firma de un hombre que había decidido que esta noche no era su noche.
—¿Por qué no entró? —dijo Rubén.
Era la misma pregunta que Sara llevaba dos horas sin responder satisfactoriamente.
—Porque oyó el coche —dijo.
—Tenía tiempo de sobra antes de que llegáramos. Oyó el coche cuando todavía podría haber entrado y salido.
—Lo sé.
—Entonces no es solo que oyó el coche.
Sara miró la carretera.
—No.
Pensó en Barcelona. En el AVE de la mañana. En la reunión con Castaño en el hotel del Eixample. En la bolsa de mano pequeña, sin equipaje, como había dicho Marcos: como si supiera que esta noche vuelve a casa.
Pensó en la hija.
La hija de diecinueve años. La primera vez que Sara había sabido de ella había sido por Antonio Saura en la masía de Murcia: tiene una hija, de su primer matrimonio, la chica vive con la madre en Barcelona.
Andrade había ido a Barcelona esta mañana con una bolsa pequeña y sin equipaje.
Había estado con Castaño en el hotel. Castaño le había dado instrucciones. Andrade le había dicho entendido con esa cara imposible de leer.
Y luego, antes de coger el AVE de vuelta a Madrid, ¿qué había hecho?
Marcos había seguido a Castaño. No a Andrade.
Andrade había tenido dos horas libres en Barcelona entre el final de la reunión y el tren de vuelta.
—Rubén —dijo Sara—. Esta mañana en Barcelona. Cuando Marcos siguió a Castaño, ¿alguien siguió a Andrade?
—Nadie. Solo teníamos a Marcos.
—¿Tenemos la dirección de la hija?
—La pedí ayer. Está en el sistema. —Rubén hizo una pausa—. ¿Crees que fue a verla?
Sara pensó en la ganzúa en el callejón de Brihuega.
Un hombre que llega hasta la puerta y se va.
Un hombre que lleva toda la semana terminando trabajos y esta noche, por primera vez, no termina.
¿Qué cambia entre un hombre que siempre termina y un hombre que una vez no termina?
No la presencia de la policía, porque la presencia de la policía era un factor que podía calcular y sortear.
Algo más interno. Algo que había ocurrido antes.
—Creo que fue a despedirse —dijo Sara.
Rubén la miró de reojo.
—¿De su hija?
—Sí.
Un silencio.
—¿Eso significa que va a entregarse?
—O que va a desaparecer. —Sara cogió el teléfono—. Que son dos maneras distintas de hacer lo mismo.
Marcó el número del área de coordinación de la brigada de Barcelona que había establecido contacto con ellos esa mañana.
El inspector Garriga tardó dos tonos en contestar.
—Garriga, soy Montero. Necesito que compruebe una dirección en Barcelona. —Le dio el nombre y la calle de la hija de Andrade—. Discreta. No una intervención, solo una comprobación de si hay alguien en el domicilio.
—¿A la una de la madrugada un domingo?
—A la una de la madrugada un domingo. Sí.
Garriga lo asumió con la resignación de quien lleva suficientes años en el oficio para saber que estas llamadas no se hacen a la una de la madrugada si pueden esperar a las nueve.
—Dame veinte minutos.
Sara esperó.
Rubén entró en la A-2.
Madrid estaba a setenta kilómetros y la carretera era recta y oscura y el cuentakilómetros marcaba ciento cuarenta y cinco y afuera el mundo era el campo de la meseta que no sabe que nadie le mira a esta hora.
Garriga llamó dieciséis minutos después.
—Hay luz en el domicilio. —Una pausa—. Y hay una chica en la ventana. Desde la calle se ve que está sentada junto a la ventana con algo en la mano. El agente que ha pasado dice que parece que lleva ahí un rato.
—¿Sola?
—Parece que sola, sí.
—¿Puede llamar al domicilio?
—Si me da el número.
—No lo tengo. Necesito que el agente llame al portero automático.
Un silencio de Garriga.
—Espere.
Sara esperó.
Tres minutos.
Garriga volvió.
—Ha hablado con ella. —Una pausa—. La chica se llama Laura. Dice que está bien. Dice que su padre vino esta tarde a las cinco a verla. —Otra pausa—. Ha dicho que vino a despedirse. Esas palabras exactas. Vino a despedirse. Y que lleva desde entonces sentada ahí porque no sabe qué hacer con eso.
Sara cerró los ojos un segundo.
—¿Ha dicho algo más? ¿Adónde iba él?
—Ha dicho que no lo sabe. Que él no dijo adónde iba. Solo que no iba a volver.
Sara abrió los ojos.
La carretera. Los faros. Madrid acercándose.
No iba a volver.
Andrade había ido a Barcelona a despedirse de su hija antes de terminar el trabajo. Y después del trabajo, ¿qué? Desaparecer. Había sido Javier Andrade durante treinta años. Podía ser otro nombre otros treinta.
Pero primero había ido a Brihuega.
Y en Brihuega había llegado hasta la puerta y no había entrado.
—¿Por qué? —dijo en voz alta, sin darse cuenta de que lo decía.
Rubén la miró.
—¿Qué?
—Nada. —Sara guardó el teléfono—. Nada todavía.