Los Cuarenta Capítulo 29
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Capítulo 29

Brihuega

De día era la autovía del noreste, camiones y furgonetas de reparto y coches que van a Zaragoza o a Barcelona con el piloto automático del conductor de larga distancia.

De noche era un corredor oscuro entre páramos con las balizas blancas desfilando a los lados y muy pocos faros en dirección contraria y la sensación de que el mundo se ha reducido al cono de luz que tienes delante.

Rubén conducía a ciento cuarenta.

Sara tenía el teléfono en la mano y la mirada fija en el mapa. Brihuega estaba a setenta y tres kilómetros desde donde habían salido del hospital. Con Rubén al volante y sin tráfico, cuarenta minutos.

Llamó a la comandancia de la Guardia Civil de Guadalajara.

El sargento de guardia se llamaba Morales y tardó cuatro minutos en entender la situación, lo cual era razonable a medianoche cuando alguien de Homicidios de Madrid te llama para decirte que el principal sospechoso de seis asesinatos puede estar en un coche en una calle de Brihuega.

—¿Quiere que mandemos una patrulla? —dijo Morales.

—Todavía no. —Sara midió las palabras—. Si una patrulla aparece en esa calle ahora, el hombre del coche desaparece y en ese momento deja de estar en un lugar conocido. Necesito que tengan una unidad lista para moverse en el momento en que yo diga. Sin sirenas, sin luces hasta que estén en posición.

—¿Cuánto tiempo necesita?

—Treinta y cinco minutos.

—Aquí estaremos.

Colgó.

Llamó a Mónica.

—¿Sigue ahí el coche?

—Sí. —La voz de Mónica tenía la tensión de quien ha aprendido a controlar el miedo porque el miedo no ayuda pero que esta noche está llegando a sus límites—. No se ha movido.

—¿Nico?

—Aquí. —La voz de Nico sonó al fondo, más calmada que la de Mónica. Cuarenta y tres años guardando un secreto que podía matarte te enseñan a funcionar bajo presión de una manera que resulta difícil de explicar a quien no lo ha vivido—. Estamos en la cocina. Las luces apagadas.

—Bien. Sigan ahí. ¿La puerta del callejón?

—Cerrada con llave.

—¿Tiene pestillo además de llave?

Una pausa breve.

—Sí.

—Échelo.

—Ya está.

—Voy en treinta minutos.

Colgó.

Rubén aceleró en el tramo recto entre Torija y el desvío de Brihuega.

—¿Crees que va a entrar? —dijo.

Sara pensó en la llamada de Andrade desde la finca de La Retama. En la voz plana. En la manera en que había dicho todavía tengo un trabajo que terminar sin ninguna urgencia, como si el tiempo fuera un recurso del que dispusiera sin restricciones.

—Está esperando el momento —dijo—. Es lo que hace. Calcula cuándo el riesgo es mínimo y entonces actúa.

—¿Cuándo es mínimo el riesgo?

—Cuando las luces llevan suficiente tiempo apagadas y el pueblo lleva suficiente tiempo dormido y no hay ningún movimiento que indique que alguien dentro sabe que está fuera.

—¿Saben que sabe?

—Mónica le vio el coche. Pero él no sabe que Mónica le vio.

Rubén asintió.

—Entonces tiene razón de pensar que el momento puede llegar.

—Sí.

Brihuega apareció en el indicador de distancias: diecisiete kilómetros.

* * *

Alcalá de Henares, enero de 1982

El centro de menores de Alcalá olía diferente a Santa Clara.

Nico tardó dos semanas en identificar la diferencia.

No era mejor ni peor, exactamente. Era que en Santa Clara el olor tenía cuarenta años de acumulación: generaciones de niños y de comida institucional y de humedad de edificio antiguo y de algo más, algo que no era solo olor sino también tiempo y miedo mezclados de una manera que uno aprende a no identificar directamente.

En Alcalá el edificio era más nuevo. El olor era más limpio. Los monitores no llevaban hábito.

Nico tardó tres semanas en decidir que eso no cambiaba nada fundamental.

Siguió escribiendo en el cuaderno.

No había nada nuevo que escribir sobre Santa Clara porque Santa Clara quedaba atrás, pero el cuaderno se había convertido en el lugar donde Nico ponía lo que no podía poner en otro sitio, y eso no desaparecía porque hubiera cambiado de edificio.

Lo que había visto seguía siendo lo que había visto.

Los nombres seguían siendo los nombres. Las matrículas seguían siendo las matrículas.

Un miércoles de enero, el monitor de tarde, un hombre joven que se llamaba Antonio y que era el primero que le había preguntado a Nico qué le gustaba leer, lo vio escribir en el cuaderno desde el umbral de la sala de estudio.

—¿Qué escribes? —dijo Antonio.

Nico levantó la vista.

Evaluó al hombre en el umbral con la rapidez que había aprendido a desarrollar: la postura, la distancia que guardaba, la manera en que había preguntado sin acercarse.

—Cosas que pasaron —dijo Nico.

Antonio asintió despacio.

—¿Cosas importantes?

—No lo sé todavía.

Antonio no preguntó más. Fue a sentarse al otro lado de la sala con el periódico de la tarde.

Nico siguió escribiendo.

5 de enero de 1982. Número de matrícula: no recuerdo ya la última letra. El hombre del anillo con el escudo. Color de pelo: castaño oscuro. Edad aproximada: cuarenta y cinco, quizás más. La tercera vez que vino. Siempre venía solo.

Las letras pequeñas llenando el margen.

Para cuando tuviera a alguien que quisiera leerlo.

* * *

Andrade llevaba noventa minutos en el coche.

Había aparcado en la calle Travesía del Mercado, a cuarenta metros de la casa donde los registros de padrón situaban a Nicolás Alcalde Ferreras, alias desconocido para el sistema, conocido para él como Nico, el del cuaderno.

La calle terminaba en una pared de piedra y no llevaba a ningún sitio, lo cual era útil porque significaba que nadie pasaba por ella sin tener un motivo.

En noventa minutos, nadie había pasado.

La casa tenía planta baja y una planta superior.

Las ventanas del piso de arriba habían tenido luz hasta las once y cuarto.

A las once y cuarto las luces se habían apagado de una vez, todas juntas, lo cual no era el patrón habitual de alguien que se va a dormir normalmente.

Cuando alguien se va a dormir normalmente primero apaga la sala, luego va al baño, luego apaga el baño, luego apaga el dormitorio.

Cuando apaga todo de golpe es porque tiene una razón para estar en la oscuridad que no es dormir.

Eso significaba que sabían que estaba ahí.

O que sospechaban.

Andrade recalculó.

Si sabían que estaba ahí y habían llamado a alguien, ese alguien tardaría en llegar. Brihuega no era Madrid. Una hora, quizás. Suficiente tiempo.

Si solo sospechaban, las luces apagadas no cambiaban nada fundamental.

En cualquiera de los dos casos, el cálculo seguía siendo el mismo: entrar, encontrar el cuaderno, salir.

No era diferente de las otras veces. Era diferente en que esta vez no había instrucciones de nadie.

Era diferente en que esta vez lo hacía porque era lo que tenía que hacer y no porque alguien se lo hubiera dicho.

Miguel.

Pensó en ese nombre. El nombre que había tenido durante los primeros trece años y que luego había dejado de tener cuando el sistema lo había convertido en otro nombre y ese otro nombre en otro más hasta llegar al Javier Andrade que figuraba en el registro de detectives privados de la calle Salamanca.

Miguel era el nombre que usaba cuando las cosas se volvían de este tipo.

Salió del coche.

La calle estaba en silencio. Brihuega a medianoche era el silencio específico de los pueblos que se toman el descanso en serio. Ninguna ventana encendida. Ningún coche que pasara.

Fue hacia la esquina de la casa.

La pared lateral no tenía ventanas en la planta baja. En la planta superior había una ventana pequeña, probablemente un baño. La puerta del callejón de la parte trasera era de madera con herrajes de hierro.

Andrade sacó el juego de ganzúas del bolsillo interior de la chaqueta.

* * *

Rubén apagó los faros dos kilómetros antes de la entrada al pueblo.

Conocía Brihuega por haber pasado por ella en carretera dos o tres veces, lo suficiente para saber que era un pueblo de tamaño medio con el casco histórico en la parte alta y la zona nueva abajo y una calle principal que cruzaba de norte a sur.

El GPS los llevó por la zona nueva hasta una calle lateral que subía hacia el casco.

Sara llamó a Morales.

—Estamos entrando. Mande la unidad por la calle del Mercado desde el norte. Nosotros cubrimos el sur. Nadie entra hasta que yo diga.

—Entendido. En posición en cuatro minutos.

Rubén giró por la calle que el GPS indicaba y redujo la velocidad hasta casi detenerse.

Sara vio el coche.

Estaba donde Mónica había dicho: aparcado en la Travesía del Mercado, pegado a la pared derecha, oscuro, motor apagado.

Vacío.

—Rubén.

—Lo veo.

El coche estaba vacío.

Sara miró la casa de Nico. Fachada oscura, sin luz en ninguna ventana. La puerta principal cerrada. La calle quieta.

Llamó a Mónica.

Cuatro tonos.

Cinco.

No contestó.

Sara salió del coche antes de que Rubén terminara de frenar.

Fue hacia la puerta principal de la casa. Llamó tres veces con el nudillo, rápido, el patrón que había acordado con Mónica cuando hablaron por teléfono: tres golpes rápidos, dos lentos.

Nada.

Llamó a Morales.

—El sospechoso no está en el vehículo. Necesito la unidad en la parte trasera de la casa ahora.

Fue hacia la esquina del edificio.

El callejón de la parte trasera era estrecho, de piedra vieja, con un farol a mitad que daba una luz amarilla escasa. La puerta de la cocina estaba al fondo.

Estaba abierta.

No forzada: abierta desde dentro, con el pestillo echado hacia afuera como si alguien hubiera salido por ella hace poco y no la hubiera cerrado del todo.

Sara desenfundó.

Entró.

La cocina estaba oscura y olía a café frío y a la madera vieja de la casa. No había nadie. La silla de la mesa estaba torcida, como si alguien se hubiera levantado rápido. En el suelo, junto a la silla, había una taza caída que no se había roto.

Rubén entró detrás de ella.

Cubrió el ángulo de la puerta interior.

Sara barrió la planta baja en treinta segundos. Salón, pasillo, cuarto de baño pequeño. Vacío.

Subió las escaleras.

El primer peldaño crujió.

Se detuvo.

Escuchó.

Desde arriba llegó un sonido.

No era un sonido de violencia. Era un sonido de respiración contenida, el tipo de respiración que hace alguien que está intentando no hacer ruido y que le está costando más de lo que esperaba.

Sara subió el resto de las escaleras.

Había dos puertas en el descansillo. La primera, abierta: un dormitorio vacío con la cama sin deshacer. La segunda, cerrada.

Llamó con el código.

Tres golpes rápidos. Dos lentos.

Un segundo de silencio.

Luego el sonido del pestillo.

La puerta se abrió.

Nico y Mónica estaban en el fondo de la habitación, juntos, contra la pared bajo la ventana. Mónica tenía el teléfono en la mano con la pantalla apagada. Nico tenía los brazos cruzados y la cara de alguien que ha estado esperando con la calma que solo da haber esperado cosas peores durante décadas.

Estaban solos.

Sara recorrió la habitación con la mirada. Armario, cama, mesilla. Ventana cerrada.

—¿Ha entrado alguien? —dijo.

—Hemos oído la puerta de la cocina —dijo Mónica—. Hace diez minutos. Nos encerramos aquí.

—¿Solo la puerta? ¿Nada más?

—Solo la puerta. Luego nada.

Sara volvió al descansillo. Llamó a Rubén.

—Planta baja despejada. Están arriba, sanos. —Una pausa—. Busca en la parte trasera. Puede que haya salido por el callejón cuando oyó el coche.

Bajó las escaleras.

En la cocina se detuvo junto a la puerta abierta.

El callejón estaba vacío.

Rubén apareció por el otro extremo con la linterna encendida, barriendo el suelo.

—Aquí —dijo.

Sara fue hacia él.

Rubén iluminaba un punto en el suelo del callejón, junto a la pared de piedra. Una marca en la tierra suelta, la huella parcial de una suela que alguien había dejado al girar rápido.

Y junto a la marca, algo que brillaba ligeramente bajo la luz de la linterna.

Una ganzúa.

Una sola ganzúa, del tipo profesional, dejada en el suelo del callejón con la misma precisión con que un hombre deja caer algo cuando necesita las dos manos para otra cosa o cuando decide, en el último segundo, que no va a entrar.

Sara la miró sin tocarla.

No había entrado.

Había llegado hasta la puerta, había empezado a trabajar la cerradura, y luego había parado.

¿Por qué para un hombre como Andrade?

Por la misma razón por la que para cualquier hombre que calcula: porque algo cambió. Porque oyó el coche de Sara llegar. Porque vio las luces o escuchó el motor o calculó la distancia y los tiempos y decidió que el margen ya no era suficiente.

Se ha ido.

Sara miró el final del callejón, que desembocaba en una calle transversal oscura.

En algún punto de Brihuega, o ya en la carretera, Andrade estaba calculando de nuevo.