Capítulo 28
El calibre
Sara miró el teléfono durante tres segundos después de que la línea se cortara.
Luego miró a Rubén.
Luego miró el maletín que Rubén llevaba colgado del hombro derecho con la misma naturalidad con que lo había llevado desde que salieron de comisaría, porque nadie protege especialmente algo que nadie sabe que lleva.
Rubén entendió antes de que ella dijera nada.
Bajó el maletín del hombro y lo puso en el suelo, entre los dos, como si eso cambiara algo.
No cambiaba nada, claro. La cámara de la calle Lope de Vega ya lo había visto salir.
Andrade ya sabía qué buscaba. Y Andrade llevaba toda la semana demostrando que era capaz de estar en varios sitios casi al mismo tiempo: en Albacete el miércoles, en Valencia el viernes, en Barcelona esta mañana, y ahora aquí, en algún punto de la oscuridad que rodeaba la finca de La Retama, con las luces azules de los coches patrulla reflejándose en los pinos a trescientos metros de distancia.
—¿Desde dónde puede ver las luces? —dijo Rubén.
Sara miró alrededor. La finca estaba rodeada de campo llano con algunos árboles dispersos. Al norte, la carretera comarcal. Al este, la vía de servicio agrícola por donde habían llegado Vega y Castillo. Al oeste, nada: rastrojera hasta donde alcanzaba la vista.
—Desde cualquier lado. Es campo abierto. Con unos prismáticos, desde medio kilómetro.
—¿Crees que está ahí fuera ahora mismo?
—Ha llamado mientras estábamos aquí. Eso significa que sabe dónde estamos.
Puede estar ahí fuera o puede estar en Madrid y haber visto las luces antes de irse.
—Sara recogió el maletín del suelo—. Lo que sé es que no va a venir a buscar el cuaderno aquí.
No con ocho detenidos y tres coches patrulla.
—Entonces espera a que nos movamos.
—Sí.
Rubén la miró.
—¿Y si lo usamos?
Era la misma idea que estaba construyendo Sara desde el momento en que Andrade dijo ¿dónde lo tiene? con esa voz plana que no daba entonación a nada pero que en esa pregunta concreta daba todo.
El cuaderno era lo único que Andrade necesitaba.
El único elemento que, según las instrucciones que le había dado Castaño en Barcelona, podía cambiar el resultado de lo que ya era inevitable.
Sin el cuaderno, lo que quedaba era testimonial.
Con el cuaderno, era documental. Y Andrade llevaba cuarenta y tres años entendiendo la diferencia entre las dos cosas.
—Necesito a alguien en quien Andrade no haya puesto los ojos —dijo Sara.
—¿Herás?
—Herás está recusada. Si participa en cualquier acción operativa esta noche, todo lo que toque se contamina. —Sara pensó—. Vega.
—Vega no conoce el caso en profundidad.
—No necesita conocerlo. Necesita llevar un maletín de un sitio a otro de manera que cualquiera que lo esté siguiendo lo vea claramente.
Rubén tardó un momento.
—Un señuelo.
—Un señuelo con el maletín vacío. O con algo dentro que no sea el cuaderno. —Sara miró hacia la oscuridad del campo—. Y mientras Andrade va detrás de Vega, nosotros movemos el cuaderno a un sitio donde Andrade no pueda llegar.
—¿Qué sitio?
Sara lo pensó durante cuatro segundos.
—El juzgado. Con Iturriaga. Si el cuaderno está físicamente bajo custodia judicial, Andrade no puede hacer nada con él aunque lo encuentre.
* * *
Madrid, diciembre de 1981
Los encontró una asistente social a las siete de la mañana.
Nico y Marta estaban sentados en el banco de piedra de la plaza, dormidos el uno contra el otro con la bolsa de tela de Marta entre los dos como un cojín.
Habían aguantado despiertos hasta las cinco y luego el frío y el cansancio habían ganado a la determinación y se habían quedado dormidos sin darse cuenta exactamente del momento.
La asistente social se llamaba Amparo y tenía treinta y cinco años y el pelo recogido en un moño que se deshacía por los lados y la cara de alguien que ha aprendido a manejar la compasión como una herramienta de trabajo porque si la dejas ser otra cosa te destruye.
Los despertó con cuidado.
Les preguntó de dónde venían.
Nico no dijo nada. Era la respuesta que había practicado en su cabeza durante semanas: si alguien pregunta, no dices nada hasta saber quién pregunta y por qué.
Marta tampoco habló.
Amparo los llevó a un centro de acogida en Carabanchel Bajo, a dos kilómetros de la plaza, que olía a col hervida y a detergente y que tenía en la entrada un cartel con el nombre de una fundación religiosa que Nico leyó dos veces para asegurarse de que no era el nombre de ninguna fundación que conociera.
No lo era.
Durante dos días, Nico y Marta estuvieron en el mismo centro.
Al tercer día, llegó una trabajadora social diferente con papeles. Nico no entendió todos los términos pero entendió la estructura: había plazas disponibles en un centro de menores de Alcalá de Henares. Las plazas eran para chicos mayores de diez años. Marta tenía nueve.
Marta se quedaría en Madrid.
Nico se iría a Alcalá.
No hubo una despedida larga. Nico no era de las despedidas largas y Marta había aprendido de él que las cosas que importan se dicen rápido o no se dicen. Estaban en el pasillo del centro, con las puertas abiertas a los dos lados y la trabajadora social esperando con los papeles.
—El cuaderno —dijo Marta.
—Lo tengo.
—¿Me vas a decir dónde estás?
—Cuando pueda.
Marta asintió.
Luego hizo algo que Nico no esperaba: le puso la mano en el antebrazo un momento, sin apretar, como confirmando algo que ya estaba decidido entre los dos sin que ninguno hubiera tenido que decidirlo en voz alta.
Luego se fue por su pasillo.
Nico se fue por el suyo.
Tardaron veinte años en volver a verse.
* * *
La llamada del Gregorio Marañón llegó a las diez y cuarto.
Sara estaba en el coche, de vuelta hacia Madrid, con el cuaderno dentro de un sobre de papel kraft en el asiento del copiloto y Rubén al volante.
Iturriaga iba delante en su coche. Detrás, Vega con el maletín vacío tomando deliberadamente la A-4 hacia el centro, sin prisa, con las luces del salpicadero encendidas como cualquier coche en una autopista de noche.
—Mendieta pregunta por usted —dijo la voz al teléfono.
Era una enfermera, no una médica. La voz tenía la neutralidad específica de quien transmite un mensaje sin responsabilizarse de su contenido—.
Ha salido de quirófano hace veinte minutos.
Estable. Ha preguntado por la inspectora Montero por su nombre.
—¿Por mi nombre?
—Ha dicho exactamente eso: quiero hablar con la inspectora Montero.
Sara miró a Rubén.
—¿Está en condiciones de hablar?
—El médico dice que sí. Ha dicho que si no le dejan hablar con usted va a hacerlo de todas formas, así que es mejor que alguien esté presente.
—Voy en veinte minutos.
Colgó.
—Mendieta quiere hablar —dijo a Rubén.
—¿Antes de que llegue su abogado?
—Aparentemente.
Rubén giró hacia la M-40.
Los hombres que piden hablar antes de que llegue su abogado son de dos tipos: los que no saben que no deberían hacerlo y los que saben exactamente lo que están haciendo y han decidido que el abogado, en este caso concreto, no es lo que necesitan.
Mendieta llevaba veinte años en la estructura de poder suficiente como para saber perfectamente que no debería hablar sin abogado.
Lo que significaba que había tomado una decisión.
La pregunta era qué había detrás de esa decisión.
* * *
El Gregorio Marañón a medianoche tenía la quietud específica de los hospitales cuando el día ha terminado pero el hospital no termina nunca. Pasillos con luz fluorescente, el sonido lejano de algún monitor, dos enfermeras hablando en voz baja en el control de planta.
Mendieta Casal estaba en una habitación individual al fondo del pasillo de la cuarta planta.
Tenía el aspecto de alguien a quien han sacado de quirófano hace cuarenta minutos: la palidez concreta, los tubos, la vía en el dorso de la mano derecha, la cara de quien ha tenido tiempo, en el espacio entre el impacto y la anestesia, de pensar en ciertas cosas que quizás no había pensado suficiente antes.
Sara se sentó en la silla junto a la cama.
—Ha pedido verme.
Mendieta la miró. Tenía cincuenta y tres años y esa noche parecía tener más. No era la herida, exactamente. Era otra cosa. La herida la había puesto alguien de fuera. Lo otro venía de dentro.
—¿Sabe quién le disparó? —dijo Sara.
—El mismo que disparó a los otros seis. —Hizo una pausa. Hablar le costaba pero no tanto como para detenerse—. Aunque en mi caso no era una instrucción de Castaño.
Sara esperó.
—Era una instrucción de Andrade —dijo Mendieta—. Eso es lo que quería decirle. Que en algún momento esta semana, Andrade dejó de actuar para Castaño y empezó a actuar para sí mismo. —Una pausa—. O quizás siempre actuó para sí mismo y Castaño nunca lo entendió.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque esta tarde, antes de que me dispararan, recibí una llamada.
—Mendieta cerró los ojos un momento y los volvió a abrir—.
No era de Castaño. Era de Andrade. Me dijo que iba a terminar el trabajo.
Que eso incluía a todos los que podían hablar.
Yo le pregunté si eso lo sabía Castaño. —Una pausa más larga—.
Me dijo que Castaño había dejado de importar.
Sara procesó eso.
Andrade que llama a Mendieta para avisarle antes de dispararle.
No era eficiencia. Era otra cosa. Era el gesto de alguien que lleva cuarenta años ejecutando instrucciones de otros y ha llegado al punto donde necesita que la última acción sea suya, reconocible como suya, sin que nadie pueda atribuirla a nadie más.
—¿Qué quiere a cambio de decirme esto? —dijo Sara.
Mendieta la miró.
—Que cuando todo esto termine, alguien recuerde que fui yo quien lo dijo. —Hizo una pausa—. Tengo una hija de diecisiete años. —No añadió nada más. No hacía falta.
Sara se levantó.
—Voy a necesitar que repita todo esto delante de un fiscal.
—Lo sé.
—Esta noche, si es posible.
—Esta noche —dijo Mendieta—. Mientras pueda.
* * *
Sara salió al pasillo y llamó a Rubén.
—¿Dónde está Vega?
—Acaba de llegar a Atocha. Ha aparcado en la zona de taxis y está esperando. —Una pausa—. Nadie le ha seguido que él haya visto.
—¿Y el cuaderno?
—Con Iturriaga en el juzgado. Lo entró hace quince minutos. Está bajo custodia.
Sara apoyó la espalda en la pared del pasillo.
El cuaderno estaba a salvo.
Andrade sabía dónde había estado pero no adónde había ido. Y si había seguido a Vega hasta Atocha, sabía que el maletín estaba vacío, lo que significaba que sabía que ella lo sabía, lo que cerraba el círculo de una manera que no simplificaba nada.
—Mendieta dice que Andrade ha dejado de actuar para Castaño —dijo—. Que esta noche actúa por su cuenta.
Silencio de Rubén.
—¿Eso cambia algo?
Sara miró el pasillo del hospital. La luz fluorescente. El sonido lejano del monitor.
Un hombre que actúa para una estructura es predecible porque la estructura tiene lógica. Un hombre que actúa por su cuenta es otra cosa.
Un hombre que actúa por su cuenta y lleva treinta años siendo invisible tiene el conjunto de habilidades más peligroso que Sara podía imaginar en este momento.
—Lo cambia todo —dijo.
El teléfono vibró.
Número de Brihuega.
No era Nico. El número era el de Mónica Arenas.
Lo cogió.
—Mónica.
La voz de Mónica Arenas no era la voz de alguien que llama para dar buenas noticias a medianoche.
—Hay un coche —dijo—. Lleva más de una hora parado en la calle de enfrente. Motor apagado. No se mueve.
—¿Nico está con usted?
—Está aquí. —Una pausa—. Inspectora, yo conozco este pueblo. Nadie aparca un coche en esa calle a esta hora. Esa calle no lleva a ningún sitio.
Sara ya estaba caminando hacia la salida del hospital.
—No salgan. Apaguen todas las luces que puedan sin que parezca que están apagando luces. —Hizo una señal a Rubén al pasar—. ¿Tienen llave del coche?
—Sí.
—No lo usen. —Una pausa—. ¿Hay alguna salida de la casa que no sea la puerta principal?
—La cocina da a un patio. El patio tiene una puerta al callejón.
—Bien. No la usen todavía. Esperen mi llamada. —Sara empujó la puerta de salida del hospital—. Y Mónica. Quédense juntos.
Rubén la alcanzó en el aparcamiento.
—¿Brihuega?
—Brihuega.
—Son noventa kilómetros.
—Lo sé.
Rubén ya tenía las llaves en la mano.