Capítulo 27
La Retama
El perímetro se cerró en doce minutos.
Vega y Castillo controlaban el acceso desde la vía de servicio agrícola al noreste.
Los dos agentes de apoyo bloquearon la carretera comarcal a doscientos metros en cada dirección, sin luces, sin señalización, simplemente dos coches aparcados en el arcén con los motores apagados que impedían el paso a cualquier vehículo que no viniera con ellos.
Iturriaga esperaba en la vía de servicio con su coche y los documentos y la orden de la magistrada en la mano.
Sara y Rubén estaban a cincuenta metros de la verja cuando el coche de Castaño entró.
Era una berlina oscura, matrícula madrileña, los faros apagados en cuanto dejó la carretera comarcal como si el conductor hubiera aprendido que los últimos doscientos metros de pista de tierra se hacen sin llamar la atención aunque no haya nadie mirando.
El hombre junto a la verja la abrió desde dentro antes de que el coche se detuviera.
Señal de que llevaba tiempo ahí, de que sabía exactamente a qué hora llegaba ese coche y no necesitaba esperar a verlo para actuar.
La berlina entró.
La verja se cerró.
Sara contó hasta treinta.
—Vamos —dijo.
Cruzaron los cincuenta metros a paso rápido, sin correr. Correr hace ruido y el suelo de tierra seca transmite las pisadas. Detrás de ellos, los dos agentes de apoyo seguían a diez metros de distancia con el equipamiento de entrada.
El hombre junto a la verja los vio cuando ya no había distancia suficiente para reaccionar de ninguna manera útil.
Sara sacó la placa.
—Policía. Atrás de la verja.
El hombre tardó un segundo más de lo normal.
No era un guardia de seguridad con experiencia: era alguien que había aprendido a vigilar una puerta pero que nunca había pensado seriamente que la puerta pudiera ser el problema.
Llevaba una pistola en la sobaquera y no hizo ningún movimiento hacia ella, lo que era lo más inteligente que podía haber hecho.
Uno de los agentes de apoyo lo inmovilizó contra los barrotes mientras el otro abría la verja desde el panel de control que el propio guardia les indicó sin que nadie tuviera que pedírselo dos veces.
La verja se abrió.
Ochenta metros de pista de tierra entre pinos hasta el edificio principal.
* * *
Carabanchel — Madrid, diciembre de 1981
Las primeras horas fuera de Santa Clara fueron las más frías que Nico recordaría en su vida.
No era solo el frío del invierno, aunque el invierno era real y la temperatura había bajado de cero antes de medianoche.
Era el frío específico de estar en una calle que no conoces, sin ningún lugar al que ir, con nueve y diez años respectivamente y la ciudad dormida a tu alrededor como algo que no sabe que existes.
Corrieron hasta que los pulmones dijeron que no podían más.
Luego caminaron.
Carabanchel a las tres de la madrugada era una sucesión de portales cerrados y farolas que fallaban y el olor a basura de los contenedores y algún perro que ladraba desde dentro de un patio sin saber bien a qué.
No había nadie en las calles. O casi nadie: una vez, en el cruce de dos calles cuyo nombre Nico no pudo leer, pasó un coche despacio con la radio encendida, y los dos se metieron en un portal hasta que los faros desaparecieron.
Marta no lloraba.
Nico había pensado que Marta lloraría en algún momento de esa primera noche.
No porque fuera débil sino porque era lo razonable: dos niños solos en la calle en diciembre sin saber adónde van, con una bolsa de tela con cuatro galletas y un retrato que puede o no puede ser una madre. Llorar habría sido lo razonable.
Marta no lloró.
Caminó con la barbilla levantada y los ojos abiertos mirando los nombres de las calles y los números de los portales como si estuviera construyendo un mapa en su cabeza, como si registrar el entorno fuera la única manera sensata de responder a un entorno desconocido.
A las cuatro y media llegaron a una plaza pequeña con un banco de piedra y una fuente apagada.
Se sentaron.
Nico sacó el cuaderno del jersey.
Lo sostuvo un momento con las dos manos. La cubierta verde oscuro, las esquinas dobladas, el lomo ligeramente levantado de tanto abrirlo y cerrarlo en el bolsillo.
—¿Qué vas a hacer con eso ahora? —dijo Marta.
—Guardarlo —dijo Nico—. Hasta que sirva para algo.
—¿Cuándo va a servir para algo?
Nico miró el cuaderno.
—Cuando haya alguien que lo quiera leer.
* * *
El edificio principal de La Retama tenía dos plantas, fachada de piedra y las ventanas del primer piso iluminadas con una luz cálida que filtraba por las persianas bajadas.
Desde fuera se oía algo: no voces concretas, sino el murmullo específico de varias personas en una misma habitación que llevan tiempo hablando.
Sara fue la primera en llegar a la puerta.
Era una puerta de madera maciza con una cerradura de seguridad. Llamó tres veces.
Silencio dentro.
Luego el murmullo cortado de golpe.
—Policía —dijo Sara en voz alta—. Orden judicial de entrada y registro. Abran la puerta.
Nada durante quince segundos.
Luego el sonido de alguien acercándose. Pasos sobre suelo de madera. Una voz al otro lado que decía algo en voz baja a alguien que estaba más atrás.
La puerta no se abrió.
Sara se apartó.
El agente de apoyo aplicó el abridor de puertas en dos tiempos. La cerradura cedió al segundo intento con un sonido que en el silencio del campo sonó más alto de lo que debería.
La puerta se abrió hacia dentro.
Un hombre de unos sesenta años, traje oscuro, la corbata ligeramente aflojada como quien ha llegado hace rato y se ha puesto cómodo, estaba en el umbral mirándolos con la expresión de alguien que lleva toda la vida en posiciones donde las situaciones difíciles se resuelven con una llamada telefónica y está procesando la posibilidad de que esta vez la llamada telefónica no llegue a tiempo.
Sara no lo reconoció.
Lo que sí reconoció fue el tipo: la postura, el traje, la mirada que no es miedo sino cálculo. Lo había visto en juzgados y en despachos y en pasillos de instituciones que existen exactamente para que ese tipo de hombre nunca tenga que estar en esta situación.
—Inspectora Montero, Brigada de Homicidios. —Sara levantó la placa—. Apártese.
El hombre se apartó.
* * *
Había ocho personas en la sala del primer piso.
Ocho hombres, todos entre cincuenta y setenta años, sentados o de pie alrededor de una mesa larga de madera oscura con vasos de agua y papeles y dos botellas de vino que nadie había tocado todavía o que alguien había retirado rápidamente cuando oyeron llamar a la puerta.
La sala olía a madera y a lana de traje y a la tensión específica de un grupo de personas que acaban de dejar de hablar de algo que no querían que nadie oyera.
Sara los recorrió con la mirada de izquierda a derecha.
Reconoció a tres.
Castaño estaba al fondo de la mesa, de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla como si la silla fuera un escudo o un atril desde el que todavía pudiera controlar algo.
Tenía la misma cara que en las fotos de Barcelona, la misma postura de quien lleva décadas creyendo que el espacio a su alrededor le pertenece por derecho.
Pero en los ojos había algo que no era habitual en ese tipo de hombre: una fracción de segundo de algo muy parecido al miedo antes de que el cálculo lo cubriera.
A la derecha de Castaño estaba un hombre que Sara había visto en las noticias dos veces en el último año: Federico Llorente, magistrado del Tribunal Superior de Justicia, el hombre que había frenado dos veces en los últimos cinco años expedientes que debían haber llegado más lejos de donde llegaron.
Al otro extremo de la mesa, un hombre mayor con el pelo completamente blanco que Sara tardó cuatro segundos en identificar: Gerardo Puig, ex subsecretario del Ministerio de Justicia, jubilado desde 2019, nombre que había aparecido en el árbol de titularidades de Herás en la segunda capa, el de las fundaciones que nadie mira porque parecen fundaciones culturales.
Los otros cinco eran caras que no reconoció.
Rubén estaba ya en la puerta, bloqueando la salida. Los dos agentes de apoyo cubrían los ángulos de la sala. Iturriaga entró detrás de Sara con la orden en la mano y empezó a leerla en voz alta con la calma de alguien que sabe que lo que dice tiene el peso exacto de lo que dice.
Nadie habló mientras Iturriaga leía.
Cuando terminó, Castaño levantó la vista.
—Quiero hablar con mi abogado.
—Puede hacerlo en comisaría —dijo Sara.
—¿Sabe lo que está haciendo?
Sara lo miró.
Había imaginado muchas versiones de este momento durante los últimos siete días.
En algunas de esas versiones había sentido algo: rabia, satisfacción, el cierre específico de algo que había estado abierto demasiado tiempo.
Pero de pie en esa sala, mirando a un hombre de sesenta y dos años que llevaba cuarenta años decidiendo qué era protegible y qué no, lo que sintió fue algo más parecido a la fatiga.
La fatiga de entender que esto no era el final de nada.
Era el principio de un proceso largo y lleno de abogados y recursos y tecnicismos y años.
Pero era el principio.
—Valentín Castaño Rueda —dijo Sara—, queda usted detenido en relación a la investigación de los homicidios de Tomás Vidal Serrano, Rafael Soler Marchena, Iñaki Gorostiza y tres víctimas más, y en relación a la investigación de Anticorrupción número —miró a Iturriaga, que le pasó el número de expediente— dos barra dos mil doce.
Tiene usted derecho a no declarar, a no declararse culpable y a ser asistido por abogado.
Si no tiene abogado, se le nombrará uno de oficio.
Castaño la miró sin decir nada.
Rubén se acercó con las esposas.
Fue en ese momento, cuando Rubén puso la primera esposa en la muñeca derecha de Castaño, que el magistrado Llorente al otro extremo de la mesa dijo algo en voz baja. No lo dijo a nadie en concreto. Lo dijo al espacio delante de él, como quien piensa en voz alta porque ya no tiene nada que calcular.
—Cuarenta años —dijo.
Y en esas dos palabras había algo que no era culpa exactamente y no era alivio exactamente pero tenía algo de los dos.
* * *
Los ocho hombres fueron conducidos al exterior en grupos de dos.
Sara supervisó el proceso desde la puerta del edificio.
El aire del campo era frío y olía a tierra seca y a los pinos que bordeaban la finca, y en el cielo sin luna había más estrellas de las que se veían desde Madrid.
Un sábado de diciembre en una finca a veintisiete kilómetros al sur, con ocho hombres esposados y tres coches patrulla y las luces azules que ya habían encendido aunque no había nadie más que los pinos para verlas.
Rubén se acercó.
—Mendieta sigue en quirófano. —Hizo una pausa—. La bala es del calibre que usaron en los seis casos anteriores.
Sara asintió.
Andrade.
—¿Alguna novedad sobre su localización?
—Nada. El coche que registramos a su nombre sigue en el parking de Salamanca donde lo dejó el miércoles. Si ha vuelto en el AVE no lo ha hecho con su identidad habitual.
—Tiene otra.
—Sí.
Sara miró el cielo.
El teléfono vibró en su bolsillo.
Número desconocido.
Lo cogió.
—Montero.
Silencio durante dos segundos.
Luego una voz.
Una voz que no había escuchado antes directamente pero que reconoció de la descripción que había construido en siete días: media en textura, completamente plana en entonación, el tipo de voz que ha aprendido a no dar información con el tono porque el tono es el primer lugar donde se busca lo que alguien siente.
—Veo las luces desde aquí —dijo Andrade.
Sara no respondió de inmediato. Hizo una señal a Rubén: número desconocido, intenta rastrear.
—¿Dónde estás? —dijo.
—No demasiado lejos. —Una pausa—. Ha hecho un trabajo bueno esta noche, inspectora.
—Entrégate. Lo que hagas a partir de ahora no va a cambiar nada de lo que ya está hecho.
Una pausa más larga.
—El cuaderno —dijo Andrade.
Sara apretó el teléfono.
—¿Qué pasa con el cuaderno?
—¿Dónde lo tiene?
—En un lugar seguro.
—¿Seguro? —Repitió la palabra sin inflexión, como si la estuviera examinando—. Su subinspector salió de comisaría hace tres horas con una bolsa. —Una pausa—. ¿Sabe que hay una cámara en el aparcamiento de la calle Lope de Vega?
Sara miró a Rubén.
Rubén tenía el maletín.
El maletín que había llevado desde comisaría hasta el coche y desde el coche hasta la finca.
—Entrégate —dijo Sara.
—Todavía tengo un trabajo que terminar.
La línea se cortó.