Los Cuarenta Capítulo 26
47%

Capítulo 26

La firma

La magistrada se llamaba Carmen Aldecoa y llevaba dieciocho años en el juzgado de guardia de Madrid con la paciencia de quien ha aprendido que el sistema funciona exactamente a la velocidad que le da la gana, no más rápido por mucho que alguien lo necesite.

Pero cuando Iturriaga le puso sobre la mesa las cuatro fotos de Castaño con Andrade en el bar del hotel de Barcelona, la magistrada miró durante unos diez segundos sin decir nada y luego pidió el expediente completo.

Tardó cuarenta minutos en leerlo.

Iturriaga esperó de pie junto a la ventana.

No era hombre de sentarse cuando había algo que resolver.

La sala de guardia olía a café frío y papel y al desinfectante específico de los edificios públicos que llevan demasiados años sin reformar.

Afuera, Madrid a las siete y media de la tarde de un sábado tenía ese sonido particular de ciudad que ha decidido que el día ya fue suficientemente serio y ahora quiere relajarse.

La magistrada llegó al último folio.

Lo dejó sobre la mesa.

—¿Cuántos va a haber dentro?

—No lo sabemos con certeza. Hemos identificado a Castaño y a Mendieta Casal como convocantes seguros. Hay al menos otros dos o tres que forman parte de la estructura pero cuyos nombres todavía no hemos podido verificar completamente.

—¿Riesgo de violencia?

—El ejecutor de los seis homicidios está en paradero desconocido. Es posible que esté dentro. —Iturriaga hizo una pausa—. Aunque también es posible que haya huido.

La magistrada lo miró.

—Qué tranquilizador.

—La inspectora que lleva el caso ha coordinado apoyo suficiente para el control del perímetro. La entrada solo se produciría cuando esté asegurado.

Otro silencio.

La magistrada cogió el bolígrafo.

Firmó en tres sitios distintos del documento de autorización de entrada y registro.

—Una condición —dijo sin levantar los ojos del papel—. Quiero el informe del resultado en mi mesa antes de las ocho de la mañana.

—Estará ahí.

Iturriaga cogió los papeles y salió al pasillo antes de que la magistrada pudiera añadir nada más. Marcó el número de Sara mientras bajaba las escaleras.

—Tenemos la firma.

* * *

Santa Clara de Miraflores — Madrid, diciembre de 1981

La noche sin luna llegó un miércoles.

Nico lo había estado calculando desde hacía dos semanas con el calendario que robó de la pared de la sala de estudio: una hoja plastificada con los meses del año y los números en rojo los días festivos.

Los ciclos de la luna no venían marcados en ese calendario pero Nico había ido anotándolos en la última página del cuaderno, en el margen, con una precisión que le habría sorprendido a cualquiera que lo hubiera visto.

Nadie lo vio.

A las dos de la madrugada, cuando el edificio llevaba una hora completamente en silencio y el único movimiento era el de Sor Remedios haciendo su ronda por las habitaciones del primer piso a las doce y cuarto y luego nada hasta las seis, Nico se levantó de la cama.

Marta ya estaba despierta.

Se lo dijo con los ojos cuando él pasó por delante de su cama. No hizo falta nada más.

Bajaron descalzos hasta la planta baja. Nico llevaba los zapatos atados por los cordones colgados del cuello y el cuaderno dentro del jersey, contra la piel, en el lado izquierdo donde le daba menos bulto.

Marta llevaba una bolsa de tela que había ido llenando durante dos semanas con lo poco que podía llevarse: un jersey de más, el retrato de una mujer que nadie supo decirle si era su madre o no pero que guardaba desde los cuatro años, y cuatro galletas que había ido guardando de los desayunos.

La puerta lateral del edificio daba al callejón de servicio.

La cadena tenía el eslabón gastado.

Nico sacó el trozo de alambre que había encontrado en el patio tres semanas antes y que desde entonces había llevado siempre en el bolsillo del pantalón.

Lo introdujo en el eslabón gastado y empujó.

Tardó cuarenta segundos. Cuarenta segundos que fueron los más largos que Nico recordaría en toda su vida, con el frío del suelo de piedra subiéndole por los pies y el silencio del edificio detrás y la oscuridad del callejón delante.

La cadena cedió.

Marta lo miró.

Nico abrió la puerta.

El callejón olía a basura y a humedad y a la libertad específica del aire que no está dentro de ningún edificio. Echaron a correr.

* * *

La caravana salió de la comisaría a las ocho menos diez.

Dos coches sin identificación. Sara y Rubén en el primero. Dos agentes de apoyo en el segundo. Iturriaga los siguió en su propio coche desde el juzgado, incorporándose a la A-4 a la altura de Legazpi.

La carretera hacia el sur estaba despejada a esa hora de un sábado.

Madrid se iba quedando atrás con su anillo de luz y sus bloques y sus polígonos industriales y luego de repente la autovía se abría sobre el llano con ese paisaje específico del sur de la comunidad, rastrojeras y viñedos y el perfil plano de los pueblos en el horizonte.

Vega llamó a las ocho y cuarto.

—Han llegado cuatro coches en los últimos cuarenta minutos. El primero a las siete cuarenta y dos. El último hace doce minutos.

—¿Castaño?

—No puedo confirmarlo. Los coches entran directamente por la verja. Desde la vía de servicio agrícola no veo las caras, solo los vehículos. Hay luz en el edificio principal y en el edificio secundario.

—¿Alguien fuera?

—Un hombre junto a la verja. Lleva ahí desde que llegué. No se mueve.

Sara miró a Rubén.

Un hombre junto a la verja era seguridad. Lo que significaba que quienquiera que organizara esto llevaba suficiente tiempo haciéndolo como para tener seguridad.

—¿Has podido ver el tipo de vehículo?

—Dos berlinas oscuras, un SUV y una furgoneta. La furgoneta es la misma que vi esta tarde. Los otros tres son de hoy.

—Dime si llega alguno más. —Sara colgó y miró la carretera—. Mendieta no está confirmado.

—Puede haber llegado antes —dijo Rubén.

—Puede.

Siguieron en silencio durante unos kilómetros.

La A-4 dejó paso a la carretera comarcal y luego a la de Ciempozuelos, más estrecha, con la señalización descascarada y los arcenes de tierra.

El campo a ambos lados era negro bajo el cielo sin luna, exactamente el tipo de noche que un niño de diez años había calculado cuarenta y tres años antes para salir por una puerta con una cadena rota.

Iturriaga los llamó a las ocho y veinticinco.

—Castaño acaba de confirmar su llegada. El control de Atocha lo ha identificado saliendo de la estación hace cuarenta minutos.

—¿En coche?

—Un vehículo de alta gama, chófer. Matrícula en verificación.

—Lleva cuarenta minutos desde Atocha. A esta hora, en veinte minutos está aquí.

—Sí.

Sara calculó. Ellos estaban a doce kilómetros de la carretera de Ciempozuelos. Llegarían antes que Castaño. Suficiente tiempo para posicionarse.

—Iturriaga, cuando lleguemos al kilómetro doce necesito que su coche se quede en la vía de servicio con Vega y Castillo. Usted fuera del perímetro hasta que yo le diga.

—Entendido.

—Y necesito que la orden de la magistrada esté lista para mostrarse en el momento en que entremos.

—La tengo en la mano.

Colgó.

Rubén miró por la ventanilla.

—¿Y si Andrade está dentro?

Era la pregunta que los dos habían estado evitando desde que salieron de comisaría.

—Si Andrade está dentro, cambia el procedimiento de entrada. —Sara mantuvo los ojos en la carretera—. Más lento, más controlado. No entra nadie hasta que tengamos el perímetro completamente cerrado.

—¿Y si no está dentro y sabe lo que está pasando?

Sara no respondió de inmediato.

Pensó en el cuaderno de Nico en el maletín de Rubén, en el asiento trasero.

Pensó en la instrucción que Castaño le había dado a Andrade según había deducido de la reunión de Barcelona: encuentra el cuaderno, destruye el cuaderno.

Pensó en que Andrade llevaba toda la semana siendo un hombre que ejecuta instrucciones con una precisión que no dejaba márgenes.

—Si no está dentro, lo encontramos después —dijo.

Era una respuesta que no respondía nada y los dos lo sabían.

El kilómetro catorce apareció en el cartel de señalización exactamente cuando el teléfono de Rubén empezó a sonar.

Sara miró de reojo mientras él lo cogía.

Vio cambiar su cara.

No era un cambio dramático. Era el cambio pequeño y específico de alguien que acaba de recibir información que no estaba en ningún escenario que hubiera calculado. Los músculos alrededor de los ojos, la leve tensión en la mandíbula.

—¿Qué? —dijo Rubén al teléfono.

Escuchó durante veinte segundos.

—¿Cuándo? —Una pausa—. ¿Vivo? —Otra pausa—. Que nadie hable con él hasta que yo llegue.

Colgó.

Miró a Sara.

—Mendieta Casal —dijo—. Lo han encontrado en el aparcamiento de Méndez Álvaro. Un tiro en el abdomen. Vivo, pero en camino al Gregorio Marañón.

Sara no dijo nada durante tres segundos.

—¿Cuándo?

—Hace veinte minutos. Un conductor que buscaba sitio para aparcar lo vio en el suelo junto a un coche. El coche está registrado a nombre de Mendieta.

—¿La bala?

—No lo saben todavía.

Sara aparcó el coche en el arcén de la carretera comarcal. Apagó el motor. Delante, a doscientos metros, se veía el inicio de la pista de tierra que llevaba a la finca. La oscuridad era completa.

Mendieta Casal en el aparcamiento de Méndez Álvaro, a tiro de taxi de Atocha.

Andrade había llegado a Madrid antes que Castaño.

Y antes de ir a ningún sitio, o en lugar de ir a ningún sitio, había resuelto el problema de Mendieta Casal.

¿Por qué Mendieta?

Porque Mendieta era el eslabón más débil.

Porque Mendieta era el único que había nacido en Santa Clara, el único cuya historia podía verificarse en los registros, el único cuya obediencia a Castaño era producto del miedo y no de la convicción.

El único que, si la presión aumentaba lo suficiente, podría hablar.

Alguien lo había calculado antes que ella.

Alguien con treinta años de práctica calculando ese tipo de cosas.

—Andrade no está en la finca —dijo Sara.

—No.

—Está en Madrid. Ha llegado antes que Castaño, ha resuelto lo de Mendieta y ahora está en otro sitio.

—¿Qué sitio?

Sara miró el maletín en el asiento trasero.

El cuaderno.

—Llama a Iturriaga —dijo—. Dile que seguimos adelante. Cuando Castaño entre en esa finca cerramos el perímetro y entramos. —Arrancó el motor—. Y llama también a la comisaría. Necesito a alguien en mi domicilio ahora mismo. Y en el domicilio de Rubén. Y donde quiera que esté Nico esta noche.

—¿Crees que sabe dónde está Nico?

Sara pensó en el hombre sentado frente a Castaño en el hotel de Barcelona. En la cara sin expresión. En la manera en que había dicho entendido y era imposible saber si lo decía de verdad.

—Creo que Andrade lleva cuarenta y tres años siendo el que resuelve lo que hay que resolver. —Una pausa—. Y creo que esta noche alguien le ha dado una última instrucción.

Volvió a la carretera.

Justo cuando los faros del coche de Castaño aparecieron al fondo de la pista de tierra, encaminándose hacia la verja de La Retama.