Capítulo 25 #2
Le explicó lo de la finca. Lo de la reunión de esta noche. Lo de las fotos de Castaño con Andrade en Barcelona. Lo de Fernández-Larralde detenido y la cadena de titularidades que había construido Herás durante tres años.
Iturriaga escuchó. Tomó notas con una letra pequeña y uniforme en un bloc de papel que sacó del bolsillo de la chaqueta.
Hizo tres preguntas concretas. Las tres eran buenas preguntas: la cadena de custodia del cuaderno de Nico, la admisibilidad de la documentación que Herás había obtenido a través de aquella otra investigación, y la cobertura legal para la vigilancia de la finca.
—Para la vigilancia desde la vía pública no necesito nada —dijo Sara—. Para entrar en la finca sí.
—¿A qué hora prevés que empieza la reunión?
—Castaño está cogiendo el AVE en Barcelona. Llega a las nueve y media. La entrada de calendario era a las diez.
Iturriaga miró el reloj. Las cinco menos veinte.
—Tengo cuatro horas para preparar la solicitud y localizarle a una magistrada. —Hizo una pausa—. Puedo hacerlo.
Sara lo miró.
—¿Tiene alguna magistrada de guardia que no sea un problema?
La pregunta era la que era.
Iturriaga no la esquivó.
—Tengo a alguien que lleva dos años esperando que le llegue algo de Anticorrupción con sustancia suficiente. —Una pausa—. Cuando vea las fotos de Castaño con Andrade, va a firmar en diez minutos.
* * *
Vega llamó a las seis y cuarto.
—He pasado dos veces. —La voz tenía la calma de alguien que ha aprendido a informar sin inflexión—. La finca está al final de una pista de tierra de unos doscientos metros. La verja es metálica, tres metros de altura, con cámaras en los dos pilares. No se ve el edificio desde la carretera.
—¿Actividad?
—De momento, una furgoneta blanca aparcada junto a la verja desde el lado interior. No he podido ver la matrícula sin detenerme. En el segundo paso he visto luz en una de las ventanas del edificio principal.
—¿A qué distancia está el edificio de la verja?
—Unos ochenta metros. Hay árboles en medio.
Pinos, parecen. —Una pausa—. Sara, si quieren montar vigilancia discreta en el perímetro van a necesitar el campo al otro lado de la carretera.
Hay una vía de servicio agrícola que da la vuelta por detrás.
Desde ahí podrían tener ángulo sobre la parte trasera de la finca.
—Bien. Quédate en la zona. No te acerques más. —Sara miró a Rubén, que estaba de pie junto a la pizarra blanca donde habían ido dibujando el esquema de la noche—. ¿Tienes a Castillo?
—Conmigo.
—Quedaros los dos. Os mando refuerzos antes de las ocho.
Colgó.
Rubén ya estaba marcando algo en la pizarra.
La pizarra tenía el esquema de la noche: la finca al centro, la carretera de acceso, los dos edificios, los tiempos estimados.
A la derecha, una columna con nombres: Castaño, Mendieta, los otros convocados que todavía no sabían quiénes eran exactamente.
A la izquierda, los recursos disponibles: Vega, Castillo, dos unidades de apoyo que Molina había autorizado sin preguntar demasiado.
—Molina sabe algo —dijo Rubén sin dejar de escribir.
—Molina sabe lo suficiente para haber autorizado los recursos y no lo suficiente para que cuando esto acabe tenga que explicar qué sabía y desde cuándo.
—¿Eso es bueno para él?
—Es lo mejor que puedo hacer por él ahora mismo.
El teléfono vibró.
Marcos Ibáñez.
—Castaño acaba de entrar en la estación de Sants. —La voz del periodista tenía el tono de alguien que ha pasado cuatro horas siguiendo a un hombre por Barcelona y ha llegado al punto donde la adrenalina y el cansancio se equilibran—. Tren de las seis y media. Llega a Atocha a las nueve diecisiete.
—¿Solo?
—Solo. Sin equipaje. Como si supiera que esta noche vuelve a casa.
Sara miró la pizarra.
Las nueve diecisiete en Atocha. Veinte minutos en coche desde Atocha hasta la carretera de Ciempozuelos. Las diez en la finca.
Todo encajaba con una precisión que no era casualidad sino hábito. Cuarenta años de hacer las mismas cosas de la misma manera.
—Marcos. —Sara eligió las palabras—. Lo que viene esta noche no es para ti todavía.
—Lo sé.
—Lo que sí puedo decirte es que si esta noche sale como tiene que salir, mañana vas a tener la historia de tu vida y vas a ser el único periodista con fotos de Castaño reunido con el principal sospechoso de seis homicidios en un hotel de Barcelona.
Silencio de Marcos.
—¿Eso es una promesa?
—Es lo más parecido a una promesa que voy a hacerte esta noche.
Colgó.
Rubén la miraba.
—¿Cuándo nos vamos?
Sara miró el reloj. Las seis y media de la tarde.
Fuera, Madrid seguía siendo sábado. En algún bar del centro, gente tomando vermú.
En algún parque, niños con sus padres aprovechando las últimas horas de luz.
Una ciudad que no sabía que a veintisiete kilómetros de su centro, en una finca con nombre de arbusto de secano, unos hombres iban a reunirse esa noche para intentar decidir cómo sobrevivir a lo que ellos mismos habían construido.
—A las ocho —dijo Sara—. Cuando Iturriaga tenga la firma de la magistrada.
Rubén asintió.
—¿Y si no la consigue a tiempo?
Sara pensó en el cuaderno de Nico. En las treinta y ocho páginas de fechas y matrículas y descripciones. En la mano de un niño de diez años escribiendo de noche con la letra apretada de quien sabe que el espacio es limitado y lo que escribe tiene que durar.
—Entonces esperamos en el perímetro hasta que la tengamos.
—Hizo una pausa—. No va a pasar nada dentro de esa finca que valga la pena sin la firma de la magistrada.
Porque si entramos sin ella, Castaño llama a sus abogados y en cuarenta y ocho horas todo lo que hemos construido esta semana se cae por un defecto de forma.
—Lo sé.
—Solo quería decirlo en voz alta.
Rubén cogió su chaqueta de la silla.
—Voy a por café. Va a ser una noche larga.