Capítulo 25
La entrada
Rubén estaba esperando en el aparcamiento de la comisaría cuando Sara llegó.
No era habitual. Rubén era del tipo de persona que espera dentro, que aprovecha el tiempo de otra persona en otra parte para avanzar en lo que pueda avanzar.
Si estaba en el aparcamiento, en la acera, con las manos en los bolsillos y el teléfono en la mano, era porque tenía algo que no quería decir dentro del edificio.
Sara paró el coche y bajó.
—Cuéntame.
—El teléfono de Fernández-Larralde. —Rubén le pasó el suyo con una pantalla abierta—.
Técnicos lo volcaron en tres horas. No hay mensajes útiles: los últimos están borrados desde esta mañana antes de que lo detuviéramos, lo que confirma que alguien le avisó de que había que limpiar. Pero hay una cosa que no borró.
Sara miró la pantalla.
Era una captura de la aplicación de calendario del teléfono. Una entrada para esta noche, a las veintidós horas. Sin título. Sin ubicación. En el campo de notas, una sola letra: R.
—Eso no nos da nada —dijo Sara.
—Por sí sola, no. —Rubén deslizó la pantalla—.
Pero los técnicos también extrajeron los metadatos de las entradas de calendario de los últimos seis meses.
Esta entrada concreta fue creada hace cuatro días desde una IP que no corresponde al teléfono de Fernández-Larralde ni a su domicilio ni a ninguna red que haya usado antes.
—¿A qué red corresponde?
—A un despacho de abogados en la calle Velázquez. A tres portales del edificio donde Andrade tenía su despacho.
Sara procesó eso.
—El mismo edificio. Prácticamente.
—No el mismo. Tres portales más arriba. Un despacho de abogados que lleva quince años en esa dirección. —Rubén metió el teléfono en el bolsillo—. He pedido el registro de actividad del despacho. Están mirándolo. Pero mientras tanto, Herás quiere verte.
—¿Ha llamado?
—Hace veinte minutos. Ha dicho que necesita entregarte algo antes de presentar la recusación. Ha dicho que no puede ser por teléfono.
Sara miró el reloj. Las dos y cuarto de la tarde.
—¿Dónde?
—Ha dicho que ella va a donde tú estés.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, noviembre de 1981
La primera nevada del año cayó un martes.
No fue mucha cosa: una capa fina que duró tres horas y se convirtió en barro antes del mediodía.
Pero durante esas tres horas el patio de Santa Clara fue distinto.
Los niños más pequeños salieron antes del desayuno y estuvieron corriendo hasta que Sor Remedios los metió a gritos.
Los mayores miraban desde las ventanas con esa expresión que tienen los niños a quienes les han enseñado que las cosas bonitas son siempre para otros.
Nico no miró la nieve.
Nico estaba mirando la puerta lateral del edificio, la que daba al callejón de servicio, la que cerraban con un candado desde fuera pero cuya cadena tenía un eslabón que llevaba dos meses gastado porque nadie la revisaba nunca.
Marta se acercó y se puso a su lado sin decir nada.
—En invierno —dijo Nico en voz baja.
—Dijiste cuando llegara el invierno.
—Ya ha llegado.
Marta no respondió de inmediato. Tenía nueve años y los ojos del color del barro que había hecho la nieve al mezclarse con la tierra del patio, y desde la noche en que había estado en la ventana del baño del segundo piso había aprendido a hablar sin mover casi la boca, de lado, mirando hacia otro sitio.
—¿A dónde vamos? —dijo.
Era la pregunta que Nico no había podido responder del todo bien todavía.
—A la calle —dijo.
—La calle no es un sitio.
—Es mejor que aquí.
Marta miró el patio nevado. Los niños pequeños haciendo bolas. Sor Remedios agitando los brazos como un espantapájaros.
—¿Cuándo?
—La próxima vez que haya una noche sin luna. —Nico metió la mano en el bolsillo y apretó el cuaderno—. En invierno las noches sin luna son más largas. Eso nos da más tiempo.
Marta asintió una vez. Muy ligeramente. Como si estuviera confirmando algo que ya había decidido hace semanas.
—¿Y el cuaderno?
—El cuaderno va conmigo.
* * *
Herás llegó a la comisaría a las tres menos cuarto.
No iba de fiscal. Llevaba vaqueros, un jersey oscuro y el pelo recogido con la informalidad de quien ha salido de casa sabiendo que el día ya no tiene la estructura que tenía cuando se levantó.
Tenía la cara de alguien que no ha dormido mucho pero que ha tomado decisiones que le han devuelto algo.
No tranquilidad, exactamente. Algo más parecido a la claridad que queda cuando ya no hay nada más que calcular.
Sara la llevó a la sala pequeña del fondo, la que usaban para los interrogatorios informales, la que no tenía cámara porque técnicamente no era sala de interrogatorio sino sala de reuniones.
Cerraron la puerta.
—La recusación está presentada —dijo Herás—. Oficialmente, a partir de esta tarde no tengo ninguna vinculación con ninguna investigación relacionada con Valentín Castaño.
—¿Iturriaga está al tanto?
—Desde las dos. He pasado tres horas con él esta mañana.
Tiene todo: los tres meses de investigación financiera, las transcripciones, el árbol de empresas, el informe de Anticorrupción.
—Herás hizo una pausa—. Está listo. Es meticuloso y no le tiene miedo a nada. Lleva doce años esperando un caso así.
—¿Lo conoces bien?
—Lo suficiente para saber que no tiene ninguna razón para proteger a Castaño y varias razones para no hacerlo.
Sara asintió.
—¿Qué querías entregarme?
Herás puso sobre la mesa una carpeta delgada. Cuatro folios, impresos por una cara, grapados en la esquina.
—Esto no está en ningún expediente oficial —dijo—.
Lo generé yo, por mi cuenta, hace tres años, cuando tuve acceso a ciertos registros notariales a través de otra investigación que no tenía relación directa.
Nunca lo he usado porque usarlo habría revelado cómo lo obtuve y habría comprometido aquella otra investigación.
Sara abrió la carpeta.
Los cuatro folios eran una cadena de titularidades. Empresas, fundaciones, cambios de sede. El tipo de árbol que se construye cuando alguien lleva décadas aprendiendo a esconder activos detrás de capas de personas jurídicas.
Al final del árbol, en el último folio, había una dirección.
Finca La Retama. Carretera de Ciempozuelos, km 14. Valdemoro.
—Una finca —dijo Sara.
—Cuatrocientos metros cuadrados de edificación sobre cuatro hectáreas.
Registrada a nombre de una fundación cultural que en teoría promueve actividades artísticas en municipios del sur de Madrid.
La fundación tiene tres patronos cuyos nombres no le van a decir nada.
Pero la fundación recibe financiación anual de una empresa de consultoría que a su vez recibe honorarios de otro despacho que a su vez tiene como cliente a —Herás señaló la última línea del segundo folio— esta sociedad limitada.
Sara miró el nombre.
Era una sociedad de inversión constituida en 2003. Anodina. Exactamente el tipo de nombre que nadie recuerda.
—¿Y esta sociedad?
—Es de Castaño. No directamente: él no aparece en ningún papel.
Pero lleva cinco años en una investigación paralela de la Agencia Tributaria que nunca ha llegado a ningún lado porque alguien en la Agencia ha ido frenando el expediente cada vez que se acercaba demasiado.
—Herás se reclinó ligeramente—. La finca lleva ocho años sin actividad registrada.
Sin consumo eléctrico que justifique uso regular.
Sin personal dado de alta. Desde fuera parece una propiedad abandonada que alguien mantiene por razones que no tienen que ver con el valor inmobiliario.
Sara miró la dirección.
Carretera de Ciempozuelos. Kilómetro catorce. Valdemoro.
Veintisiete kilómetros al sur de Madrid. Fuera del cinturón urbano. Fuera de las cámaras. Fuera de los vecinos que pueden ver coches llegar de noche y preguntarse qué hacen ahí.
—¿Por qué me lo das ahora? —preguntó Sara—. Llevas tres años con esto.
Herás la miró durante un momento.
—Porque esta mañana me has dicho que Castaño está en Barcelona con el hombre que ha matado a seis personas en una semana. —Hizo una pausa—. Y porque si esta noche ocurre lo que creo que va a ocurrir, prefiero que tú tengas esto a que nadie lo tenga.
Sara cogió la carpeta.
—¿Has estado en la finca?
—Nunca. Solo he visto fotos satelitales.
Hay un edificio principal, un edificio secundario más pequeño al fondo de la parcela, y una pista de tierra que sale de la carretera principal y llega hasta la verja.
—Herás hizo una pausa—. La verja tiene electricidad.
Lo vi en el contrato de suministro que encontré en los archivos de la fundación.
Una verja con electricidad en una finca que lleva ocho años sin actividad registrada.
Sara cogió el teléfono y marcó a Vega.
—Necesito que vayas a una dirección. —Leyó la dirección de la carpeta—. Carretera de Ciempozuelos, kilómetro catorce. No entres. Pasa de largo dos veces en dirección contraria y dime qué ves.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Colgó.
Miró a Herás.
—Una cosa más —dijo—. La reunión de esta noche. Fernández-Larralde tenía una entrada de calendario con la letra R en las notas.
Herás frunció ligeramente el ceño.
— R. —Repitió la letra en voz baja. Y luego, sin que Sara tuviera que preguntarle nada, dijo—: La Retama.
Así la llaman. Así aparece en las pocas comunicaciones que he interceptado en tres años que hacían referencia a un lugar de reunión. Nunca una dirección completa. Solo la Retama o simplemente R.
Sara asintió.
Era la confirmación que necesitaba.
* * *
El fiscal Iturriaga llegó a la comisaría a las cuatro.
Era un hombre de unos cincuenta años, delgado, con el tipo de energía contenida de quien lleva mucho tiempo esperando que llegue algo y ha aprendido a no gastarse antes de que llegue.
Llevaba la documentación de Herás en una carpeta de acordeón que ya había revisado dos veces en el coche, según dijo, y tenía marcados con post-its de colores los puntos donde necesitaba aclaraciones.
Sara estuvo con él cuarenta minutos.