Capítulo 24
Barcelona
Marcos Ibáñez llevaba veinticinco años siguiendo personas sin que lo vieran.
Primero había aprendido el oficio en los pasillos del Congreso, donde uno se vuelve invisible apoyándose en la pared con la misma postura exacta que los ujieres, y luego en los juzgados, donde aprendes que la mejor cobertura es llevar siempre un bloc en la mano y mirar a otro lado cuando el objetivo mira hacia ti.
Andrade caminaba rápido.
Eso era útil. Los hombres que caminan rápido no miran atrás.
Los hombres que miran atrás son los que se detienen, los que cambian de acera dos veces, los que consultan el teléfono mientras calculan el reflejo en el escaparate del frente.
Andrade no hacía nada de eso. Caminaba como alguien que tiene un sitio al que llegar y no le sobra el tiempo.
Desde Sants había tomado la calle Tarragona hacia el norte, luego había girado por Aragón hacia el Eixample.
Marcos mantenía treinta metros de distancia y usaba la anchura de las aceras del Eixample para ocultarse detrás de los transeúntes del sábado.
Barcelona en sábado de junio tenía una densidad específica: turistas con mapas y lugareños con bolsas del mercado y grupos de jóvenes que se movían sin dirección, y todo eso era cobertura perfecta para quien supiera usarla.
Andrade se detuvo delante de un hotel en la calle Valencia.
No era uno de los grandes. Era el tipo de hotel que usan los comerciales y los funcionarios en viaje de trabajo: cuatro estrellas discretas, fachada de piedra oscura, el logo en letras de acero cepillado encima de una puerta giratoria. El tipo de sitio donde nadie te mira la cara.
Marcos cruzó al lado contrario de la calle y entró en el primer bar que encontró. Desde el interior podía ver la puerta del hotel a través del cristal. Pidió un café y sacó el teléfono.
Llamó a Sara Montero.
—Está en un hotel. Calle Valencia, entre Enric Granados y el Paseo. No ha ido a casa de la hija.
—¿Ha entrado?
—Hace treinta segundos. —Marcos miró el reloj de la pared del bar: las doce y catorce—. ¿Qué quieres que haga?
—Espera fuera.
—Sara. —Una pausa—. Si hay alguien esperándole dentro, esperando fuera no te sirve de nada.
Silencio al otro lado.
—¿Tienes cámara?
—Siempre.
Otro silencio.
—Entra. Solo al bar del lobby. No al ascensor, no a ninguna planta. Y si Andrade sale antes de que hayas visto algo, te vas con él.
Marcos dejó el café a medias, cruzó la calle y entró por la puerta giratoria.
El lobby del hotel tenía la temperatura artificial de los lugares que no saben si es verano o invierno.
Moqueta oscura, sillones en tonos grises, una barra de bar al fondo con taburetes altos y botellas iluminadas desde abajo.
Había cuatro mesas ocupadas: dos por parejas con equipaje, una por un hombre solo con el ordenador, una por dos hombres en una conversación que terminó en el momento exacto en que Marcos entró.
Marcos no se detuvo.
Continuó hacia la barra con el paso de quien busca un sitio donde sentarse, pidió una cerveza sin alcohol al barman, y desde el taburete del extremo miró hacia la mesa de los dos hombres.
Reconoció a Andrade por la bolsa de mano que había seguido desde Atocha.
Al otro hombre tardó tres segundos más.
Tres segundos en los que su cerebro hizo lo que hacen los cerebros entrenados en el reconocimiento de caras públicas: registrar la estructura ósea, el ángulo de la mandíbula, la postura específica de quien lleva décadas en posiciones de poder.
El otro hombre tenía unos sesenta años, el pelo gris peinado hacia atrás, un traje de color azul marino que costaba lo que Marcos ganaba en dos meses, y la expresión de alguien que está acostumbrado a que las conversaciones difíciles ocurran en lugares donde no pueda grabarte nadie.
Valentín Castaño.
Vocal del Consejo General del Poder Judicial. Candidato a la presidencia. El nombre en el cuaderno de un niño de diez años que había pasado cuarenta y tres años esperando en el bolsillo de un hombre de Brihuega.
Marcos sacó el teléfono por debajo de la barra. Puso la cámara en modo silencio. Hizo cuatro fotos sin mirar la pantalla, calibrando el ángulo por el reflejo en el espejo de detrás de las botellas.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, octubre de 1981
La mañana siguiente a la noche que no podía contarle a nadie, Miguel desayunó en silencio.
Tenía trece años y era el mayor de todos.
Llevaba en Santa Clara desde los cuatro.
No recordaba nada de antes de Santa Clara: no recordaba una madre, no recordaba un nombre que no fuera el que le habían dado las monjas, no recordaba nada que pudiera llamarse hogar excepto el olor específico de esas paredes y el sonido específico del patio a determinadas horas del día.
Lo que sí recordaba era la sala del fondo.
Y lo que recordaba de la sala del fondo era que desde la tercera vez, si cerraba los ojos de cierta manera, podía salir de su propio cuerpo. Podía estar en el techo, mirando desde arriba, y desde arriba las cosas no eran tan reales. Eran como algo que le pasaba a otro.
A otro.
Eso era lo que seguía haciendo esa mañana en el desayuno: le pasaba a otro. Él estaba en el techo. Desde el techo veía al niño de trece años comiendo pan con aceite y mirando al plato y siendo invisible, que era la única habilidad que valía la pena tener en Santa Clara.
Nico, el de los ojos que lo veían todo, estaba sentado dos sillas más allá.
Miguel no lo miró. Nunca miraba directamente a Nico porque Nico devolvía las miradas de una manera que hacía que el techo se alejara y la sala del fondo volviera a tener peso.
Pero sabía que Nico llevaba todo el desayuno mirándole.
Y sabía, con la certeza de quien ha aprendido a leer el aire de un lugar, que Nico estaba guardando algo en ese cuaderno que escondía dentro de la chaqueta.
Nico estaba escribiendo sobre él.
* * *
Castaño hablaba en voz baja.
Andrade escuchaba con las manos sobre la mesa, quietas, sin cruzar los dedos, sin el temblor de quien está nervioso.
Esa capacidad de quedarse completamente inmóvil era una de las cosas que Castaño había aprendido a valorar en él durante los últimos meses.
Andrade no se movía cuando escuchaba. Era como hablar con alguien que ha apagado todo lo que no es necesario.
—Se acabó —dijo Castaño—. El trabajo se para aquí.
Andrade no respondió.
—No es una sugerencia. —Castaño acercó ligeramente el vaso de agua, como si ese gesto completara la frase—. Hay movimientos que no esperábamos. La fiscal ha iniciado algo que va a ser difícil de contener. El agente que teníamos dentro fue identificado esta mañana.
—¿Cómo?
—Una trampa. Pasaron información falsa sobre el traslado de la mujer de Getafe. Él la pasó hacia afuera antes de que hubiera tiempo de verificarla. —Una pausa—. Es lo de menos. Lo que importa es que saben que hay un canal y que ya no pueden usarlo para protegerte.
Andrade miró la mesa.
¿Cuántos quedan en la lista?
No lo dijo en voz alta. Lo calculó internamente: treinta y cuatro eliminados, seis en la última semana antes de que el ritmo se rompiera. Quedaban cuatro posibles que aún no habían podido verificar. Y el núcleo: el hombre de Brihuega y la mujer con la identidad falsa.
—El cuaderno —dijo.
—El cuaderno es el problema. —Castaño bajó aún más la voz, aunque no había nadie en las mesas próximas—.
Sin el cuaderno, lo que tienen es testimonial.
Los supervivientes que quedan llevan cuarenta años fuera del sistema.
Sus declaraciones son útiles pero no son suficientes para lo que están intentando construir.
Con el cuaderno es diferente. Con el cuaderno tienen documentación contemporánea, verificable, con nombres y fechas y matrículas.
—¿Dónde está?
—Eso es exactamente lo que necesito que averigües. —Castaño lo miró—. La inspectora que lleva el caso lo tenía. Lo ha movido. No sabemos a dónde. La filtración se cortó antes de que pudiéramos saberlo.
Andrade levantó los ojos.
Tenía una cara que no expresaba nada cuando no quería que expresara nada.
Era una cara entrenada durante décadas para ser opaca, para no dar al observador más información de la estrictamente necesaria.
Pero Castaño llevaba meses trabajando con él y había aprendido a leer los matices pequeños: la leve tensión en la comisura izquierda, el parpadeo ligeramente más lento de lo habitual.
Andrade estaba calculando.
—La reunión de esta noche —dijo Andrade—. ¿Va a haber reunión?
—Sí.
—¿Con todos?
—Con los que pueden estar. —Castaño hizo una pausa—. Esto es lo que pasa cuando no se gestiona desde el principio. Cuarenta años de disciplina y en una semana todo se convierte en esto.
—Cuarenta años de disciplina —repitió Andrade, y en su voz no había ironía pero tampoco había nada que se pareciera a la deferencia.
Castaño lo miró.
Había algo en ese hombre que siempre le había producido una incomodidad que no sabía cómo nombrar. No era miedo. Era algo más parecido a lo que siente un ingeniero que construye una máquina perfectamente funcional y luego descubre que la máquina tiene algo dentro que la máquina no debería tener.
—Una cosa más —dijo Castaño—. Después del cuaderno, terminas. Desapareces. Tienes los recursos para hacerlo. Tienes la identidad, tienes el dinero.
Andrade no respondió.
—¿Entendido?
—Entendido —dijo Andrade.
Y era imposible saber, mirándole la cara, si lo decía de verdad.
* * *
Sara estaba en la M-30 cuando el mensaje de Marcos llegó.
Cuatro fotos adjuntas. Sin texto.
Tuvo que esperar al siguiente semáforo para abrirlas.
Eran fotos tomadas desde un ángulo bajo, con la ligera distorsión de quien está disparando sin mirar el encuadre.
La iluminación era la de un bar de hotel: cálida, artificial, con el contraluz de las botellas detrás.
En las dos primeras solo se veía la parte posterior de una cabeza y la silueta de Andrade.
En la tercera, el ángulo había cambiado levemente y aparecía el perfil del otro hombre. En la cuarta, plano casi de frente.
Sara reconoció a Castaño antes de que su cerebro hubiera terminado de procesar la imagen.
Llamó a Marcos.
—¿Sigues en el hotel?
—En la barra del bar. Siguen dentro.
—¿Puedes seguir fotografiando?
—Ya tengo doce. Están hablando. Castaño habla, Andrade escucha. —Una pausa—. Sara, si Castaño está en Barcelona esta mañana, eso significa que no está en Madrid.
—Lo sé.
—¿La reunión de esta noche? ¿Sigue siendo en Madrid?
Sara no respondió de inmediato. Miró la carretera. El tráfico del sábado. La ciudad que seguía siendo la ciudad aunque todo lo que estaba debajo de ella estuviera moviéndose a una velocidad que la superficie no registraba.
Castaño está en Barcelona. Con Andrade. En un hotel discreto del Eixample a las doce del mediodía de un sábado.
Ha salido de Madrid.
¿Por qué un hombre en la posición de Castaño sale de Madrid la misma mañana en que su estructura se está desmoronando? ¿Por qué no gestiona desde ahí, desde su despacho, con sus abogados y sus contactos y los treinta años de relaciones que le han mantenido a salvo?
Porque tiene miedo de lo que puede ocurrir en Madrid esta noche.
Porque si hay una reunión y esa reunión sale mal, no quiere estar cerca.
O porque tiene que darle instrucciones a Andrade en persona. Instrucciones que no pueden ir por ningún canal.
Llamó a Rubén.
—Castaño está en Barcelona. Con Andrade. Tengo fotos.
Silencio de Rubén.
—¿Qué quieres hacer?
—Necesito que llames a Herás. Ahora mismo. —Sara aceleró—. La recusación tiene que estar presentada esta tarde. Y el fiscal que va a coger el caso tiene que estar disponible a partir de las cinco.
—¿Cinco de la tarde un sábado?
—A partir de las cinco. Dile a Herás que tengo fotos de Castaño reunido con el principal sospechoso de seis homicidios en un hotel de Barcelona.
Eso es suficiente para una orden de detención.
—Una pausa—. Pero necesito que sea el fiscal nuevo quien la firme.
No puede ser Herás. Herás ya no puede firmar nada relacionado con este caso a partir de hoy.
—¿Vamos a por Castaño esta tarde?
Sara pensó.
No.
Si vas a por Castaño esta tarde, Mendieta desaparece.
Fernández-Larralde llama a sus abogados.
La reunión de esta noche no ocurre porque todo el mundo sabe que ya sabes que va a ocurrir.
Y Andrade, que está en Barcelona y no en Madrid, tiene tiempo de coger un vuelo a cualquier sitio del mundo antes de que puedas hacer nada.
—Esta noche —dijo—. A todos a la vez. Castaño, Mendieta, y quien más esté en esa reunión. —Hizo una pausa—. Pero necesito saber dónde es. Y necesito saber antes de las ocho.
—¿Cómo lo consigues?
—Fernández-Larralde lleva el teléfono intervenido. Si alguien le manda la dirección, la tenemos.
—¿Y si no lo hace por teléfono?
Sara no respondió de inmediato.
Pensó en la manera en que estas estructuras habían sobrevivido cuarenta años.
No por la fuerza. Por la disciplina. Por la capacidad de cambiar de canal cuando el anterior se cerraba.
Por la capacidad de construir capas entre la orden y quien la ejecuta, entre el conocimiento y quien lo tiene, entre la responsabilidad y quien la asume.
Cuarenta años de eso.
Y ahora, en el espacio de una semana, la estructura estaba en modo de emergencia porque un hombre de Brihuega había guardado un cuaderno durante treinta y ocho años.
—Entonces encontramos otra entrada —dijo Sara—. Siempre hay otra entrada.
El teléfono vibró. Era Marcos de nuevo.
—Se están levantando. —La voz del periodista tenía la tensión concreta de quien está haciendo algo que requiere concentración—. Castaño ha pedido la cuenta. Van a salir.
—¿Cuánto tiempo tienes para seguirle?
—Todo el que haga falta.
—Síguele. No a Andrade. A Castaño. —Una pausa—. Y Marcos. Si en algún momento te parece que te han visto, te paras. Me llamas. No haces nada más.
—Recibido.
La línea se cortó.
Sara siguió conduciendo.
En algún lugar de Barcelona, en la acera de la calle Valencia, un periodista con un bloc en la mano y veinticinco años de práctica en ser invisible estaba siguiendo al hombre que había organizado el horror en un orfanato de Carabanchel cuando Sara Montero tenía dos años.
Y en Madrid, en algún sitio que todavía no sabía, habría esa noche una reunión donde los hombres que habían construido esa estructura durante décadas iban a intentar decidir si podían salvarse.
Sara tenía que estar en ese sitio.
Tenía que estar antes de que ellos llegaran.