Capítulo 23
El hijo del vicario
El coche patrulla estaba aparcado en la calle lateral del edificio de Velázquez, con el motor apagado y los dos compañeros de Rubén en los asientos delanteros.
En el asiento trasero, el hombre de la chaqueta oscura miraba por la ventanilla con la expresión de alguien que ha tomado la decisión de no decir nada hasta que no le quede más remedio.
Sara se bajó del coche.
Los compañeros salieron a su encuentro. El más alto, que se llamaba Prieto y llevaba la barba de tres días de quien no ha dormido en casa, le pasó una bolsa de plástico transparente sin decir nada.
Dentro había una cartera, un móvil y un sobre abierto que había tenido dentro cuatro páginas dobladas.
—¿Las ha tocado?
—Solo para sacarlas del sobre. Las hemos metido en la bolsa inmediatamente.
—¿Ha dicho algo?
—Ha dicho que tiene abogado y que no va a hablar sin él.
Sara miró al hombre del asiento trasero.
—¿Cómo entró en el edificio?
—Tiene llave. La del portal y la del despacho. —Prieto hizo una pausa—. No forzó nada. Entró con llave propia.
Sara procesó eso. Tenía llave del despacho de Andrade. Lo que significaba que no era un intruso ocasional con instrucciones urgentes. Era alguien que tenía acceso habitual al espacio de Andrade, alguien integrado en la estructura de una manera más estrecha que un simple intermediario.
Fue al coche patrulla y abrió la puerta trasera.
El hombre la miró.
Tenía unos sesenta y cinco años, quizás más.
El pelo blanco muy corto, las manos de alguien que no ha hecho trabajo manual en décadas, una chaqueta de lana azul marino con los botones del tipo que llevan las prendas de calidad discreta, el tipo de prendas que no llaman la atención precisamente porque la tela es demasiado buena para ser genérica.
—Soy la inspectora Montero. Brigada de Homicidios.
El hombre no dijo nada.
—¿Cómo se llama?
Silencio.
Sara sacó el móvil. Abrió la foto de la cartera que le había mandado Prieto.
—Dionisio Fernández-Larralde. —Leyó el nombre en el DNI—. Sesenta y siete años. Abogado, aunque su colegio figura como baja voluntaria desde 2018. —Hizo una pausa—. Su padre fue Ángel Fernández-Larralde, vicario de la Diócesis de Madrid entre 1975 y 1997.
El hombre la miró por primera vez directamente.
—Tengo abogado —dijo. La voz era la de alguien que ha pasado décadas acostumbrado a que las situaciones se resuelven con la frase correcta dicha en el tono correcto.
—Lo sé. Puede llamarle en cuanto lleguemos a comisaría. —Sara no se movió de la puerta—. Pero antes de eso, hay algo que me gustaría que supiera.
—No tengo nada que decirle.
—No le estoy pidiendo que diga nada todavía.
Solo que escuche. —Sara se apoyó en el marco de la puerta—.
Tenemos un cuaderno con treinta y ocho años de registros.
Matrículas verificadas, fechas, descripciones de personas que entraban de noche en un orfanato de Carabanchel entre 1979 y 1983.
Tenemos los testimonios de varios supervivientes que estuvieron en ese orfanato siendo niños.
Tenemos una investigación de la Fiscalía Anticorrupción con tres meses de trabajo sobre la estructura financiera de Valentín Castaño.
Tenemos un agente de policía identificado como canal de información para esa estructura.
Y tenemos a usted, esta mañana, con llave propia en el despacho de un detective privado que es el principal sospechoso de seis homicidios.
Dionisio Fernández-Larralde la miró durante un momento.
—¿Qué quiere?
—Quiero saber dónde está Javier Andrade ahora mismo.
El hombre volvió a mirar por la ventanilla.
Sara esperó. Había aprendido que los silencios de los hombres como este no eran vacíos: eran cálculos. Y los cálculos terminan cuando el resultado ya está claro.
—Si le digo lo que sé —dijo por fin—, ¿eso cuenta para algo?
—Depende de lo que sepa y de qué tan útil sea antes de que ya no lo necesitemos.
Una pausa larga.
—Andrade tomó el AVE a las ocho y cuarenta y cinco.
—¿A dónde?
—A Barcelona.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, octubre de 1981
La mañana siguiente a la noche de los cuatro coches, Sor Asunción llegó al desayuno cinco minutos antes de lo habitual.
No era algo que ocurriera nunca. El horario de Sor Asunción era una de las constantes de Santa Clara: igual de preciso que la calefacción y más confiable que el agua caliente. Cinco minutos antes significaban algo, aunque nadie en el comedor habría podido decir exactamente qué.
Nico lo notó.
Se sentó en su sitio habitual y siguió comiendo el pan con aceite con la normalidad que había aprendido a usar como escudo, pero desde ese escudo observó.
Sor Asunción fue a hablar con Sor Remedios.
Brevemente, de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas delante del cuerpo y la voz lo suficientemente baja para que nadie pudiera escuchar.
Sor Remedios asintió varias veces. Una vez dijo algo, y Sor Asunción negó con la cabeza con un movimiento pequeño y definitivo.
Luego Sor Asunción miró el comedor.
No a todos los niños. A uno específico.
La mirada duró menos de dos segundos. Pero Nico, que llevaba dos años aprendiendo a registrar lo que otros no registran, la vio.
Sor Asunción miraba hacia la ventana del baño del segundo piso.
Sabía que alguien había estado allí.
No sabía quién. O si lo sabía, no lo demostraba. Solo miraba el comedor con esa calma que era más peligrosa que la agitación porque la calma deja tiempo para pensar y planear.
Nico bajó los ojos al pan.
Esa tarde, en el patio, fue a buscar a Marta.
—Sor Asunción te busca —dijo en voz baja, de espaldas a la puerta del edificio.
—¿A mí?
—A quien estaba en la ventana del baño anoche. No sabe que eres tú. Pero lo está averiguando.
Marta siguió mirando al frente, hacia el árbol del rincón, como le había enseñado él.
—¿Cómo lo sabes?
—Esta mañana en el desayuno. La manera en que miró el comedor. —Nico metió la mano en el bolsillo y apretó el cuaderno—. A partir de ahora, si tienes que ir al baño de noche, usa el del primer piso. Nunca el del segundo.
—¿Y si ella ya sabe que fui yo?
—Si ya lo sabe, lo sabremos pronto. —Una pausa—. Y si lo sabemos, tenemos que hacer lo que tenemos que hacer antes de que ella haga lo que quiere hacer.
Marta lo miró de reojo.
—¿Qué tenemos que hacer nosotros?
Nico no respondió de inmediato.
—Salir —dijo.
Era la primera vez que decía esa palabra en voz alta.
* * *
Barcelona.
Sara llamó a Rubén mientras volvía al coche después de dejar a Dionisio Fernández-Larralde en manos de Prieto para el traslado a comisaría.
—Andrade está en Barcelona. AVE de las ocho y cuarenta y cinco. Llega a las once y veintidós a Sants.
—Son las diez y cuarenta y tres —dijo Rubén—. Llega en cuarenta minutos.
—Necesito que la brigada de Barcelona lo identifique en cuanto baje del tren. Que lo sigan sin detenerlo. —Una pausa—. Y necesito saber si tiene reserva de hotel o si tiene otro destino.
—¿Por qué Barcelona?
Sara pensó en lo que había dicho Antonio Saura en la casa de Murcia.
Tiene una hija. De su primer matrimonio. La chica vive con la madre en Barcelona. Tiene diecinueve años.
—Porque es lo único que tiene que perder —dijo—.
Y sabe que ya no puede terminar el trabajo.
La trampa de esta mañana le dijo que hemos movido a los supervivientes y que no sabe dónde están.
Y alguien, esta mañana, fue al despacho que usa como base a destruir los archivos.
Eso le dice que la estructura que lo protegía está en modo de autodestrucción.
—Va a por la hija.
—Puede. O va a despedirse. A veces un hombre en esa situación no busca un rehén, busca ver a alguien antes de que ya no pueda.
Silencio de Rubén.
—¿Y si es un rehén?
—Entonces la brigada de Barcelona interviene antes de que llegue a ella. —Sara arrancó el coche—. Necesito también la dirección de la madre. El apellido de la hija, si es el de la madre o el de Andrade, y la dirección de padrón.
—En eso estoy.
—Una cosa más. El hombre que hemos detenido esta mañana. Dionisio Fernández-Larralde.
—¿El hijo del vicario?
—Sí. Antes de dejarlo con su abogado ha dicho algo más. He tardado en sacárselo, pero lo he sacado.
—¿Qué?
—Esta noche hay una reunión. —Sara giró hacia la M-30—.
Castaño, Mendieta y otros. Fernández-Larralde no sabe el sitio exacto, dice que nunca le dicen el sitio con antelación.
Pero dice que la convocó Castaño esta mañana cuando se enteró de los movimientos de los últimos días. Que es una reunión de emergencia.
—¿Para qué?
—Para decidir qué hacer ahora que saben que los estamos cerrando. —Sara aceleró en la M-30—. Si conseguimos saber dónde es esa reunión antes de que empiece, podemos intervenirlos a todos juntos.
—¿Cómo conseguimos el sitio?
—Fernández-Larralde tiene el teléfono intervenido desde esta mañana, con lo que tiene la autorización del allanamiento como base. Si alguien le manda la dirección de la reunión, lo tenemos.
—¿Y si se comunican por canales que no podemos rastrear?
Sara pensó en el móvil de prepago. En la llamada de Herrera de cuarenta y un segundos. En la manera en que la estructura llevaba cuarenta años cambiando de capa cuando la anterior se volvía permeable.
—Entonces buscamos otra entrada. —Hizo una pausa—. ¿Herás sabe algo de esta reunión?
—Voy a llamarla ahora.
—Dile también lo de Barcelona. Que puede que necesitemos coordinar con la brigada de allí y que si eso pasa tiene que ser por canales que no pasen por la jefatura hasta que hayamos limpiado la filtración.
—¿Cuándo vuelves?
Sara miró el reloj. Las once menos veinte.
—Dos horas. —Hizo una pausa—. Rubén, el sobre que había en el despacho de Andrade. El que llevaba Fernández-Larralde con cuatro páginas dobladas.
—¿Qué hay dentro?
—No lo he podido leer todavía. ¿Puedes escanearlo y mandármelo?
—Lo tengo aquí. Dame un minuto.
Sara esperó con el teléfono en el manos libres mientras la M-30 se abría ante ella con el tráfico del sábado a mediodía, más ligero que entre semana, con esa fluidez específica de los sábados en que la ciudad funciona a otro ritmo.
El mensaje de Rubén llegó con cuatro archivos adjuntos.
Sara los abrió en el semáforo en rojo de la salida hacia la A-2.
Las cuatro páginas eran impresiones de correos electrónicos. Sin cabecera, sin datos del remitente ni del destinatario: alguien los había imprimido después de borrar los metadatos. Pero el contenido estaba intacto.
Eran instrucciones.
Instrucciones específicas, con fechas y nombres. Nombres que Sara reconoció: algunos de los supervivientes de la lista. Las instrucciones decían, sin utilizar nunca esa palabra, que esas personas debían ser «localizadas y neutralizadas» antes de una fecha concreta.
La fecha concreta era el domingo.
Mañana.
Sara leyó la última línea del último correo.
Confirma cuando el material documental esté destruido. Sin el material, el resto es testimonial y se puede gestionar.
El material documental.
El cuaderno de Nico.
—Rubén —dijo cuando volvió a llamarle—. Necesito que hagas algo que va a parecerte excesivo.
—¿Qué?
—El cuaderno. Donde lo dejé anoche. Necesito que vayas ahora mismo a comprobarlo.
—¿Crees que alguien sabe dónde está?
Sara pensó en las cuatro páginas de instrucciones. En la precisión con que alguien había organizado todo esto durante décadas. En la grabación de Herás, donde una voz decía el cuaderno del chico con la familiaridad de quien lleva tiempo sabiendo que existe.
—No lo creo. Pero necesito saberlo con certeza. —Hizo una pausa—. Tú eres la única persona que sabe dónde lo dejé además de mí.
—Dame veinte minutos.
—Tienes quince.
Colgó.
Siguió conduciendo.
El sábado de Madrid seguía siendo un sábado de Madrid, con sus coches y sus peatones y sus bares con las puertas abiertas y el sol prometiendo algo que no cumpliría hasta por la tarde.
Una ciudad que no sabía lo que estaba pasando debajo de su superficie, que nunca lo sabría del todo porque esas cosas ocurren en capas que la mayoría de la gente no tiene razón para mirar.
Pero a veces alguien mira.
A veces un niño de diez años se sienta en un banco del patio de un orfanato con un cuaderno verde en el bolsillo y decide que lo que pasa tiene que quedar escrito aunque nadie lo lea todavía.
Y eso, cuarenta y tres años después, era la diferencia entre que saliera o no saliera.
El teléfono vibró.
Era Marcos Ibáñez.
Sara lo cogió.
—¿Qué tienes?
—Andrade. —La voz del periodista tenía la energía específica de quien acaba de confirmar algo que llevaba esperando—. Lo tengo en Sants. Acaba de bajar del AVE.
Sara apretó el volante.
—¿Cómo sabes que estás en Sants?
—Porque fui yo quien me subí al tren en Atocha. —Una pausa—. Lo vi entrar en el andén cuando yo ya estaba en el vagón. Reconocí la descripción que me diste ayer. Y decidí que una periodista en un tren no llama tanto la atención como dos agentes de vigilancia.
Sara abrió la boca para decir algo sobre la diferencia entre un periodista siguiendo a un sospechoso de seis homicidios y cualquier cosa que pudiera considerarse una buena idea, y luego la cerró porque Marcos Ibáñez llevaba veintiocho años en el oficio y no necesitaba que le explicaran los riesgos.
—¿Dónde está ahora?
—Saliendo por la salida principal. Va a pie, sin prisa. —Pausa—. No lleva equipaje. Solo una bolsa pequeña de mano.
No había venido a quedarse.
—Síguelo pero no te acerques. —Sara cambió de carril—. Y Marcos. Si en algún momento parece que va a entrar en algún sitio cerrado, llámame antes de seguirle. No entres.
—¿Por qué?
—Porque es el sospechoso principal de seis asesinatos y los dos estamos mejor si hay distancia entre él y tú.
Silencio de Marcos.
—Cuándo lo dices así.
—Síguelo. Llámame cada cinco minutos aunque no pase nada.
Colgó.
Rubén llamó dos minutos después.
—El cuaderno está donde lo dejaste. Lo tengo en las manos.
Sara soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—Quédate con él. No lo sueltes hasta que yo llegue.
—¿Cuándo?
—Dos horas. Puede que menos. —Sara aceleró—. Y Rubén. Lo que voy a pedirte ahora va a parecerte todavía más excesivo que lo anterior.
—¿Qué?
—Llama a Herás. Dile que prepare la recusación para presentarla esta tarde, no el lunes. —Una pausa—. Y dile que necesitamos al fiscal que va a recoger el caso listo para reunirse esta noche.
—¿Esta noche?
—Esta noche hay una reunión de Castaño con su gente. No sé dónde todavía. Pero si la encontramos, necesitamos que haya un fiscal activo y sin conflicto de interés listo para firmar la orden de intervención en el momento en que la necesitemos.
—¿Tienes al fiscal?
—Herás lo tiene. Lleva tres meses preparándolo para exactamente este momento.
Colgó.
Miró la carretera.
El sábado seguía siendo sábado.
Pero el domingo estaba a pocas horas.
Y entre el sábado y el domingo había una reunión en algún sitio de Madrid donde los hombres que habían construido todo esto durante cuarenta años iban a intentar decidir cómo salvarse.
Sara tenía que estar en ese sitio antes de que lo decidieran.