Capítulo 22
Sábado
Sara no había vuelto a su piso.
Había pasado la noche en el despacho de Rubén, en el sofá de dos plazas que alguien había dejado allí hacía años y que había sobrevivido a tres subcomisarios sucesivos porque nadie recordaba de quién era y nadie quería cargar con el problema de tirarlo.
Era un sofá incómodo pero era un sofá, y con la caja de Nico bajo él y el abrigo como manta Sara había dormido tres horas y media que no la dejaron descansada pero que le habían dado suficiente para funcionar.
A las seis de la mañana del sábado hizo café.
A las seis y cuarto llamó a Vega.
—¿Listos?
—En veinte minutos estamos en posición.
—Bien. Nada en los canales de radio. Solo teléfono personal.
—Entendido.
A las seis y media llamó a Castillo.
—¿Tienes el coche?
—Aparcado en la calle Conde Duque desde anoche. Un Renault gris que no va a llamar la atención.
—Posición a las ocho y media. No antes.
Colgó.
Rubén llegó a las siete menos cuarto con una bolsa de cruasanes de la pastelería de abajo y la cara de alguien que había dormido menos que Sara y que había decidido que el azúcar era un sustituto razonable del sueño.
—Herrera entra a las seis —dijo mientras dejaba la bolsa en la mesa.
—Sé a qué hora entra Herrera.
—Ya ha consultado el sistema dos veces desde que llegó.
Sara lo miró.
—¿Ha accedido a la información del traslado?
—Una vez a las seis y ocho, otra a las seis y dieciséis. La segunda vez estuvo cuarenta y dos segundos en el registro. —Rubén cogió un cruasán—. Suficiente para leerlo con detalle.
—¿Ha llamado a alguien desde entonces?
—Ha salido a la calle a las seis y veinte. Los sistemas no registran llamadas desde el móvil corporativo, pero el personal es otro asunto.
—¿Puedes rastrearlo?
—Con una orden, sí. Sin orden... —Hizo una pausa—. He pedido un favor a alguien de comunicaciones que me debe tres.
—¿Cuándo sabes algo?
—Antes de las ocho.
Sara miró el reloj. Las siete menos diez.
Cogió un cruasán.
No porque tuviera hambre. Porque comer era lo que hacen los cuerpos cuando necesitan funcionar y el cuerpo de Sara llevaba cuatro días funcionando con café y voluntad.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, octubre de 1981
Nico escribió la entrada más larga del cuaderno la mañana después de la noche de los cuatro coches.
Lo hizo en el único momento del día en que nadie lo buscaba: el rato entre el desayuno y las clases, cuando los niños más pequeños iban al baño y los más mayores tenían un cuarto de hora de tiempo libre que cada uno empleaba a su manera.
Nico lo empleaba siempre de la misma manera desde hacía dos años: sentado en el rincón del pasillo del segundo piso donde la calefacción dejaba un punto de calor seco junto a la tubería, con el cuaderno en las rodillas y el bolígrafo apretado.
Escribió despacio.
No porque dudara de lo que quería escribir. Sino porque había aprendido que la velocidad produce errores y que los errores en el cuaderno eran el único lujo que no podía permitirse.
Noche del martes 13 de octubre de 1981. Aproximadamente la 1:30 de la madrugada.
Cuatro vehículos. Dos en la calle lateral por el lado norte, uno frente a la puerta de servicio, uno más alejado en la calle principal. Todos con faros apagados al llegar.
Matrículas parciales:
— Vehículo 1 (más cercano, frente a la puerta): M…71-BK. Oscuro, grande. Podría ser un Mercedes o un BMW de la gama alta. No pude ver el modelo completo.
— Vehículo 2 (calle lateral norte, primero): MA…4-CF. Claro, mediano. Posiblemente un Seat o un Renault.
— Vehículo 3 (calle lateral norte, segundo): No pude leer matrícula. Oscuro.
— Vehículo 4 (calle principal, alejado): Solo vi las dos últimas: …-PW. No sé más.
Escribió los detalles de los hombres que había podido observar.
Seis en total, pero solo tres con descripción útil: el que hizo guardia afuera, que era el que más había podido ver; uno que era muy alto, con el paso de alguien acostumbrado a moverse en espacios grandes; y uno que llevaba algo al hombro, una bolsa o una cartera, que al entrar por la puerta lateral lo cambió al otro brazo con el gesto específico de alguien que lo hace por costumbre.
Luego escribió el anillo.
El hombre que hizo guardia exterior salió a fumar aproximadamente a las 2:10.
Estuvo fuera entre ocho y diez minutos. Cuando pasó bajo la bombilla del patio al volver, pude ver claramente la mano derecha en el momento en que subía el cigarrillo hacia la boca.
En el dedo índice de la mano derecha lleva un anillo grande, con superficie plana, de metal oscuro que puede ser oro envejecido o plata.
La superficie plana tiene un relieve que he dibujado lo mejor que puedo a continuación.
Debajo del texto, el dibujo. Lo había hecho tres veces antes de que el resultado le pareciera suficientemente preciso: el animal rampante con la corona, las dos letras a los lados, la forma circular del engaste.
No sé a quién pertenece este escudo. Pero lo que sí puedo decir es que un anillo así no lo lleva cualquier persona. Es el tipo de joya que se hereda o que se compra con mucho dinero.
Siguió escribiendo.
Una observación que añado porque creo que puede ser importante: cuando el hombre de guardia entró de nuevo, lo hizo de manera rápida.
Antes de entrar miró hacia arriba. Hacia la ventana del baño del segundo piso.
Creo que vio algo, una sombra o un movimiento.
Si es así, alguien de este edificio lo vio desde esa ventana.
Nico no escribió el nombre de Marta. En el cuaderno nunca escribía nombres de los niños de Santa Clara. Solo los describía si era necesario.
Si alguien en este edificio vio lo que yo vi esta noche, eso es bueno. Cuantos más seamos que lo recordemos, mejor.
Cerró el cuaderno.
Lo metió en el bolsillo del pantalón.
Fue a clase.
* * *
A las siete y cincuenta y dos, el compañero de comunicaciones de Rubén mandó un mensaje.
Rubén lo leyó en voz alta para Sara:
—Herrera realizó una llamada de cuarenta y un segundos desde su móvil personal a las seis y veintitrés de esta mañana.
El número receptor es uno de prepago, registrado hace tres semanas, sin historial de actividad anterior.
—Hizo una pausa—. Pero la celda de la torre que gestionó esa llamada es la de la zona de Salamanca.
Sara levantó los ojos del café.
—El despacho de Andrade está en la calle Velázquez.
—Sí. En la zona cubierta por esa celda.
La cadena era completa: Herrera consultaba la información falsa del traslado, llamaba a un número de prepago en la zona de Salamanca donde estaba el despacho de Andrade, y Andrade recibía la instrucción de interceptar un traslado que no iba a ocurrir.
—¿Tenemos al compañero de comunicaciones como testigo de esto?
—Extraoficialmente, sí. Para que sea útil en un juzgado, necesitamos la autorización judicial que estamos tramitando. —Rubén miró el reloj—. Que llegará el lunes si tenemos suerte.
—Para el lunes ya no necesitamos al testigo de comunicaciones. Para el lunes necesitamos a Andrade detenido en flagrante. —Sara se levantó—. Llama a Vega y Castillo. Que tomen posición ahora. No a las ocho y media. Ahora.
Rubén marcó mientras Sara iba a la ventana.
La calle Leganitos desde el tercer piso, seis pisos más abajo de su perspectiva habitual.
Los sábados de marzo en Madrid tenían esa cualidad de ciudad a medio ritmo: menos tráfico que entre semana, más gente caminando sin prisa, los bares con las sillas todavía dentro porque la temperatura no animaba a la terraza pero con las puertas abiertas porque el sol prometía algo que no cumpliría hasta por la tarde.
Un día normal en una ciudad que no sabía lo que estaba pasando.
—Vega en posición —dijo Rubén—. Castillo tiene un problema de aparcamiento, cinco minutos.
—Dile que deje el coche en doble fila si hace falta.
* * *
Las nueve de la mañana pasaron.
Las nueve y cuarto.
Las nueve y media.
Nada.
Ningún movimiento en las inmediaciones de la jefatura que Vega o Castillo identificaran como sospechoso. Ninguna señal de Andrade. El BMW registrado a su nombre no había aparecido en ninguna cámara de la zona, según el técnico de tráfico que Rubén había activado sin pasar por los canales normales.
A las diez menos cuarto, Sara marcó el número de Vega.
—¿Algo?
—Nada. El tráfico es normal para un sábado. Nadie que encaje con la descripción de Andrade en un radio de dos manzanas.
Sara colgó.
Miró a Rubén.
—No viene.
—Puede que no haya recibido la información a tiempo.
—La recibió a las seis y veintitrés de la mañana. Ha tenido casi cuatro horas. —Sara fue a su silla—. No viene porque no va a venir aquí.
—¿Adónde va entonces?
Sara pensó en los cuarenta y siete segundos de la grabación de Herás. En la voz que decía el cuaderno del chico . En tiene hasta el domingo .
No estaban buscando a los supervivientes esta mañana.
Estaban buscando el cuaderno.
Y el cuaderno llevaba doce horas fuera del despacho, en un sitio que Sara no iba a decirle a nadie, que no había registrado en ningún sistema, que solo ella sabía.
—El cuaderno está a salvo —dijo Sara—. Pero Andrade no lo sabe. Lo que sabe es que en algún sitio hay documentación que puede hundir a Castaño, y que tiene hasta el domingo para hacerla desaparecer.
—¿Y si está buscando en el despacho ahora?
Sara miró el despacho. La mesa con los cafés y los cruasanes y el mapa y los papeles. La caja ya no estaba, pero los papeles sí. Las hojas de la lista de Nico con las matrículas. Las notas del bloc.
—El despacho —dijo.
Cogió el teléfono y llamó a los compañeros que seguían vigilando el edificio de Velázquez.
El primero descolgó al segundo tono.
—¿Está Andrade en el edificio?
—No lo hemos visto entrar por la puerta principal.
—¿Hay una entrada de servicio o un aparcamiento subterráneo?
Una pausa.
—Hay una rampa de acceso al garaje en la calle lateral. No la hemos cubierto.
Sara sintió el frío de los errores que se cometen cuando los recursos son insuficientes.
—¿Hay movimiento en el aparcamiento?
—No podemos verlo desde donde estamos.
—Id a la entrada del garaje ahora mismo.
Otro silencio, más breve.
—Aquí hay un coche —dijo el compañero—. Un Seat blanco. No es el BMW de Andrade.
—¿Matrícula?
Le dio la matrícula. Rubén la buscó mientras Sara seguía al teléfono.
—Alquilado ayer por la tarde —dijo Rubén—. A nombre de una empresa de eventos con domicilio en Alcobendas.
Otra sociedad pantalla. La misma manera de operar.
—¿Puede estar ya en el edificio?
—Voy a comprobarlo.
Sara esperó.
Quince segundos.
Veinte.
—Hay un hombre en el tercer piso —dijo el compañero, con la voz ligeramente más baja—. Ha forzado la puerta del despacho de Andrade Investigación y Seguridad. Estoy en el rellano. Lo estoy viendo a través del cristal de la puerta.
—¿Coincide con la descripción de Andrade?
—No. Este hombre es mayor. Sesenta y tantos años. Chaqueta oscura.
No era Andrade.
Era alguien más arriba en la cadena.
Alguien que había decidido que no podía esperar a que Andrade hiciera el trabajo.
—Detenedlo —dijo Sara.
—¿Con qué cargo?
—Allanamiento. Lo veis entrar en un despacho forzando la puerta. Eso es suficiente para detenerlo y llevarlo a comisaría. —Una pausa—. Y hacéis una foto antes de que sepa que estáis ahí. Necesito ver su cara.
—Entendido.
Sara colgó.
Miró a Rubén.
—Hay alguien en el despacho de Andrade buscando algo.
—¿Andrade?
—No. Alguien mayor. Sesenta y tantos. —Sara cogió el abrigo—. Voy para allá.
—¿Y la trampa de Leganitos?
—Cancélala. Dile a Vega y Castillo que se vayan. —Sara fue hacia la puerta—. El movimiento no está aquí. Está en Salamanca.
Mientras bajaba las escaleras, el teléfono vibró.
Era el compañero de Velázquez.
Le había mandado una foto.
Sara la abrió mientras empujaba la puerta del garaje.
La imagen era borrosa, tomada a través de un cristal y con poca luz. Pero era suficientemente nítida para ver la cara del hombre que estaba de pie en el despacho de Andrade con una carpeta en las manos.
Sara se detuvo en el garaje.
La cara era la de un hombre que ella había visto antes.
No en el caso.
En los periódicos. En las noticias. En los actos institucionales que se emiten por protocolo en los canales de televisión generalista.
Era una cara que la mitad de España conocía aunque no supiera que la conocía, porque era la cara de uno de esos hombres que llevan tanto tiempo en el paisaje institucional que se han vuelto parte del fondo, como el edificio del Congreso o el escudo de la Guardia Civil, algo que está ahí y que ha estado siempre y que nadie se pregunta por qué.
Sara llamó a Rubén mientras corría hacia el coche.
—El hombre del despacho de Andrade.
—¿Lo tienes?
—Te mando la foto ahora. Dime si coincide con lo que tiene Herás sobre los intermediarios de Castaño.
Mandó la foto.
Rubén tardó cuatro segundos.
—Sara.
—¿Qué?
—Ese hombre no está en los archivos de Herás.
—¿Estás seguro?
—Completamente. —Una pausa—. Pero está en otro archivo. El de la Diócesis de Madrid. El que encontraste al principio del caso. —Una pausa más larga—. Es el hijo del vicario que firmó la carta de 1984. La carta que pedía discreción absoluta sobre Santa Clara.
Sara arrancó el coche.
El hijo del vicario. La Iglesia, cuarenta años después, todavía en la cadena.
—No lo sueltes —le dijo al compañero de Velázquez cuando lo llamó de vuelta—. Que espere en el coche patrulla hasta que llegue yo.
Salió del garaje a la calle.
El sábado de marzo seguía siendo un sábado normal en Madrid.
Pero debajo de esa normalidad, algo que llevaba cuarenta años enterrado estaba saliendo a la superficie con la urgencia de las cosas que ya no pueden quedarse donde están.