Capítulo 21
La trampa
A las ocho de la noche del viernes, el despacho de la tercera planta tenía cuatro personas, dos cafés de máquina, un mapa de Madrid desplegado sobre la mesa de Rubén y una tensión específica de los preparativos que no pueden fallar porque no hay una segunda oportunidad si fallan.
Los dos compañeros de Rubén se llamaban Vega y Castillo.
Eran de la brigada de Vigilancia, llevaban ocho y once años respectivamente en la jefatura, y tenían en común esa manera de estar en las habitaciones que tienen los buenos vigilantes: presentes sin ocupar demasiado espacio, atentos sin parecer tensos.
Rubén los había llamado con una formulación que Sara reconoció como la que se usa cuando necesitas que alguien haga algo sin preguntarte demasiado: te debo un favor gordo, esto es urgente y no puede pasar por los canales normales.
Los dos habían venido.
Sara los puso al tanto en doce minutos. El orfanato, la lista, los seis muertos, Andrade, Herrera, la trampa. No todo: lo suficiente para que entendieran qué papel jugaban y por qué era necesario que ese papel no quedara registrado en ningún sistema oficial hasta que el caso estuviera cerrado.
Vega escuchó sin interrumpir. Cuando Sara terminó, preguntó una sola cosa:
—¿Cuántos de los nuestros están implicados?
—Uno confirmado. Posiblemente más que todavía no hemos identificado.
Vega asintió como quien recibe una respuesta que no le gusta pero que ya esperaba.
—¿Qué necesitáis de nosotros?
Sara desplegó el mapa.
—Mañana a las ocho y cuarenta y cinco necesito dos coches sin identificar en estas posiciones.
—Señaló dos puntos en la calle de Leganitos, uno a cada extremo del bloque donde estaba la jefatura—.
La información falsa que tiene Herrera dice que el traslado de los supervivientes a la jefatura empieza a las nueve.
Si Andrade va a interceptar ese traslado, tendrá que estar en posición antes.
—¿Cuántos hombres cree que trae?
—No lo sé. Puede que venga solo. Puede que no.
—Sara miró el mapa—. Para lo que ha hecho hasta ahora ha trabajado solo.
Pero esto es diferente: interceptar un traslado de doce personas requiere más recursos que una inyección en un piso vacío.
—Hizo una pausa—. O cambia el método. O se da cuenta de que la información es falsa antes de actuar.
—¿Y si se da cuenta?
—Si se da cuenta, lo seguimos hasta donde vaya a continuación. Y ese lugar nos lleva a alguien.
Castillo había estado mirando el mapa sin decir nada.
—¿Qué hacemos si actúa? —preguntó.
—Lo detenéis. Con todo lo que tengamos en ese momento más las pruebas que ya hemos construido. —Sara los miró a los dos—. No lo dejéis escapar.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, enero de 1982
Miguel no durmió la noche que Marta escapó.
No fue por ella. O no solo por ella. Fue porque las noches en que venían los coches eran noches en que el sueño nunca llegaba del todo, en que la mente se quedaba en ese estado intermedio donde los sonidos del edificio adquieren un significado que de día no tienen.
Estaba en la cama mirando el techo cuando oyó el crujido de la escalera.
Reconoció los pasos: ligeros, del tipo que hacen los niños que aprenden a moverse sin hacer ruido en los sitios donde el ruido tiene consecuencias.
Se los había oído a Marta durante semanas, cada vez más controlados, cada vez más seguros.
Esta vez se alejaban hacia abajo.
Miguel se levantó.
Fue a la ventana.
El patio en la oscuridad de la luna nueva, exactamente lo que él había pensado cuando le dijo lo de la luna nueva, sin saber si ella lo escuchaba o si lo descartaba o si ya lo sabía. La verja al fondo, apenas visible desde el segundo piso como una línea oscura sobre otra oscuridad.
Una figura pequeña cruzó el patio.
Despacio al principio, luego más rápido. Llegó a la verja. Se detuvo un momento. Luego empujó desde la derecha hacia la izquierda, como él le había dicho, y la verja se abrió.
La figura salió.
La verja quedó entreabierta.
Miguel la miró desde la ventana durante un momento. Luego fue a la cama y se tumbó.
No cerró los ojos en toda la noche.
A la mañana siguiente, en el desayuno, Sor Remedios anunció que la niña del tercero B había desaparecido durante la noche y que si alguien sabía algo debía comunicárselo a Sor Asunción inmediatamente. Nadie dijo nada.
Miguel comió su pan con aceite sin mirar a nadie.
Por la tarde, Sor Asunción lo llamó a su despacho.
Cerró la puerta.
Lo miró durante un momento con esos ojos transparentes que veían las cosas desde un ángulo que no era el habitual.
—¿Sabes algo de la niña?
—No —dijo Miguel.
Sor Asunción lo miró un momento más. Luego asintió despacio.
—En marzo te vas —dijo, y en esas tres palabras estaba todo lo que no necesitaba decirse entre ellos.
Miguel salió del despacho.
En el pasillo, se detuvo un momento con la mano en la pared, como si necesitara sujetar algo para no moverse, para quedarse quieto en ese punto exacto entre lo que había sido y lo que iba a ser.
Luego siguió caminando.
* * *
Herás llegó al despacho a las nueve y cuarenta de la noche.
No había avisado. Vega y Castillo la miraron cuando entró con esa atención automática de los vigilantes ante cualquier presencia nueva, y Rubén hizo un gesto mínimo que decía es de los nuestros antes de que ninguno de los dos pudiera preguntar.
Herás miró el mapa sobre la mesa. Miró a Sara.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
Fueron al pasillo.
Herás sacó el móvil. No el corporativo: un teléfono más antiguo, de los que ya casi nadie usa, con la carcasa rayada por el uso.
—Esta mañana, antes de que me dijeras que me moviera, tuve una reunión. —Hizo una pausa—. No era una reunión programada. Me llamó alguien que lleva meses siendo mi fuente indirecta para los movimientos financieros de Castaño. Me dijo que necesitaba verme urgentemente.
—¿Quién?
—No importa su nombre ahora mismo. Importa lo que me dijo.
—Herás desbloqueó el móvil—. Activé la grabación antes de entrar en el café donde quedamos.
Tres minutos y cuarenta y dos segundos. La mayor parte es ruido de fondo, conversación normal de cafetería.
Pero hay un fragmento de cuarenta y siete segundos en el que la persona que estaba conmigo recibió una llamada de alguien y habló cerca del micrófono sin saber que estaba grabando.
Sara miró el teléfono.
—¿Cuarenta y siete segundos?
—Suficientes. —Herás le pasó el auricular que había sacado del bolsillo—. Escucha.
Sara se puso el auricular.
Herás pulsó play.
El audio tenía la calidad típica de una grabación hecha con un móvil en un entorno ruidoso: el murmullo de fondo de las conversaciones de la cafetería, el sonido de tazas y de la máquina de café, y por encima de todo eso, una voz masculina que hablaba en tono bajo pero suficientemente cerca del micrófono para que las palabras se entendieran.
La voz decía: —No. El problema es que han movido a los testigos y no sabemos dónde están.
—Una pausa de tres o cuatro segundos—. Sí, los de la lista.
—Otra pausa—. Eso no importa ahora, lo que importa es que el material de Madrid tiene que desaparecer antes del lunes.
Si el material llega a la Fiscalía el lunes, el martes ya no podemos hacer nada.
—Pausa—. El cuaderno. El cuaderno del chico.
Y luego, en un tono ligeramente diferente, más bajo, como si la persona hubiera girado la cabeza hacia un lado:
—Dile a Andrade que tiene hasta el domingo.
Y ahí terminaba el fragmento útil. El resto era ruido y la voz de la fuente de Herás diciendo algo ininteligible.
Sara se quitó el auricular.
— El cuaderno del chico. —Miró a Herás—. Saben que existe. Y saben que lo tenemos.
—Sí. —Herás guardó el móvil—. Lo que no saben es dónde está exactamente. Si supieran que está aquí, en este despacho, ya habrían actuado.
—¿La voz es de Castaño?
—No. —Herás dudó un momento—. Es de alguien de su entorno inmediato. Alguien con quien habla directamente, sin intermediarios. Lo que significa que sea quien sea, tiene acceso directo a Castaño. —Otra pausa—. Pero no es Castaño.
Sara pensó en Mendieta Casal.
—¿Lo reconoces?
—No con certeza. He escuchado la grabación seis veces esta tarde. Hay algo en el tono que me resulta familiar pero no puedo ubicarlo. —Herás la miró—. Por eso necesitaba que lo escucharas tú también.
Sara pensó.
—Mañana, antes de que empiece la trampa, necesito que Rubén escuche esto.
—¿Por qué Rubén?
—Porque Rubén lleva cuatro días dentro de este caso escuchando voces de gente que está al otro lado. Si hay algo que reconocer, él tiene más contexto que yo. —Sara cogió el móvil de Herás—. ¿Puedes mandármelo a este número?
Le dictó un número que no era el suyo oficial. Herás lo anotó.
—Tengo el documento de recusación preparado —dijo Herás mientras guardaba el móvil—. ¿Lo presento mañana?
—Después de la trampa. Si la trampa funciona y tenemos a Andrade, la recusación puede esperar hasta el lunes. —Sara la miró—. Si la trampa falla, preséntalo antes de que alguien use lo que saben sobre ti para tumbar el caso.
Herás asintió.
—¿Y esta noche?
—Esta noche descansas. —Sara señaló el despacho—. Nosotros terminamos de preparar los detalles.
Herás fue hacia el ascensor.
Se detuvo antes de llegar.
—Sara.
—¿Qué?
—La grabación. El fragmento donde habla de que el material tiene que desaparecer. —Herás no se giró del todo—. Eso incluye el cuaderno. Y el cuaderno está aquí. —Una pausa—. Deberías moverlo esta noche.
Sara miró la caja sobre la mesa de su despacho.
—Lo sé.
Herás entró en el ascensor.
La puerta se cerró.
* * *
A medianoche, el despacho estaba vacío salvo por Sara y Rubén.
Vega y Castillo se habían ido con las instrucciones del día siguiente. Las posiciones, los horarios, la señal que indicaría el momento de actuar.
Rubén había escuchado la grabación dos veces con los auriculares y la tercera sin ellos, con el audio directo del móvil de Sara, porque a veces el cerebro procesa mejor sin el filtro del auricular.
A la tercera escucha levantó la cabeza.
—La voz.
Sara lo miró.
—¿La reconoces?
—El tono. La manera de pronunciar la erre. —Rubén hizo una pausa—. Es una particularidad articulatoria, no es un rasgo que se memorice de manera consciente, pero cuando la has oído antes en un contexto diferente...
—¿Cuándo la oíste?
Rubén miró el techo.
—Esta semana. —Otra pausa—. El lunes o el martes. En una llamada. —Hizo una pausa más larga—. Sara, ¿tienes el parte de la primera intervención en el piso de Lavapiés? El parte original, con los nombres de todos los agentes y los testimonios.
Sara fue al ordenador.
Buscó el parte.
Lo abrió.
Rubén leyó desde detrás de su hombro.
Fue bajando con el dedo por la pantalla hasta el apartado de Testimonios recabados en el lugar de los hechos .
Se detuvo.
—El guardia del depósito de grúas —dijo—. El que encontró el cuerpo en la furgoneta del primer caso de la serie, antes de que llegara Vidal. El que llamó al forense Buendía porque lo conocía de otra ocasión.
Sara lo recordó. El primer caso al que había ido antes de recibir el sobre de Vidal. La furgoneta en el depósito de Mediodía II.
—¿Qué pasa con él?
—Llamé a ese hombre el primer día para verificar un detalle del parte. Hablamos dos minutos. —Rubén señaló el parte en la pantalla—. Su nombre es Romeo García Andreu. Y tiene la misma manera de pronunciar la erre que la voz de la grabación.
Sara lo miró.
—Un guardia jurado del depósito de grúas.
—Un guardia jurado que encontró el cuerpo antes de que llegara nadie, que llamó directamente al forense de la brigada saltándose el protocolo, y que fue el primero en avisarnos del caso.
—Rubén hizo una pausa—. El primer eslabón de la cadena que nos llevó al sobre de Vidal, a la lista y a todo lo demás.
Sara pensó en eso durante un momento.
Una voz en una grabación. Una particularidad articulatoria. Un guardia de depósito de grúas que había iniciado el caso llamando al forense correcto en el momento correcto.
No era suficiente.
Era demasiado para ignorarlo.
—Mañana, después de la trampa —dijo Sara—, vamos a hablar con Romeo García Andreu.
—¿Y esta noche?
Sara cogió la caja de Nico de la mesa.
—Esta noche, esto deja de estar aquí.
Rubén no preguntó adónde iba. Lo que importaba era que no estuviera donde alguien con el cuaderno del chico y hasta el domingo pudiera encontrarlo.
Sara cogió el abrigo.
Salió del despacho.
En el ascensor, con la caja entre los brazos, pensó en los cuarenta y siete segundos de audio. En la voz que decía dile a Andrade que tiene hasta el domingo. En que el domingo estaba a dos días.
Y en que entre ese momento y el domingo tenían que hacer funcionar una trampa, detener a un asesino, identificar una voz, proteger a treinta y un supervivientes y construir un caso lo suficientemente sólido para que cuarenta años de silencio no lo derribaran.
El ascensor se abrió en el garaje.
Sara salió hacia su coche.
La caja de Nico iba con ella.