Capítulo 20
Toledo
Silencio.
Volvió a llamar.
—Policía. Abra la puerta. —Lo dijo en el tono de quien tiene práctica en hacer que las instrucciones suenen inevitables.
Treinta segundos.
Luego el sonido de un cerrojo. Luego otro. Luego el de una cadena de seguridad que alguien descorrió muy despacio, como si necesitara ese tiempo extra para decidir si de verdad iba a abrir.
La puerta se abrió cinco centímetros.
Un ojo en la rendija. Luego la cadena descorrida del todo y la puerta abriéndose hasta el fondo.
El hombre del número siete se llamaba, según el registro, Fernando Crespo Alcántara.
Tenía cuarenta y nueve años y los aparentaba con ese exceso de los hombres que han vivido bajo tensión durante mucho tiempo: el pelo gris prematuro, las arrugas profundas alrededor de los ojos, la postura ligeramente encogida de quien ha aprendido a ocupar el menor espacio posible en los sitios donde está.
Miró a Sara.
—Tomás Vidal —dijo ella.
Él asintió y se apartó para dejarlos pasar.
El piso era pequeño y estaba oscuro. Las persianas bajadas hasta la mitad, las luces apagadas, la televisión encendida sin volumen en una cadena de noticias que emitía imágenes de un incendio en algún lugar que no era España.
Fernando Crespo vivía en ese piso con la precaución de alguien que lleva años intentando que desde fuera parezca que no hay nadie dentro.
Sara fue directo al punto.
—Hay alguien que viene hacia aquí. Llegará en menos de ocho minutos. —Lo dijo sin suavizarlo porque el suavizado costaba tiempo y el tiempo era exactamente lo que no tenían—. Necesito que salga ahora por la puerta trasera del edificio, si hay una, o que baje con nosotros y entre en mi coche.
Fernando Crespo la miró.
—¿Quién viene?
—Javier Andrade.
El nombre le hizo algo en la cara. No sorpresa. Reconocimiento. El reconocimiento de alguien que ha estado esperando ese nombre durante mucho tiempo y que cuando por fin lo oye no siente alivio sino la confirmación de lo que peor había imaginado.
—¿Cómo sabe dónde estoy?
—Lo buscó en los registros de su base de datos hace dos días. —Sara miró el reloj—. Tenemos seis minutos.
Fernando Crespo miró el piso a su alrededor como hace la gente cuando tiene que dejar un sitio rápido: buscando las cosas que no puede dejar y que puede cargar.
En su caso fue rápido porque había pocas cosas que le importaran y probablemente ya sabía cuáles eran.
Cogió una mochila del armario del recibidor que estaba medio preparada, como la de alguien que lleva semanas teniendo esa bolsa lista porque sabe que puede necesitarla en cualquier momento.
—Hay una salida trasera —dijo—. Da al callejón de detrás. Pero si él conoce el edificio...
—No conoce el edificio. Tiene una dirección. No ha estado aquí antes.
—¿Cómo lo sabe?
Sara no perdió tiempo en explicar los alquileres de coches y los vuelos y los registros del Colegio de Detectives. Lo sabía y bastaba.
—Vamos —dijo.
* * *
La salida trasera era una puerta de servicio en el sótano que daba a un callejón de dos metros de ancho entre el edificio y la medianera del siguiente bloque.
El callejón conectaba con una calle lateral que en Toledo, con su trama medieval, podía llevar en cualquier dirección dependiendo de qué giro tomaras.
Sara salió primero, con la mano en el abrigo sobre la pistola que llevaba en la sobaquera desde el martes por la mañana. El callejón estaba vacío. Olor a cubo de basura y a piedra mojada.
Detrás de ella, Fernando Crespo con la mochila. Detrás, los dos agentes de Morales.
Sara llamó a Rubén mientras caminaba.
—¿Dónde está?
—Acaba de aparcar en la calle de San Cipriano. A doscientos metros del edificio.
Doscientos metros en un casco histórico con calles de cuatro metros de anchura eran dos minutos, quizás menos.
—¿Mis compañeros?
—A cincuenta metros de él, a pie, desde que aparcó.
—Diles que no lo pierdan pero que no lo detengan todavía. Quiero verle la cara cuando llegue al portal y vea que no hay nadie.
Salieron del callejón a la calle lateral. El coche de Sara estaba a cuarenta metros, en la calle principal, con la sirena apagada y las puertas sin seguro porque así la había dejado.
Metió a Fernando Crespo en el asiento trasero.
Los dos agentes de Morales se quedaron fuera.
—Usted dos, volved al portal. Quedaos en la entrada pero hacia adentro, que no se os vea desde la calle. Si entra, identificadle. No lo detengáis, dejad que llegue al ascensor, y entonces identificadle.
Los agentes intercambiaron una mirada.
—¿Para qué si ya sabe que no hay nadie?
—Porque quiero saber cómo reacciona cuando sabe que llegó tarde. —Sara se metió en el coche—. Y quiero que lo sepa.
Cerró la puerta.
Arrancó despacio, sin sirena, sin faros encendidos, deslizándose por la calle lateral hacia la siguiente manzana.
Rubén en el auricular:
—Está en el portal.
Sara aparcó en una plaza a una manzana, desde donde no podía ver el portal del edificio de Fernando Crespo pero desde donde podía ver a uno de los compañeros de Rubén que había seguido a Andrade y que ahora estaba en la esquina de la calle de San Cipriano fingiendo consultar el teléfono.
—Ha llamado al telefonillo —dijo Rubén—. Nadie responde. Ha llamado otra vez.
Silencio de veinte segundos.
—Está mirando el edificio. —Otra pausa—. Mis compañeros dicen que no parece nervioso. Parece... calculando.
Sara lo imaginó. Javier Andrade, que había sido Miguel en otro siglo, delante de un portal de Toledo con la información de que su objetivo estaba en el tercero B y sin respuesta al telefonillo. Calculando si el objetivo había salido, si había sido avisado, si había un error en los datos.
—Ha entrado —dijo Rubén—. Alguien del primero le ha abierto.
Los agentes de Morales en el portal.
Treinta segundos.
—Ha subido al tercero. Mis compañeros lo ven en el telefonillo de la planta. —Una pausa—. Ha llamado a la puerta.
Sara miró por el parabrisas. La plaza medieval de Toledo con su adoquinado irregular, un par de turistas con abrigo tomando fotografías de una iglesia.
—Ha llamado dos veces. —La voz de Rubén tenía la calidad de quien transmite en tiempo real lo que alguien le está susurrando por teléfono—. Ahora hay movimiento en el rellano. Los agentes de Morales se han identificado.
Sara esperó.
—Lo tienen. —Una pausa—. Ha mostrado documentación del Colegio de Detectives. Ha dicho que venía a ver a un cliente. —Otra pausa—. Los agentes le dicen que el piso está vacío y que si quiere presentar una denuncia puede acompañarlos a comisaría.
—¿Cómo reacciona?
—Con calma. Dice que debe de haberse equivocado de dirección. —Rubén hizo una pausa—. Está bajando.
Sara encendió el motor.
—¿Sale del edificio?
—Sí. Va hacia su coche.
—Diles a tus compañeros que lo sigan hasta que salga de Toledo. Que tomen nota de todo: dirección, paradas, cualquier contacto. Y que luego lo dejen.
—¿Lo dejamos marchar?
—Por ahora sí. —Sara miró el retrovisor. La plaza vacía detrás de ella—. Sabe que llegó tarde. No sabe por qué. No sabe si fue un aviso o una casualidad. Y esa incertidumbre es lo más valioso que tenemos ahora mismo.
—¿Por qué?
—Porque un hombre que no sabe si está quemado o si solo tuvo mala suerte toma decisiones diferentes a uno que sabe con certeza que lo están mirando. —Sara metió primera—. Y las decisiones que toma cuando no sabe son las que nos van a llevar hasta Castaño.
Silencio de Rubén durante unos segundos.
—¿Y Fernando Crespo?
Sara miró por el retrovisor interior al hombre del asiento trasero, que había escuchado todo sin decir nada con esa quietud de los que han aprendido que escuchar sin intervenir es una forma de supervivencia.
—Señor Crespo. ¿Puede quedarse unos días fuera de Toledo?
—Tengo un primo en Cuenca.
—Cuenca está bien. —Sara sacó una tarjeta y se la pasó por encima del reposacabezas—. Llámeme cuando llegue. A ese número y solo a ese.
Fernando Crespo cogió la tarjeta.
La miró.
—¿Cuánto tiempo más va a durar esto?
Era la misma pregunta que le había hecho Mónica Arenas en Getafe. La misma pregunta que probablemente estaban haciéndose en este momento los doce supervivientes reubicados en hoteles y casas de familiares en distintos puntos de España.
—Poco —dijo Sara.
No era una promesa. Era una intención. Pero lo dijo con el tono de las cosas que se dicen cuando se tienen suficientes piezas para creer que el final ya no está en el horizonte sino a la vuelta de la esquina siguiente.
* * *
Rubén la llamó mientras volvía por la A-42.
—El BMW de Andrade va hacia Madrid.
—¿Tus compañeros lo siguen?
—Hasta la autovía. A partir de ahí, lo perdemos. No tenemos recursos para seguirlo hasta Madrid sin que lo note.
—No hace falta. Sé adónde va.
—¿Adónde?
—A buscar nuevas instrucciones. Llegó tarde en Toledo y no sabe por qué.
Eso significa que alguien tiene que decirle qué hacer ahora.
—Sara aceleró hasta situarse en el carril izquierdo—.
Quiero que los dos compañeros que tienes en la calle Velázquez estén ahí cuando llegue.
Y que cuando entre en el edificio, uno de ellos suba y escuche lo que pueda escuchar sin entrar.
—Sara, eso no es legal sin una orden.
—Lo que escuchen en el rellano es espacio público. —Una pausa—. Y necesito saber si hace una llamada desde el despacho antes de que empiece lo que tiene que empezar mañana.
—¿Qué empieza mañana?
Sara miró la carretera. La llanura de la Sagra, plana y fría, con los primeros silos de la periferia industrial de Madrid apareciendo en el horizonte.
—La trampa de información que pusimos esta mañana. El traslado de supervivientes a la Jefatura Superior que no va a ocurrir. —Hizo una pausa—. Herrera lo va a pasar. Y quien lo reciba va a pasárselo a Andrade. Y mañana por la mañana alguien va a intentar interceptar un traslado que no existe.
—¿Y nosotros?
—Nosotros vamos a estar esperando donde deberían estar los supervivientes.
—Sara veía ya los primeros carteles de Madrid—.
Y en ese momento vamos a tener a Andrade con las manos en la masa, a Herrera como eslabón documentado de la cadena, y suficiente material para que Herás, aunque se haya recusado, pueda pasarle el caso a alguien que lo lleve a juicio.
Silencio de Rubén.
—Es un plan que depende de muchas cosas saliendo bien al mismo tiempo.
—Lo sé.
—¿Y si algo falla?
Sara pensó en el cuaderno de Nico. En treinta y ocho años de letra apretada y fechas en el margen y la disciplina de un niño de diez años que había decidido que las cosas que pasan tienen que quedar escritas aunque nadie las lea todavía.
—Si algo falla, seguimos. —Lo dijo sin dramatismo, como un hecho—. Llevamos cuarenta años fallando en esto de una manera u otra. Un fallo más no es el final.
Rubén no dijo nada durante un momento.
—Estoy en el despacho —dijo finalmente—. Te espero.
—Dame una hora.
Colgó.
Sara condujo los últimos kilómetros hacia Madrid con el silencio del coche y la luz fría de la tarde de marzo entrando por el parabrisas.
Pensó en Fernando Crespo camino de Cuenca con su mochila medio preparada.
En Mónica y Nico en la casa del callejón de las Monjas en Brihuega.
En Antonio Saura con su higuera en el patio y su decisión tardía pero real de no quedarse callado.
En Herás, que era Marta, que había cruzado una verja de hierro en el invierno de 1982 con diez años y el frío cortándole la garganta y que cuarenta años después seguía corriendo, aunque ahora lo hacía con traje oscuro y carpetas cifradas en servidores externos.
Y en Javier Andrade, que había sido Miguel, que había dicho solo sal a una niña en un pasillo de orfanato y que décadas después estaba cruzando la meseta hacia Madrid en un BMW de alquiler con seis muertes a sus espaldas y la incertidumbre de un hombre que no sabe si el suelo que pisa todavía es firme.
La salida de Madrid por la A-42 apareció en el horizonte.
Sara tomó el carril.