Capítulo 19
Javier Andrade
La autovía de vuelta a Madrid tenía el tráfico del mediodía y Sara condujo con el manos libres durante la mayor parte del trayecto, recibiendo información de Rubén en fragmentos mientras él la buscaba y ella la ordenaba en la cabeza con la precisión mecánica de quien lleva cuatro días sin dormir bien pero que ha aprendido que la fatiga tiene un techo y que por encima de ese techo el cerebro funciona de otra manera, más estrecha pero más enfocada.
—¿Clientes?
—Los que aparecen en los contratos públicos son bufetes de abogados, dos compañías de seguros y una gestora de patrimonio. Todo legal, todo documentado. —Rubén hizo una pausa—. Los clientes que no aparecen en ningún sitio son otro tema.
—¿Puedes rastrearlos?
—Estoy en ello. Hay movimientos bancarios en la cuenta de la empresa que no corresponden a ningún contrato registrado.
Pagos en efectivo ingresados en ventanilla, varios en el mismo mes, que en conjunto superan los límites de declaración pero que individualmente están por debajo del umbral de alerta.
Alguien sabía exactamente cómo estructurarlos.
—¿De cuánto dinero hablamos?
—En los últimos doce meses, unos ochenta mil euros en ingresos no justificados. —Otra pausa—. Es una estimación conservadora. Puede que haya más en cuentas que todavía no hemos encontrado.
Sara pensó en eso. Ochenta mil euros en doce meses, en efectivo, sin contrato. El precio de seis vidas. O el precio de seguir siendo alguien a quien un hombre con el poder de Valentín Castaño considera útil y necesario.
—Los vehículos.
—Tiene un BMW a su nombre, matriculado en 2021.
Pero en los últimos diez días hay tres alquileres distintos a su nombre en diferentes empresas: un Skoda en Madrid, un Opel en Málaga y un Seat en Bilbao.
—Rubén hizo la pausa del hombre que está a punto de decir algo importante—.
Los períodos de alquiler coinciden exactamente con las fechas de las muertes en esas ciudades.
—¿Exactamente?
—El Skoda, alquilado el lunes por la tarde, devuelto el martes por la mañana.
El Opel, alquilado el lunes por la noche en Málaga, devuelto el martes antes de mediodía.
—Una pausa—. Sara, la logística de eso implica un vuelo de Madrid a Málaga entre la muerte de Vidal y la de Soler.
He buscado en los registros de Iberia y Vueling.
Hay un billete a nombre de Javier Andrade en el vuelo de las 23:45 del lunes desde Barajas a Málaga.
—¿Y de vuelta?
—Vuelo de las 8:10 del martes de Málaga a Madrid.
Vidal muerto el lunes por la noche en Madrid. Vuelo a Málaga en el último vuelo del día. Soler muerto antes del amanecer del martes. Vuelo de vuelta a primera hora.
No era un ángel de la muerte con poderes sobrenaturales. Era un hombre metódico con billetes de avión y coches de alquiler y el conocimiento preciso de cómo moverse entre ciudades en el menor tiempo posible.
—¿Tiene acceso a bases de datos de detectives privados?
—Sí. El Colegio Oficial de Detectives Privados le da acceso a varios sistemas de localización de personas: registro de vehículos, padrones históricos, datos de contacto de fuentes abiertas.
—Rubén hizo una pausa—. Y en los últimos dos días ha realizado búsquedas en esos sistemas con nombres de personas que están en la lista de Tomás Vidal.
Sara apretó el volante.
—¿Cuántos nombres?
—Tres. El número siete, el número doce y el número diecinueve. —Rubén le dio las búsquedas con la precisión de los datos en pantalla—. Las tres búsquedas son de ayer y de anteayer. Antes de que nosotros localizáramos y moviéramos a los supervivientes.
—¿Tenemos sus ubicaciones actuales?
—Las que tenía él cuando buscó, que pueden no coincidir con donde están ahora. El siete vive en Toledo. El doce, en Valladolid. El diecinueve, en Palma de Mallorca.
Sara miró la carretera. Los carteles de la A-30 señalando el desvío hacia Albacete.
—¿Los hemos movido?
—El doce y el diecinueve están entre los doce que reubicamos anoche. El siete se negó a moverse.
—¿Sabes si todavía está en Toledo?
—La última vez que lo contactamos, hace cuatro horas, estaba en su casa. Le hemos pedido que no salga pero no podemos obligarle.
Sara calculó. Toledo estaba a setenta y un kilómetros de Madrid. Con el tráfico de mediodía, cuarenta y cinco minutos. Si Andrade había buscado la dirección del número siete ayer, podía estar en camino ahora.
—Manda una patrulla a Toledo. No que llamen a la puerta: que estén en la calle, visibles, con instrucción de no dejar entrar a nadie que no sea del edificio. —Una pausa—. Y que no usen los canales normales. Que lo coordines tú directamente con alguien de confianza en la brigada de Toledo.
—Entendido. ¿Y Andrade?
Sara tomó la decisión antes de terminar de pensarla, que era la manera en que se tomaban las decisiones cuando no había tiempo suficiente para pensarlas del todo.
—Vigilancia. No lo detenemos todavía.
—¿Por qué no?
—Porque lo que tenemos es suficiente para detenerlo.
No es suficiente para mantenerlo detenido más de setenta y dos horas sin que sus abogados lo saquen.
Y si lo soltamos, lo quemamos. —Sara adelantó a un camión—.
Pero si lo seguimos y lo pillamos en el siguiente intento, tenemos el caso completo.
Y tenemos la posibilidad de que nos lleve hasta Castaño de manera directa.
—Es un riesgo.
—Lo sé. —Hizo una pausa—. Por eso necesito vigilancia que no esté en el sistema oficial. Nada que pueda ver Herrera.
Rubén tardó en responder.
—Tengo dos personas. Compañeros de otra brigada que me deben un favor y que no están en ningún papel relacionado con este caso.
—Ponlos en la calle Velázquez ahora mismo.
—¿Y si sale?
—Que lo sigan. Y que me llamen antes de que llegue a donde vaya.
* * *
Santa Clara de Miraflores — Madrid, enero de 1982
La última vez que Marta habló con Miguel fue en enero, tres semanas antes de que ella cruzara la verja.
No fue una conversación larga. Fue en el pasillo del segundo piso, un cruce de caminos casual que los dos reconocieron como lo que era: el tipo de encuentro que ocurre cuando dos personas han estado evitándose durante un tiempo y el edificio es demasiado pequeño para evitarse indefinidamente.
Miguel venía del baño. Marta iba a las clases de la mañana.
Se miraron.
—Cuándo —dijo Miguel.
No era una pregunta. Era la manera que tenía él de preguntar sin preguntar.
—No lo sé todavía —dijo Marta.
Mentía. Ya lo sabía. Había elegido la noche con luna nueva porque la luna nueva significaba la oscuridad más completa del mes y la oscuridad era lo que necesitaba para cruzar el patio sin que la viera nadie desde las ventanas. Lo sabía desde hacía dos semanas.
Miguel la miró durante un momento.
—El hombre que hace guardia en la puerta lateral los martes y los jueves —dijo— fuma. Sale dos veces en cada turno de cuatro horas. Tarda exactamente siete minutos cada vez. —Una pausa—. La segunda salida es siempre a las doce y cuarto de la noche.
Marta lo miró.
—¿Por qué me dices eso?
Miguel no respondió a eso.
—La verja trasera —dijo— tiene el cerrojo roto en el lado izquierdo desde octubre. Sor Asunción lo sabe y no lo ha mandado arreglar porque cree que nadie lo sabe. —Otra pausa—. Tú empuja desde el lado derecho, hacia la izquierda, y se abre.
Marta lo miró durante un momento largo.
—Miguel.
—No me digas nada. —Lo dijo con la misma calma de siempre, pero con algo debajo que no era la calma que ella había visto antes—. Solo sal.
Se fue por el pasillo hacia la escalera sin mirar atrás.
Marta se quedó donde estaba durante un momento.
Luego fue a las clases de la mañana.
Tres semanas después, en la noche de luna nueva más oscura de enero de 1982, empujó la verja desde el lado derecho hacia la izquierda y salió a la calle.
* * *
Rubén llamó a las tres de la tarde.
Sara estaba ya en el extrarradio sur de Madrid, con los carteles de la M-40 apareciendo en el horizonte.
—Andrade acaba de salir de la oficina.
—¿A pie o en coche?
—En coche. El BMW registrado a su nombre. Mis dos compañeros lo siguen.
—¿Dirección?
—Sur. Por ahora va hacia la M-30. —Una pausa—. Sara, si sale hacia Toledo...
—Llama a la patrulla de allí. Que se pongan en el portal ahora mismo, no en la calle. Que estén en el portal.
—Están avisados.
Sara aceleró.
—¿Dónde estás tú?
—En el despacho. Coordinando.
—Quédate ahí. Necesito que sigas viendo los movimientos de Herrera al mismo tiempo.
—¿Ha consultado algo nuevo?
—Esta mañana buscó la dirección de la fiscal Herás.
Silencio.
—¿De la fiscal?
—Sí. —Rubén hizo una pausa—. Lo que significa que alguien en la cadena ya sabe que Herás se reunió con nosotros ayer. Y quieren saber dónde está.
Sara pensó en Herás. En el piso de Chamberí. En la carpeta cifrada. En los doce años de trabajo construidos con la precisión de alguien que sabe que una filtración puede destruirlo todo.
—Llama a Herás. Dile que se mueva. Que no esté en el piso de Chamberí esta tarde.
—¿Adónde?
—Que lo decida ella. Pero que no lo registre en ningún sistema. Y que apague el móvil corporativo.
—Entendido.
Sara tomó el desvío hacia la M-40 dirección norte. Si Andrade iba a Toledo, ella iba a llegar antes que él. Toledo estaba a setenta y un kilómetros de Madrid por la A-42 y si él iba por la M-30 sur era probable que tardara cuarenta minutos en salir de la ciudad.
Ella podía ganar quince minutos.
Marcó el número de la brigada de Toledo que Rubén le había dado.
—Inspector Morales.
—Soy la inspectora Montero, de Homicidios de Madrid. ¿Sus agentes están en el portal del edificio?
—Ahí están. —Una pausa—. El hombre del piso no quiere abrirles la puerta.
—Dígales que llamen al telefonillo y que le digan que vienen de mi parte. Que mencionen el nombre de Tomás Vidal. Que el hombre sabe quién es Tomás Vidal y que eso debería bastar.
—De acuerdo.
—Y dígales que no dejen entrar a nadie. Nadie. Aunque traiga documentación de policía nacional. Nadie que no sea yo.
Colgó.
Miró el navegador.
Toledo: 68 kilómetros. Cuarenta y dos minutos.
El BMW de Javier Andrade, según la última posición que le había mandado Rubén, estaba saliendo por la M-45 dirección sur.
Dirección Toledo.
Treinta minutos de ventaja, quizás menos.
Sara puso la sirena del coche camuflado.
Azul, girando, en el salpicadero.
Y aceleró.
* * *
Rubén la llamó a la altura de Illescas.
—Andrade ha tomado la A-42. Va a Toledo.
—Lo sé. Estoy a veinticinco minutos.
—Él está a treinta y cinco. Mis compañeros lo siguen a dos coches de distancia.
—¿Sigue sin saber que lo siguen?
—De momento. Pero si sale de la autovía y entra en Toledo, el tráfico se va a reducir y va a ser más difícil mantener la distancia.
—Diles que lo mantengan. Prefiero perderlo unos minutos a que lo detecte.
—Entendido.
—¿Herrera?
—Ha salido de su turno a las dos. Desde entonces no hay actividad registrada en el sistema con su login. —Una pausa—. Pero hace media hora recibió una llamada desde el número de la empresa de Guadalajara.
El mismo número que había llamado al intermediario de Valencia esa mañana.
—¿Duración de la llamada?
—Cuarenta y siete segundos.
Suficiente para transmitir una dirección. Suficiente para decirle a alguien dónde buscar.
Sara pensó en los siete kilómetros que le faltaban para salir de la autovía y entrar en Toledo. En el hombre del número siete que no había querido moverse. En los agentes de Morales esperando en el portal.
—Rubén. Necesito que hagas algo ahora mismo.
—Dime.
—Llama al número siete. Ahora. Dile que abra la puerta a mis agentes y que suba con ellos al piso. Que no se quede en el portal.
—¿Por qué no en el portal?
—Porque el portal tiene una puerta de cristal y desde la calle se ve todo lo que pasa dentro. —Sara tomó la salida de Toledo—. El piso no.
Hubo un silencio mientras Rubén marcaba el número.
Sara escuchó los tonos a través del manos libres.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
El buzón de voz.
—No responde —dijo Rubén.
Sara aceleró por la ronda de Toledo.
—El portal. Díselo a Morales. Que los agentes entren ahora aunque el hombre no abra.
Silencio al otro lado mientras Rubén retransmitía la instrucción.
Sara giró por la calle que señalaba el navegador.
Un edificio de los años ochenta, fachada de ladrillo claro, cuatro plantas. Un portal con la puerta de cristal que daba a la calle. Y junto al portal, dos agentes de uniforme que la miraron llegar con el reconocimiento de quien está esperando que llegue el refuerzo.
Sara aparcó en doble fila.
Se bajó del coche.
—¿Ha subido alguien?
—Acabamos de entrar. Estamos esperando en el rellano.
Sara fue hacia el portal.
Entonces Rubén, a través del auricular:
—Sara. El BMW de Andrade acaba de entrar en Toledo. Mis compañeros dicen que va directo al centro histórico. —Una pausa—. Están a ocho minutos.
Sara miró el portal.
Ocho minutos.
—Subid —le dijo al agente—. Ahora.